Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Página 1 de 2. 1, 2  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Dom Jun 05, 2016 1:07 pm

Magic Stars (Grey Wolf #1)





El solitario y lleno de cicatrices Derek Gaunt se ha separado de su Manada, y ahora es un verdadero lobo solitario. Sin familia ni nadie ante quien rendir cuentas; pero extremadamente leal a unos pocos elegidos. Así que cuando varias personas cercanas a él son asesinadas, no se detendrá ante nada para cazar al asesino a través de las calles bañadas por la magia de Atlanta.

Nunca una de las que se quedan al margen, igual de decidida —algunos podrían decir que terca— Julie Lennart-Olsen pronto se suma a su búsqueda; y lo que empezó como una venganza se convierte en una carrera para salvar la ciudad. Su búsqueda les lleva a enfrentarse a poderes que nunca imaginaron y a magia tan antigua, que precede a la historia. Puede costarle a Derek su vida, pero hay cosas para las que incluso él arriesgaría todo.
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Dom Jun 05, 2016 1:07 pm

MAGIC STARS CAPITULO 1 PARTE 1

DEREK SE MOVIÓ RÁPIDO Y CON PASOS SILENCIOSOS.
En la habitación de la planta baja había una mujer rechoncha, con los ojos duros y una mandíbula cuadrada pero no le oyó, casualmente había mirado hacia arriba mientras el se dirigía hacia la escalera que conducía a las habitaciones traseras. Cuando le vio, ella cogió la escopeta que guardaba debajo de la barra, aunque cuando vio su cara, cambió de opinión. Su cara solía ser un problema, pero se había acostumbrado. Sabía que sus ojos aseguraban a los demás que el interior hacía juego con el exterior, por lo que la camarera se volvió y dejó que subiera.
Era una vieja escalera de madera, probablemente pre-Cambio, de antes de que las olas mágicas hubieran desgastado el mundo y sus maravillas tecnológicas hasta las cenizas. Debería haber crujido y gemido por el peso de los seres humanos todos los días, pero en esta ocasión la madera se mantuvo en silencio bajo sus pasos. Él sabía dónde pisar.
Un corto pasillo se extendió ante él, dos puertas a la derecha, tres a la izquierda. Sin luz. El propietario estaba tratando de ahorrar en electricidad o el cargo por las lámparas fae. Todas las habitaciones menos una estaban vacías, la segunda a la izquierda. Se detuvo junto a la puerta y escuchó. Al otro lado de la puerta de madera de dos centímetros se oían voces y movimientos. Eran cinco. Todos hombres, bebiendo y hablando en voz baja. La ranura de debajo de la puerta filtraba el olor a cerveza barata que se mezcló en su nariz con el olor metálico de la sangre humana. El había seguido ese rastro por la mitad de la ciudad.
La gente mentía. Los olores nunca lo hacían.
Las sombras bajo la puerta indicaron una sola fuente de luz. La luz que se filtraba a través de la grieta de debajo de la puerta era eléctrica, amarillenta, y ha juzgar por el pasillo, el propietario era demasiado barato como para colocar mas de una bombilla. Metió la mano en el bolsillo de sus pantalones vaqueros con la mano izquierda y sacó una piedra que había recogido del exterior. Tomó un cuchillo de su vaina, era un sencillo cuchillo de combate, una lámina fina de 18 cm de largo, recubierto en epoxi negro, que permitió que no captara la luz.
Los cinco hombres en el interior no oyeron nada, sus voces sonaban tranquilas. Relajadas.
Derek le pareció de demasiado relajadas teniendo en cuenta de la casa de donde había venido.
Retrocedió y con su fuerza sobrehumana pateó la puerta. Esta estalló abierta bajo el impacto, astillandola y arrojó la roca en la lámpara solitaria por encima de la mesa. El vidrio se rompió y la habitación quedó a oscuras.
Sus instintos tomaron el control mientras la adrenalina corría por sus venas, floreciendo, revelándole los cinco latidos de corazón y sus olores en medio de la oscuridad señalándoles como presas. Siguiendo su instinto se impulsó a través de la oscuridad hacia el primer cuerpo caliente que luchaba por sacar un arma. Derek cortó la garganta del hombre causándole el mayor daño posible, le clavo el cuchillo en un corte profundo que llegó hasta el hueso. Eso le produjo un sentimiento casi eufórico. Esquivando una bala antes de ver el fogonazo del disparo a través de la habitación, giró hacia la izquierda y agarró al hombre en su camino, y le apuñaló en el pecho atravesándole el corazón.
Derek sacó el cuchillo y se agachó junto a la pared.
Disparos y gritos se sucedieron en la pequeña habitación, estaban disparando a ciegas y en estado de pánico.
Escucho los latidos del corazón de uno de ellos a su derecha, el hombre gritaba salvajemente mientras su arma escupía balas sin parar. Boom, boom, boom... se escucho un clic.
Derek saltó la mesa que les separaba de un solo salto e impacto con el hombre derribandolo. Aterrizó en la parte superior del pistolero y le cortó la carótida y la yugular en un movimiento rápido y preciso. El cuarto hombre se giró y disparó en dirección al ruido, pero Derek ya se estaba moviendo, saltando hacia adelante de cuclillas. Golpeó el brazo del tirador y le hundió el cuchillo en la ingle y girándolo lo arrastró hacia arriba. El hombre cayó al suelo gritando.
Dos latidos habían desaparecido, dos se desvanecían rápidamente, solo quedaba uno que latía frenético. Alguien en la sala aún estaba vivo. Dilató sus fosas nasales. El olor de la sangre se arremolinaba a su alrededor, embriagadora, exigiendo más. Sus instintos le pedían más sangre; más asesinatos; seguir luchando, pateando, morder y desgarrar. Cerrando sus instintos descartó su sed de sangre, dejó el cuchillo en la mesa, se detuvo y presto atención, allí, oía el débil sonido de un ser humano tratando de respirar en silencio a través de su boca. Caminó por la habitación, evitando los charcos de sangre en el suelo. El hombre yacía boca abajo en el suelo. Derek se agachó en un movimiento fluido, cerró su mano sobre la garganta del hombre, y lo levantó. El hombre gorgoteó, retorciéndose en su mano, tratando de arañar el brazo que le sostenía con las uñas. Un apretón, un crujido de huesos, y todo habría terminado pero no lo hizo. Derek lo arrastró de la garganta con él hasta el fondo de la sala y tiró para retirar una gruesa gruesa. La luz de la luna se derramó sobre el hombre que sujetaba, haciendo visible el azul en su rostro torturado. Bajo la luz blanca, tenía el pelo corto y oscuro, al menos tenia treinta años, edad suficiente para saber lo que había hecho. Éste era un criminal profesional.
Derek agarró una silla con la otra mano, la puso contra la ventana, y sentó al hombre en ella. El matón se hundió en la silla, tratando desesperadamente de aspirar un poco de aire en sus pulmones. Sus ojos se abrieron y sus pupilas se dilataron tanto por el miedo que el negro se tragó los iris, dejando sólo un estrecho anillo de azul.
- Te conozco. - resolló el matón , con la voz ronca. - Eres Derek Gaunt.-
Bien. Sabiendo quien era él ésto iría más rápido.
- Hace seis horas, los cinco irrumpisteis en la casa de Randall y Melissa Ives.
- Te juro que no eran cambiaformas, lo juro.
- Disparasteis dos veces Randall en el pasillo y lo dejasteis tirado desangrándose. Fuisteis a la cocina y disparasteis tres veces a Melissa , le pegasteis dos tiros en la cabeza, y uno en el pecho.
Los ojos del hombre se desorbitaron.
- Luego fuiste arriba y disparaste a su hija Lucy de diez años y a su hermano Michael de siete aniquilado a toda la familia. Mi pregunta es ¿por qué?
- No eran cambiaformas! Lo juro!
- No, ellos eran seres humanos. También eran herreros.
Derek extendió la mano y tomó el cuchillo de la mesa.
- Melissa Ives hizo este cuchillo.
Metió el cuchillo en el estómago del hombre y cortó trazando una linea de una cadera a la otra. La sangre brotó de la herida y el aire olió amargo cuando la hoja cortó los intestinos. El hombre dejó escapar un aullido de dolor y se ahogó con su propio terror.
- ¿Por qué?. Preguntó Derek.
- Tenían una roca." El hombre respondió entre jadeos.
- Algún tipo de roca de metal. Caleb la quería.
- Caleb Adams? Preguntó Derek.
El hombre asintió con la cabeza, temblando. - Sí. Él.
Caleb Adams había comenzado como un brujo, pero su aquelarre le había expulsado. Se había proclamado a sí mismo brujo, y ahora él y su banda vivían en Warren. Rodeado al Sur por View Cemetery y Lakewood Park, Warren había comenzado como parte de un proyecto de renovación urbana, pero la magia había golpeado con fuerza en aquel entonces convirtiéndolo en una zona de guerra pobre, traicionera y cruel, donde las bandas se enfrentaban entre sí. Allí Caleb Adams se sentía como en casa. Era un ser violento y sediento de poder, y de acuerdo a la última información que había de él en la calle era cierta, estaba defendiendo fuertemente su nuevo territorio frente a otras dos bandas y que éstas estaban perdiendo.
- ¿Dónde está la roca ahora?
- No hemos podido encontrarla.
Era tiempo para una conversación más detallada. Él levantó su cuchillo.
- No pudimos encontrarla! El hombre gritó.
- ¡Lo juro! Registramos y destrozamos la casa buscándola. Rick y Colin le dispararon al hombre y su esposa, y ambos murieron antes de poder decirnos donde estaba.
- ¿Por qué disparasteis a los niños?
- Ese fue Colin. Le disparó a la mujer y luego corrió escaleras arriba. Él simplemente se volvió loco.
Desearía saber cuál de ellos era Colin. Lamentablemente, él no podía morir de nuevo.
- Que aspecto tiene la roca?
- Es una Roca de metal brillante. Tiene el tamaño de una naranja grande y brilla si se toma fuera de la luz de la luna.
La respiración del hombre se desaceleró. El sangrado estaba haciendo efecto.
- Hay tres... - él susurró.
- Tres qué?
- Tres trozos de roca. Rick dijo que la roca se había roto... en tres trozos. Rick dijo que Caleb ya tenía uno y quería los tres. Él envió... dos equipos a buscar los fragmentos. No sé dónde está el otro equipo ni a donde fue. Te lo he dicho... todo. No me mates.
Los labios de Derek se estiraron en una falsa sonrisa no con humor, sino por la necesidad instintiva de desnudo sus dientes cuando su bestia interior miró a través de sus ojos.
- Hay olor a pólvora en tu mano y las salpicaduras de sangre en su camisa huele a la sangre de Michael Ives.
El hombre se congeló.
Derek sonrió más amplio.
- Yo no hago tratos con asesinos de niños.
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Dom Jun 05, 2016 1:08 pm

