Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Sáb Ago 11, 2018 5:38 am

[size=32]Capítulo 15
Parte 1

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Trad. Yanli


La noche había caído, trayendo consigo el frío del otoño. Elara arrastró el largo chal azul y blanco alrededor de sus hombros y se apoyó en la pared. La niebla se había arrastrado desde el lago, retorciéndose y derramándose en el claro delante del castillo, espesa y lechosa. La oscuridad filtraba el color del bosque y también detrás de la cortina de la niebla, los poderosos árboles parecían un espejismo, un dibujo al carboncillo descuidado en el lienzo áspero de la noche.

Junto a ella, Rook esperaba, una sombra silenciosa. Había llegado, encontrándola hace unos minutos.

En el patio inferior, Hugh y sus cuatro centuriones sacaban los barriles del almacén y los cargaban en una carreta tirada por caballos.

Elara posó más de su peso sobre la piedra. Le dolían los pies. Había sido un largo, largo día. En primer lugar, habían tenido que terminar de evacuar al último de los defensores de Aberdine. Los había enviado de regreso a su ciudad, alimentados y limpios, con sus heridas atendidas. Por mucho que quisiera ayudar, Aberdine tendría que valerse por sí mismo.

Una vez hecho esto, había inspeccionado su fondo de asedio. La posibilidad de un ataque siempre estaba allí, y habían acumulado las raciones y el agua, desde que se hicieron cargo del castillo. Cereales, frutos secos, carnes, quesos, productos enlatados secos. Sus suministros a corto plazo, quesos, salchichas ahumados, etc., todo lo que no conservarían por mucho tiempo, se veía bien. A largo plazo, las reservas habían recibido un golpe. Varios barriles de cereales les habían salido polillas de la despensa de alguna manera, a pesar de estar sellado. Todo el suministro afectado fue al ganado. La pérdida dolía y ahora tenían que enfrentarse a las polillas de la despensa, los cuales eran malditamente casi indestructibles. Tenía que llamar a las brujas para fumigar toda la casa de suministro.

Al menos el agua en las cisternas bajo el castillo no se había vuelto asquerosa. Todavía tenían el pozo, pero Hugh había tenido razón cuando le dijo en ese primer día que el pozo sería un objetivo. Saber que había un suministro extra ayudaba.

Hugh pasó la mayor parte del día corriendo alrededor del castillo como un hombre poseído, comprobando las máquinas de asedio, curando hasta el último de los heridos, inspeccionando la tierra alrededor del castillo. Ella lo vio sólo de pasada. En algún momento habían cruzado caminos en la cocina, atraídos por el olor de las empanadas rellenas frescas. Ella estaba entrando, él estaba saliendo. Asintieron el uno al otro y siguieron su camino. Algún tiempo después de eso, Dugas la encontró para decirle que Hugh pidió una niebla esta noche y quería que se viera natural. Ella le dijo al druida que hiciera lo que pudiera. Y ahora Hugh estaba aquí, haciendo algo con los barriles.

Bale echó el último barril en su lugar. Stoyan tomó al caballo por la brida y lo movió hacia adelante. Los otros tres centuriones siguieron.

Ella bajó la escalera. Hugh estaba esperando en el patio inferior.

—Me prometiste contarme lo que había en los barriles, Preceptor. Ahora que estás saliendo a escondidas con ellos.

—Te dije que te lo mostraría si jugabas bien tus cartas. Deberías haberte esforzado más anoche, corazón. Con más entusiasmo.

Oh, que asno. 

—Si me hubieras impresionado con lo que ofrecías, me hubiera esforzado más. Sin embargo, una mujer no puede con tanto equipo mediocre.

Él le sonrió. Pasearon por las puertas, siguiendo la carreta.

Stoyan volvió al caballo hacia la izquierda y se detuvo. Bale y Lamar sacaron el primer barril y lo colocaron en el suelo. Bale levantó las manos, con los dedos índice y medio cruzados. Stoyan golpeteó en la carreta tres veces, y luego escupió sobre su hombro izquierdo.

—¿Qué demonios están haciendo ustedes dos? —preguntó Lamar en voz baja.

—Para la buena suerte —le dijo Bale.

Lamar negó con la cabeza. Juntos inclinaron el barril sobre el agua. Lamar rompió el sello, desenroscó la tapa, y lo bajó en el agua. Los dos hombres se deslizaron cautelosamente el barril en el foso y dejaron que se hundiera. Nadie se movió.

—¿Y ahora qué? —preguntó Elara.

—Ahora averiguaremos si estamos jodidos. —Hugh sacó un pequeño frasco de metal del bolsillo, se acercó al borde del foso sobre el lugar donde se había hundido el barril, desenroscó la tapa, y vertió el contenido oscuro en el agua. El líquido oscuro se extendió sobre la superficie. La magia se deslizó sobre Elara como una mancha putrefacta. Sangre de vampiro.

El agua estaba calmada.

Bale agitó los dedos cruzados alrededor.

El agua hirvió, como si algo grande se deslizara por debajo de ella. La mancha roja se desvaneció.

—¡Ja! —ladró Bale.

—Shhh —los otros tres centuriones le callaron.

Stoyan tiró del caballo, llevándolo alrededor del foso.

—¿Qué es eso? —preguntó ella.

—¿Qué me darás si te lo digo?

—Hugh —le dijo entre dientes.

—Bien. Hace algunos años, Roland me envió a Alaska para hablar con Furia de Hielo. Es la manada de cambiaformas más grande de los Estados Unidos. El dialogo no nos llevó a ninguna parte. Los cambiaformas de Furia de Hielo son separatistas. Todo lo que quieren hacer es correr por sus bosques y ser dejados en paz. Pasan la mayor parte de su tiempo en forma animal. Por el camino que van, en un par de generaciones se olvidarán cómo ser humanos. Por lo que las conversaciones no salieron según lo planeado, pero como yo ya estaba en Alaska, pensé en, por qué no hacer un viaje de ello. Fuimos al norte y terminamos en Mekoryuk. Es una ciudad en la isla de Nunivak. El pueblo de Nuniwarmiut ha vivido allí durante dos mil años. Mientras estuve allí, me encontré con una anciana que me dijo que no estaban preocupados por Roland o sus vampiros, porque tenían hielo sucio y eso los protegería. Para resumir, fui a buscar un poco de ese hielo sucio. Cortarlo y arrastrarlo de vuelta a casa fue un dolor en el culo, pero sabía que Nez o quienquiera que llegara después de él me tendría entre cejas, tarde o temprano. Aquí estamos.

La carreta se detuvo, y Felix y Bale sacaron otro barril. Elara observó cómo le quitaron la tapa y lo hundieron.

—Sí pero, ¿qué hay en el hielo?

—Una cepa bacteriana —dijo Hugh—. Una hija de puta repugnante, muy agresiva. Tuvimos que reducir el permafrost para conseguirlo. Inofensivo para los seres humanos por lo que yo puedo decir. Ama el agua. ¿Adivinas lo que le gusta cenar?

—¿Vampiros?

Él asintió.

—Cualquier no-muerto es juego limpio.

—¿Lo has usado antes? —preguntó ella.

—Lo probamos.

—¿Pero no en batalla real?

—No.

—Así que no sabes si va a funcionar.

—No hay garantías en la vida —dijo.

—Ahora no es el mejor momento para ponerte filosófico, Preceptor.

—¿Prefieres tener un consuelo vacío?

Sí, pensó. Lo prefería. No le haría ningún bien, pero en este momento el consuelo sería bueno. Lamentablemente, bueno, no era algo que podía permitirse en este momento.

—Los vampiros no nadan —dijo él—. Ni respiran aire. Se hunden hasta el fondo, por lo que tendrán que vadear. Teniendo en cuenta la distancia y la velocidad típica del vampiro bajo el agua, probablemente estarán bajo ella entre diez y veinte segundos. En los ensayos de laboratorio, eso fue suficiente para causar daño crítico. El truco es elevar la concentración lo suficientemente alta. Cuanto mayor sea la concentración, más eficaz las bacterias serán. Ellas necesitan alimento para multiplicarse. Nuestros suministros de sangre de no-muertos son limitados.

—Tenemos un poco de sangre y huesos en el almacén. Añadiremos lo que podamos.

—Gracias.

—¿Crees que va tardar lo suficiente? —preguntó.

—Vamos a averiguarlo —dijo.

Siguieron la carreta de nuevo. El temor se instalo en Elara, agobiándola. Dos semanas más. Menos ahora, una semana y seis días. Había otras preparaciones que hacer. La preparación para cuando todo saliera mal. El recuerdo del hielo parpadeó en su mente. No quería volver a hacerlo. No quería recordar lo que era, pero sabiendo que podría roerla

—¿Qué pasa si dejamos caer un poco de alambre de púas? —preguntó—. Es un largo y flexible alambre de espina que viene en rollos. Grado militar.

—Sé lo que es alambre de púas. ¿Cuánto tienes?

—No lo sé. Vienen en fardos de quince metros—dijo—. Tenemos una bodega llena.

Él se le quedó mirando.

»Lo compramos de una prisión abandonada —dijo—. Planeábamos utilizarlo como un elemento de disuasión para lobos, pero la vida silvestre y el ganado se quedaban atrapados en él y era cruel, por lo que lo dejamos.

Él miró hacia el cielo y se echó a reír.

—No veo cuál es la gracia.

Se volvió hacia ella.

—Estoy tratando de salvarnos. Si hubiera sabido que teníamos alambre de púas, habría planeado nuestras defensas de manera diferente.

Ella se encogió de hombros.

»No nos puedo proteger de manera efectiva si te guardas la información pertinente —dijo.

—Pareces estar haciéndolo bien —le dijo ella.

—Realmente eres una arpía, ¿lo sabes?

—Si quieres saber si tenemos algo, Preceptor, te sugiero que utilices tus palabras y preguntes. No damos información voluntariamente, porque no confiamos en ti. La única manera de cambiar eso es mediante la demostración de tus intenciones y seguir hasta el final.

Hugh negó con la cabeza.

—Tenía una idea loca.

—De todas formas, compártela.

—¿Qué pasa si estoy muerto y este es el purgatorio, y eres mi castigo?

—Lo dudo —le dijo ella.

—¿Por qué?

—Porque si yo soy tu castigo, tú eres el mío. El Dios cristiano es el Dios del perdón. Él es demasiado bueno para hacer esto, incluso a nosotros.

Se echó a reír de nuevo.

La niebla se abrió, y una criatura aterrizó al lado de ellos, una peluda, y oscura mezcla de humano y lobo. El cambiaformas se contorsionó, colapsando en una forma humana. Una mujer desnuda se sacudió, como si tratara de deshacerse del último pelaje de su piel. Karen, Elara recordaba. Una de las exploradoras de Hugh.

—Los encontré —dijo ella—. Quince pulsaciones al norte en el punto de la línea ley de Rooster.

Hugh se volvió hacia ella.

—Llama a tu gente. Tenemos una estrategia que planificar.
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Elara se dejó caer en la silla. Sus pies todavía le dolían. Empujó sus sandalias, las dejó caer, y curvó los dedos de los pies.

El estudio estaba lleno. Savannah estaba sentada en una silla cómoda a la derecha de Elara, perfectamente vestida, su maquillaje impecable. La única indicación de la hora tardía era su cabello suelto que enmarcaba su rostro como un halo. Johanna se encaramó en la mesa a la izquierda de Elara, en su lugar habitual. Stoyan se sentó junto a Savannah. Echó un vistazo en dirección a Johanna una vez cuando entró y procedió a mirar a todas partes. No engañaba a nadie. Al otro lado de Stoyan, Bale, que había entrado hace unos minutos, parecía con resaca, se desplomó hacia delante en su silla, con la cabeza sobre la mesa, descansando sobre sus brazos cruzados. Felix, una sombra silenciosa, se apoyó contra la pared detrás de Bale. Karen, la loba exploradora, se paseó a lo largo del estudio, recién vestida.

Enfrente de Elara, en el otro extremo de la mesa, Hugh estudiaba el mapa de Baile. Parecía pensativo. Hugh podría volver su cara en cualquier expresión que quisiera. El hombre era un camaleón. Lo había visto ir desde aterrador a, ay que me sonrojo, solamente soy un tonto patoso, en un parpadeo, pero los momentos de descuido de este tipo, cuando se olvidaba de aparentar, y su inteligencia resaltaba, era su favorito.

Favorito. Uf. Ella se sacudió a sí misma de vuelta a la realidad. Era la fatiga. Estaba tan cansada, que apenas podía ver bien.

Lamar entro apresurado en la habitación, Dugas a la zaga. Tenía la sensación de que esos dos conspiraban juntos mucho más de lo que nadie se daba cuenta.

—¿Bale? —preguntó Stoyan.

El berserker roncaba.

—¿Tiene resaca? —preguntó Elara en voz baja.

—No. Es el bucle de la batalla —dijo Hugh—. Lo agota.

Johanna se inclinó hacia delante, tratando de leer sus labios. Elara le habló por señas, haciéndole un recuento de la conversación.

—Es bueno por un rato, pero luego se estrella —agregó Lamar.

Hugh tomó una jarra de la mesa, sirvió una taza de café negro, se acercó a Bale, y puso su mano sobre su hombro.

El berserker levantó la cabeza, parpadeando.

Hugh puso el café en frente de él.

Bale asintió, sorbió la nariz y tragó el café.

—Todos saben por qué están aquí —dijo Hugh—. Tenemos una cita con Landon Nez en dos semanas. ¿Karen?

—Él está acampado en la línea ley de Rooster —dijo la loba—. No hay mucho allí excepto un pequeño pueblo, un par de docenas de edificios de más y una estación de suministro.

—Ve más despacio —le dijo Elara. Ella había conseguido adeptos al lenguaje de señas en los últimos años, pero estaba cansada y pensar y hablar por señas al mismo tiempo llevaba toda su concentración.

—Lo siento. —La cambia formas continuó más lento—. La seguridad es estricta, por lo que no pude acercarme. Está trasportando vampiros en contenedores de carga de metal de seis metros, cinco por contenedor. Conté veinticuatro contenedores, y más estaban llegando.

Ciento veinte vampiros. Un único vampiro no era un problema. Diez vampiros serían demasiado incluso para ella. Arrojar su magia costaba mucho, y mientras estaba ocupada con los primeros cinco, el resto podría llegar a su lado, escalar las paredes, entrar en el castillo… Si la trampa de agua de Hugh no funcionaba, y todavía cincuenta vampiros lograban pasar el muro, Baile se convertiría en una caja de muerte, incluso con todos los Perros de Hierro allí.

Comprobó la cara de Hugh. No parecía preocupado.

—¿Cuántas personas? —preguntó Lamar.

—Demasiados —dijo Karen—. Estimaría al menos trescientas si no más. El lugar estaba muerto la última vez que vimos y ahora es un mercado de los sábados por la mañana.

—¿Él está trayendo toda la Legión? —preguntó Stoyan.

—Probablemente —dijo Hugh.

—Un montón de negro y púrpura —dijo Karen—. Definitivamente trajo el Equipo de Limpieza.

—¿El Equipo de Limpieza? —preguntó Savannah.

—La Legión tiene tres componentes —explicó Lamar—. Los navegantes, que son Maestros de los no-muertos y los oficiales; los no-muertos; y el Equipo de Limpieza, fuerzas de choque humanas que siguen a los vampiros y matan todo lo que dejan atrás.

—¿Qué tan bueno son? —preguntó Dugas.

—Decentes —dijo Stoyan—. No es un problema para nosotros uno-contra-uno.

—Nunca es uno-contra-uno —dijo Bale—. Siempre es uno de nosotros y cuatro de ellos.

—El Equipo de Limpieza es prescindible —dijo Hugh—. Nez es pragmático. Los no-muertos son caros, los humanos son baratos.

—También —Karen dijo—: vi a Halliday.

Bale maldijo.

—¿Segura? —preguntó Lamar.

—Estoy segura —dijo Karen—. Era ella. A menos que conozcas a alguna otra perra de cabello negro de mediana edad, que viaja con Nez y lleva consigo a donde va un par perros Crestado Chino.

—¿Viste a los perros? —preguntó Felix.

—Visto, olido, escuchado. Es Halliday.

Elara miró a Hugh.

—Maestra de las bestias —dijo él—. A Roland le gusta usar animales mágicos en sus guerras. Ella es su luchadora.

—¿Qué clase de bestias mágicas? —preguntó Dugas.

—Un elefante del tamaño de un crucero con tres cabezas y colmillos que disparan rayos —ofreció Bale.

—No hay tal cosa —le dijo Savannah.

—Sí que la hay —le dijo Stoyan—. Se llama Erawan. Lo hemos visto.

Johanna golpeteó la mesa.

Ellos la miraron.

¿En serio? 

Stoyan levantó el puño, e hizo un movimiento hacia abajo, imitando una cabeza asintiendo. Estaba diciendo por señas, “Sí” . Lo hizo de una manera vacilante, en una forma que los que apenas comienzan a aprender el lenguaje de señas a veces dudan.

Johanna le sonrió.

—Deberías ver el tamaño de esa mierda —dijo Bale—. Es un camión de carga.

—Esto nos dice dos cosas —dijo Hugh—. Uno, Nez vendrán a nosotros durante la magia. Dos, Roland le permitió tirar de sus otros recursos, lo que significa que Nez llevó esto a Roland y él aprobó esta pelea.

—Esto cambia las cosas —dijo Lamar.

—¿Cómo es eso? —preguntó Savannah.

—Nez se limitaba a ignorarnos —dijo Hugh—. Algo pasó para ponernos a la cabeza de su fila.

Ella sabía exactamente lo que era.

—Aberdine.

Todos la miraron. Savannah levantó las manos y se hizo cargo de las señales.

—Protegiste Aberdine contra una fuerza mágica significativa —dijo Elara—. Eres una unidad de combate de nuevo. Un ejército y una amenaza. Él pensó que podía venir y matarlos a todos a voluntad, pero ahora no puede.

Vio el cálculo en los ojos de Hugh. Sacudió la cabeza.

—Lo dudo. ¿Nez explicó alguna vez por qué quería el castillo?

—No —dijo Savannah—. Sólo se ofreció a comprarlo una y otra vez.

—¿Tal vez hay algo aquí que necesita? —preguntó Stoyan.

—No me puedo imaginar lo que sería —dijo Elara honestamente.

—Dejemos en la mesa eso por ahora —dijo Hugh—. Antes de empezar la planificación, ¿hay algún pasaje en el castillo del que no estoy al tanto? ¿Pasajes ocultos, túneles secretos?

Dugas la miró. Elara asintió. Sí, dale la cosa. Hugh era un hijo de puta exasperante y un bastardo, pero él los protegería hasta el final. Baile era el único hogar que conocía ahora.

Dugas metió la mano en su túnica y sacó una hoja de papel doblada. La desdobló una vez, dos veces, tres veces, y la extendió sobre la mesa. Un dibujo complejo en tinta negra marcaba el pedazo grande de papel: un anillo central, desde el cual se extendían líneas como los radios de una rueda. Las líneas comenzaron recta, luego se curvaban, se recortaban y se cruzaban entre sí, girando juntas en un laberinto complejo.

—¿Qué estoy mirando? —preguntó Hugh.

—Túneles —dijo Dugas amablemente.

Hugh y los centuriones se acercaron para mirar el mapa.

—¿Todo esto está debajo de nosotros? —preguntó Hugh, señalando el mapa.

—Sí. —Dugas asintió.

—Mierda —dijo Hugh.

Elara casi se rió.

—¿Por qué? —preguntó Lamar, con sus ojos muy abiertos.

—No los hicimos —dijo Elara—. Ya estaban aquí cuando nos mudamos.

Hugh le clavó una mirada.

—¿Planeabas a hablarme de los malditos túneles?

Ella fingió reflexionar sobre ella.

—Posiblemente.

—¿Te gustaría decirme ahora?

—Hay túneles bajo el castillo, Hugh.

—Ahí está. Gracias. —Si el sarcasmo fuera líquido, estaría hundida hasta los tobillos.

—De nada.

Se miraron el uno al otro a través de la mesa.

Dugas se aclaró la garganta.

—¿Hay algo más que te gustaría revelar? —preguntó Hugh—. ¿Los portones se abren cuando alguien dice una palabra mágica?

—No que yo sepa —le dijo ella—. ¿Por qué no gritas algunas palabras mágicas a los portones por un tiempo y me dices cómo te va?

Dugas se aclaró la garganta otra vez.

—Te oí la primera vez —le dijo ella.

—¿Alguno de estos en realidad llega a la superficie? —Hugh tocó el mapa con su dedo.

—No lo sabemos —dijo Dugas.

—Hemos tratado de mapearlos varias veces, pero terminamos dando vueltas —dijo Elara—. Sólo hay un camino desde los túneles hacia el castillo sin embargo, y es a través de este anillo. —Ella trazó el contorno del túnel circular para él.

—Esto es un gran riesgo para la seguridad —dijo Lamar—. ¿De verdad no utilizan estos túneles para nada?

Aquellos que entran en los túneles no siempre regresan —le dijo Johanna.

Lamar se volvió hacia Elara.

—Dijo que los que van a los túneles no siempre regresan.

—¿Por qué? —Preguntó Hugh.

Elara suspiro. Ojalá supiera. 

—No sabemos —dijo Savannah—. No te preocupes por eso. Podemos manejar los túneles.

Hugh se inclinó hacia delante.

—Así es cómo va a ir este asalto. El ataque vendrá en la noche.

—¿Como sabes eso? —preguntó Elara.

—Me he preparado para luchar con Nez durante años. Él es un tacaño. Incluso producir al vampiro más joven cuesta más de cincuenta mil dólares. Tratará de intimidarnos para rendirnos mediante el despliegue de una gran cantidad de no-muertos a la vez. Seguirá eso con una llamada telefónica y una demostración de fuerza destinada a convencernos de rendirnos. Cuando eso falle, se cargará contra el castillo con su avanzadilla. Contará con el impacto psicológico de esta fuerza y ​​nuestra conciencia de que el sol se está poniendo, y pronto será de noche, y estaremos indefensos. Si el foso hace su trabajo, podemos repeler este asalto.

—¿Si? —Savannah levantó las cejas.

—Si —dijo Hugh—. Si el foso no los ablanda, se pondrá feo. Sin embargo, es poco probable que comprometan más de cincuenta vampiros. Normalmente lleva entre doscientos y trescientos vampiros…

Elara se sorprendió. Trescientos vampiros. Ni siquiera podía lograr comprender esa cantidad de no-muertos.

—¿Sí? —preguntó Hugh.

—Nada. Continuar.

—Y puesto que sabe que estará luchando contra los Perros de Hierro, podemos contar con el rango superior de ese número. Es muy poco probable que envíe más de una cuarta parte de su fuerza. Cincuenta es un número redondo y a Nez le gustan los números redondos.

Hugh dio un golpecito al mapa de Baile.

»Él enviará al grupo de no-muertos directamente al portón principal. Incluso si falla el foso, podemos eliminar cincuenta vampiros. Sangraremos pero podemos encargarnos de ellos. Una vez que el asalto falle, Nez hará algo fuerte y teatral. Podría ir a la defensiva con las bestias o sacarse algunos magos de la manga. Cualquiera que sea la forma en que esta nueva amenaza se llevará, será diseñada para mantener nuestra atención centrada al frente y al centro. Mientras tanto, sus equipos, que han estado excavando desde antes del inicio de la pelea, irrumpirán en los túneles del castillo desde abajo. Los vampiros son excavadores rápidos, y podría llevar ayuda especializada para acelerar las cosas. Mientras que estamos tratando de mantener a raya lo que nos está azotando desde el frente, los no-muertos se abrirán camino al castillo y nos mataran desde la retaguardia.

Hugh fijó a Savannah con su mirada.

—Por lo tanto, cuando dices que no te preocupes por los túneles, necesito que estés muy segura.

—Me haré cargo de ello —dijo Elara.

—Okay —dijo Hugh.

Ella abrió la boca para discutir y se dio cuenta que él no dijo nada más.

—Entonces eso está arreglado.

—¿Podemos atacar directamente a Nez? —preguntó Savannah.

—Es poco probable —le dijo Lamar—. Por cosas como estas, Nez viaja en un convoy de Matadores. Un Matador es un transporte blindado 8x8, de nueve metros de largo, tres metros de alto, y casi tres metros de ancho. Tiene un monocasco V-hull, lo que significa que su trompa y el casco desvían los proyectiles.

Lamar tendió la mano izquierda delante de él, con la palma hacia arriba, y tocó las yemas de los dedos con la mano derecha, formando una V a un lado.

—Un conductor y pasajero se sientan en la parte delantera y puede transportar hasta diez personas atrás. De nivel cuatro de armaduras, asientos en suspensión, piso con atenuación de explosiones, todas las obras. Puede cavar una trinchera de dos metros, vadear una corriente de un metro de profundidad, subir escalones y cuestas empinadas, y se convierte en una moneda de diez centavos para un vehículo de su tamaño. Corre como un sueño durante la tecnología, pero circula durante la magia también. Además se puede configurar para llevar ya sea un calibre 50 o una ballesta hechizada, dependiendo de tu preferencia. Nez cuenta con una flota de ellos.

—Solíamos tenerlos también —dijo Stoyan—. De los largos y cortos, los Matadores son infranqueables por cualquier cosa que tengamos. Probablemente podríamos dejar caer una piedra desde arriba sobre él y aplastarlo, pero no tenemos una catapulta lo suficientemente precisa para hacerlo.

—Tenemos que hacer algo con el enfoque desde el lado noreste —dijo Hugh—. Nos falta una máquina de asedio en la torre de la esquina. Requiere partes especializadas.

—¿Es una cuestión de presupuesto? —preguntó Elara.

—No, es una cuestión de disponibilidad —dijo Hugh.

—Lo ordenamos en Lexington —dijo Lamar—. Cambiamos un poco de plata que recuperamos para ello. No va a estar lista a tiempo.

—Vamos a tener que compensar con arqueros —dijo Hugh.

—Podemos cavar algunas fortificaciones allí —dijo Stoyan—. Puede ralentizar el equipo de limpieza, pero no va a hacer nada contra los vampiros.

—Podemos planta la maleza enredadera —dijo Savannah.

Buena idea. Elara se volvió hacia Johanna.

¿Cuánto nos queda? 

Suficiente —gesticuló Johanna.

—¿Puede esta maleza enredadera contener a un vampiro? —preguntó Bale.

—Sí, si hay suficiente de ella —dijo Dugas.

—¿Dónde necesitarías que se plantara? —Savannah se inclinó hacia el mapa.

El resto de los asesores se inclinó, y Elara se encontró con los ojos de Hugh.

Trescientos vampiros.

Él le guiño el ojo.

Por alguna razón el guiño se llevó el temor completamente. Ella rodó los ojos y se inclinó para echar una mirada al mapa.
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Elara se quedó mirando la lista de familias. A su alrededor el patio bullía de vida, la gente iba de aquí para allá, tratando de exprimir todo lo que podían a la luz moribunda del atardecer. Tenían dos días hasta la fecha límite, pero se decidió colectivamente que no se podía confiar en Nez más lejos de lo que pudieran lanzarle, por lo que habían estado jalando de la gente al castillo, en etapas. Los niños con cuidadores en primer lugar, luego, las personas de edad avanzada, ahora por fin los adultos sanos. Apretujó la primera ola en la barraca de la izquierda, elogiando a la fuente de toda vida porque habían renovado el lugar cuando los Perros de Hierro se unieron a ellos. Una vez llenas las barracas, pusieron la siguiente ola en los edificios para uso general detrás de la torre del homenaje, luego en el edificio de la capilla, la cual habían convertido en viviendas. Baile estaba lleno de gente, estallando en las costuras.

—¿La capilla está completamente llena? —preguntó.

Casi —gesticuló Johanna.

Elara suspiro, estudiando la lista.

—Vamos a tener que empezar a poner sacos de dormir en el pasillo del torreón. En el segundo piso…

Johanna le tocó el brazo. Elara alzó la vista. Serenity Helton caminaba hacia ellas, ajena a la gente corriendo a su alrededor, con una mirada en blanco en su rostro. El corazón de Elara cayó. Ella se adelantó deprisa y agarró las manos de Serenity.

—¿Qué pasa?

La vidente miró hacia ella fijamente sin parpadear. Sus labios se movían, pero no salió ningún sonido.

Johanna agarró el brazo de Elara.

¡Ya vienen! ¡Ahora! 

¿Qué? 

Ella está diciendo “están llegando” ¡una y otra vez! 

La ansiedad que sujetaba a Elara en los últimos días estalló en una carrera ardiente.

De prisa —susurró, enviando su voz a través de todo el castillo—. Ellos ya vienen. De prisa. 

La gente se dispersó. En el pueblo hicieron sonar una campana. Hugh llegó corriendo alrededor de la esquina.

—Nez ya viene —le dijo, señalando a Serenity.

Él miró a la vidente y se giró dando órdenes. Elara subió los escalones a la pared exterior y luego a la parte superior de la torre lateral. A partir de allí, podía ver todo el pueblo. La gente corría en una oleada al castillo.

Se volvió a Johanna.

Encuentra a Magdalene. Llévala a los túneles. 

Johanna echó a correr.

El pueblo se vació mientras la gente se precipitaba a Baile.

Vamos, instó en su cabeza. Vamos. 

Los Perros Hierro se vertieron fuera del portón, formando una línea de protección, protegiendo a los evacuados. En la parte superior de la torre del homenaje y en las otras torres, los equipos de arqueros y las catapultas manipulaban las armas de asedio. Ella oyó el canto, casi al unísono, mientras los equipos de artillería preparaban las flechas mágicas.

Los cambiaformas prorrumpieron desde los bosques, corriendo a toda velocidad hacia el castillo; los exploradores de Hugh entrando.

Los segundos se arrastraron, haciéndose eco de los latidos de su corazón. Vamos. 

Criaturas salieron de los bosques en oleadas, como un río maligno, fluyendo en riachuelos entre los troncos para inundar la hierba. Vampiros. Cientos y cientos de vampiros, embadurnados de bloqueador solar en verde, azul y rojo.

Los Perros de Hierro desenvainaron sus armas.

Ella trató desesperadamente de revisar a la gente corriendo por los portones. ¿Sacaron a todo el mundo? ¿Faltaba alguien? No sabría decirlo.

Los vampiros siguieron llegando y llegando, expandiéndose en una media luna, mezclándose en una masa monstruosa, terrible, y maloliente de magia que no debería haber existido. Interminable.