CAPITULO 1 PARTE 2

LA NOCHE ERA AZUL.
El cielo parecía respirar, como si estuviera vivo, mientras Derek corría por las calles en medio de la noche, los pequeños puntos brillantes de las estrellas parpadeaban en la distancia como si le guiñaran el ojo. La luna se  alzaba en el cielo enorme y redonda, derramando su luz como una cascada de plata líquida sobre la ciudad medio en ruinas.
La luna le llamaba como llama a todos los lobos. Si él no tuviera trabajo, se hubiera dirigido directamente a los bosques mágicos de Atlanta para abandonar su piel humana y sustituirla por su piel de lobo y a cuatro patas aullarle toda la noche. Sus cuerdas vocales humanas habían sufrido demasiado daño en la misma lucha que había marcado su rostro, pero su voz de lobo era tan bueno como siempre. En noches como ésta, él sentía la necesidad de sumergirse en el resplandor de plata hasta que brillara en sus ojos, cantarle a la luna una larga canción, caza y correr por el bosque oscuro en medio de la noche. En noches como ésta recordaba que sólo tenia veinte. Pero no podía, tenía un trabajo que hacer y un sitio al que ir.
Los cinco asesinos que Caleb había enviado a casa de Randall y Melissa Ives  no se habían alejado mucho de la casa que habían destrozado, apenas unos 8 km, por lo que le resultaría mas fácil ir corriendo, con su velocidad no tardaría mucho en recorrerlos, así que se dejó absorber por la noche y se llenó los pulmones con el aire nocturno. Pasó por delante del Casino que parecía mas un castillo. Las luces verdes se veían blancas bajo la luz de la luna. Él sólo podía distinguir la decadencia de la fachada,  las formas inhumanas de vampiros que se arrastran a lo largo de sus parapetos, cada no-muerto telepáticamente impulsado por la sed y por la caza de algún humano . Él hizo un apunte de matarlos cuando se presentara la oportunidad.
No era muy frecuente, pero los vampiros pertenecían al pueblo, y el pueblo y Kate tenían una tregua. No estaba de acuerdo, pero era necesaria. A veces había que poner los sentimientos personales a un lado y hacer lo que era necesario.
Una ola de magia había inundado el mundo, cargando el aire, apagando las luces eléctricas y encendiendo mágicamente los tubos de vidrio retorcidos como las linternas fey.  La luz mágica que los alimentaba era azul y misteriosa.
El Poder de la noche le llenaba. Sus músculos se volvieron más fuertes; su corazón bombea más sangre con cada latido; sus sentidos se afilaron, los olores y sonidos se volvieron mas intensos. Era como si hubiera caminado por el mundo con una capucha de plástico transparente que le cubría la cabeza y de repente se la hubieran arrancaran. El aire era mas fresco. Pura alegría le llenaba, y por un breve momento se olvidó de la familia que habían sacrificado, sonrió y corrió.
La calle de la derecha estaba cerca y su carrera se acabó demasiado pronto. Saltó, rebotó en un roble para hacer un giro brusco, y se dejó caer en las profundas sombras. Sus oídos captaron ruidos de muebles siendo arrastrados. Alguien estaba hurgando en la casa de los Ives. El barrio era demasiado agradable para los saqueadores.
Repentinamente el estruendo se detuvo.
Esperó durante un largo rato. Nada.
Estaba a contra el viento por lo que era posible que se hubieran detenido por sus propias razones. También cabía la posibilidad de que lo hubieran olido. Sólo había una forma de averiguarlo.
Derek se irguió y caminó hacia la casa.
Tres personas salieron del edificio y se desplegaron en la calle, sus pasos y sus movimientos eran fluidos y reveladores. Se trataba de Cambiaformas. Definitivamente no es uno de los equipos de la manada del Señor de las Bestias. Conocía a todos los cambiaformas que trabajaban en la ciudad y los hubiera reconocido si lo fueran. Estos tres no le eran familiares. Además un equipo de la Manada local no tenía nada que hacer aquí de todos modos. Los Ives eran humanos, y su casa estaba más allá de la frontera invisible que había trazado la Manada de  Atlanta entre su territorio  y el resto de la ciudad.
Los tres chicos cuadraron los hombros. Él se quedó en las sombras. Probablemente no podían ver su rostro claramente a esa distancia, no con la capucha puesta, pero habían captado su olor y no mostraron ninguna reacción. No tenían ni idea de quién era. Eso dejó dos posibilidades: o bien eran intrusos en el territorio de la Manada, en cuyo caso eran unos suicidas estúpidos, o eran nuevos en la Manada, puede que formaran parte de los siete miembros nuevos que Jim, el Señor de las Bestias, había aceptado formalmente en la Manada de Atlanta el mes pasado. Y allí estaban, saqueando la casa de una familia muerta.
A Jim le iba a encantar.
Los tres eran jóvenes:  a finales de la adolescencia o principios de los veinte. El de la izquierda era un chacal, el más alto de los tres, con una mata de pelo rojo. El de la derecha tenia el cabello castaño claro y era un lobo no tan alto, mas compacto. Al principio no creía haber reconocido su olor, pero ahora que había captado su olor durante un rato, le parecía que el lobo tenía un ligero olor familiar. El hombre del medio tenia la construcción de un luchador. Su aroma le dijo que era un gato y uno grande.
El gato se enderezó y levantó la barbilla. Su pelo era largo y oscuro, tenia los ojos redondos y grandes. Conocedores. Los tres eran de la misma edad, pero el gato le estaba evaluando claramente. Sus ojos decían que le gustaba luchar y que no solía perder. Aunque siempre hay una primera vez para todo.
-"Estás muy lejos de la Torre del Homenaje," dijo Derek.
-"Tú apestas a sangre", dijo el chacal.
Eso sería una pista, si no fueras estúpido.
-"Huele raro." El lobo arrugó la nariz, tratando de averiguar lo que él era bajo el olor de la sangre.
-"Huele casi como un lobo".
Había oído eso antes. A veces los recuerdos que había guardado durante los últimos seis años surgían de las profundidades, estallaban y su cuerpo reaccionó como en un dejavu. En esta ocasión había sido el cadáver de Lucy Ives el que los había provocado. Había encontrado a su hermana pequeña de la misma manera, hecha un ovillo en su propia sangre. Tenían la misma edad también,  diez años.
-"Él no es un lobo", dijo el gato.
-"Los Lobos no pueden quedarse en forma humana. Pero él no forma parte de la Manada. Si lo fuese le conocerías. Lo que significa que no tiene nada que hacer aquí ".
-"Walk Away", dijo Derek.
-"¿Qué?" El gato le miró.
-"No te puedo oír, forastero. Tal vez deberíamos mostrarte lo que la manada le hace a los intrusos ".
Eran demasiado estúpido o demasiado nuevo para saber que la política oficial de la Manada dictaba que los huéspedes no invitados debían dirigirse a  la Torre del Homenaje o llevarles de manera cortes, en caso de no hacerlo debía estar fuera de su territorio en tres días. La Manada no amenazaba o intimidaba. Ellos no lo necesitaban. Era una lección que este idiota aprendería rápidamente. El dolor era un excelente profesor.
La Manada se había convertido en la mayor organización de cambiaformas del país, con la excepción de la manada Furia Helada de Alaska, y reclamó un vasto territorio, que abarcaba la totalidad de los estados de Georgia y Carolina del Norte, y se extienden hasta Florida. A los Cambiaformas que no estaban afiliados no se les permitía estar dentro de las fronteras de la Manada. De transito o de visita, tenían tres días para presentarse anta la  autoridad de la Manada y presentar una solicitud de admisión o sería invitado a salir. La Manada era fuerte y muchos querían formar parte de ella, pero la absorción de los recién llegados y  posicionarse dentro de ella, para formar parte de la estructura de poder existente tomaba su tiempo. Antes, cuando Curran era el Señor de las Bestias y Kate era su consorte, estaba anulada las admisiones de mas miembros en la Manada y Jim, el actual Señor de las Bestias había seguido con esa política. No quería que la Manada creciera demasiado rápido, especialmente no ahora que él había asumido el título del Señor de las Bestias hace apenas un mes y su permanencia en el poder seguía siendo delicada. Por alguna razón, este grupo pequeño en particular había sido admitido, aunque Derek no podía entender por qué.
Todos escucharon el fuerte galope de unos cascos que se dirigía en su dirección. Un jinete salió de la calle lateral. En lo que se fijo primero fue en el caballo. Era inevitable. Construido como el proyecto de un caballo era pequeño, con los cuartos traseros de gran alcance y un cuerpo sólido, tenía un cuello musculoso y el pelo de las patas estúpidamente largo en las espinillas lo que hacía difícil ver donde empezaban sus cascos en caso de lanzar una patada, lo que había tratado de hacer lo primera vez que lo olía. El caballo en sí era negro, o más bien casi negro, estaba salpicado de  unas pocas motas grises, menos el pelo en las piernas cabello, plumas, recordó que se llamaba, aunque ¿por qué demonios lo llamaron plumas? no tenía sentido para él, era blanco. Su melena era blanca también, ridículamente larga y ondulada. Se ondulaba ya que su dueño  lo trenzaba y a veces incluso le ponía flores.
Porque ella no podía conseguir un caballo normal. Por que se empeñaba en tener un proyecto de la versión de My Little Pony.
-"¿Qué clase de caballo es ese?", Preguntó el chacal.
-"Es un Caballo gitano." No podía esconder el desagrado en su voz. Esa especie y el frisio eran las únicas dos razas de caballos que Derek reconocía, porque no había tenido otra opción.
El caballo gitano caminó hasta quedar bañado por la luz de la luna, llevando a su jinete sin ningún esfuerzo, lo que no resultaba un gran logro, ya que la jinete solo tenía dieciséis años de edad, apenas media un metro y medio de estatura y pesaba quizá unos cincuenta kilos. Ella y su ropa estaban completamente empapadas y cargaba sus dos hachas de guerra.
Abrió la boca y la cerró.
Julie, llevaba una camiseta azul con las palabras Magia Salvaje estampadas y un par de jeans cortos. Sus largas piernas desnudas se destacaban contra piel negro del caballo. Su cabello rubio estaba recogido en una coleta alta, dejando su largo cuello expuesto. Un cuello que sería terriblemente fácil de romper, incluso para un humano normal.
El gato la miraba fijamente. Ella era una niña pero él la miraba como si fuera el postre. Seguro que nada bueno se le estaba pasando por la cabeza.
Derek mordió las palabras, luchando contra un gruñido.
-"¿Qué coño estás mirando?"
El gato sonrió, mostrando los dientes.
-"Un bono."
Así que ése era el plan del gato: Matar a Derek y quedarse con  Julie. Buen plan. Si Derek hubiera tenido ambas manos atadas a la espalda y los pies encadenados al suelo.
Julie saludó con la mano y guiñó un ojo a los tres cambiaformas.
"Vosotros no deberíais estar en una calle oscura habiendo Lobos Grandes y Malos como él sueltos. Es malo para la salud.
-"¿Qué demonios estás haciendo aquí Julie?", Gruñó. Ella no debería estar aquí. No en  medio de la noche y menos aún delante de ésta casa. No quería tener que  contarle lo que había sucedido en ella.
-"Estoy trabajando", dijo Julie.
-"¿Por qué estás vestida así?"
Sus ojos se estrecharon.
-"Vestida como?"
-"Así."
-"No hay nada malo en como está vestida." El gato sonrió, mostrando unos dientes blancos.
-"A mi me gusta."
Ríete mientras puedas pensó Derek.
-"Cállate. Si decido pedir tu opinión, diré, 'Eh! idiota, "para que no te confundas."
El gato gruñó.
-"¿Qué demonios te hace pensar que puedes decirme qué hacer?"
Julie suspiró.
-"Mirad, no tengo tiempo para tonterías de hombres mientras se quedan ahí de pie y  se insultan. La ciudad tiene un Guardián, y yo soy su Heraldo. Tengo una tarea que hacer, y vosotros estáis interfiriendo. Resolverlo o lo haré yo".
-"¿Qué mierda está pasando aquí?", Preguntó el chacal.
Era suficiente. Derek dio un paso adelante, saliendo de las sombras a la luz de la luna.
Las cejas del gato se arrastraron hacia arriba.
-"¿Qué demonios le a pasado en la cara?"
-"Oh, mierda." El lobo levantó las manos, retrocedió y se arrodillo en el suelo.
-"Me disculpo. Nunca quise ofender. Dile a Curran que me disculpo, no era mi intención ofenderle".
El gato y el chacal se lo quedaron mirando.
-"¿Cuál es tu problema, que estás haciendo?", Preguntó el chacal.
-"Ese es el lobo del Señor de las Bestias." El lobo levantó las manos con las palmas hacia fuera. "Y esa es la hija del Señor de las Bestias. Estoy fuera, no contéis conmigo."
-"He visto al Señor de las Bestias", dijo el gato. "Él es negro, su compañera es asiática, y no tienen hijos."
-"No del actual Señor de las Bestias, idiota", dijo el lobo. "El primero. El ex-Señor de  las Bestia ".
-"Espera," dijo el chacal. "Hay otro Señor de las Bestias?
Eran idiotas. Estaba a punto de pelear con dos pedazo de idiotas.
-"No se le puede cuestionar", dijo el lobo.
-"Y un infierno que no puedo!!" El gato enseñó los dientes.
-"Si luchas con él, morirás, él es la muerte", el lobo advirtió.
-"No me importa."
-"Ahooooooora." dijo Julie en voz alta.
-"Vete a la mierda, yo le mataré!" El gato declaró. "Voy a rasgar su garganta y alimentarte con ella."
Sí claro, como si nunca hubiera oído eso antes.
Julie suspiró otra vez y le miró.
-"Esto está durando demasiado. Eso a sido una declaración de intenciones asesinas. A quedado claro. El gato grande es tuyo; Me quedo con el pelirrojo".
Se movieron al mismo tiempo. Él era un cambiaformas y ella era un ser humano, por lo que él llegó antes. Pero mientras ella corría con una de sus hachas de guerra y la  lanzaba lo por el aire hacia el pecho del chacal, abriéndole una brecha en el pecho,  si comparaban su tiempo de reacción era incómodamente corto, y no porque el hubiera reducido su velocidad, reflexionó, mientras corría hacia el gato.
Frente a él, la piel humana del gato fue arrancada y una cascada de feromonas golpeó a  Derek con una catástrofe química de magia que marcó el cambio de humano a animal. El gato saltó hacia atrás, intentando ganar el tiempo que su cuerpo necesitaba mientras sus  huesos se rompían y su carne se expandía hasta su nueva forma más grande, con extremidades más gruesas, y el pelaje dorado brotado sobre él, lleno de densas rosetas oscuras. Un leopardo. Es por eso que estaba sonriendo. Un gato grande contra un lobo era por lo general una pelea ganada.  Especialmente un gato grande que podía mantener la forma del guerrero, una fusión de animal y humano.
El hombre leopardo aterrizó en posición vertical sobre sus enormes patas y garras. La gran mandíbula. Por lo menos pesaba unos 70 kg mas, y ese peso era músculo y hueso. Aunque su actitud era estúpida, sin embargo, con los brazos extendidos. Estaba claro que tenia muy poco o ningún entrenamiento. Probablemente confiaba demasiado en su fuerza, velocidad y tamaño. Pero no sería suficiente esta vez.
Estaba en su derecho de matar al leopardo. Derek pertenecía a Curran, que se había retirado formalmente de la Manada,  cediendo con él su pueblo, eso lo puso fuera de la estructura y no tenía posición dentro de la jerarquía de la manada. El único que decidía por su vida era Derek, y el derecho de la Manada dejaba claro que podría poner fin a su atacante sin temor a represalias.
El gato le atacó. Derek pasó por debajo del brazo, pero las garras rozó su hombro en un destello ardiente de dolor. El olor de su propia sangre le azotó. Bastardo rápido. Derek talló una larga incisión a través de las costillas del gato cuando se agachó, girando, se dio la vuelta y  hundió su cuchillo en la parte baja de la espalda del gato. La columna vertebral del gato crujió y el hombre leopardo se alejó, se dio la vuelta, mientras sus ojos dorados brillando intensamente.
Si él mataba a el leopardo, la relación entre los recién llegados y la manada se tambalearía y Jim estaría cabreado. Necesitó meditar unos segundos para averiguar si a él le importaba.
A la izquierda el chacal se lanzó en un salto espectacular, teniendo como objetivo a Julie que seguía encima de su caballo. Él se precipitó a través del aire, tenia los ojos y la boca muy abiertos. Julie le arrojó un puñado de polvo amarillo en la cara. El hedor de acónito atravesó la calle y era tan intenso que los ojos de Derek se humedecieron. El Chacal se desplomó en el suelo.
El gato saltó sobre Derek, bastante alto, preparando las garras de su pata derecha para la matanza. Una vez que estaban en el aire, no tenia manera de cambiar la dirección.