Hugh tenía razón. Si no hubieran tenido la advertencia, podrían haber entrado en pánico. Incluso ella, con todo su poder, tuvo que luchar contra un escalofrío. En un par de horas el sol se pondría, y la horda monstruosa se abalanzaría al castillo. A su lado, Johanna apretó los dedos en puños y volvió a relajarlos.

Los evacuados se redujeron a un goteo. ¿Sacaron a todo el mundo? La ansiedad hervía en ella. Intentó contar a los vampiros para mantener su mente enfocada. Tres, cinco, ocho, diez…

Hugh subió corriendo las escaleras y se cernió junto a ella, con una expresión dura.

—Tenías razón —le dijo ella.

—Esperábamos este día por mucho tiempo —le dijo Hugh.

Beth corrió hasta la torre.

—Hay una llamada telefónica para ti.

—¿Es Nez?

—Si señora.

—Justo a tiempo —dijo Hugh—. Ve si puedes hacerlo enojar. Él no piensa con claridad cuando está enojado.

—Puedo hacer eso.

—Oh, sé que puedes. Diviértete, amor.

Elara se giró y bajó las escaleras, obligándose a moverse lentamente. Cuanto más tiempo se tomara para llegar al teléfono, más tiempo les compraría. Finalmente, llegó a la oficina principal. Lamar y Dugas esperaban cerca del teléfono.

Elara agarró el teléfono.

—Llegas dos días antes.

—Tú has estado fortificando —dijo Nez con una precisión clínica.

—Teníamos un acuerdo. Lo rompiste. Si no puedes mantener un simple plazo, ¿qué garantía puedes ofrecer de que vayas a cumplir con cualquier otro acuerdo?

—Te estoy dando esta última oportunidad para evitar el derramamiento de sangre. Considera el destino de tu gente. Considera la vida de los niños. Una vez que despeje la pared, no puedo garantizar la seguridad de ninguna persona.

—No me estás escuchando —le dijo ella—. Vuelve de dónde vienes y regresa en dos días. Ese fue el acuerdo. Lo hiciste conmigo y te haré cumplirlo.

Un silencio de incredulidad llenó el teléfono. Lamar sonrió.

—Te arrepentirás de esto —dijo Nez.

—No —le dijo ella—. Pero tú lo harás. Eres un completo mentiroso. Quieres negociar conmigo, pero está claro que no se puede confiar contigo.

—¿Realmente esperas que me retire y vuelva en dos días?

—Sí.

—No.

—¿Por lo menos tienes la autoridad para negociar, Landon?

—Tengo toda la autoridad.

—Me parece que no lo haces. Tengo entiendo que negociaste con Hayville en Nebraska y luego la ciudad fue reducida a cenizas.

La voz de Nez salió recortada, cada palabra afilada.

—Yo no quemé Hayville. Fue tu marido.

—Precisamente. No importó qué trato hicieras, porque hay una autoridad superior por encima de ti que realmente toma las decisiones. Eres un sirviente, Landon. Un recadero glorificado. Estamos defendiendo nuestro hogar. Tú simplemente cumples órdenes.

Dugas se tapó la boca.

»Ni siquiera estoy enojada contigo, Landon. Todo el mundo tiene un trabajo que tienen que hacer. Pero no malgastes mi tiempo otra vez tratando de negociar. No tienes poder para hacerlo.

—Voy a tomar tu castillo —dijo Nez. Su voz envió un escalofrío por su espalda—. Voy a rasgarlo ladrillo a ladrillo. Entonces te haré ver como yo personalmente corto la garganta de cada hombre, mujer y niño que sobreviva al asalto.

—¿Sabe por qué Hugh quemó Hayville? Porque tú no podías hacerlo. Mi marido es mejor que tú.

—Eres una puta estúpida.

—Ahí va la máscara de civilidad. Roland tenía sólo dos Señores de la Guerra, pero tú eres el vigésimo tercer Legatus de la Legión Dorada. ¿Sabes por qué? Porque Hugh es querido por sus soldados, mientras que tu eres denigrado por los Maestros de los Muertos. Cada uno debajo de su mando moriría por él, mientras que las personas que te sirven no pueden esperar para clavar un cuchillo en tu espalda.

—Me aseguraré de que te lleve semanas morir.

—Hugh es mejor general, un mejor luchador, y un mejor hombre. Tú eres el segundo mejor. Siempre serás el segundo mejor. Eres reemplazable. Un día, uno de tus ayudantes te matará y tomar tu lugar, y Roland ni siquiera parpadeará, mientras que Hugh es único en su especie. Ah, y su pene es más grande que el tuyo.

Una señal de desconexión cortó la llamada.

Lamar palmeó y se inclinó.

Ella dejó caer el teléfono en su lugar y se volvió hacia la pared. Había demasiadas personas entre ella y la torre para la magia, por lo que se apresuró a pie, al otro lado de la muralla, por las escaleras, de vuelta a la parte superior de la torre lateral, donde Hugh esperaba. Todo el claro ante la línea de árboles estaba lleno de no-muertos.

—¿Cómo te fue? —preguntó Hugh.

—Está que echa espuma por la boca.

—Esa es mi chica. —Él le sonrió.

El último de los rezagados atravesó las puertas. Los Perros de Hierro les siguieron, y el enorme puente levadizo se levantó, bloqueando la entrada.

Un grupo de vampiros salió disparado de la masa principal de los no-muertos y se separaron, dejando al descubierto dos personas atadas a las cruces, desnudas de cintura para arriba. El de la izquierda, una mujer, llevaba las tiras negras de un uniforme de los Perro de Hierro. El de la derecha estaba desplomado, con el cabello rizado de color gris manchado de sangre.

Oscar.

Oh no.
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Elara había cabreado a Nez de verdad.

Por lo general, Nez habría mantenido atrás a los rehenes, a la espera de ver si podía utilizarlos como moneda de cambio en el momento oportuno, pero en lugar de eso los arrastró a la vista, cegado por la necesidad de devolver el golpe. Lo que sea que le había dicho quería castigarla por ello.

La solitaria Perro de Hierro en la cruz fulminaba con furia a los vampiros. Irina. Había estado fuera por el extremo sur de la ciudad, explorando en la parte trasera. Eso significaba que el equipo de excavación probablemente la atrapó. Nez estaría cavando desde el suroeste.

Furia hirvió dentro de Hugh. Él odiaba perder a Irina, odiaba que su vida hubiera terminado, odiaba que Nez fuera el que se la quitara. Si tan sólo pudiera poner sus manos en ese bastardo. Hugh contempló el bosque detrás de los no-muertos. Nez estaba en alguna parte, tomando café en su Matador.

Ninguno del equipo frontal de exploración lo había hecho tampoco. Vio a los exploradores de los equipos del Este y Oeste, pero ninguno del norte. Significaba que ninguno sobrevivió.

Al lado de él Elara se había vuelto completamente callada. Sus ojos se estrecharon, midiendo la distancia entre ella y el viejo en la cruz. Estaba pensando en correr por el campo. Él puso su mano sobre su hombro, anclándola en su lugar.

—No.

Ella no le hizo caso.

—¡Elara!

Ella se volvió a mirarlo, y un frío lo atravesó. Sus ojos eran de color blanco puro.

—Demasiados y demasiado lejos —le dijo a ella.

—Lo sé —dijo entre dientes.

La voz de Savannah cortó a través del ruido del patio detrás de ellos.

—¡Al muro! ¡Vengan al muro!

A su alrededor, los aldeanos se trasladaron al muro, subiendo las escaleras. Hombres, mujeres, padres elevaron a los niños pequeños en sus hombros, alineándose como si fuera un desfile, observando a las dos personas en las cruces. Los que no cupieron corrieron a la torre del homenaje y salieron por muro de cerramiento y los balcones. Más aún esperaron en el patio.

—No miren hacia otro lado —gritó Savannah.

—Deben ser testigos y recordar —gritó Dugas desde el otro lado.

Los Difuntos estaban inmóviles y en silencio. El vello en la nuca de Hugh se levantó. Había algo antinatural en la forma en que se quedaron mirando fijamente, emitiendo un juicio sobre los no-muertos debajo.

El vampiro sentado junto al hombre más viejo se levantó. Garras de hoz destellaron y lo rasgaron desde el esternón hasta la cintura. Entrañas se derramaron, colgando de su cuerpo en guirnaldas grotescas. El hombre gritó, un corto y gutural sonido. Elara no movió un músculo.

No salió ningún sonido de la pared. Se veían justo igual que ella, dando testimonio en silencio.

—No miren hacia otro lado —dijo Savannah al silencio.

—Miren y recuerden —Dugas se hizo eco.

El anciano gritaba y gritaba.

Un segundo vampiro rasgó el estómago de la Perra de Hierro, derramando sus entrañas. Irina aulló. Era el largo aullido ululante que los Perros de Hierro hacían cuando montaban en la batalla. Un coro de aullidos respondió desde el interior del castillo, los perros reconociendo a los suyos.

Hugh se volvió, buscando a Yvonne en la parte superior de la torre en la puerta oeste. Sus miradas se conectaron.

El comandante de arquería hizo un gesto brusco. Dos flechas de ballesta volaron por el aire, brillando con la magia. La primera le dio a Oscar en la garganta. La segunda se hundió en el pecho del Perro de Hierro. Las flechas mágicas zumbaron y explotaron. Dos personas próximas a Yvonne bajaron sus ballestas. Uno de ellos, ligero y bajo, se le quedo mirando, y Hugh reconoció a Alex Tong.

La pared permaneció en silencio.

Su nombre es Landon Nez —dijo Elara, su voz serpenteando a través de la multitud.

Un canto se levantó de los aldeanos.

—Landon Nez.

—Landon Nez.

Emoción se derramó de un millar de gargantas, la indignación y la ira se fundió en una mezcla furiosa. Incluso los niños cantaban. Hugh miró a Stoyan en la otra torre, mirando a su alrededor con los ojos desorbitados.

—Somos uno —susurró Elara junto a él—. Somos los Difuntos.

Él sintió algo elevándose del canto colectivo, algo vicioso y furioso e inimaginablemente antiguo.

Landon Nez. 

Un brillo se reunió por encima de la multitud como si el aire a lo largo de la pared se hubiera vuelto repentinamente caliente. El borde de ello le rozó. Aullidos fantasmales resonaron en su cabeza y rompieron en un gruñido primitivo, salvaje. Él se echó hacia atrás por instinto.

LANDON NEZ. 

La cosa invisible se liberó de la pared y se lanzó a la línea del bosque. Los árboles se sacudieron, como agarrados por una mano invisible. Las aves se dispararon del bosque, chillando. Algo retumbó, metal se quejó, y una sirena bramó. Reconoció el sonido; pertenecía al transporte de las tropas blindadas.

A su lado Elara estaba de pie, con los dientes apretados.

Bueno. Lo primero es lo primero. Iba a ganar esta batalla y luego iba a averiguar qué demonios era ella y en lo que se había metido él y su gente.

—¿Lo encontraste? —preguntó él.

—No —dijo ella, con expresión dura—. Pero agitamos su jaula.

En el campo de abajo, los vampiros se volvieron completamente inmóviles. El protocolo estándar mientras los navegantes esperaban órdenes. Solamente tenían unos pocos minutos antes de que Nez liberara la sorpresa.

Una carga venía.
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—¡Todo el mundo sin uniforme retírese del muro! —rugió Hugh.

La explosión de sonido la tomó por sorpresa y Elara se sobresaltó. Los aldeanos se dispersaron, bajando corriendo por las escaleras.

—¡Saben dónde estar! —gritó Elara—. ¡A sus lugares!

En el patio Savannah y Dugas condujeron a la gente al interior de los edificios.

Al lado de Hugh, Sam puso su boca en el cuerno y sopló una nota de tono alto. Los Perros Hierro tomaron posiciones en la pared, luchando contra la corriente de la gente.

—Artillería, fuego a discreción —ordenó a Hugh.

Sam sopló una nueva nota, una llamada dura de guerra. Las ballestas se templaron, las cuerdas de los arcos vibraron, y flechas mágicas silbaron, rasgando el aire. Un par de no-muertos se sacudieron, repentinamente empalados. La mayoría había esquivado, pero las cabezas de las flechas verdes esmeralda explotaron con la magia, arrojando tierra, rocas, y flacos cuerpos.

La ola de vampiros reunidos en el claro ante los árboles se disparó hacia Baile. El miedo perforó la nuca de Elara.

Había más de cincuenta. Tenía que haber.

Uno de los Perros de Hierro en la parte superior de la torre de la puerta se dio la vuelta. Un sinograma cubría su rostro, dibujado en tinta azul. Se retorció, flexible y fluida como el agua, y se detuvo en un pie, todo su peso sobre la pierna doblada hacia atrás, su pierna derecha doblada delante de ella en un ángulo, con los dedos de los pies apenas tocando el suelo. Su brazo derecho se extendió hacia el cielo, la mano en horizontal como si estuviera tratando de presionarla contra las nubes. Su brazo izquierdo, doblado en el codo, protegiendo su pecho.

La enorme catapulta en la parte superior de la torre del homenaje chirrió. Una roca del tamaño de un auto pequeño salió disparada sobre sus cabezas. Los no-muertos se dispersaron, haciendo un agujero en sus filas. La piedra se clavó en ella.

La mujer se movió, rápida como un látigo, cortando en una nueva pose, y escupió una sola palabra.

La piedra pulsó con naranja y explotó. Esquirlas de roca se clavaron en los no-muertos. Algunos cayeron, pero más se acercaban, rápidos, corriendo hacia adelante como feos lagartos retorcidos.

Las ballestas escupieron más flechas. El aire olía a humo mágico, crepitando con la energía mágica usada. Se sentía como si estuviera atrapada en alguna tormenta mágica hecha de explosiones, gritos, y cuernos de guerra. La llamaba para hacer algo, correr, gritar, matar. Miró a Hugh. Estaba de pie junto a ella, inmóvil como una roca, con el rostro casi relajado.

—Arqueros, fuego a discreción.

El cuerno aulló.

La primera línea de vampiros saltó al foso y se hundió. Uno por uno se zambulló, desapareciendo en el agua, mientras que los arqueros salpicaban el terreno con las flechas.

Se apoyó en el parapeto para tener una mejor visión. Todo estaba en juego en este momento.

Nada. Sólo el agua plácida.

Hugh se inclinó hacia delante, con expresión impasible.

Un toque de color rojo oscuro flotó a la superficie desde las profundidades de la fosa. El agua hirvió, y el color desapareció.

Pasaron los segundos, lentos y viscosos.

Uno.

Dos.

Cinco.

Diez.

Ella luchó consigo misma para quedarse quieta.

Quince.

El agua en el borde interior del foso unduló. Un vampiro surgió. Se arrastró hacia adelante, sus movimientos lentos, estirando un brazo musculoso de largo, enganchó sus garras en la pared, y se levantó a sí mismo. Lo observó trepar lentamente, cada estiramiento forzado. Casi estaba directamente debajo de ella.

Elara retrocedió.

El no-muerto se subió por encima del muro a la torre. Aterrizó pesadamente en las piedras. La carne en su cuerpo caía, como si se hubiera vuelto líquida bajo su piel.

Funcionó. Efectivamente funcionó. 

El vampiro se balanceó.