Derek soltó el cuchillo, dio un paso a la izquierda, agarró el antebrazo derecho del gato con su mano derecha cuando el hombre leopardo pasó volando, y condujo su mano izquierda en el muslo derecho del gato, canalizando toda la energía y el impulso del salto del hombre leopardo para dar la vuelta. El gato prácticamente giro sobre sí mismo, su espalda golpeó el suelo y aire abandonó sus pulmones. Derek se dejó caer, recogió el cuchillo de la acera, y lo enterró en el intestino del gato. Un hedor agrio flotó hacia su nariz.
El gato gruñó y se abalanzó sobre él. Sus grandes garras le desgarraron el pecho destrozando su camiseta. Derek se liberó. El gato se sacudió y atacó rápidamente convirtiéndose en un torbellino de garras. Derek le esquivó, retrocediendo, observando cada roce que tocó sus hombros. El leopardo lo persiguió con ojos de locos, tanto que el oro de sus iris se habían reducido a un delgado anillo. Cuando los gatos llegan ha ese punto de reacción, no hay manera de luchar contra ellos, solo te limitas a bloquear lo que puedes hasta que tienes una cierta distancia, y eso hizo Derek.
-"Te mataré!" El gato maulló.
Hablar en forma de guerrero animal-humano indicaba el verdadero talento que poseía. Es por eso que la Manada  le había permitido unirse, pensó. Jim tenía planes para el leopardo.
Le cortó. El gato se balanceaba violentamente, su respuesta agudizada por el dolor de la herida en su estómago. Derek había sido así también, hace años, hasta que aprendió a registrar el dolor sin que alimentar su ira.
Si él mataba al gato, Jim estaría cabreado, pero lo más importante, Curran se arrepentiría por el desperdicio de su talento. La manada aún le importaba aunque dijera lo contrario.
Otro corte picó en su hombro izquierdo. El gato tenía poco entrenamiento, pero buenos instintos. El problema con los instintos es que pueden ser utilizados en tu contra.
Derek rodó por sobre su espalda, doblando las rodillas y levantó los pies. El leopardo se abalanzó sobre él sin pensar, reaccionando como un depredador ante la presa caida. Derek le pateó, embistiendo con sus pies el estómago peludo del gato reabriendo la herida recién sellada. El gran cambiaformas se precipitó volando sobre su cabeza. Derek rodó sobre su estómago y se puso en cuclillas, era un movimiento practicado tantas veces, que fluia sin tan siquiera pensarlo. El gato estaba luchando para levantarse. Él era rápido, pero nadie le había enseñado a caer correctamente. Eso le costó un valioso medio segundo.
Puedes hacer mucho con medio segundo. Derek giró y atacó dándole una patada en la cabeza al guerrero leopardo, finalmente se levantó. Su espinilla y los poderosos músculos de su muslo con la fuerza de cientos de libras conectó con la oreja y la sien del leopardo. Si hubiera sido humano le reventar el tímpano y destrozado el cráneo, causando una conmoción cerebral irreversible.
El leopardo se tambaleó, todavía gruñendo relentizó sus golpes.
Derek se lanzó hacia adelante, esquivó las garras, y golpeó con el talón de su mano derecha el hombro izquierdo del leopardo, empujándolo hacia atrás justo cuando   barró las piernas del leopardo mientras se agachaba. El gato grande se estrelló contra el suelo y su cabeza rebotó en el pavimento. Derek siguió dándole puñetazos en la cara del gato. Uno, dos, tres. Él había roto bates de béisbol con sus puños antes.
Cinco seis.
-"Vas a matarlo," Julie advirtió.
-"No." Pero él no le sonreiría a ninguna chica en los próximos tres meses.
-"Derek?"
-"¿Sí?" Dio uno más.
De repente, él era consciente de su presencia de pie junto a él, con unas esposas en la mano.
El cuerpo del gato quedó inerte en el suelo, la piel de animal se derretía formando de nuevo en su piel humana. Su rostro parecía una hamburguesa cruda aunque por la mañana volvería a la normalidad, otro cosa era la fractura de mandíbula y los tres dientes que había noqueado, eso tardarían un par de meses sanar y crecer.
Julie le enseñó las esposas.
-"Detenle."
Tomó las esposas  y dándole la vuelta al gato, le sujetó de los brazos y le esposó las muñecas que ahora eran humanas. Las esposas eran una edición cambiaformas: Cada banda estaba llena de clavos de plata. Si intentaba romper la cadena tirando los picos de plata se le clavarían en la piel quemando como si fuera fuego. Estaba seguro de que el gato ni lo intentaría.
Derek inclinó la cabeza. El chacal estaba tendido de espaldas en un charco de su propia sangre, atado como un cerdo, las muñecas y los tobillos atados juntos. La herida en su pecho era profunda, pero Julie había evitado el corazón, conociéndola, lo había evitado a propósito. Él sanaría.
Derek ladeó la cabeza y miró al lobo restante. Sabía que sus ojos brillaban, reflejando la luz de la luna.
-"Estábamos en un bar", dijo el lobo. "Eli y Nathan son nuevos en la ciudad, así que les llevaron al Caballo de acero. Un hombre se acercó a nosotros y nos preguntó si nos interesaba ganar quinientos dólares de manera rápida".
No había tal cosa como ganar de una manera rápida $ 500, especialmente no en Atlanta después del anochecer.
-"Él nos dio la dirección de esta casa. Se suponía que debíamos venir y  olfatear una roca. "
El lobo levantó las manos, manteniéndolas separadas, los dedos casi se tocaban.
-"Acerca de este grande. Fuimos a la casa y olimos la sangre. Estábamos tratando de decidir qué hacer cuando apareciste ".
-"Hace cuatro horas que alguien mató a la familia humana que vivía en ésta casa para encontrar la roca", dijo Derek. "El marido, la esposa, y sus dos hijos."
-"Yo no lo sabía", dijo el lobo, con voz suplicante. "Te juro que no lo sabía. Tienes que creerme ".
Julie miró hacia la casa.
-"Es esa la casa de los Ivese'?"
Esperaba que no la reconocería, pero ella había estado allí hace apenas dos semanas, para acompañar a Kate a comprar un cuchillo. Derek asintió. No había nada más que pudiera hacer.
Sus ojos se abrieron como platos.
-"¿Todos ellos?" preguntó Julie.
Él asintió de nuevo.
Ella se tapó la boca con la mano. Él la rodeó con su brazo adelantando la reacción que él sabía que tendría. Ella ocultó su cara en su camiseta destrozada.
Él la abrazó suavemente consolándola, deseando poder hacerlo mejor.
El mundo era un lugar jodido. Una chica como Julie no debería conocer a las personas que habían sido asesinadas violentamente. Él no debería conocerlos. En su lugar se encontraban frente a un matadero. Él había matado a cinco personas esta noche, y ella había abierto el pecho de un hombre con su hacha de guerra.
-"¿Qué se supone de teníais que  hacer con la roca?", Preguntó, con Julie aun en sus brazos.
-"Llevarla a Rock Pilar", dijo el lobo. "¿Que quieres que haga?
-"Ve por esta calle hasta el cruce con Manticore. Gira a la izquierda, y pasa dos bloques. Veras un edificio blanco con el techo verde. Esa es la casa de seguridad de la Manada para esta zona de la ciudad. Díles lo que pasó y que llamen a su alfa ".
-"¿Debo llamar a sus alfas, también?", Preguntó.
-"No. Sólo tienen que llamar Desandra. Ella va a manejarlo. Dile que considero el asunto zanjado. "
Conociendo a Desandra, ella disfrutaría informando a los otros alfas que sus nuevos miembros habían interferido en ella.
El lobo exhaló, se volvió y echó a correr por la calle a 80 km por hora. En diez minutos el equipo de recogida estaría pululando por la zona.
Julie se apartó de él. Tenía los ojos enrojecidos. Ella nunca sollozaba cuando lloraba. Antes  solía hacerlo, pero algo había sucedido en el último año, y ahora ella lloraba así, sin moverse ni hacer ruido. Lo que le parecía aun peor.
-"Hey", dijo.
-"Hey." Ella se secó los ojos con el dorso de la mano. "¿Has descubierto quien mató a los Ives?"
Él asintió con la cabeza de nuevo.
-"¿Están muertos?"
-"Sí.
-"Bien," dijo, con saña en la voz. Ella se apartó de él y entró en la casa.
Derek sabia que esa pequeña muestra de dolor era todo lo que mostraría. La había visto pasar por cosas como esta antes. Julie había pasado tres años en la calle, donde la gente vivía bajo las reglas de los animales, y ella las había aprendido bien: Nunca mostrar debilidad; Nunca mostrar dolor. El vulnerables era comida. Ella se desmoronaría más tarde, cuando estuviera sola, pero ni él ni nadie más volvería a verlo.
La cinta policial amarilla era demasiado cara para producir en un mundo que odiaba las fábricas y los plásticos, y la policía rara vez las utiliza. Una sola pegatina blanca pegada entre la puerta y el marco impedían el ingreso a la casa, y los cambiaformas ya la había cortado. La puerta estaba abierta, ella entró, él la siguió.
Antes del cambio, el procesamiento de una escena de asesinato podría tomar días. Ahora le tomó tres horas, ya que los asesinatos eran abundantes y los policías eran escasos. Era todo el tiempo del que disponían.
Julie se dirigió directamente a la estantería integrada en el salón, tomó varios libros de la estantería, cogiéndolos juntos los puso en el suelo. Detrás de los libros, una sola rendija estrecha indicaba un nicho oculto. Ella la apretó con sus uñas, y una pequeña sección de la pared se abrió hacia adelante, dejando al descubierto una abertura oscura y una caja de plástico en el interior. Julie la sacó y levantó la tapa.
Dentro había una roca poco más grande que una pelota de béisbol, se parecía a la pirita, por los tontos dorados, excepto que era blanca azulada y brillaba suavemente con una luz fría desapasionada. La mayor parte era redonda, pero un lado de la piedra se cortaba bruscamente, como si una parte se hubiera roto. El pelo de la parte posterior de su cuello se levantó. No podía explicar por qué, pero había algo en esa roca que le hizo desconfiar. Si estuviera en su forma de lobo, habría  trazado un círculo caminando alrededor y lo  hubiera dejado donde estaba.
-"¿Ves algo?"
Julie frunció el ceño. Sensibles como ella era a la magia, la veía en una variedad de colores, algo que otras personas trataron de duplicar mediante la construcción de escáneres.
-"Plata azulado, pálido resplandor."
-"Divino?" Los objetos divinos y las criaturas brillaban como la plata.
-"No, no es una piedra divina. Es Blanca y azul con diferentes tipos de blanco ".
-"Que significa esos tonos de blanco?"
-"Magia elemental." Ella lo miró, con los ojos sin fondo. "Mataron a los Ives por esto?"
-"Sí."
Ella sacudió la cabeza y miró a la roca.
-"¿Que eres?"
Casi esperaba a que la roca respondiera, pero se quedó en silencio, brillando débilmente.
-"¿Qué estás haciendo aquí?", Preguntó.
-"Alguien atacó a Lutero," dijo ella.
-"Lutero? El asistente de riesgos biológicos? "
-"Sí. Kate estaba con Curran, por lo que contestó la llamada. Los atacantes no lo mataron, probablemente porque sabían que él trabajaba para Biohazard, y no querían a toda una manada de magos cazándoles, por lo que lo golpearon en la cabeza mientras estaba saliendo de su coche. Él no lo recuerda. Se acuerda de estacionamiento y luego despertar en el suelo con dolor de cabeza y la cabeza ensangrentada. Esa misma tarde alguien le había traído una roca. Afirmaba que había caído del cielo y brillaba bajo la luz de la luna, y querían mil dólares por ella. La magia estaba latente en el momento en el que ese tipo le llevó la roca a Lutero, por lo que le regateó hasta los trescientos dólares. Lutero trató de obtener una muestra de la roca para analizarla, pero no pudo cortarla en el laboratorio, ningún material consiguió partirla  por lo que se la llevó a College el mago, quien logró cortar una pequeña escama. Traía la roca de nuevo a Biohazard cuando fue atacado.
Julie metió la mano en el bolsillo de sus pantalones cortos y sacó un pequeño frasco de plástico. En el interior, había una pequeña migaja brillante de la roca.
-"Lutero se encontraba con una conmoción cerebral, por lo que no podía ir a buscarla."
Y no iba a pedir ayuda a sus colegas, porque lo primero que le preguntarían era por qué demonios había sacado una roca posiblemente mágica fuera del edificio de Biohazard. Probablemente no quería que nadie supiera quien iba a hace el trabajo de tomar un fragmento. Lo más probable es que Lutero pensara que Kate sería la única que le apoyaría. Él hubiera hecho lo mismo en su lugar. Pensaría, ¿Por qué preocuparse del encargo del cliente? Siempre y cuando el trabajo esté hecho, ¿que importa quién lo haga?.
-"Así que fui al lugar donde se encontraba  la roca, subí al edificio, y esperé a que la magia se manifestara" Julie tocó el contenedor. "La magia de la Roca brilla como una pequeña estrella. Si sabes qué buscar, se puede ver desde millas de distancia. "
Lo que significaba que si Caleb podía verlo, sabría exactamente donde estaban en todo momento.
-"Hay alguna forma de ocultarla?"
Ella sacudió su cabeza.
-"Es magia, Derek. La vi a través de la casa. Tu turno, explícate. ¿Por qué estás aquí?"
Él comenzó por explicarle la llamada que recibió Curran de la hermana de Melissa Ives, está le llamó llorando histéricamente, frenéticamente desde la casas de su hermana que la esperaba. Curran y Kate patrocinaron su tienda. Era un hecho bien conocido, y cuando encontró los cuerpos, ella llamó  primero al 911 y después a Curran. Curran, a su vez,  había llamado a Derek. Sus órdenes eran simples: encontrar a las personas responsables y asegurarse de que nunca lo hicieran de nuevo. ¿Cómo exactamente lo llevara a cabo dependía de él. Se aseguró de tener  la firma de la hermana Melissa Ives en el contrato que indicaba que él, Kate y Curran eran contratados para investigar el asesinato. Cualquier cosa que hiciera en la búsqueda de la investigación le daba una coartada de autodefensa. Después de hablar con el detective con exceso de trabajo en el lugar, dudaba que resolvieran nada, pero a Kate le gusta mantener las cosas dentro de la  legalidad todo lo posible y el respetaba sus deseos.
Él pasó por alto la búsqueda de los cuerpos ahorrándole esa parte. Derek le explico lo que averiguó acerca de Caleb Adams, la historia sobre la roca que se había partido en tres partes, y la parte de los muertos en el bar. Su cara se puso más y más fuerte seria mientras  hablaba.
-"Odio a la gente", dijo cuando terminó.
Él no era un fan de la gente tampoco.
-"¿Qué es lo que hace esa roca?", Preguntó, mirando a la roca.
-"No lo sé."
Fuera lo que fuera, la gente estaba dispuesta a matar por ella. Los parámetros de la misión habían cambiado, decidió. Él seguiría hasta castigar  a Adams por matar al Ives. Pero tendría que proteger la roca también. Era demasiado peligrosa quedarse sin supervisión.
Un ruido le llamo la atención junto con una luz que provenía del exterior. Aspiró. Era Patricia, uno de los agentes cambiaformas de Jim; Nicolás; y otros dos cuyos aromas  conocían bien. Habían venido a recoger a los heridos. Ellos, él y Julie se habían olido por lo que si tuvieran alguna pregunta,  se dirigirían  a ellos.
Julie inclinó la cabeza, dándole una mirada evaluadora.
-"Así que, Roca Pilar o Caleb Adams?"
No iba a dejar de lado esto, y él no era tan tonto como para tratar de convencerla de lo contrario. Una vez que Julie tiene un caso, ella era como un lobo con un hueso. Un perro se rendiría, como un regalo para su ser humano; un lobo no se rendía ante nadie. Ella podía ver la magia de la roca, y él no. Él bien podría trabajar con ella y hacer esto más rápido y de manera más segura, o podría ir por su cuenta. Este último pensamiento no le daba ningún beneficio, y se preguntaría dónde estaba ella y lo que estaba haciendo todo el tiempo.
-"Roca Pilar " dijo. "Sabemos la probable ubicación de Caleb y que tendremos que ir a verlo en algún momento esta noche ".
-"Él y su pandilla de ejecutores piensan que son grandes y malos." Julie entornó los ojos. -"Tenemos que hablar con ellos acerca de los Ives."
-"Lo haremos", prometió. "No sabemos quién está en Roca Pilar. Tal vez sea un tercero y no le encontremos allí ".
-"O tal vez sea Caleb." Julie sonrió.
-"Si tenemos suerte.
Se miraron el uno al otro y en ese momento supo que estaban pensando exactamente lo mismo. Caleb Adams no sabía nada de la familia Ives, pero antes de que terminara la noche, él se arrepentiría de sus muertes más de lo que nunca se arrepintió de nada en su vida.
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Fany el Dom Jun 05, 2016 2:27 pm

Me da una ataque ¡¡¡¡ Muchas gracias, sois las mejores
avatar
Fany
***

Mensajes : 97
Puntos : 101
Fecha de inscripción : 26/12/2014
Edad : 33
Localización : Madrid

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por sgs81 el Dom Jun 05, 2016 4:33 pm

Wow mil millones de gracias son geniales 
avatar
sgs81
**

Mensajes : 25
Puntos : 27
Fecha de inscripción : 16/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por iseult el Lun Jun 06, 2016 1:10 am

Muchas, Muchas gracias, sois un encanto.
avatar
iseult
Sean SIMPATICOS soy nueva :)

Mensajes : 210
Puntos : 218
Fecha de inscripción : 13/02/2011
Localización : España

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Ebekah el Lun Jun 06, 2016 5:31 pm

Wiiiii q genial!!
avatar
Ebekah
Hiperactiva

Mensajes : 1907
Puntos : 1921
Fecha de inscripción : 17/02/2011
Edad : 21

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Merry el Mar Jun 07, 2016 3:55 am

Gracias, algo maravilloso que esperar este verano.
avatar
Merry
Sean SIMPATICOS soy nueva :)

Mensajes : 124
Puntos : 128
Fecha de inscripción : 23/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Miér Jun 08, 2016 1:23 pm