Hugh dio un paso hacia delante, tirando de su espada y golpeando en un solo movimiento explosivo. La hoja negra cortó el torso del vampiro, dividiéndolo en dos. Negro líquido maloliente se derramó en la pared. La mitad superior del no-muerto cayó de nuevo en el foso.

Hugh agarró la mitad inferior por la pierna y la arrojó sobre la pared. Un chapoteo lo siguió.

Ella apartó del charco oscuro y miró por encima de la pared. A lo largo del foso los vampiros escalaban la pared, lentos y tambaleantes. Algunos se movía más rápido, otros más lento.

Chispas rojas de sangre se disparaban de los árboles, una lluvia de meteoritos llovía de vuelta.

Hugh la agarró de la mano y tiró de ella hacia abajo, cubriéndola con su cuerpo. Un misil rojo sivó a través del aire, aterrizó en el patio, y explotó. Las paredes de Baile se estremecieron. Fuego rojo salpicó en la pared a la izquierda de ellos y un Perro de Hierro desapareció en el resplandor con un grito agudo. A su alrededor, los proyectiles mágicos cayeron con un ruido agudo, chocando contra las piedras de Baile.

Elara se presionó contra la pared, tratando de hacerse más pequeña.

Hugh sonrió.

—¡Divertido!

El hombre era un maníaco. Se había casado con un loco de atar.

Un bramido profundo sacudió el castillo, como si algún dios sopló una enorme trompeta.

Hugh levantó la cabeza y ella se retorció debajo de él, tratando de ver.

Los árboles se separaban bruscamente. Algo se deslizaba entre las coronas, algo largo y oscuro que se abría y enrollaba. Eso agarró un árbol y lo sacó de un tirón de la tierra, echándolo a un lado. Terrones de tierra cayeron desde el cepellón. El árbol voló a un lado y por el agujero Elara vio una oscuridad en movimiento. Se inclinó hacia la izquierda, luego a la derecha, todavía oculto por el bosque. Un tronco de metro y medio de ancho se quebró como palillo de dientes y chocó a un lado, llevándose ramas, dando paso a algo increíblemente grande. Una cabeza roma surgió, nivelándose con la sima de la cubierta forestal y coronada por una malla de cuerdas de oro trenzadas, cada una tan gruesa como su muñeca. Una joya azul brillante incrustada en la carne estaba en medio de su frente, donde la red llegó a un punto. Dos cabezas más se unieron a ella y una criatura salió a la luz. Tenía tres cabezas, cada una flanqueada por amplias orejas. Seis colmillos de marfil sobresalían en el aire, cada uno lo suficientemente grande como para empalar y levantar un camión. Su piel era de color negro sólido, como si se tragara el sol de la tarde.

Erawan.

El colosal elefante dio un paso adelante. La cabina blindada en su cuello se sacudió. Una enorme cadena estaba enrollada en sus piernas. El suelo se sacudió. Un rayo corrió a lo largo de la piel de Erawan, salpicando en ráfagas de azul eléctrico, y ante la luz de esas explosiones, Elara vio largas cicatrices blancas cruzando la piel del elefante.

Gente armada salió del bosque, como hormigas junto a un gigante, trotaron hacia el castillo. Por encima de él, una nube de lluvia hervía, lo suficientemente grande como para cubrir la colina. Terminó abruptamente, y más allá el cielo era el claro azul de la tarde.

—Elara —la llamó Hugh.

Ella sintió la mente de Erawan, oscura y turbulenta como una nube de tormenta. Llamándola a ella.

—¡Elara!

Ella se estiró y rozó el borde de la tormenta con una voluta de su poder. Agonía explotó en su mente, imágenes estallaron unas tras otras: sangre en los colmillos, cuerpos bajo los pies, los gritos de trompeta, carne y hueso colapsando bajo el peso inmenso, la frente rompiendo una pared de una casa y emergiendo manchada de polvo de concreto, sangre y lluvia, edificios, triturados y destruidos, personas, sacudidas y pisoteadas, dolor, cadenas, y sangre, el olor, el tacto, el rojo intenso de la sangre humana.

—¡Ceriño! —gruñó Hugh en su oído.

Ella se sacudió, rompiendo el contacto, y puso su mano sobre su boca. El horror de ello manchándola.

Hugh agarró su hombro, volviéndola hacia él.

—Esa es una gran distracción. Nez va a exprimirlo con todo lo que tiene. No se habría desplegado, si la excavación no estuviera cerca. Te necesito en los túneles.

—Él es divino.

—¿Qué?

—Erawan. Él es divino.

—Sí, lo sé. Túneles, Elara.

—No puedes matarlo.

Hugh le dio unas palmaditas en el hombro.

—Por supuesto que puedo. Puedo y lo haré.

—¡No! —Ella le agarró la mano, desesperada—. Él está esclavizado. Está sufriendo. No puedes matarlo.

Él se la quedó mirando.

—Elara, me estás matando. Es un puto elefante gigante, que va a tumbar las paredes en unos cinco minutos.

—¡No es su culpa!

Hugh cerró los ojos durante un largo momento.

—Prométeme que no lo matarás. Prométemelo, Hugh, y voy a entrar en los túneles. ¡Por favor!

Hugh abrió los ojos, apretó, aflojó el puño, y dijo:

—Está bien.

—Prométemelo.

—Lo prometo —dijo entre dientes—. Ahora, por favor ve a los túneles.

Ella bajó corriendo los escalones. Detrás de ella, Hugh rugió.

—¡Encuentra a Dugas! ¡Tráeme ese puto druida!
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Elara bajó corriendo las escaleras de caracol de piedra, profundizándose más y más, y finalmente llegó a su fin en una puerta de madera y metal pesado. Estaba abierta de par en par. Elara se dirigió a través de ella. Una cámara redonda la esperaba, de paredes y suelo de piedra. Antorchas y linternas Fey brillaban en la pared, inundando el espacio con tanta luz, que ponían las bombillas eléctricas en vergüenza. Cuatro puertas arqueadas perforaban la pared a intervalos regulares, conduciendo desde la cámara a un pasillo circular que rodeaba la cámara en un semicírculo.

En el centro del piso una niña rubia de doce años de edad se sentaba con las piernas cruzadas, aferrándose a un oso de peluche. Johanna estaba a su lado.

Elara se les unió.

—¿Alguna cosa?

—Tres. —Magdalena levantó tres dedos—. Uno aquí. —Señaló directamente hacia delante—. Uno allí. —El dedo se movió ligeramente hacia la derecha—. Y uno allí. —Al extremo derecho.

Por encima de ellos algo hizo un ruido sordo. Elara alzó la vista.

¿Que está pasando? —Johanna dijo con señas.

Elefante —Elara explicó y se agachó cerca de Magdalena—. ¿Qué tan lejos están ellos, cariño?

Magdalena abrazó a su oso, para concentrarse.

—Acercándose. Son rápidos. Muy rápidos.

Vampiros. Tenía que ser. Matar vampiros requiere esfuerzo. No era tan fácil como rasgar un alma humana. Podía matar mrogs por simple contacto. Tendría que concentrarse en los no-muertos. Elara tomó una respiración profunda. Ella nunca había tenido que matarlos a granel.

Otro ruido sordo. Una nube de polvo se desprendió del techo.

—Entraron en un pasillo —dijo Magdalena—. Todavía están lejos, pero van a llegar más rápido ahora. Allí. —Señaló al extremo derecho.

Elara miraba a Johanna.

—Sácala y bloquea la puerta.

Johanna sacudió la cabeza.

No.

—Sí. Podríamos necesitar tu poder. Si consiguen pasarme, eres la última línea de defensa.

—No quiero.

—Johanna, nada sobre hoy tiene que ver con lo que se quiere. Tu poder es de vital importancia. Lo vamos a utilizar sólo como un último recurso. 
Ve  —dijo para dar énfasis.

Rápidos pasos resonaron en las escaleras detrás de ellas. Bale entró corriendo en la cámara, llevando su maza. Cuatro Perros de Hierro le siguieron, dos hombres y dos mujeres. El mejor de los berserkers.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Elara.

—Somos tu apoyo —dijo Bale.

Hugh había enviado respaldo.

—Váyanse —dijo.

—Lo siento, ma’am, no podemos hacer eso. Vamos a obedecer tus órdenes, pero nos vamos a quedar —dijo Bale.

—¿A qué le temes, Bale? —le preguntó.

—A nada —dijo.

—Lo harás a partir de hoy —dijo.

El berserker agarró su maza.

—Tenemos nuestras órdenes.

¿Que dijo él? —preguntó Johanna.

Hugh lo envió a protegerme. 

—Están llegando —dijo Magdalena—. Ellos están cerca.

Llévatela ahora —Elara le dijo por señas a Johanna—. Bloquea la puerta. Haz esto por mí. Por favor. 

La bruja tomó a Magdalena de la mano y la condujo hacia fuera. La puerta se cerró, y la pesada barra de metal golpeó en su lugar.

—Párense contra la pared —dijo Elara—. No se muevan. No hablen.

Bale abrió la boca.

—Mi marido te dijo a obedecieras mis órdenes. Obedecer.

Los Perros de Hierro se aplastaron contra la pared a ambos lados de la puerta. Elara se enderezó. Su magia se desenrolló en su interior.

El primer vampiro se lanzó hacia un lado detrás de la puerta, una sombra grotesca, silenciosa como un fantasma.

Tiró del brazalete de la muñeca izquierda y lo dejó caer al suelo. El metal a veces interfería.

Más no-muertos se amontonaron en el pasillo.

Sus dedos se detuvieron sobre su anillo de bodas. Lo agarró, se lo quitó y se lo tendió a Bale. El berserker sostuvo su palma hacia afuera y ella dejó caer el anillo.

—Guárdalo por mí.

—Sí, ma’am.

El primer vampiro dio un paso adelante. Abrió sus fauces y una voz masculina precisa llegó.

—No hay necesidad de derramamiento de sangre sin sentido. Tenemos los números superiores.

Ella sabía cómo se veía para ellos. Una sola mujer humana, vestida de blanco, no particularmente grande o imponente. Un blanco fácil.

—Dense la vuelta. —Elara sacó el broche de metal de su cabello y este se derramó sobre sus hombros—. Váyanse y sus mentes sobrevivirán.

—Equipo tres —dijo el vampiro—. Enfrenten a los hostiles.

Elara empujó la magia y golpeó el suelo con ella, empapando la cámara en su poder. Zarcillos de humo etéreo se enroscaron de las piedras, brillando con blanco. Las paredes se sacudieron. El dobladillo de su vestido blanco se fundió en los rizos de la magia, fusionándose con ella, reconoció el poder que era antiguo antes de que los humanos lo hubieran nombrado.

Era parte de ella. Sin embargo, nunca se permitiría formar parte de ella.

El primer no-muerto se lanzó sobre ella. Lo atrapó en medio del salto. Se quedó allí, su garganta en su mano, su navegador aturdido. Acto seguido ella abrió la boca y mostró sus verdaderos dientes, y el humano detrás de la mente del vampiro gritó, el eco de su voz saliendo de la garganta del no-muerto.
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La bola roja del fuego mágico salpicó sobre la pared de la torre del homenaje y explotó, chisporroteando hacia abajo. Hugh extendió las manos, canalizando la magia hacia el segundo de los cuatro cuerpos llenos de ampollas yaciendo frente a él. El resplandor azul bañó al Perro de Hierro más cercano. Ken Gamble, tomaba desesperadas respiraciones cortas, su piel oscura con ampollas y desgarros.

Quemaduras de tercer grado, parte posterior del cuello, espalda superior, parte superior del pecho izquierdo, la parte baja de la espalda del lado izquierdo, y el lado dorsal de ambas extremidades superiores e inferiores… Se sumergió en la magia, reparando los tejidos cocidos.

Nez había reanudado el bombardeo. El tamaño de Erawan obstaculizaba en parte las ballestas en la cima de sus Matadores, pero deberían de haberse desplegado para disparar alrededor de él. El elefante se movía a paso de tortuga. Nez estaba tratando de ganar tiempo.

Elara podría manejarlo. Bale ayudaría.

Hugh había perdido la maquina y la mitad de su tripulación en el norte de la torre lateral. La otra mitad se quejaba en el suelo delante de él.

Otro grupo de explosiones ahogó las torres del portón. Hugh estiró el cuello para comprobar la artillería. Ambas catapultas sobrevivieron.

La respiración del Perro de Hierro se emparejó, mientras su piel se desprendía, dejando al descubierto una nueva capa sana. Hugh se trasladó a Iris, que estaba a continuación en la fila. Ken se empujó en posición vertical.

—Refuerza los equipos del portón —le dijo Hugh.

El Perro de Hierro se puso en pie, agarró su espada, y se fue hacia la puerta.

Quemaduras de segundo grado, cara, cuello, parte superior del pecho…

Su brazo “zumbaba”, la magia vibrando a través de él. Hugh apretó el puño para conseguir el bombeo de la sangre y se concentró en la curación.

Otra explosión. Dugas corrió a lo largo de la pared y se dejó caer junto a Hugh.

—¿Dónde lo quieres?

—En los muros, justo enfrente de donde va a golpearnos.

—Algunas de esas son venenosas.

—No importa.

Dugas asintió y agitó el brazo. La gente corría a lo largo del muro, llevando sacos y bolsas de plástico.

El suelo tembló. Erawan estaba cerca.

Iris rodó para levantarse. Él se aferró a los dos Perros de Hierro restantes por sus hombros, vertiendo la magia en ellos, curando en corrientes individuales.

Un toque de trompeta cortó a través de las explosiones. Ellos no tenían mucho tiempo.
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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Sáb Ago 11, 2018 5:38 am

Capítulo 15
Parte 2



Trad. Yanli


Elara dejó caer al último no-muerto en el suelo y se quedó mirando a la oscuridad de la puerta directamente delante de ella. Los dos primeros equipos de excavación yacían muertos en el suelo.

Algo venía.

Algo diferente.

—No se muevan —susurró.

Los cinco Perros de Hierro se quedaron completamente inmóviles.

Una sombra se movió en la oscuridad, más oscura que el resto. Un repiqueteo seco se deslizó a través de los túneles.

Elara se balanceaba como una cobra impresionante, lado a lado, su magia al acecho en el suelo. Todavía era fuerte, todavía potente, pero ella estaba cansanda.

Clack.

Clack, clack. 


Más y más cerca.

Raspar.

Clack, clack.

Raspar.

Clack. 


Se detuvo.

Esperó.

Podía esperar también. Ella tenía toda la paciencia del mundo.

Las antorchas parpadeaban. La magia susurró a través de la cámara. Ella lo vio, un cúmulo de negrura en la estela del humo, asfixiando cada antorcha a su vez. Las linternas Fey parpadearon y todo se oscureció.

En la oscuridad, eso se movió.

Elara sonrió y se rió en voz baja, gotea magia de su voz.

—¿Crees que le temo a la oscuridad? Nací en ella.

Su magia subió por las paredes. Las linternas Fey brillaron con luz blanca pura.

Una criatura alta y oscura estaba parada en la cámara. Llevaba una túnica andrajosa, negra y echa jurones, sus muchas capas teñidas con la putrefacción y la grasa. El hedor de carroña contaminó el aire.

Su cabello era largo y negro. Dos cuernos retorcidos, recubiertos de sangre vieja, curvados desde su cabeza, como los de un bisonte, pero doblados hacia arriba en curva y apuntando hacia adelante. Su piel era del color marrón de un cadáver momificado. Alguien había cortado su cara y las cicatrices se habían curado mal, torciendo y cortando a través de la carne. Su boca era una amplia abertura sin labios. Una máscara de pintura amarilla trazaba sus ojos. Eran oscuros y opacos, los ojos de un cadáver inyectados con tinta gris, a excepción de los iris. Anillado en negro, eran de un azul pálido brillante, las pupilas eran pequeños puntos en el anillo cerca del blanco.

Se sentía viejo. El humano había muerto hacía mucho. Su cuerpo era sólo un recipiente ahora, algo oscuro y antiguo.

Elevó su mano, mostrando los largos hilos que colgaban de sus dedos esqueléticos, cada cordón sosteniendo huesos de dedos humanos. Movió sus dedos con garras. Los huesos chocaron entre sí.

Clack. Clack-clack. 

Dos animales trotaron desde la oscuridad, sus largas garras raspando el suelo. Se detuvieron a cuatro patas, cadavéricos como vampiros, con todos los huesos sobresaliendo, pero donde los no-muertos eran calvos, éstos estaban cubiertos de oscuro vello humano. Alguien afeitó diseños en sus pieles y los delineó con la misma pintura amarilla. Grandes orejas como de lobo sobresalían de sus cráneos. Sus cabezas eran demasiado largas, las mandíbulas demasiado sobresalidas, como si alguien hubiera metido el cráneo de un caballo en una cabeza humana y trató de estirar la piel sobre ella, pero sin tener éxito. Sin labios, sin nariz, sus fosas nasales dos ranuras entre las dos crestas de hueso expuesto que corrían a lo largo del centro de sus cráneos, las criaturas la miraron con los ojos blancos.

Lecciones de hace mucho tiempo surgieron a la superficie en la memoria de Elara. Ella había sido advertida acerca de estos antes. Ah, sí. Tiene sentido.

—Sé de ti —dijo Elara—. Una vez fuiste un chamán. Una vez sanaste a los enfermos y hablaste con los espíritus.

La criatura se quedó mirándola.

—Pero entonces Nez te atrapó. Él te hizo hacer cosas malas. Entonces, cuando moriste, él utilizó tu cáscara dañada para invitar a algo más, de las profundidades oscuras. Eso tomó tu cuerpo. Eres un skudakumooch. Un brujo fantasma.

La criatura no se movió.

—Eres una cosa de la magia antigua ahora. —Elara enseñó los dientes—. Pero este es mi castillo. Hay espacio para un solo monstruo antiguo aquí. Y tu hospitalidad ha expirado.

Las bestias gemelas se lanzaron hacia ella. Ella azotó al izquierdo con su magia, tratando de rasgar su poder de ella. Los símbolos amarillos destellaron con luz. Sus poderes rebotaron.

La bestia clavó sus mandíbulas en su muñeca, el otro se clavo en su antebrazo. Los dientes perforaron su piel, sacándole sangre. La agonía se disparó por sus brazos, ardiendo.

Las bestias separaron sus brazos, anclándola. El pánico se apoderó de Elara, empujándola directamente a la parte oculta de sí misma, en el que el iceberg de su poder esperaba, bajo llave. Todo lo que tenía que hacer era llegar a ella.

No. Ella apretó los dientes. No.

El brujo fantasma atacó hacia ella, tratando de arañar su garganta con sus garras. Elara sacó la magia de sí misma y la vomitó en la cara del brujo. El skudakumooch chilló, tambaleándose hacia atrás.

Necesitaba sus manos, pero las bestias estaban masticando la carne.

El skudakumooch se lanzó de nuevo. Elara escupió otro torrente de energía. El skudakumooch retrocedió.

Bale bramó como un rinoceronte enfurecido y aplastó el cráneo de la criatura de la derecha con su maza. Hueso se quebró. Bale golpeó una y otra vez, conduciendo la maza en ella en un frenesí. Los colmillos de hielo se abrieron. La bestia giró hacia Bale. Elara se inclinó y metió la mano en la boca de eso. Sus dedos se cerraron alrededor de su lengua podrida y golpeó su poder por su garganta. Su magia encontró la oscura semilla viscosa que lo animaba, se la tragó, y lo rompió entre sus dientes.

La bestia se hundió y se desplomó, de repente sin hueso. Su cuerpo cayó a pedazos, trozos de carne se desplomaron.

Elara giró y metió los dedos en los ojos de la otra bestia. Estallaron bajo sus dedos. Su magia atravesó a la bestia y se vino abajo, muerto. El skudakumooch gruñó, mordiendo el aire con colmillos de color rojo sangre del tamaño de los dedos de Elara. Una nube de oscuridad se derramó de él, llena de dientes y garras fantasmales. El humo se enroscó en Elara. Su piel volvió a la vida con dolor, como si el aire se hubiera convertido en un torbellino de vidrios rotos. Ella la rasgó y cerró sus manos en la garganta del brujo fantasma.

La criatura se sacudió. Sintió la cosa retorcerse en el interior del cuerpo una vez humano. Era viejo y poderoso, pero ella era más fuerte, y la ahogó, hundiendo sus garras en la carne, desgarrándola con su magia, una y otra vez. Toda la magia que tenia fluyó desde el suelo al skudakumooch. Los zarcillos blancos brillantes se envolvieron alrededor del brujo fantasma, asfixiándolo. Elara abrió la boca, sabiendo que sus mandíbulas se abrían demasiado anchas, mientras trataba de hundir la cabeza del skudakumooch en ella.

La oscuridad se disparó de la espalda del brujo fantasma. El cadáver se desinfló en las manos de Elara como una piel de agua vacía. La oscuridad se estremeció, colmillos, dientes, cuernos giraron dentro de ella, y desapareció.

Las antorchas y linternas Fey volvieron a encenderse.

La mandíbula de Elara se cerró bruscamente otra vez en su lugar. Ella dejó caer el cadáver y tendió la mano.

—Mi anillo de bodas, por favor.

Bale sacó el anillo de bodas y lo puso en su palma. Sus dedos temblaban. Elara deslizó el anillo en su lugar. Ahí.

El sonido de una profunda explosión llegó de arriba, amortiguado por la piedra, pero todavía claramente reconocible, el grito de Erawan. Elara se dio la vuelta y corrió hacia la puerta.

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Hugh se paró en el muro, presentando un blanco muy claro. El maldito elefante era tan grande, que bloqueaba la luz. Detrás de Erawan, el Equipo de Limpieza estaba tratando de arrastrar los árboles que había derribado para vadear el foso. Buen momento para que le creciera un cerebro a Nez. 

A lo largo del muro los Perros Hierro se acuclillaron junto a bolsas y cajas, la gente de Elara se intercalaban entre ellos.

—¿Crees que esto funcione? —preguntó Dugas a su lado.

—Ella no me deja matarlo —dijo Hugh entre dientes—. Esto es todo lo que tengo.

Erawan dio un pesado paso hacia adelante. Rayos salieron de sus lados. Sólo unos cuantos metros lo separaban del foso. Los ojos del elefante miraron a Hugh, lleno de dolor y locura. Erawan lo había visto y se dirigía directamente hacia él.

—Saca a tu gente de aquí —le dijo Hugh a Dugas.

—Con su permiso, creo que mejor nos quedamos. Somos mejores en este tipo de cosas que tu.

—Si esto no funciona, todo este muro se vendrá abajo.

Dugas extendió los brazos.

—Vida y muerte. Todo parte de la existencia.

Erawan dio otro paso. El castillo se sacudió. Olas pulsaron a través del foso.

No te pares en él, Hugh oró en silencio. No te pares en él. El hormigón no soportaría tanto peso.

Erawan bramó. Hugh apretó las manos sobre las orejas. El bramido del elefante torturado sacudió el castillo. El viento de él rasgó sus ropas. El aullido murió, y Hugh grito en el silencio.

—¡Esperen!

Los Perros de Hierro se quedaron inmóviles.

El elefante colosal dio otro paso, cayendo justo cerca del agua. Hugh no pudo ver nada ahora, ningún bosque, ni campos, sólo las tres enormes cabezas de Erawan y la cabina blindada en su cuello. En algún lugar de ahí, el Maestro de la Bestia dirigía. Saca al Maestro de las Bestias y sacas a la bestia.

Espera, Halliday. Sólo espera. 

La joya en la cabeza de Erawan pulsó con rojo. El elefante colosal gritó y se inclinó hacia delante. De repente, los enfurecidos ojos estaban a sólo unos metros de distancia. El aliento se atascó en la garganta de Hugh. El miedo se precipitó a través de él. Se lo tragó y gritó:

—¡Ahora!

Los Perros de Hierro y la gente de Elara abrieron las bolsas y cajas y arrojaron el contenido en la dirección de Erawan. Flores cayeron sobre la pared de Baile. Los humanos cayeron sobre sus rodillas, estirando sus manos delante de ellos. Hugh recogió dos puñados de las flores y se inclinó, manos extendidas delante de él.

—¡Erawan! —gritó Hugh—. Monte de Indra, Rey de Todos los Elefantes, El Que Ata Las Nubes, El Que Alcanza El Inframundo y Trae La Lluvia. Nos inclinamos ante ti. Por favor, acepta nuestra ofrenda.

Se preparó para el latigazo de la enorme tropa.

Erawan se quedó inmóvil.

Hugh contuvo el aliento.

El colosal elefante se acercó con su trompa central y barrió las bolsas de flores, doblando su trompa alrededor de ellas suavemente como si fueran tesoros de incalculable valor.

La joya chispeó con rojo. Erawan bramó. La fuerza de su voz casi derribó a Hugh del muro. Se agarró a la pared y se aferró a ella. Por encima de él la sangre se derramaba desde la cabina blindada, corriendo sobre el cráneo de Erawan. Las lágrimas llenaron los ojos del elefante. Pero Erawan no se movió.

Hugh se enderezó.

—¡Deja que te ayude! Señor de las Nubes, déjame ayudar!

Los ojos de Erawan se centraron en él. El elefante divino agachó la cabeza central, desenrollando su trompa.

Ahora o nunca. Hugh saltó sobre la trompa. La tierra se movió debajo de él y acto seguido corrió hasta la trompa levantada de Erawan, sobre la frente, y la cabina. Las protecciones pulsaron. La perra había resguardado la cabina. Cariño, necesitarás más que eso. 

Hugh aspiró una bocanada de aire.

¡Habbassu! —Golpeó.

La palabra de poder rompió el hechizo de protección. La cabina se partió. Halliday saltó, un palo afilado con una joya en una mano y una espada curvada en la otra. Ella giró como un derviche y arremetió contra él. Bateó su espada a un lado y arremetió contra ella con su espada. Ella bloqueó. Era una mujer grande, pero él era más fuerte, y el impacto la hizo caer hacia atrás. Hugh la llevó hacia atrás, a través de la columna vertebral del elefante, derramando golpes sobre ella. Halliday gruñó como un animal acorralado, cortando en un torbellino. Él se metió entre sus golpes y sintió la ligera resistencia cuando la hoja negra dio en el blanco.

Halliday se congeló, su boca se abrió en una aterrada, y conmocionada “O”. Hugh arrebató la barra de su mano y la pateó sacando su espada. Ella se arrastró lejos de él. La persiguió, paso a paso, hasta que llegó al borde de la enorme espalda de Erawan. Halliday enseñó los dientes.

—Jódete, pedazo de mierda.

Él rió y le dio una patada en la cara. Se deslizó sobre Erawan y cayó al suelo con un grito. El lomo del elefante rodó cuando una colosal pata trasera se desplazó unos pocos metros a la derecha.

Hugh se volvió y corrió hacia la parte delantera del elefante. Bajó la trompa y subió de vuelta a la pared. La barra controladora fluía con rojo. Era una cosa viciosa, de casi un metro de largo con una punta de metal afilada con un gancho en la hoja para rasgar la carne en su salida de una herida. La punta estaba cubierta de sangre. La magia crujía por su longitud, deslizándose desde la gema en la parte superior de la punta de metal.

El que controlaba la varilla controlaba a Erawan. La idea se le ocurrió casi como si viniera de otra persona. Miró hacia arriba y vio las lágrimas en los ojos de los elefantes.

Él no era tan bastardo.

—¡Maza! —rugió Hugh.

Uno de los Perros de Hierro le entregó una maza. Hugh puso la barra de control en el parapeto y la balanceó. La cabeza de la maza aplastó la joya. Él levantó la barra de control y la rompió sobre su rodilla.

La gran joya en la cabeza de Erawan se agrietó. Las piezas se desplomaron, estrellándose contra el suelo. El elefante levantó sus trompas y dejó escapar un bramido de triunfo.

Las cadenas de unión de sus pies se rompieron.

Al lado de Hugh, Dugas se quedó con la boca abierta.

Erawan extendió sus orejas. Sobre él, las nubes irrumpieron con la lluvia. Vertiéndose sobre su cuerpo, lavando el pigmento oscuro de su piel. Riachuelos de lluvia manchada goteó al suelo, y donde tocaba la hierba, las flores florecieron.

Los humanos en la pared se quedaron mirando, mudos.

Erawan rugió de nuevo, su voz llena de alegría. Sus cicatrices se desvanecieron, lo último de la oscuridad se deslizó, y él se reveló y brilló de blanco.

El elefante agitó sus trompas, sacudió sus orejas, arrojando las gotas de lluvia, y desapareció. Sólo un parche de flores brillantes permaneció donde había estado.

—Funcionó —dijo Dugas—. ¿Cómo sabías de las flores?

—Él es adorado en Tailandia con ofrendas de flores y guirnaldas. Un dios hará casi cualquier cosa por mantener a salvo a sus adoradores. Son la fuente de su poder y de su existencia.

Dugas sonrió, limpiándose la lluvia de su cara.

Por debajo, el equipo de limpieza detuvo su avance, confundidos, las filas se desordenaron mientras Nez trataba de reagruparse.

Hugh sonrió.

—Eres mi testigo —le dijo a Dugas—. Ella me debe una.

—Díselo tu mismo —dijo el druida.

Hugh se volvió. Elara estaba de pie en los escalones. En su cabeza, ella daba los tres pasos que los separaban y lo besaba. Pero ella se quedó donde estaba y luego sonrió, todo su rostro se iluminó por completo.

—Gracias.

Valió la pena. 

—¿Me viste liberar a los elefantes? —preguntó.

—Lo vi.

Él notó las muchas capas de sangre en sus brazos.

—Van a sanar. He ganado también —dijo—. Me temo que Bale podría no ser el mismo.

Hugh vio a Bale detrás de ella. El berserker estaba blanco como una hoja.

—Es resistente —dijo Hugh—. Lo superará.

La magia restalló como un látigo a través del campo de batalla. Se dio la vuelta para enfrentarse a ella.

Un portal se abrió en el centro del campo y mrogs se vertieron sobre la hierba.

[size=32]Fin del capítulo 15[/size]
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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Sáb Ago 11, 2018 5:39 am

Capítulo 16

Trad. Yanli


Elara quedó mirando la columna blindada. Seguían llegando y llegando, veinte hombres en una fila, más y más, nunca terminando. Se dividían mientras salían a la hierba, una fila moviéndose hacia la izquierda, la siguiente a la derecha, formándose en dos rectángulos. Tenía que haber más de mil soldados en el campo ahora. La lluvia los empapaba, y todavía venían, filas tras filas. Los mrogs envueltos alrededor de las dos columnas como un mar oscuro cambiante, demasiado numerosos para contar.