Capítulo 2


Pillar Rock asomaba por encima de las ruinas del centro comercial North DeKalb, a unas cinco millas de distancia. Podría haber llegado en media hora, incluso si se hubiese tomado su tiempo y cargado con Julie habría sido más rápido que el caballo que la llevaba a través de las destrozadas calles. Pero Peanut había venido y trotaba a unas ocho millas por hora, así que acompasó su paso y mantenía un trote ligero.
Había comentado con anterioridad que la yegua ni era marrón ni tenía forma de cacahuete así que el nombre no la describía de ninguna manera, pero le dijeron que ese era el punto. Lo dejó estar. Algunas cosas simplemente había que aceptarlas, igual que aceptabas el amanecer o el frío en el invierno. Ellos lo llamaban “fatalismo lupino” pero en realidad era puro sentido común.
La luna iluminaba su camino. El lado norte de la ciudad luchaba una batalla interminable contra la ocupación del bosque. Sobre algunas calles el pavimento se había roto, rindiéndose al crecimiento del bosque, pero el camino norte a las Colinas del Druida estaba todavía algo despejado, sin excesiva maleza. Aquí y allá un coche oxidado rodeado por los hierbajos de primavera había sido apartado del camino, solo lo suficiente para que no bloqueara el paso. Los árboles crecían muy grandes aquí, sus enormes ramas oscureciendo el camino, pintándolo con parches de sombra y luz. Detrás de ellos, las casas se agachaban, la mayoría de ellas todavía ocupadas. Cuanto más se acercaban al centro comercial North DeKalb, menos casas estaban habitadas. El bosque ahora era aterrador para la mayoría de la gente. Buscaban la seguridad en el número, emigrando hacia el centro de la ciudad.
La naturaleza salvaje nunca le había preocupado. Le encantaba.
Se preguntó con curiosidad si a Julie le gustaba también. Nunca se lo había preguntado.
Se preguntaba sobre muchas cosas de las que nunca había hablado, aunque la mayoría de las veces no era necesario preguntar. Obtenía las respuestas si esperaba el tiempo suficiente. Sin embargo, ella había dicho algo que necesitaba aclarar.
—¿Heraldo? —preguntó—. Nunca he oído a Kate utilizar ese término.
—Ese es el título oficial —dijo—. Antes de llegar a ser un Señor de la Guerra, uno debe ser un Heraldo. Eso es lo que Hugh d’Ambray fue antes de convertirse en el Preceptor de los Perros de Hierro.
Hugh d’Ambray. El nombre levantaba ampollas invisibles en su espalda.
Lucho por contener el gruñido de su voz.
—No sabía que Kate necesitar un Señor de la Guerra.
—No lo hace. Tiene a Curran. Es su Consorte y su general.
Su mente luchó durante unos pocos segundos. Esos términos se utilizaban normalmente al revés. Para él, Curran era el Señor de las Bestias, ex Señor de las Bestias ahora, y Kate era su Consorte. Ese fue el título oficial y Kate lo había odiado. Nunca lo utilizaría para referirse a Curran. Sabía de donde había venido y no le gustaba.
—Has estado hablando con él otra vez.
Ella no dijo nada, su mirada fija en la calle de delante.
Maldita sea.
—¿Por qué diablos continuas hablando con él?
—Porque Roland me enseña cosas.
—¿Qué puede enseñarte? ¿Cómo ser un capullo megalómano inmortal que mata a sus propios hijos? Esa es una gran lección.
—Me enseña magia —Le miró.
—Apártate de él. Es peligroso.
Ella abrió mucho los ojos y parpadeó.
—Oh, ¿de verdad? ¿Eso crees? No tenía ni idea.
Ahogó otro gruñido.
—No necesitas hablar con él. Nada bueno saldrá de ahí.
—No, tienes razón. Tienes toda la razón. No hablemos con el enemigo contra él que, en algún momento, vamos a luchar —Encogió sus estrechos hombros—. No intentemos averiguar cómo piensa o que armas podría utilizar. ¿En serio, Derek? Tú hiciste todas esas cosas de espías para Jim durante años. No me lo puedo creer.
—Créelo.
—¡Lo sé! —Juntó las manos—. Tal vez podríamos ir todos con los ojos vendados a la batalla.
Tenía ganas de bajarla del caballo y sacudirla hasta que algo de sentido común entrara en su cerebro.
—Puedo coserte una preciosa venda gris con algunas pequeñas cicatrices sobre ella…
—¡Es un tirano homicida que ha vivido durante cinco mil años! —gruñó él.
—Seis. Más, probablemente, pero admite seis mil.
—¿De verdad piensas que te va a permitir que veas algo que no quiera que veas?
—Hay cosas que no puede ocultarme. Cosas que solo yo puedo ver —Se inclinó hacia delante—. Me está enseñando y eso significa que estoy aprendiendo como piensa. Alguien tiene que hablar con él, Derek. Kate no va a hacerlo. Eso me deja a mí. Estoy aprendiendo. Puedo hacer mis propios hechizos ahora. Sé cómo construirlos e infundirles poder. Eso es algo que Kate no sabe cómo hacer.
—¿Hechizos? —Estaba loca—. ¿Has usado alguno en una pelea real?
—No todavía. Es peligroso.
—Así que te está enseñando algo que puede o no puede funcionar.
Ella le miró.
—Funcionará. No los he utilizado todavía porque requieren mucha energía mágica. Es mi último recurso y no lo he necesitado.
—Kate no necesita hechizos. Utiliza palabras de poder —No tenía ni idea de cómo funcionaba. Solo sabía que procedían de una lengua antigua y dominaban la magia.
—Eso es lo que tú piensas —dijo Julie.
—Eso es lo que pienso. Te está entrenando por algo.
—¿Crees que no lo sé?
—De acuerdo —Se giró y la miró de frente—. Dime una cosa que hayas aprendido y que no supiésemos. Una cosa. Vamos.
—Vale. ¿Sabes lo que hizo con Hugh d’Ambray?
—Le exilió. Debería haberle matado y ahorrarnos el problema.
—No —dijo Julie en voz baja—. Le depuró.
—¿Qué significa eso?
—Le arrebató su inmortalidad. Roland lo era todo para Hugh. Padre, madre, maestro. Dios. Durante sesenta años, desde que era un niño, Hugh hizo todo lo que Roland le pidió exactamente como se lo dijo. Toda su vida ha tratado que Roland se sintiera orgulloso de él. Y Roland lo expulsó. Le quitó el don de su magia y todos los lazos mágicos entre ellos. Hugh no puede sentir a Roland nunca más, Derek.
—¿Y?
—Cuando Dios elimina su presencia de un hombre, es el mismo infierno —citó—. Hugh está en el infierno. Sentirá lentamente el peso de la edad y sabe que con el tiempo morirá.
—Bien —No tenía ningún problema con eso. Hugh había tratado de matar a Kate, había hecho todo lo posible para asesinar a Curran, casi había iniciado una guerra entre la Nación y sus vampiros y la Manada y había secuestrado a Kate y casi la mata de hambre, todo para tratar de forzarla a encontrarse con su padre. La lista de maldades del hombre era de una milla de larga y Derek sería muy feliz si pagara en sangre por cada pulgada. Si Hugh apareciera entre las sombras ahora, solo uno de los dos saldría de esta calle.
—Hubiera sido mejor que lo matara —dijo Julie.
—¿Por qué estás tan preocupada por Hugh?
—Piensa en ello —dijo, su voz aguda—. Vendrá por ti.
Reflexionó sobre ello. Estaba en lo cierto. Vendría a él.
—Tú no eres Hugh.
—Lo soy. Estoy vinculada a Kate con el mismo ritual que Roland utilizó para vincular a Hugh.
—Tú no eres como Hugh y Kate no se parece en nada a Roland.
Julie se volvió en la silla y señaló al noroeste.
—Puedo sentirla. Está allí.
Trataba de no mentirla, así que dijo la primera cosa que se le vino a la cabeza.
—Eso es espeluznante.
—Lo es —Puso todo un mundo en esas dos palabras.
—Pero espeluznante o no sabes que Kate no va a hacerte lo que le está haciendo Roland a Hugh. Roland no ama a Hugh. Ella te ama. Eres su hija.
Ella suspiró.
—Sé que me ama. Por eso estoy preocupada. Derek, todavía no me ha dicho que no puedo rechazar sus órdenes.
La alarma recorrió su espina dorsal. No se había dado cuenta de que lo sabía.
—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?
—Roland me lo dijo hace meses —dijo.
—No te lo ha dicho porque es difícil.
—Lo sé —dijo—. Trata de no darme órdenes. Empieza a decir algo así como “Mama cree que… ” y entonces se detiene y sabes que está reconstruyendo la frase en su cabeza. Es bastante divertido. En vez de “Deja de robarle la cerveza del frigorífico a Curran y lava los platos” te dice: “Me haría muy feliz que dejaras de robarle la cerveza a Curran y sería estupendo si lavas los platos”. Probablemente cree que es sutil. No lo es.
Él no veía nada divertido en ello.
—¿Que vas a hacer?
—Ahora no es un problema —dijo
—¿Y si llega a ser un problema?
—Haré algo al respecto.
No le gustó como sonó eso.
—Todavía deberías dejar de hablar con Roland.
Ella se puso rígida.
—¿Quieres dejar de dar órdenes a mi alrededor?
—Deja de hacer estupideces y pararé.
Sus ojos se estrecharon.
—Muérdele el culo a mi caballo.
Ag. No gracias.
—¿Qué, ha estado recientemente Desandra en casa?
—No necesito que Desandra me enseñe insultos. ¿Y qué diablos son todos esos comentarios sobre cómo visto? No hay nada malo en estos pantalones cortos.
—¿No tienes vaqueros?
—Tengo.
—Deberías ponértelos.
—¿Por qué? ¿Es que te desagrada la visión de mis piernas, Derek? —Detuvo a Peanut y extendió una pierna frente a él—. ¿Hay algo mal en mis piernas?
No había nada de malo en sus piernas. Eran pálidas y tonificadas y los hombres no deberían notarlas. Había una lista de razones de una milla de largo por la que no debería mirarlas, empezando por el hecho de que ella tenía dieciséis años y él veinte. Hizo a un lado su pierna.
—Cuánto más protección entre la piel y las garras de la gente, mejor.
—Derroté a un chacal. Y no soy yo quien está sangrando.
—No estoy sangrando.
—Lo estuviste. Y tienes un desgarrón en tu sudadera, donde te dio en el hombro.
Él la miró.
—¿Se supone que no debía mencionarlo? —Puso su mano en su pecho—. Lo siento mucho Señor Lobo.
—En unas pocas horas me curaré. Tú no lo harías. Si te hirieran las garras de un gato sangrarías hasta que tratáramos la herida. Te debilitarías. Horas más tarde se podría reabrir la herida si girases de manera errónea. Los gatos son animales sucios y llevan todo tipo de mierda en sus garras. Podrías morir por culpa de una infección.
Giraron a la derecha en Birch Road. A la izquierda se extendían las ruinas del centro comercial. Durante la vida del centro comercial, una estrecha franja de césped, salpicado de árboles ornamentales, lo había rodeado. Ahora los árboles habían crecido y arbustos espinosos habían brotado entre los troncos, formando la versión de la naturaleza de una cerca de alambre de espino y ofreciendo sólo destellos del centro comercial más allá. La mayor parte de los edificios hacía tiempo que se habían convertido en polvo. Las lluvias habían lavado la basura y un cartel de vez en cuando, era todo lo que quedaba del centro comercial. Leyó los nombres: Burlington Coat Factory , Payless Shoe Store , Ross… No significaban nada para él.
—¿Compartiste esta opinión sobre los gatos con Curran? —preguntó Julie—. ¿O los hombres león son menos sucios que otros gatos?
Se negó a morder el anzuelo.
—Una herida, que es un inconveniente menor para mí, podría ser una sentencia de muerte para ti.
Julie suspiró.
—¿De verdad crees que si un hombre leopardo me ataca, los pantalones vaqueros lo detendrán? La ropa no tiene poderes mágicos, Derek. No te protege místicamente de garras de tres pulgadas, violadores o asesinos. Si alguien se decide a hacerte daño, lo hará, lleves o no una ligera capa de algodón sobre la piel. Aligera.
—Es mejor que nada.
Entrecerró los ojos, mirándole a hurtadillas. Él se preparó.
—Vi una foto de Hugh cuando tenía tu edad —dijo.
—Mmm.
—Hugh era un bombón.
Su reacción debía de haberse mostrado en su cara, porque ella echó la cabeza hacia atrás y rió.
El camino se curvaba suavemente. Se mantuvieron rodeando la curva hasta la desembocadura en Orion Drive. Aquí no había árboles que ocultaran el centro comercial y la vista era bastante abierta. Se detuvo. A su lado, Julie saltó de su caballo, ató a Peanut a un árbol y tomó una mochila de las alforjas, colgándosela sobre su hombro izquierdo.
El aparcamiento se extendía delante de ellos, unos mil quinientos pies de ancho y, probablemente, dos mil de largo. Agujeros irregulares marcaban el asfalto, cada uno de ellos relleno de agua color barro. No había forma de saber lo profundos que eran. Una delgada niebla descansaba sobre el agua y en las translucidas profundidades flotaban pequeñas luces verdes, su débil luz mágica y misteriosa. En el centro de todo, un pináculo de roca gris oscura se izaba en un ángulo de cuarenta grados, como una aguja que hubiese sido cuidadosamente depositada en el aparcamiento. Áspera y sombría, tenía veinte pies de ancho en la base y se estrechaba hacia la punta, elevándose unos treinta pies por encima de la zona de aparcamiento. Pillar Rock. Tendrían que atravesar el estacionamiento para llegar a ella. Los tres cambiaformas idiotas habían dicho que encontrarían su contacto allí.
Derek inhaló. Había olido un pantano antes, olía a musgo y verde, a algas, peces y vegetación, como si a un montón de recortes de césped se les permitiera convertirse en abono para que las nuevas plantas crecieran en él. Olía a vida. Este lugar olía a fango y agua, pero no a vida. En su lugar había un leve y fétido olor de algo putrefacto, algo nauseabundo y repulsivo que se deslizaba hacia él.
Julie se tensó, su mano sobre su tomahawk .
—¿Que ves?
—Azul —dijo.
Azul significaba humano.