Arriesgó un vistazo a Hugh. Él los estaba observando con una mirada sombría. La miró, y vio una determinación salvaje en sus ojos, del tipo que tiene un animal atrapado cuando sabía que estaba acorralado y el escape era poco probable.

Tal vez ellos no están aquí por nosotros. Tal vez están aquí por Nez . Ella sabía que esta fina esperanza era absurda, pero se aferró a ella de todos modos.

La siguiente fila de soldados salió, llevando tablones de madera clavados juntos. Otra fila. Otra. Una tercera, llevando palos de madera. Partes de un puente, se dio cuenta Elara. Iban a tratar de tender un puente sobre el foso.

En el otro lado del campo, el Equipo de Limpieza se quedó atrás, tomando una posición defensiva en el borde de los bosques.

Un hombre emergió, cabalgando sobre un gran caballo negro y llevaba una armadura adornada de oro. Otro hombre de armadura normal montaba detrás de él, sosteniendo un estandarte y un cuerno.

El portal se cerró de golpe.

—Ahí lo tienes —murmuró Hugh.

El soplador de cuerno sopló una nota aguda. Todos a la vez, los guerreros en las dos columnas se giraron, aquellos en la cabeza se enfrentaron al castillo y los de la derecha hacia las fuerzas de Nez. Los mrogs se dividieron por la mitad y cargaron hacia los muros y la línea de árboles, gritando y aullando. La débil esperanza dentro de Elara murió. El ejército mrog estaba aquí por Baile. No esperaban otro ejército en el campo, pero no tenían la capacidad de tomar decisiones rápidas o negociar, por lo que ahora ambos lucharían.

—¡Artillería! —gritó Hugh—. Fuego a discreción.

Sam sonó el cuerno. Las máquinas de asedio mágicas escupieron flechas a los mrogs que se aproximaban. Explosiones verdes arrancaron agujeros rasgados en medio del avance. Los mrogs chillaron y siguieron corriendo.

—¡Al muro! —rugió Hugh—. ¡Defiendan el perímetro!

El cuerno bramó.

Hugh se volvió hacia ella.

—Mete a todo el mundo en la fortaleza.

—¿Qué?

—No podemos respaldar el muro. Te estamos comprando tiempo. Mete a nuestra gente en la fortaleza, Elara, a los túneles.

Los primeros mrogs se desvanecieron en el foso, nadando a través de él.

Ella gritó ordenes, lanzando su voz alrededor del castillo.

El primer brazo peludo se aferró al parapeto. Un mrog se impulsó por la pared y se agachó. Apenas había gritado antes de Hugh lo decapitó.
•••

Elara se pasó una mano por su cara ensangrentada. El suelo de la muralla exterior estaba cubierto de sangre y cuerpos de mrog. En el muro, la batalla continuaba. Junto a ella Savannah respiraba con dificultad. Toda su gente había logrado llegar a la torre del homenaje. Los Perros de Hierro se retiraban del muro, luchando en grupos pequeños. Sólo una parte del muro aún aguantaba, la que está directamente encima de ellos.

Otras seis personas en uniformes negros llegaron corriendo alrededor de la esquina. Un grupo de mrogs los perseguían.

Savannah escupió una maldición. Magia salió de ella como un látigo. El líder mrog cayó, cubierto de forúnculos. Savannah se tambaleó. Ella no iba a aguantar mucho más tiempo. 

Los Perros de Hierro los pasaron corriendo.

Elara se puso entre la bruja y los mrogs entrantes. Ellos arañaron hacia ella y murieron a sus pies, uniéndose al semicírculo de cuerpos peludos.

Savannah tropezó.

Más mrogs llegaron por encima del muro, procedentes de todas las direcciones ahora.

—A la torre del homenaje —le dijo Elara bruscamente—. ¡Ahora!

—Yo…

—¡Ahora!

Savannah se retiró a la torre.

Una criatura grotesca surgió de la izquierda, corpulenta, con los hombros de gran tamaño y brazos como tronco de árbol, salpicado de sangre y trozos de tejido humano. El cuerpo inconsciente de Bale yacía desplomado sobre su espalda. Le tomó un momento a Elara registrar a los Perros de Hierro a su alrededor. No es un monstruo. Otro berserker. El grupo la pasaba al entrar en la torre del homenaje.

Todo a su alrededor estaba lleno de mrogs subiéndose por la pared, retorciéndose y chillando.

—¡Hugh! —gritó Elara.

Un cuerpo cayó de la pared y aterrizando sobre las piedras con un splaf húmedo. Vio el cabello oscuro. Felix. Oh no. Se dejó caer junto a él. Sangre se derramaba de la cabeza de Felix. El jefe de los exploradores se esforzaba por decir algo.

¡Hugh! 

Él bajó corriendo las escaleras, Stoyan y otros dos le seguían, cubiertos de sangre.

Felix la agarró de la mano y murió.

Vio la cara de Hugh, y el dolor en él la desgarró.

—¡Vamos! —gritó Savannah.

Hugh la tomó de la mano, tiró de ella hacia arriba y la alejó del cuerpo hacia la torre del homenaje. Las enormes puertas de metal se cerraron.

Elara miró alrededor de la habitación. Personas destrozadas y ensangrentadas le devolvieron la mirada con ojos aterrorizados, algunos de ellos eran de ella, otros de Hugh. Nuestros, se corrigió. Todos ellos son nuestros.

Sam se adelantó, abriéndose paso entre la multitud, llevando a Bucky, el casco de Hugh bajo el brazo. Otros siguieron con más caballos.

Qué…

Se volvió hacia Hugh.

—¿Estás loco?

—La única manera de parar esto es matar al comandante —dijo Hugh.

—Podemos aguantar. Sólo tenemos que sobrevivir a ellas hasta que termine la ola mágica.

—Estarán de vuelta —dijo con una finalidad sombría—. Si los esperamos afuera, simplemente volverán. Tenemos que romperlos. Si matamos al comandante ahora, se romperán.

Ella sacudió su cabeza.

Él siguió hablando.

—Si tengo éxito, no les hagas caso. Van a dejar de luchar y se pararan por ahí hasta que vuelva la tecnología y se los lleve. Hasta entonces, los mrogs serán tu único problema y puedes manejar a los mrogs en un espacio estrecho.

—No puedes salir ahí. Es un suicidio.

Los Perros de Hierro estaban montando.

—Ellos no están esperando que arremeta. Quiero que lleves a todos los demás a los túneles. Los mrogs trataran de venir a través de las ventanas superiores. Las rejillas de metal no los contendrán por mucho tiempo. Eventualmente atravesaran esta puerta, también.

No podía ir con él. Ella era su mejor defensa contra los mrogs.

—No.

—Elara, esto es una cuestión de supervivencia. O lo mato, o nos matará él a nosotros.

—No —le dijo ella.

—Esto es lo que hago —dijo—. Es por esto que te casaste conmigo.

—Hugh, no salgas ahí. —Ella agarró sus manos—. Por favor, no vayas.

Él se inclinó y la besó, caliente y desesperado. Ella probó la sangre.

—Bloquea todas las puertas en el camino hacia abajo —dijo—. Ralentízalos lo más que pueda.

Tomó el casco de Sam y se lo puso.

Iba a salir ahí. No había nada que ella pudiera hacer. La horrible comprensión la golpeó, robándole la capacidad de hablar.

Esto es lo que hago. Es por esto que te casaste conmigo. 

Elara encontró su voz.

—¡Johanna!

Las personas miraron a su alrededor. Un Perro de Hierro se dio la vuelta, se acercó a tocar a alguien en el hombro, y se apartó. Johanna se abrió paso entre la multitud.

Por favor ayúdanos —le dijo Elara con señas.

Johanna inclinó la cabeza y se acercó a la puerta. Stoyan le dio una mirada salvaje desde la parte trasera de su caballo.

—Su poder es único —le dijo Elara a Hugh—. Cuando termina se agota hasta que pueda recuperarse. Quédense detrás de ella.

Él montó a Bucky. El enorme semental mostró los dientes. Hugh levantó la espada y la atrajo hacia su muñeca izquierda. La sangre recubrió la cuchilla y se volvió sólida. Una espada de sangre. Roland hacia armas de sangre. Ella nunca se dio cuenta de que Hugh podía.

Algo raspó la puerta. Los chillidos del mrog resonaban en la habitación, amortiguado por la madera.

Johanna levantó los brazos a los lados y cerró los ojos. Mechones delgados de humo negro se alzaron en espiral de sus manos sobre sus brazos. Apenas de metro y medio de alto, delgada, con el cabello rubio derramándose sobre su espalda, ella se quedó allí, ante una enorme puerta. Detrás de ella, Hugh se elevaba en su gran semental.

El corazón de Elara se apretó en una roca dura.

—Vuelve a mí —ordenó ella, con voz despiadada—. Vuelvan a mí, todos.

Dos Perros de Hierro desbloquearon la puerta, sosteniendo las dos mitades de la misma.

Johanna inclinó la cabeza hacia atrás. El humo negro se envolvía por todo su cuerpo ahora. Ella abrió los ojos y eran de color negro sólido, y llenos de desesperación. Su cabello ondeando, movido por un viento fantasma.

—¡Abran la puerta! —ordenó Elara.

La puerta se abrió, revelando una masa de mrogs reunida delante de ella.

Johanna se disparó en el aire a medio metro del suelo. El humo se extendió detrás de ella, siguiéndola como dos alas. Ella abrió la boca y se lamentó. Cada sonido desesperado, el chillido de un cisne viudo, el aullido de un lobo moribundo, el grito desgarrador de un bebé huérfano, todo ello se hizo eco dentro de ese gemido. El grito imposiblemente agudo rasgó a través de las mrogs. Ellos cayeron de lado, muertos. La Banshee Negra se disparó a través de la brecha que había hecho y los Perros de Hierro montaron en pos de ella, arrancando en un galope.

Las puertas se cerraron de golpe. Más Perros de Hierro las trabaron.

—A los túneles —ordenó Elara.
•••

El aullido de la Banshee Negra rompió las cadenas del puente levadizo. Este se desplomó y Hugh lo atravesó al galope, los cascos de Bucky resonaron como un trueno. El semental se dirigió solo hacia la fila de soldados, cargó como si hubiera nacido para ser un caballo de batalla.

La Banshee abrió un camino a través de las filas, precisa como un láser. Todo lo que Hugh tenía que hacer era seguirla. Las banshees regulares gemían y te volvían loco, pero las Banshees Negras mataban con sus gritos. Otro recurso del que deseaba haber sido consciente. Cuando terminara aquí, él y la Arpía tendría que tener una larga discusión acerca de guardarse las cosas.

La primera línea de soldados bloqueó su camino y cayeron, liquidados por el llanto.

Todavía estaba separado de ella, mirándolo como si eso le estuviera sucediendo a otra persona.

Las segunda, tercera, y cuarta filas siguieron.

Ella gritó y gritó.

La quinta y sexta fila colapsó.

El Banshee se disparó hacia arriba y hacia la derecha. Sus alas de humo se desvanecieron, y ella se hundió.

Sólo cuatro filas entre él y el comandante.

Bucky derribó a los soldados blindados como un ariete, labrando su camino. Hugh balanceó su espada, cortando cráneos. La espada se sangre impactó contra metal y este cedió.

En un momento él y Bucky los atravesaron, quedando a la intemperie, el comandante en su caballo delante de ellos, cargaron a toda velocidad.

—Mata al otro caballo —ordenó.

El semental relinchó y se lanzó en una carga desesperada.

El mundo encajó en un enfoque nítido. Los colores se volvieron vivos, los olores agudos. Lo vio todo, él era consciente de todo, y estaba cien por ciento seguro que cuando los dos caballos chocaran, la fuerza de ello los tumbaría a los dos. Él sabía exactamente donde podrían aterrizar.

Se puso de pie sobre los estribos y tiró de su pierna izquierda hacia atrás, montado al caballo de lado.

Los dos sementales colisionaron uno contra el otro, gritando. Una fracción antes de que chocaran, lo soltó, dejando que la fuerza del galope lo arrojara al aire, dando el poder a su impulso.

Debajo de él, el comandante se puso en cuclillas y escupió fuego, pero el arco caliente de las llamas fue demasiado lento.

Hugh asestó su espada en primer lugar. La hoja de sangre atravesó al comandante desde el cráneo hasta el esternón. Las dos mitades del hombre humearon.

Hugh se volvió y corrió.

No vio el fuego, pero lo oyó, rugiendo como un animal detrás de él. Arriesgó una sola mirada hacia atrás y vio un tornado de llamas que salían directamente hacia él. El mundo se volvió calor y fuego. Se envolvió con su magia, curando las ampollas en cuanto se formaban. La fuerza del choque impactó contra él, como si Erawan se hubiera vuelto y dado una patada con su pata colosal. Magia chocó contra él y todo se volvió oscuro.

La luz volvió en una oleada de agonía. Hugh parpadeó ante las puñaladas gemelas de dolor. Piernas rotas. Debió haber sido arrojado por la explosión y aterrizó mal. Trató de mover los brazos y no pudo. Los huesos y músculos funcionaban bien, pero algo lo restringía.

La luz se oscureció cuando algo borroso la bloqueó.

Hugh parpadeó hasta que la cosa borrosa entró en foco y se quedó mirando la cara del vampiro.

El no-muerto abrió su boca.

—Bueno, bueno —dijo en la voz de Nez—. Hoy no es una total pérdida.

Mierda.
•••

Elara se quedó mirando la puerta. Detrás de ella, cientos de personas esperaban. Si los mrogs lograban atravesar, ella los detendría.

Pasó mucho tiempo. Tuvo que ser horas. Se sentía como horas.

Alguien llamó a la puerta.

—¡Abran! —gritó una voz familiar.

Stoyan.

Elara agarró la barra. La gente se trasladó a ayudarla, y la puerta se abrió. Stoyan corrió al interior, llevando a Johanna, floja como una muñeca de trapo.

—¡Ayúdala!

Savannah puso la oreja sobre el pecho de Johanna.

—Ella no necesita ayuda. Necesita tiempo. —Ella sacudió la cabeza y Nikolas corrió para tomar a Johanna de los brazos de Stoyan.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Dugas.

Stoyan se le quedó mirando, con los ojos salvajes, su piel manchada de sangre y suciedad.

—Hugh mató al comandante. El tipo explotó. Los mrogs se escaparon y los soldados se largaron.

—¿A dónde? —exigió Savannah.

—Al bosque. Hemos matado a algunos que habían quedado entre nosotros y el castillo, pero el resto de ellos o andan por ahí o se perdieron en los matorrales. Siempre y cuando no te les acerques, no van a atacar.

Elara agarró el brazo de Stoyan.

—¿Dónde está Hugh?

—Nez lo tiene.

Hielo rodó sobre ella.

—¿Cómo?

—Él fue arrojado por la explosión —dijo Stoyan—. Los no-muertos llegaron a él antes que nosotros.

Pensamientos corrieron a través de ella, viniendo demasiado rápido.

—¿Nez todavía está ahí afuera?

—No, se retiró tan pronto como capturaron al Preceptor.

Ella había tenido razón. Esta batalla nunca fue por el castillo. Fue por Hugh.

Stoyan mostró los dientes.

»Necesito voluntarios. Vamos a traerlo de vuelta.

—No, no lo haces —dijo Dugas—. Nez solamente ha enviado una pequeña parte de su fuerza. Todavía tiene la mayor parte de sus no-muertos. No hay suficiente de ustedes.

—Tu trabajo es protegernos —dijo Savannah—. Con el Preceptor desaparecido, ¿qué ordenes se supone que debes seguir?

Stoyan apretó los puños.

—Seguimos a su esposa —dijo Lamar desde el fondo de la habitación.

—Ahí lo tienes —dijo Savannah—. Te necesitamos aquí. El Preceptor es una causa perdida. No puedes hacer que vuelva.

Lamar entró en el centro de la habitación y se inclinó hacia Elara.

Stoyan juró.

—Nos dieron órdenes específicas —dijo Lamar—. Nos dijo que si moría, tú heredabas el mando.

—Él no está muerto —gruñó Stoyan.

Lamar no respondió.

Stoyan apretó los puños de nuevo y bajó la cabeza.

—Voy a hablar por Bale —gritó la hembra berserker—. Obedecemos a la esposa. No vamos a deshonrar su última orden.

Ellos eran suyos, Elara se dio cuenta. Tenía el castillo y a los Perros de Hierro. No tenía por qué compartir más la autoridad. Hugh confiaba en ella para cuidar de su gente.

Sólo había una solución a este problema. La estaba mirando fijamente a la cara. El miedo se apoderó de ella, tan fuerte que apenas podía respirar. Era más fuerte, se recordó. Era siempre más fuerte.

Tenía que traerlo de vuelta. No había otra manera.

Su voz llegó fría.

—Trae a las vacas.

Un silencio cayó conmocionado. Los Perros de Hierro miraron a su alrededor, desconcertados.

—No puedes —Savannah retrocedió—. ¿Por él? ¿Podrías manifestarte por él?

—Hugh fue abandonado por todos en su vida. —Sus palabras resonaron—. Sus padres, su maestro, su padre sustituto. Todos lo echaron a un lado. Él confió en nosotros. Se sacrificó para salvarnos. Esta es su casa. Soy su esposa. No lo voy a abandonar. Trae a las vacas.
•••

Elara se paró en el muro. Los fuegos se habían encendido, combatiendo la noche. En el campo, los restos de la fuerza mrog deambulaban, confundidos. Stoyan tenía razón. La mayoría de ellos finalmente se marchó al desierto. No tenía idea de cuánto tiempo la ola mágica duraría, pero la tecnología los mataría, estaba segura de ello. Había demasiada magia en sus cuerpos para sobrevivir a la tecnología.

La luna se había levantado.

En el interior de Bailey, símbolos estaban siendo pintados con tiza y sal. Dugas presidía. Llevaba su túnica blanca. En las paredes y en el patio los Difuntos esperaban, vestidos de blanco. Una fila de vacas estaban esperando, cada una decorada con signos dibujados en blanco, dedicados a ella. Quince en total. Eso serviría.

—No hagas esto —dijo Savannah, su voz suplicante—. Tienes todo lo que quieres. Simplemente deja que Nez lo tenga. Eso resuelve todos nuestros problemas.

—No.

—Elara…

—¿Recuerdas aquella noche? —preguntó. Ella no tiene que especificar qué noche. Siempre fue la primera noche, la noche en que volvió a nacer.

—Claro que me acuerdo.

—Dijiste entonces que la lealtad era lo único que teníamos. Antes que la amistad, antes que el amor, antes que la riqueza, está la lealtad.

Savannah no respondió.

—Ya he tomado una decisión —dijo Elara—. Tengo que traerlo de vuelta.

Savannah abrió los brazos y los envolvió alrededor de ella.

—Pobre niña —susurró la bruja.

Elara apoyó la cabeza en el hombro de Savannah, la forma en que lo había hecho cuando era pequeña y por un momento ella tuvo diez años de nuevo, asustada y sola en esa primera noche.

—Pobre dulce niña. Puedes hacer esto, ¿me oyes? Puedes mantenerlo a raya. No te rindas a ella. No dejes que te devore. —Su voz se rompió—. Eres más fuerte que ella. ¿Me escuchas? Aférrate y haz que te obedezca. No olvides quién eres.

—No lo haré —prometió Elara. Ella lo creyó. No tenía otra opción. Cualquier duda y lo perdería.

Savannah la dejó ir, la miró, y le apartó el cabello suelto del rostro de Elara. Había lágrimas en sus ojos.

—Es el momento entonces.

Elara bajó las escaleras hasta el patio.

Dugas sacó un cuchillo curvo cubierto con signos.

Stoyan y Lamar se movieron para estar a su lado.

—¿Qué va a pasar en este momento? —preguntó en voz baja Lamar.

—Voy a manifestarme —dijo.

—¿Por qué el druida tiene un cuchillo? —preguntó Lamar.

—Porque esta noche no es un druida. Defiendan el castillo mientras no estoy. Esas son sus órdenes.

Stoyan abrió la boca, pero ella se alejó de ellos y entró en el círculo de signos.

Un bajo canto se levantó de los Difuntos, ganando fuerza. Ella sintió que su magia revoloteó en respuesta.

—Entren —les dijo Savannah a los Perros de Hierro—. No querrán estar aquí para esto.

Lamar fue a protestar.

—Entren —les dijo Elara—. Por favor.

Los centuriones se alejaron.

Un niño descalzo llevó a la primera vaca con Dugas y se alejó. La bestia miró a Elara con los ojos marrones líquidos, y confiados. La culpa la retorció. Ella apretó los dientes y se estiró muy dentro de sí misma, al lugar donde su magia esperaba detrás de una puerta cerrada con llave.

Dugas cantaba, su rostro volviéndose salvaje. El cuchillo curvo destelló, reflejando la luz de los fuegos. La sangre de color rojo brillante salpicó la bata blanca.

El poder perforó a Elara, catapultándola a través de la puerta directamente a las profundidades de su magia a la presencia fría que la esperaba allí. Antigua como las estrellas, poderosa más allá de cualquier medida, demasiado complejas de entender para un humano, sin embargo, una sola mente en su ferocidad. Esperó por ella, ya no un iceberg congelado, sino una piscina de agua celestial.

Se hundió en ella, alimentada por la magia del sacrificio. El líquido se cerró sobre su cabeza, sumergiéndola, y permitiéndole que la inundara con su magia…

El universo se abrió como una flor, sus secretos suyos para tomar.
•••

Colgar de un potro de tortura no era lo más divertido que hubiera hecho alguna vez, decidió Hugh. Los ayudantes de Nez le retorcieron los brazos antes de encadenarlo y sus ligamentos se quejaron, el dolor era constante y difícil de ignorar.

Estaba colgando en la sede de Nez, una habitación en un edificio grande de pre-Cambio, presumiblemente en algún lugar de Rooster Point, aunque no podía estar seguro. Lo habían arrastrado aquí en la oscuridad. La única cosa que recordaba claramente era pasaba por la armadura de un Matador, abollado y rasgado como si algo con dientes grandes lo hubiera agarrado y mordido con sus mandíbulas. La obra de los Difuntos. De alguna manera la cucaracha había sobrevivido.

Varios braseros de metal llameaban iluminaban la habitación. La mayor parte de Rooster Point había sido abandonada por mucho tiempo, nadie se preocupó por instalar lámparas Feys, y Nez tuvo que recurrir a una mazmorra de una vieja escuela. Aparte de braseros, no había mucho de ella. Suministros arrojados aquí y allá, típicos desechos y restos flotantes de la Legión en movimiento. Cadenas, collares de no-muertos, cajas de equipos, escáneres mágicos diseñados para registrar firmas mágicas residuales, fueron empujados contra las paredes.

Nez estaba apoyado en la mesa, directamente al otro lado de él, bebiendo café. No había cambiado mucho. Aún esbelto, con el rostro impasible y arrogante. Después de un tiempo todos los Legatus tiene esa expresión. Hugh había visto más de una docena ir y venir. De todos ellos Steed era el único a quien podía soportar. Su memoria trajo el recuerdo de Steed en una jaula, mirándolo con los ojos dementes mientras Hugh le daba de comer pan.

Tenía remordimientos. Pero por otro lado, él mismo estaba enjaulado ahora. Los giros eran un juego limpio.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Nez.

—Bueno, doctor, siento dolor y hormigueo.

—¿Sabes lo que odio de ti? —Nez tomó un sorbo de café—. Esta estúpida valentía. Hay cosas en esta vida que tienen que ser tomadas en serio. Al principio pensé que estabas tratando de ocultar la debilidad detrás de todas esas ocurrencias, pero ahora lo sé. Simplemente eres estúpido. —Se inclinó hacia delante—. ¿Ya se ha metido eso en tu grande y bruta cabezota? Gané.

—Nez, ¿qué ganaste exactamente? No estoy muerto. Eso es un hecho revelador. ¿Se te permitió matarme?

El silencio respondió.

—Lo tomo como un no —dijo Hugh—. Así que, en realidad, lo que se te permitió fue un poco de tiempo para hacer lo que quieras conmigo y regodearte. Y eso es todo. Después, tendrás que entregarme a Roland. Haz lo que sea que vayas a hacer o desarrolla algo de pelotas y mátame. Hazlo, Nez. Te reto.

La rabia en los ojos de Nez fue deliciosa. Si empujaba a Nez lo suficientemente lejos, se rompería y lo mataría, lo que sería el mejor resultado posible.

—Eso es una corta correa por la que él te tiene —dijo Hugh.

Nez agarró un trozo de tubo de su escritorio y lo balanceó como un bate. La tubería conectó. Los huesos crujieron cuando sus costillas se rompieron. Nez estalló en una ráfaga de golpes. El tubo aterrizó una y otra vez, cada golpe una nueva ráfaga de agonía. Por último, se dejó caer contra la mesa y soltó el tubo. Este cayó al suelo.

Cada respiración era como arrastrar fuego en sus pulmones.

—Ay —dijo Hugh.

Nez se le quedó mirando.

Hugh sonrió.

—¿Te sientes mejor, cariño? ¿Todavía te siente como si ganaste?

—Mi correa es corta, pero él te amordazó —dijo Nez entre dientes—. ¿Ya lo captas? ¿Sabes lo que hace para mantenerte en la fila? Te cocina como una pieza de pollo frito. Él fríe tu mente hasta que no es más que una cáscara. Así que voy a decírtelo ahora, porque más adelante no te importará. Cuando termine y las cosas se calmen, voy a volver aquí, y mataré a todo ser viviente en ese castillo. Cada hombre, cada mujer y cada niño. Haré que tu esposa lo vea. Ella será la última en irse.

Ese cabrón lo haría. Hugh lo vio en los ojos de Nez.

—Buen discurso —dijo—. Me gustaría aplaudir, pero estoy todo amarrado.

Nez mostró los dientes.

—Siento que hemos tenido un verdadero avance aquí, Landon —dijo Hugh—. Esta es la conversación más honesta que hemos tenido.

Nez se estiró hacia el tubo.

Un golpe cuidadoso lo interrumpió a mediados del movimiento. Nez se volvió hacia la puerta. Hugh estiró el cuello, pero estaba demasiado lejos detrás de él.

—¿Qué? —preguntó Nez.

—Lo siento, Legatus. Hay niebla.

—¿Qué clase de niebla?

—Una niebla antinatural. Viene de los bosques.

Nez juró y salió hecho una furia.

La sala quedó en silencio excepto por el crepitar del fuego. Tendría que empezar de nuevo cuando Nez regresara, y había estado haciéndolo tan bien. Que lo mataran ahora era su mejor opción. Enfrentarse a Roland sería el final del camino. Iba a hacer algo para evitar andar por él.

Magia susurró a través de la habitación, familiar y cálida.

Demonios. 

Hugh levantó la cabeza. Roland bajó la capucha de su túnica marrón. Su rostro era como ningún otro. Se había permitido la edad de unos cincuenta años, para lucir más paternal para Daniels, y eso le sirvió bien. Parecía un profeta saliendo de las ciudades mágicas hace tiempo olvidadas de la antigua Mesopotamia, un remanente viviente de un tiempo y un lugar diferentes, cuando las cosas maravillosas eran posibles y su nombre había sido Nimrod, el Constructor de Torres. Un erudito, un inventor, un poeta, un dios padre, sabio con ojos amables que eran omniscientes y reprendían ligeramente. Hugh lo miró a los ojos y el amor se apoderó de él. Todo lo que Hugh alguna vez necesitó, todo lo que siempre quiso o requerido, era ese amor. Lo protegió y sustentó, lo guió, quitó todo el dolor. Era como ver la salida del sol después de un largo y oscuro invierno.

El vacío se abrió detrás de Hugh, raspando contra él con sus dientes.

Roland cruzó la habitación y miró por encima del hombro de Hugh hacia el vacío.

—Bueno, eso no es bueno.

El sonido de su voz, impregnada de poder y magia, era tan familiar que dolía.

—Hola, Hugh —dijo Roland.

Logró una sola palabra.

—Hola.

Se miraron el uno al otro.

—Sobreviviste —dijo Roland.

—¿Por qué estás aquí?

—Estoy aquí porque necesito tu ayuda, Hugh. —Roland Sonrió.

—Daniels te pateó el culo —dijo Hugh. La blasfemia de las palabras debería haberlo roto, pero por alguna razón no lo hizo.

—Hemos sufrido algunos contratiempos —dijo Roland—. Nada que no se puede remediar.

Lo entendió de golpe entonces. La batalla nunca fue por el castillo. Fue por él. Nez recibió la orden de ir y sacarlo de Baile.

—Te has probado a ti mismo —dijo Roland.

Puto cabrón. 

—Me viste en Aberdine.

—Sí. Es hora de volver —dijo Roland—. Has estado fuera por mucho tiempo.

—Es demasiado tarde para eso —dijo Hugh.

—Tonterías. —Roland echó un vistazo a las cadenas sobre su brazo derecho. Se vino abajo y Hugh colgó, suspendido por un brazo.

El hechicero inmortal tendió la mano a él.

—Toma mi mano, Hugh. Toma mi mano y todo será perdonado. Todo será como era.

El mundo se redujo hasta los límites de la habitación. Si sólo extendiera la mano y tomara la de Roland, todos los problemas desaparecerían. El vacío se desvanecería, la culpa y las pesadillas. La vida sería más sencilla de nuevo.

—Toma mi mano —dijo nuevamente Roland—. Eres mi hijo en todo menos la sangre.

La palabra atravesó a Hugh. Había esperado décadas para escucharla y aquí estaba, dada libremente.

Roland había esperado que se quedara a la deriva. Mientras él estuvo emborrachándose para tratar de suicidarse lentamente, Roland se limitó a dejarlo como estaba. Pero una vez que se había recompuesto, fue útil de nuevo. Él era una amenaza.

El descubrimiento lo sacudió. Miró a los ojos de Roland y vio algo más, además de la sabiduría y aprobación. Se ocultaba en las esquinas del alma de Roland, una cautela tranquila, observándolo.

Roland tenía miedo de él.

Hugh sonrió.

—No.

—Hugh —dijo Roland, su voz de reproche, catapultando a Hugh a cuando era un huérfano esquelético—. Toma mi mano. Te lo has ganado. Es tu destino.

—No.

Roland se le quedó mirando.

—No es exactamente una sorpresa —dijo Hugh. Las palabras salieron de su boca, sorprendentemente fáciles—. Eres un puto imbécil, ¿lo sabes?