—Feo, azul blanquecino, casi gris. Este es un mal lugar.
Él dio unos pasos hacia atrás y se sentó en el bordillo. Ella se movió entre la maleza detrás de él. Escuchó al hacha morder la madera. Las hojas se agitaron y le entregó una rama seca de unos dos metros de largo. Un bastón. Lo tomó y asintió. Buena idea. Desapareció de nuevo, volvió con un bastón para sí misma y se sentó junto a él.
Esperaron en silencio, observando, escuchando. Los minutos goteaban. La niebla se enroscaba sobre el agua oscura y brillaba a la luz de la luna. Julie no se movió.
Hace algunos años, cuando sólo tenía dieciocho años, Jim, que entonces era Jefe de Seguridad de la Manada, le había puesto al frente de un pequeño grupo de cambiaformas de entre doce y quince años de edad y que mostraban potencial para el trabajo encubierto. De todas las cosas Derek trató de enseñarles, se encontró con que la paciencia era la más difícil. A estas alturas, todos ellos habrían arañado, o suspirado, o hecho algo de ruido. Julie simplemente esperaba. Era muy fácil con ella.
Lo vieron al mismo tiempo: un breve destello de algo pálido que se movía dentro de la profunda sombra azul de la Aguja. El pelo en la parte posterior de su cuello se levantó. Alguien les miraba desde las sombras. No podía verlo con claridad, pero sintió el peso de su mirada, saturada de malicia. Le clavó la mirada desde la penumbra. Él fingió no darse cuenta. Tarde o temprano se impacientaría.
La niebla comenzó a fluctuar, haciéndose más delgada, como si estuviera hirviendo. Les estaba atrayendo a su interior.
—La niebla espesará una vez que entremos —dijo en voz baja.
—Sí —estuvo de acuerdo Julie—. Mira a la derecha, donde se divide el tronco del árbol —murmuró.
Le tomó un momento, pero finalmente lo vio: los restos de un pequeño manojo de muérdago seco colgaban del árbol, atado con un cordón de cuero. Un pequeño medallón de madera pendía del cordón. Un druida había estado aquí, reconocido el sitio como un lugar del mal y tratado de contenerlo.
—¿Es un hechizo activo? —preguntó en voz baja.
—No. No desprende magia. Es una guarda encadenada y alguien la ha roto.
La magia y las guardas no eran su especialidad, pero había aprendido lo que sabía de Kate. Una guarda encadenada significaba que guardas idénticas habían sido colocadas en todo el perímetro del centro comercial, formando un anillo, cada una un eslabón de una cadena. Si una guarda se rompía, se interrumpía la cadena y la contención fallaba.
Se estremeció. Él sintió su miedo. Algo sobre este lugar la había asustado profundamente.
La niebla se espesó a la derecha, retorciéndose. Fingió no ver a la mujer que salió de ella. Estaba entre los veintiocho y los treinta, blanca y muy pálida. Un vestido harapiento colgaba de sus hombros, alguna vez probablemente fue azul o verde, pero ahora el color se había desvaneció en un gris sucio y húmedo. Su estómago sobresalía, se veía peligrosamente hinchado o como si estuviera embarazada de siete meses. No olía a embarazada. No llevaba sujetador y la tela se enganchaba en sus pezones erectos, trazando el contorno de los pechos. Su cabello rubio sucio caía por debajo de su cintura, enmarcando su cara como una cortina. Podría haber sido una cara bonita, reflexionó, con rasgos afilados, pero delicados, excepto que sus ojos eran demasiado hambrientos.
Se acercó al borde del aparcamiento y se detuvo.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—Estamos esperando a encontrarnos con alguien —dijo Julie.
—Este es un lugar peligroso. Venid conmigo. Tengo comida.
Julie le miró. Leyó la vacilación en sus ojos.
—Tiene comida —dijo, manteniendo la voz neutra.
—Entonces deberíamos ir.
—Venid conmigo —repitió la mujer, como en una grabación—. Venid.
Si estuviera solo, probablemente no habría sido comida. Podría haber ofrecido sexo. O ambos.
Entró en el aparcamiento, moviéndose lentamente, cuidando de dónde ponía los pies, tocando con el bastón delante de él. Julie le seguía de cerca. Por el rabillo del ojo vio cerrarse la niebla detrás de ellos, una cortina lechosa impenetrable.
—Venid —repitió la mujer, moviendose hacia el interior del aparcamiento, hacia la aguja.
Continuaron. La niebla se arremolinaba ahora, densa y espesa. Por delante, su guía se hizo a un lado y desapareció. Estiró la mano izquierda. Julie la tomó, sus fuertes dedos secos agarrándole. Él se inclinó hacia delante con su bastón y golpeó como un ciego, escuchando el chapoteo. El palo aterrizó en agua. Dio unos golpecitos hasta que encontró pavimento sólido y bordeó cuidadosamente el agujero, abriéndose camino hacia Pillar Rock.
Continuó tanteando, guiándoles entre los agujeros. Pasaron junto a otro. Luego otro.
Su bastón aterrizó en el agua de nuevo. Algo tiró de él. Se echó hacia atrás, tirando con todas sus fuerzas. La niebla se rasgó y la mujer hinchada se lanzó sobre él desde el agua. Su mente registró las largas garras que sobresalían de sus manos, con una membrana escamosa entre ellas, el enorme buche de pescado y los afilados dientes, pero su cuerpo ya se había movido. La esquivó, la agarró del brazo y utilizó el impulso para deslizarse detrás de ella, apretándola contra él, con la espalda contra su pecho y sujetando sus brazos. Julie se volvió con expresión plana y enterró el pico de tres pulgadas de su hacha en la parte izquierda del pecho de la criatura. El olor de la sangre pasó a través de él, como una descarga de corriente eléctrica.
La mujer se revolvió en sus brazos, tratando de alcanzarle con sus garras. Apretó con fuerza, sujetándola. Podía romperle el cuello, pero el miedo seguía emanando de Julie. Necesitaba esta muerte. Una vez que matara a una, todo caería en su lugar.
Julie tiró del hacha, liberándola y clavándola en el abultado estómago de la mujer. Se abrió como si la piel fuera agua y una cabeza humana, medio descompuesta, rodó fuera. El olor agrió lo inundó y casi vomita.
La mujer empezó a dar patadas. Julie la esquivó, tomó el cuchillo de la funda de su cintura y clavó la hoja de seis pulgadas en el pecho de la mujer. La hoja se hundió con un sonido de metal contra hueso. La mujer-pez chilló, su columna vertebral rígida de repente y se hundió. La niebla alrededor de ellos se volvió roja y se aligeró, fundiéndose.
—El corazón está en el lado derecho —dijo Julie.
Garras lo agarraron por detrás y lo arrojaron a la fangosa y fría agua. Se hundió.
Un cuerpo se precipitó hacia él a través de las aguas color café, largo, de color verde pálido, las manos con garras extendidas y una boca de pescado abierta en una cabeza humana. Una luz blanca estalló en su cabeza. La voluntad y la restricción impuesta por su parte humana se rompieron y se desprendió de él. Tenía un cuchillo en la mano y mientras ella se acercaba, cerró su mano sobre el borde áspero de esa boca dentada abierta y la apuñaló con el cuchillo en el costado. Liberó la hoja y la apuñaló una y otra vez, moviendo el cuchillo con un frenesí controlado. Ella le clavó las garras. Él hizo caso omiso de los fuertes destellos de dolor y siguió apuñalando. Su costado se convirtió en una carnicería. Ella se sacudió, tratando desesperadamente de liberarse, pero no podía ocultarse de su cuchillo o de la blanca rabia que ardía dentro de él.
Círculos nadaban ante sus ojos. Se dio cuenta de que su cuerpo le estaba diciendo que se estaba quedando sin aire. La criatura flotaba inerte, el lado derecho de su pecho un agujero sangriento. Metió la mano en él, sintió el saco desinflado del corazón muerto y lo arrancó. Nunca dejes las cosas sin terminar.
Le dolía el pecho, como si una banda al rojo vivo lo comprimiera. Las primeras señales de alarma ante la falta de aire rasgaron sus entrañas.
Unas formas oscuras se dirigían hacia él. Peces, se dio cuenta. Estrechos y delgados, tan largos como su brazo, con las bocas grandes llenas de dientes. Pululaban alrededor del cuerpo. Soltó el corazón y se empujó con una patada hacia arriba.
Rompió la superficie y tomó una gran bocanada que expandió sus pulmones. El aire sabía tan bien.
A diez pies de distancia, Julie giraba como un derviche , sus hachas de guerra cortando. Introdujo la parte plana de su hacha izquierda bajo la barbilla de la tercera mujer pez. El golpe elevó la barbilla de la mujer. Julie enterró el hacha en el pecho expuesto de la criatura. La sangre se derramó.
Se impulsó fuera del agujero.
La mujer pez se giró hacia Julie. La niña se echó hacia atrás. Las garras rasgaron el aire a pocas pulgadas de su nariz. Ella cortó el lado derecho de la mujer con su tomahawk izquierdo. Las costillas se rompieron. La criatura pez cayó de rodillas. Julie partió su cuello. Oyó pasar el acero a través de las vértebras. Sonaba bien.
La fina niebla se puso roja de nuevo.
Una sombra apareció detrás de Julie, dirigiéndose a ella desde la niebla. Él corrió, tomó impulso y saltó por encima de Julie, entre ella y la mujer pez. Cargó con la fuerza de un ariete contra la criatura y la abrió en canal. Se rompió como una muñeca de trapo entre sus manos y él se rió. Le rompió el brazo, arrancándolo de su articulación, su pierna, su cuello, su otro brazo, feliz de liberar finalmente la rabia que con tanto cuidado mantenía reprimida en su interior.
Una mano se posó en su hombro.
—Sé que esto es muy emocionante, pero ella está muerta. Las hemos matado a todas.
Le chascó los dientes, jugando y rompió el antebrazo de la mujer con un golpe seco.
—Derek —dijo ella, convirtiendo su nombre en una canción—. Regresa a mí.
Aún no.
—Mira arriba —susurró—. ¡Mira!
Bien Él levantó la vista. La luna le devolvió la mirada, fresca y tranquila, brillante, serena. Se derramó sobre él, hundiéndose profundamente en su alma, calmando las viejas cicatrices y cerrando las nuevas, mientras lo envolvía. Sintió que la ardiente furia retrocedía, dejó caer el cadáver y se levantó.
Ella le entregó el cuchillo. Debió haberlo dejado caer durante el salto. El aparcamiento se extendía ante ellos, la niebla una mera sombra por encima de los oscuros agujeros. Inhaló profundamente y captó un rastro familiar de sangre.
—¿Cómo de malo es?
Se alzó la camiseta, exponiendo su costado. Un largo arañazo marcaba sus costillas, hinchado y de un color rojo furioso.
Abrió la boca.
El agua salió explosivamente de los agujeros, disparándose hacia arriba en geiseres de inmundicia. Julie tomó la mochila del pavimento. Agarró su mano y corrió hacia la Aguja. Se precipitaron, zigzagueando, entre el agua. El oscuro y diabólico pez se agitaba dentro de los géiseres. El agua sucia los persiguió, inundándose delante de ellos. Tomó a Julie y corrió. Pillar Rock apareció ante ellos y él saltó sobre él. Corrió todo el camino, hasta la cima y bajó a Julie, dejándola junto a él.
Debajo de ellos, el estacionamiento se convirtió en un lago. Cuerpos largos y sinuosos se retorcían en el agua poco profunda, alimentándose o con pánico, no podría decirlo. Julie y él los observaron en silencio.
—Parece que vamos a estar atrapados aquí durante unos minutos —dijo ella, entonces, le dirigió una mirada extraña.
—¿Sí?
Ella levantó la mochila.
—Tengo comida.
Él rió.
NO IMPORTABA CUANTO SE ESFORZARA KATE en tratar de recordarle que era, ante todo y sobre todo, humano, Derek sabía que era diferente. Era un cambiaformas. Nunca lo olvidaba y si lo hacía, cosas como ver a Julie hacer una mueca de dolor mientras se untaba la pomada antibiótica sobre el arañazo, se lo recordaba. Podía recordar vagamente cuando era humano también, pero esos recuerdos se sentían falsos, casi como si le hubiesen pasado a otra persona. Entre eso y su realidad actual había pasado cosas que no quería recordar. Si profundizara para invocarlas, como a viejos fantasmas, podría recordarlas, pero no quería.
—Está bien —dijo ella.
Desenrolló una larga tira de vendaje adhesivo y con cuidado lo colocó sobre su piel. La pomada evitaría que se pegara a la herida.
Sus costillas ya no sobresalían. Recordaba cuando estaba tan delgada que le preocupaba que se tropezara con una farola por accidente y se rompiera algo.
Se bajó la camiseta y buscó en su mochila. Sacó una bolsa de plástico con una segunda bolsa dentro llena de carne seca, una bolsa de nueces y cereales y queso. Se le hizo la boca agua. Había quemado demasiadas calorías y ahora estaba hambriento.
Le pasó las bolsas. Julie siempre tenía comida. Y siempre la envolvía para que fuera difícil de olfatear. Le venía de haber vivido en la calle.
Tomó un largo trozo de carne seca y masticó, disfrutando de su sabor.
—Has ido de caza de nuevo —dijo ella apropiándose de un trozo de queso y una galleta.
Las cacerías mensuales en el Wood, una gran zona de bosques al norte de Atlanta, eran una agradable diversión para la mayoría de los cambiaformas. Una manera de liberar algo de tensión. Para él era una necesidad. Necesitaba la naturaleza salvaje. Sin ella, la rabia crecía demasiado rápido. Siempre estaría con él. Curran le había dicho que no había cura y estaba en lo cierto. Era el precio que Derek pagaba por no haberse convertido en lupo, como su padre.
—Tal vez —dijo.
—¿Qué era tan importante?
Se encogió de hombros.
—Trabajo.