—Yo te saqué de la calle. Te di refugio, educación y alimento. ¿Y así es como me lo pagas?

—Se te olvidó la parte en la que me convertiste en un idiota feliz cada vez que traté de hacer algo que no te gustaba.

—Eso es lo que es criar a un niño —dijo Roland—. Fomentar algunos aspectos de su personalidad, suprimir los otros.

Hugh rió en voz baja.

»Te hice efectivo. Te liberé de las complicaciones que te retenían. ¿Alguna vez te obligué a hacer alguna cosa, Hugh? ¿O te saltaste todas las tareas que te di?

—Explica algo para mí. ¿Por qué me exiliaste? Hice todo lo que pediste.

—Te exilié porque no podías ver la imagen más grande. —Una nota de irritación aumentó en la voz de Roland—. Estoy empezando a pensar que todavía no la ves.

—Eso no explica nada.

—Piensa en ello y vendrá a ti.

El dolor en las costillas era insoportable ahora. Hugh lo empujó a un lado.

—Aquí está la imagen más grande para ti: hay dos de nosotros, Daniels y yo. Ninguno de los dos quiere tener nada que ver contigo. No eres el mejor bateador. Eres el perdedor. Necesitas a uno de tus hijos para luchar contra el otro, porque Daniels te pateó el culo una vez y lo hará de nuevo. Piensa sobre eso.

—Hay tres —dijo Roland—. Casi tres.

—Ella no ha dado a luz todavía.

—No, pero pronto. Pronto voy a tener un nieto.

—Y no puedes esperar para poner tus manos en ese niño. Finalmente, un verdadero hijo, el que tiene la sangre correcta. ¿Por qué demonios crees que algo será diferente? Incluso si lo consigues desde el momento en que arrastre su primer aliento, todavía crecerá odiándote. Sin embargo, aquí estás, tan desesperado por poner tus manos en el nuevo juguete, que enviaste tu Legión para capturarme, teletransportandote aquí a pesar del peligro, y me llamas hijo. Echa un buen vistazo. Mírame colgando aquí. Si yo fuera tu hijo, ¿qué clase de padre te haría eso?

—¿Entonces la respuesta es no? —preguntó Roland.

—Podríamos quedarnos aquí durante los próximos cien años, y no por ello deja de ser no. Nunca vas a lograr poner tus manos en el hijo de Kate. Te voy a matar primero.

Roland suspiró.

—Me decepcionas, Hugh.

—Acostúmbrate a eso.

Roland se acercó más. Solamente treinta centímetros los separaba.

—Sin mí, vas a morir y pronto. ¿Es eso lo que realmente quieres?

—Todos tenemos que morir con el tiempo.

—Solo, abandonado, despojado de tus poderes. ¿Este es el futuro que quieres?

—¿Sin poderes?

—Ninguno de mi sangre.

Hugh sacó el último hilo de magia que quedaba dentro, una pequeña parte que se mantuvo a pesar de las palabras de poder y toda la sanación que había hecho. Pasó los dedos de su mano libre a través de las costillas ensangrentadas y sumergió la magia en el líquido carmesí. Mágica chisporroteó, y la sangre oscura se transformó en una aguja afilada de color rojo sangre.

—Explica esto para mí —dijo Hugh.

Roland retrocedió.

La aguja se convirtió en polvo.

Alguien gritó desde el exterior del edificio, el chillido cortado en mitad de la nota.

—¡Última oportunidad, Hugh! —Roland se acercó a él—. Toma mi mano.

—Vete a la mierda.

La niebla se disparó a través de la puerta, brillando con la magia, se rompió, y allí estaba, de color blanco puro y brillante, demasiado monstruosa de comprender, emanando el tipo de frío que montaba cometas y vivía entre las estrellas. Roland se echó hacia atrás, conmoción en su cara. Hugh se quedó mirando hacia ella, mudo. Cada célula de su cuerpo estaba gritando. Y entonces la vio entre el caos de dientes, boca y ojos. Había venido por él.

Ella se volvió hacia Roland y él dio un paso atrás, la conmoción drenando toda la sangre de su rustro.

Ella habló, y grietas dividieron las paredes.

ÉL ES MÍO, HECHICERO. 

—Entonces tómalo. —Roland se desvaneció.

La criatura del caos bajó hacia él, y Hugh hizo que sus labios se estiran en una sonrisa, antes de que su mente se partiera del puro terror. Su voz salió ronca.

—Hola cariño.

Fin del capítulo 16
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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Sáb Ago 11, 2018 5:39 am

Epílogo


Hugh abrió los ojos y vio un techo familiar. La tecnología estaba arriba. Todo dolía. La luz del día fluía a la habitación a través de la ventana este. Era por la mañana.
La lenta y moderada voz de Lamar flotó hacia él.
—Por esta razón, la mejor fortaleza posible es no ser odiado por la gente, porque, aunque puedes tener las fortalezas, sin embargo, no te salvarán si la gente te odia, porque allí nunca faltarán los extranjeros para ayudar a las personas que han tomado armas contra ti…
—¿Por qué le estás leyendo esta mierda aburrida? —preguntó Bale.
—A diferencia de tu príncipe mestizo, este es un clásico.
—El Príncipe Mestizo es un gran libro.
—Por supuesto que lo es. ¿Qué podría ser mejor que las historias desorientadas de adolescentes enviados a…Bale, ¿qué es eso?
—¿Qué es esto?
La voz de Lamar adquirió un agudo filo. 
—¿Es eso una varita?
—Es un palo.
—¿Estás apuntando una varita hacia mí?
—¿Quién, yo?
—Bale, si sale algo de latín de tu boca, será mejor que sea la letanía de los santos, porque acabaré contigo.
Hugh hizo que su boca se moviera. Su voz salió ronca.
—Bale tiene razón. Es muy temprano en el día para Maquiavelo.
Bale cargó contra la cama y lo agarró en un abrazo de oso. Los huesos de Hugh gimieron.
El berserker lo soltó, dio un puñetazo en el aire, se recogió a sí mismo a la mitad de la ventana, y gritó: 
—¡Está despierto!
Lamar exhaló un largo suspiro y se quitó las gafas. 
—Abrázate tú mismo. El desfile está por venir.
* * *
Comenzó con Stoyan, quien vino corriendo por el pasillo. Desafortunadamente, Cedric lo derrotó por unos diez pies. El enorme perro saltó sobre la cama, chillando, gimiendo y lamiendo su cara. Hugh apenas había luchado contra él cuando la gente de Elara inundó el dormitorio. Dugas entró a la cabeza de una procesión de aprendices y caminaron por el dormitorio cantando y agitando racimos de flores y hierbas mojadas.
—Felicidades por sobrevivir —le dijo Dugas.
—Gracias.
Los exploradores huérfanos de Felix fueron los siguientes, seguidos por la chica estable —todavía no recordaba su nombre. Ella le dio un detallado informe sobre Bucky, que parecía estar deprimido y aparentemente Hugh necesitaba ir a los establos tan pronto como pudiera.
Luego vinieron los Perros de Hierro y los aldeanos. Su cabeza estaba nadando y le costó trabajo mantener las caras derechas. En algún lugar allí, Savannah apareció, lo miró a los ojos, lo miró con los ojos entrecerrados y se encogió de hombros. 
—No es peor por el desgaste.
Johanna entró, lo abrazó y salió.
Panaderos, arqueros, herreros, druidas, personal médico, equipo de excavadoras, siguieron y siguieron, hasta que estuvo seguro de que se desmayaría por solo el ruido. Él sonrió e hizo los sonidos correctos, mientras que su mente ordenada a través de los fragmentos de sus recuerdos. El campamento de Nez, Elara llevándolo dentro de su cuerpo que se desvanecía dentro y fuera de la existencia, deslizándose más allá de la realidad tridimensional de su espacio, los muertos vivientes y los Maestros de los Muertos muriendo mientras intentaban alcanzarla, los oscuros troncos de los árboles, el hielo presencia de su magia, girando fuera de control en su alma, amenazando con devorarle… Recordó las paredes de Baile y luego su recuerdo se detuvo, agudo como cortado por un cuchillo.
Finalmente, Lamar había tenido suficiente. Él y Stoyan patearon a todos fuera y cerraron las puertas.
—¿Qué pasó con los restantes mrogs? —preguntó Hugh.
—Tanto los mrogs como los soldados murieron con el primer cambio de la tecnología —informó Stoyan—. Los mrogs murieron primero. Los humanos duraron casi veinticuatro horas, pero finalmente murieron también. La gente de Elara los está disecando.
—¿Nez?
—Se retiró —dijo Lamar—. Evacuó la noche que Elara te trajo de vuelta. ¿Qué diablos pasó?
—Vi a Roland —dijo Hugh—. Hablamos.
Los dos centuriones se callaron. Él vio alarma en sus caras.
—Quemé el puente —dijo—. Estamos solos.
El alivio en sus ojos era tan claro, que lo apuñaló.
—¿Así que este es mi hogar? —preguntó Stoyan.
—Lo es.
—Bien. —Stoyan sonrió—. Es bueno tenerte de vuelta, Preceptor.
Hugh asintió.
—Es bueno estar de vuelta.
Stoyan salió, cerrando la puerta detrás de él. Estaban solos Hugh y Lamar ahora. Hugh hizo una seña y Lamar se movió a la cama, sentado a solo unos centímetros de distancia.
—¿Viste lo que ella es? —preguntó Hugh en voz baja.
—No —dijo Lamar—. Nos hicieron entrar antes de que ella cambiara. Ellos sacrificaron las vacas. Creo que podría haberse alimentado de ellas, pero no estoy seguro.
—La vi —dijo Hugh.
—¿Que es?
Luchó por las palabras para describir el antiguo poder y el caos existente en más dimensiones que una mente humana podía comprender y no pudo encontrar ninguno.
—No lo sé —dijo—. Entérate, Lamar. Si se vuelve contra nosotros, necesito saber cómo puedo matarla.
El centurión asintió y salió de la habitación.
Hugh se sentó solo. Elara… La Arpía de Hielo. La Reina del Castillo. Y algo más, algo que desataba cada miedo primitivo que vivía en lo más profundo.
Su mente yuxtapuso a Elara y a la mujer jadeando con placer cuando él empujó dentro de ella. Ella era la cosa más terrorífica que había visto alguna vez, pero se había acostado con ella, y le había gustado, y había querido que ella se quedara. Estaba bien, y sabía que podría ser mejor. Los Perros de Hierro solían jugar un juego estúpido junto a la fogata, Marry, Joder, Matar. Ya estaban casados, y no tenía ni idea de cual de los otros dos tenía que elegir.
Estaban casados.
Mierda.
Él recordó sus palabras. 
—Ellos son mi gente y yo los amo. Han demostrado su lealtad más allá de todo lo que tenía derecho a pedir. No hay límite de qué tan bajo me hundiré para mantenerlos a salvo.
Él había pensado que era una forma de hablar. Ahora lo sabía mejor. Tenía que asegurarse de que su gente nunca se convertiría en una amenaza. ¿Qué constituiría una amenaza para ella? ¿Tendría que detenerla con un sacrificio humano? ¿Dónde dibujaría esa línea? Podría ser más sabio sacar a su gente ahora, antes de que llegara a eso. No estaba seguro de que una espada de sangre funcionara. Una espada que no debería haber podido hacer. ¿Cómo demonios funcionaba todavía el poder de sangre? ¿Por qué?
Ella vino por él. Lanzó la precaución al viento, mostrando su poder, y vino a alejarlo de Nez. Se enfrentó a Roland por él y habría luchado contra él.
Hugh nunca lo esperó. Debería haberlo dejado pudrirse, pero ella lo sacó de allí y de alguna manera lo arrastró al castillo. Nadie, en toda su vida, lo habría hecho por él, excepto sus Perros de Hierro.
Deseó que el mundo tuviera sentido.
La puerta se abrió, y Elara entró a la habitación. Su cabello le caía sobre los hombros en una larga y blanca ola. Su vestido, de un pálido verde, el color de las hojas jóvenes, la abrazaba, acunando sus pechos, trazando su cintura, y rozando la curva de sus caderas.
La miró a los ojos. Estaban riendo, pero detrás del humor, vio algo más, una cautela cautelosa.
Finalmente notó que llevaba algo envuelto en toallas. Colocó el objeto sobre su mesa de noche y lo miró.
Él la miró.
—Te odio —le dijo ella.
Probando las aguas.
—No es una sorpresa —le dijo.
—Si alguna vez vuelves a hacer un truco demente así, haré que tu vida sea un infierno viviente.
Él le mostró los dientes. 
—Ya lo haces, cariño.
Él recibió el mensaje alto y claro. Ella quería fingir que no pasó nada. Volverían a la normalidad, atacándose entre sí cada oportunidad que tuvieran y deteniéndose justo antes de provocar sangre.
—¿Crees que los mrogs volverán?
—Improbable —dijo—. Cayeron, y pateamos su culo. Ofrecemos muy poca recompensa por tan gran esfuerzo. Más probable quienquiera que los ordene seguirá adelante, pero si no, estaremos preparados.
—Leonard tiene una teoría acerca de que el anciano está detrás de esto.
El erudito picto. Cierto. 
—¿Lo hace?
—Cuando estés mejor, lo enviaré. Está afuera, pero tiene sentido de una manera extraña.
Ella se dio la vuelta.
—¿A dónde vas? —preguntó.
—A los invernaderos. Nuestras hierbas siguen muriéndose. Tenemos que averiguar por qué.
—Elara —llamó.
Se giró, caminó hacia la cama y se inclinó sobre él, una rodilla en las sábanas. 
—Eres mi esposo, Hugh. Ya no caminaremos solos. Somos el refugio de todos en una tormenta. Mientras quieras quedarte aquí, tendrás un hogar. Yo nunca te abandonaré.
Ella se inclinó hacia adelante. Sus labios rozaron los suyos y lo besó. Él la probó, fresca y dulce, con un toque de miel en su lengua. Se puso duro.
Ella lo dejó ir y se alejó, cerrando la puerta detrás suyo, como un fantasma, allí en un momento, al siguiente se había ido.
Miró hacia la puerta, trató de resolver qué diablos acababa de suceder y falló.
Él no quería dejarla ir.
Mierda.
Cogió las toallas y las quitó. Una bandeja le esperaba, cubierta con una tapadera de vidrio, empañado desde el interior. Lo quitó. Montones de crepes calientes lo esperaban, salpicadas con caramelo y miel.
El Preceptor de los Perros de Hierro se rio y alcanzó su tenedor.

FIN

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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por Selene el Dom Ago 12, 2018 10:56 am

Ehhh que felicidad
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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por Ebekah el Dom Ago 12, 2018 1:49 pm

cheers cheers cheers cheers
Gran trabajo!!! Muchas gracias por su esfuerzo
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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por markdune el Miér Ago 15, 2018 12:36 pm

Gracias.
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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por Selene el Miér Ago 15, 2018 5:37 pm

gracias
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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por Selene el Miér Ago 15, 2018 5:38 pm

gracias
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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por magui75 el Mar Sep 04, 2018 12:48 pm

Muchisimas gracias x el libro!!
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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

Mensaje por carmen2460carmen el Miér Sep 05, 2018 10:23 am

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Sean SIMPATICOS soy nueva :)

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Re: Iron and Magic (The Iron Covenant #1) Ilona Andrews

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