Ella mordió su pequeño sándwich con pequeños bocados. Comía como una humana también, un cambiaformas se hubiera metido en la boca todo y a estas alturas iría por el tercer sándwich. Supo que era una prueba. Comía lentamente para demostrase a sí misma que podía, que había suficiente comida y que no necesitaba apresurarse porque se estaba muriendo de hambre.
—Lobasti, —dijo.
—¿Mmm?
—La mujer. Creo que era una lobasti. Sirenas.
—¿Sirenas? —De alguna manera, no le habían parecido de sangre caliente.
—Sirenas diabólicas —dijo—. Me puse muy contenta cuando esa cabeza rodó fuera. Pensaba que estaba luchando contra una mujer embarazada. Si estoy en lo cierto, solo atacan por la noche.
—Tiene sentido. El plan era hacer que esos idiotas recuperaran la roca y la trajeran aquí. Las sirenas los matarían y entonces Caleb Adams vendría por la mañana, tomaría la roca y se iría a casa con las manos limpias.
—Ese hombre leopardo no sabe lo afortunado que es.
No se sentirá afortunado cuando se despierte. Río quedamente.
Estaba con su cuarto trozo de cecina. El ardiente fuego en su estómago se estaba calmando. Comería un gran desayuno cuando terminaran. Panqueques, salchichas y bacon y luego se iría a dormir…
—Si averiguamos porque los Iveses murieron por esa roca, te haré todo el bacon que quieras.
Se sobresaltó.
Julie se encogió de hombros y mordió su cecina.
—Puedo decir siempre cuando estás pensando en la comida. Te olvidas de ser el Lobo Feroz y aparece una mirada soñadora en tus ojos. Ya sabes, la mayoría de la gente podría pensar que estás pensando en una chica. No tienen ni idea de que su nombre es bacon.
—¿Mirada soñadora?
—Mmm. Tómatelo con calma.
—Estoy bastante calmado.
Se tumbó de espaldas y miró a la luna, con una tira de carne seca entre los dientes, como un cigarro. Masticaba lentamente.
—Gracias por la comida.
—De nada. Deberías bromear más.
—¿Quieres chistes?, habla con Ascanio —Bostezó—. Él es el gracioso.
—Tal vez necesites una novia.
—Abandoné mi manada. ¿Sabes en que me convierte eso?
Ella suspiró y se recitó,
—¿En un lobo solitario?
—Los lobos solitarios no tienen novias —Puso un pequeño gruñido en su voz. Las lesiones en sus cuerdas vocales no necesitaban mucho para hacer que su voz se convirtiera en un gruñido. Que había usado más de una vez para hacer que sus oponentes se replantearan sus planes de batalla y empezaran a buscar una salida—. Nos movemos por la ciudad sin ser vistos, surgiendo de las sombras cuando hay problemas y fundiéndonos de nuevo en ellas para que otra persona pueda hacer la limpieza.
Julie rió.
La sonrió.
—¿Por qué todo es tan triste todo el tiempo? —preguntó.
Para algunas personas, las estrellas se alineaban y todo les iba bien. Para él todo iba mal, todo el tiempo. Cuando quería algo, cuando trataba de conseguirlo, la vida le rompía aunque, de algún modo, siempre sobrevivía.
Solo había querido ser un niño en las Smoky Mountains. Su padre se convirtió en lupo. Observó cómo torturaba y violaba a su madre y sus hermanas hasta que finalmente asesinó a la cosa en que se había convertido su padre. La casa se había incendiado. Tendría que haber muerto en ese fuego, pero sobrevivió.
Cuando la Manada le encontró, olía como un lupo. El Código establecía que debía ser ejecutado en ese mismo momento, pero Curran le había salvado. Otra vez sobrevivió.
Luego había querido ser un cambiaformas, sólo un lobo más en las filas, pero cuando finalmente Curran lo sacó del profundo y oscuro pozo donde se había ocultado y retraído, ya era demasiado tarde. Era el lobo de Curran, tenía un nivel superior. Se burlaron de él. Los caminos normales dentro de la Manada se cerraron para él. Los Renders no quisieron alistarlo, así que se fue a trabajar para Jim. Su cara era un activo. Podía entrar en una habitación y comenzar una conversación con la chica más bonita y ella hablaría con él, le sonreiría y sus ojos se iluminarían cuándo dijera algo gracioso. Era bueno recopilando información y se ganó el respeto de todos, en un primer momento a regañadientes, luego bien merecido. Era bueno como espía de Jim. Lo llamaban "el Rostro." Había decidido entonces que este era él. Esto era lo que iba a hacer. Este era su lugar.
Conoció a Livie. Era hermosa, vulnerable y dulce. Estaba atrapada. Necesitaba su ayuda. Le dijo que lo amaba. Trató de ayudarla, pero terminó con metal fundido vertido sobre su rostro. Había sobrevivido de nuevo y fue tras ella, poniendo a todos y a todo en peligro. Al final, la liberaron y en cuanto estuvo libre le dio las gracias, se despidió y se alejó para no volver nunca. Había sobrevivido a eso también.
El Rostro se había ido. Todavía tenía las habilidades. Podía decir frases ingeniosas, podía ser encantador sin sonar zalamero y sabía cómo hacer que la gente se abriera y le dijera cosas que normalmente mantenían para sí mismos. Pero su cara era una barrera que no podía superar. Trabajar para Jim ya no había sido una opción.
Había intentado otras cosas después de eso. Ninguna de ellas parecía adecuada, hasta que Curran y Kate se separaron de la Manada. Firmó su contrato de separación media hora después de que Curran firmará el suyo. Era el Lobo Gris en la ciudad; el que venía y te encontraba si la habías cagado y hecho daño a las personas equivocadas. Ayudaba a los que lo necesitaban. Permanecía en pie entre los que habían sido heridos y quienes les habían hecho daño. Eliminó varias amenazas y pronto su nombre por sí solo fue un factor suficientemente disuasorio. Esta nueva actividad, se sentía bien. Su cara encajaba ahora, mostraba cómo se sentía y hacía juego con el papel que había elegido. Los chistes no lo hacían.
Había otras cosas sobre las que a veces pensaba. Pero esas cosas estaban fuera de su alcance. Ese era el punto. Conseguir lo que quería le traería dolor. No había necesidad de compartirlo con nadie. Explicar todo eso sería demasiado largo y sonaría demasiado melodramático.
—¿Queda algo de queso?
—¿Suizo?
Arrugó la nariz. El suizo apestaba.
—Exigente, exigente, exigente.
A él le gustaba el queso en general. La mozzarella era el mejor. Tomó un trozo del suizo y la sostuvo con la lengua dentro de la boca para ver si el sabor compensaba el olor. No lo hizo.
Julie se inclinó.
—El agua está retrocediendo. Otra media hora y podremos irnos.
Una sombra cayó del cielo. Se lanzó hacia delante, sacando a Julie fuera del camino. Una roca del tamaño de un balón de baloncesto chocó contra la roca, a un palmo de sus piernas. Levantó la vista a tiempo de ver la sombra de un pájaro negro tapando la luna, con las garras adelantadas dirigiéndose a su rostro. Dio un salto hacia la derecha y hacia arriba, golpeando al ave por un lado. Giró alrededor, batiendo las grandes alas y con su enorme pico amarillo descendiendo sobre él como un hacha. Las garras le desgarraron ocasionándole un destello cegador de dolor. Cerró la mano izquierda en su garganta, su derecha en su pata izquierda y tiró, tratando rasgar a la descomunal rapaz. Esta chilló y el agudo chillido casi lo ensordece.
Julie gritó detrás de él.
Miró por encima de su hombro. La roca estaba vacía. El miedo le mordió con sus helados dientes. Miró hacia arriba y vio que colgaba de un segundo pájaro enorme, a unos veinticinco pies de altura.
Lanzó el pájaro lejos de él, poniendo toda su fuerza en el tiro.
Julie cayó.
La desesperación le impulsó en un salto loco. La atrapó en el aire, el alivio disparándose a través de él mientras sus brazos la rodeaban y luego se retorcía tratando de aterrizar en el pilar. La roca golpeó sus pies. Aterrizó con fuerza, el impacto reverberando a través de sus piernas, y cayendo hacia atrás, tratando de evitar que el borde. Ella aterrizó sobre él. Durante un breve momento estuvieron cara a cara y luego ella saltó alejándose de él.
—¡La mochila!
Se puso en pie. Los dos pájaros se elevaron por encima de ellos, fundiéndose en el cielo nocturno. Miró y vio la mochila de Julie colgando de las garras del ave de la derecha.
—¡Tienen la piedra! ¡Y la muestra! Maldita sea —Julie dio un pisotón en la roca—. ¡Maldición!
Ella está viva, se dijo. Relájate. Lo consiguió.
—Están volando hacia el noreste —dijo—. En dirección contraria al Warren y la base de Adams. ¿Puedes ver algo?
Se puso de pie y se acercó al borde de la roca y se quedó a una pulgada del precipicio, mirando a la ciudad como si se tratara de un océano índigo sin fin y estuviese buscando una vela en el horizonte. Se volvió lentamente y señaló.
—Ahí.
—¿Otra roca brillante?
Ella asintió.
Como era de esperar, no podía ver nada.
—¿Dónde?
Señaló al noreste, en la dirección exacta en que volaron los pájaros.
—Tal vez esté a cinco o seis millas.
Miró detrás de ellos.
—El Warren está ahí.
Se giró y miró hacia el Warren.
—No hay nada ahí. Si las aves pertenecen a Adams, entonces ya se apoderó de lo tenía por allí, o bien las aves pertenecen a otra persona y Adams sabe cómo ocultar su piedra.
Escudriñó la oscura ciudad.
—¿Lo habías visto antes?
—No.
—Supongamos que soy Caleb. Quiero la piedra brillante, pero no me gusta ensuciarme las manos. Puedo enviar algunos estúpidos a recuperar los dos trozos de la roca. Consiguen uno de Luther, pero estropean el otro trabajo, matan gente y los policías aparecen. Así que contrato a algunos cambiaformas idiotas para vayan por la piedra por mí y me la traigan. Rompo la guarda que protege este lugar de forma que las jodidas sirenas se coman a los cambiaformas.
—Entonces, cuando es de día, los lobasti se ocultan y yo vengo a conseguir la roca —dijo Julie—. Fácil.
—Excepto que si yo fuera Caleb, querría asegurarme de que todo salía de acuerdo al plan.
—Te quedarías y observarías —Los ojos de Julie se estrecharon—. Nos verías matar a las lobasti y después escondernos en el pilar. Sabrías que estaríamos aquí atrapados durante al menos una hora. Un montón de tiempo para hacer un nuevo plan, convocar a algunas aves y que se lleven la piedra lejos de nosotros. ¿Y luego haces que vayan allí? —Señaló al noreste—. ¿Por qué?
Si Caleb observaba, era desde lejos, porque Derek no lo había olido. Podría haberse escondido en cualquiera de los edificios en ruinas del lugar. Seguirle sería inútil, ya se había marchado, había ido al noreste llevándose su trozo de piedra mágica. Esperaría que le siguieran. Tenía todo el tiempo que necesitaba para poner una trampa.
—Hay dos posibilidades. O bien se tiene que hacer algo allí con la piedra o se ha dado cuenta de que puedes verla. Seguimos interfiriendo y desbaratando sus planes. Podría estar poniendo el cebo de una trampa.
Derek deseaba saber qué hacía la piedra.
Julie miraba a lo lejos, probablemente a la brillante piedra, con una expresión contrita en su cara. Sabía más de brujas que él. Kate era pariente de una de las tres brujas del Oráculo de las Brujas. Su nombre era Evdokia y Julie tenía lecciones con ella todos los martes.
—¿Qué sabes sobre Adams? —pregunto.
—Es un hechicero —Dijo la palabra como si fuese amarga.
—Un hombre brujo —Sabía eso. También sabía que Adams era temible. A la gente no le gustaba mencionar su nombre.
—No —Sacudió la cabeza—. No es un brujo.
—¿Cuál es la diferencia?
—Una bruja se esfuerza para mantener el equilibrio. Para una bruja, todo está conectado. Todo es una maraña de hilos unidos; tira de un extremo demasiado fuerte y se puede hacer un nudo que nadie sea capaz de desatar. Si estás enfermo, una bruja te curara, porque la enfermedad es un desequilibrio, pero si vas a la misma bruja pidiéndole que te de un año más de vida utilizando la magia, te dirá que no, porque estás pidiendo algo antinatural y siempre hay un precio. La palabra witch, bruja, proviene del Inglés antiguo wicca, una antigua palabra que significa practicante de magia. Hay palabras similares a ella, como wigle o wih en Alemán antiguo y siempre significan cosas como adivinación, santidad o conocimiento. Caleb Adams no es un brujo. Es un warlock, un hechicero. Esa palabra procede de wærloga en Inglés antiguo. Significa traidor, mentiroso, enemigo. Perjuro. Solo se preocupa de su propio beneficio y cortará todos los hilos que pueda si así consigue lo que quiere. Por eso le echaron del aquelarre. Rompió el pacto. No hay límite a las cosas que puede hacer para conseguir sus objetivos. Evdokia le odia. Cada vez que menciona su nombre escupe a un lado. Un hombre como él solo querría una piedra que brilla con la magia por una sola razón: poder. Adams ya ha matado por ella una vez. Matará por ella otra vez y si la obtiene, la usara para seguir matando.
Derek pensó en los Iveses. En las manchas de sangre y en el olor a sangre, en las náuseas que sintió porque conocía a las personas a las que pertenecía y porque le llamaban, amenazaban con despertar algo que mantenía encadenado profundamente en su interior.
—Solo se puede hacer una cosa —dijo.
Ella le miró con cara preocupada.
—Traigamos de vuelta la piedra —la dijo.
Julie enseñó los dientes. No era un cambiaformas, nunca sería uno, pero en ese momento, bajo la luz de la luna, sonrió como un lobo.
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por zarza2528 el Vie Jun 10, 2016 2:43 pm

  Gracias
avatar
zarza2528
***

Mensajes : 51
Puntos : 51
Fecha de inscripción : 03/03/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por lulila el Mar Jun 14, 2016 4:55 am

Madreeeee!!!!! Muchas gracias!!!!!
avatar
lulila
**

Mensajes : 39
Puntos : 42
Fecha de inscripción : 18/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por goticaf el Miér Jun 15, 2016 4:57 pm

Gracias es interesante tener este punto de vista
avatar
goticaf
**

Mensajes : 15
Puntos : 15
Fecha de inscripción : 19/12/2014
Edad : 23

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por markdune el Miér Jun 22, 2016 5:53 pm

Gracias
avatar
markdune
**

Mensajes : 28
Puntos : 28
Fecha de inscripción : 17/02/2011
Edad : 49
Localización : Madrid

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Vie Jun 24, 2016 5:56 am

Chicas estoy sin pc, en cuanto lo tenga posteo una maraton.
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por lulila el Vie Jun 24, 2016 4:42 pm

Okis!!!! Gracias!!! 
Maratón!!!!!! Wiiiiii!!!!
avatar
lulila
**

Mensajes : 39
Puntos : 42
Fecha de inscripción : 18/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por sgs81 el Sáb Jun 25, 2016 1:28 pm

Esperando con ansias GRACIAS!!!!
avatar
sgs81
**

Mensajes : 25
Puntos : 27
Fecha de inscripción : 16/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Selene el Jue Jul 14, 2016 9:30 am

gracias no conocia esta historia
avatar
Selene
**

Mensajes : 18
Puntos : 22
Fecha de inscripción : 14/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por carmen2460carmen el Lun Ago 01, 2016 10:47 am

Que buena pinta tiene la historia. What a Face
avatar
carmen2460carmen
***

Mensajes : 54
Puntos : 55
Fecha de inscripción : 24/12/2014

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Lun Ago 01, 2016 12:38 pm

Capítulo 3
(Parte 1)



Él corrió al lado de Peanut mientras Julie la guiaba por una calle extremadamente frondosa. Se movían al noreste de Lawrenceville Highway, en frente de Tucker. Desde que la ciudad era ahora su territorio, se había molestado en pasar un tiempo reconociéndola y aprendiéndose todos los rincones. Después del primer Cambio, cuando los aviones ya no funcionaban y los viajes por carretera se volvieron altamente peligrosos, las industrias buscó el ferrocarril como alternativa para el transporte a larga distancia. Con los edificios de Atlanta cayendo a diestra y siniestra, Tucker se convirtió en el punto caliente de la industria durante unos quince años, a un crecimiento vertiginoso hasta que las recién construidas fábricas también se debilitaron y cayeron. Esta era historia antigua, por lo que a él concernía. Ahora Tucker era territorio abandonado, excepto por la zona reclamada por el desierto, y la gente se había concentrado en el corazón de la ciudad.
Todos a su alrededor eran ruinas oscuras entre la flora. Una bandada de autobuses escolares oxidados, abandonados en un viejo parking. Los restos de una gasolinera, tragados por denso kudzu, agazapados a la derecha. Dos búhos sentados en los restos de la señal de Exxon, esperando algún indicio de movimiento. Hubiera sido un lugar feo sino fuera tan verde, opinó Derek. Afilado, oxidado, destrozado. Las plantas lo suavizaban, ocultando la tierra desfigurada debajo de las alegres hojas. Incluso las viejas líneas de alta tensión, muertas desde hace años, parecían alegres, envuelta por vides de las que colgaban pequeñas flores blancas como guirnaldas.
Un arroyo se había liberado de las restricciones artificiales y había inundado la calle colándose fácilmente en la carretera pavimentada. Sólo tenía un par de pulgadas de profundidad, tres a lo sumo, pero no le gustaba mojarse los pies, así que se desvió a la derecha, donde los desechos y fragmentos depositados por el agua formaban una orilla natural. Había pequeños peces nadando en la clara corriente. Olió ciervos. Unos momentos más tarde pudo verlos bebiendo del arroyo: un grupo de tres hembras. Dos estaban embarazadas. Estas levantaron la cabeza, vieron a Julie y luego a él, y huyeron.
—Qué monos —dijo Julie.
Ella se había vuelto sombría después de que se fueran de Pillar Rock. Decidió fastidiarla un poco.
—Deliciosos.
—¿En serio?
—Mhm. Cuando esto termine volveré aquí y me comeré a todos los bebés ciervos. Creceré y engordaré. —Ningún hombre lobo o cazador humano matarían a una cierva embarazada o una cierva con cervatillos. Si se hacía con demasiada frecuencia arriesgaba su suministro de alimentos. Entonces llegaría el invierno, ¿y qué harían?
—Si estás intentando hacerte el gracioso, para.
Él le sonrió.
—Querías chistes.
—¿Qué clase de broma es esa?
—De la clase lobo.
—Necesitas una chica.
Otra vez no.
—¿Qué pasa con Celia?
Le tomó un momento averiguar de qué Celia que estaba hablando. Había cuatro en la Manada y él había interactuado con tres de ellas. Tenía que ser la pelirroja Celia. Antes de que se separara de la Manada, ella había desarrollado el persistente hábito de cruzarse con él a diario. Podría explicarle que cada vez que Celia le miraba, él había podido leer en su rostro una satisfacción calculada. Ella había visto sus cicatrices y supuesto que estaba lo suficiente desfigurado para estar desesperado. Celia ansiaba poder y seguridad. En su cabeza era perfecto porque se quedaría, y sería fiel, y él le dejaría ser la voz cantante, ya que nadie más le querría. La única vez que habían hablado en privado lo confirmó. Le había dicho que a diferencia de la mayoría de las mujeres, a ella no le importaban las cicatrices y que él no tenía que estar solo. Que ella le querría, incluso si otras mujeres no lo harían. Él había invadido su espacio personal y le había sostenido la mirada. Era la mirada dominante de un alfa, y comunicaba todo sin palabras: Él no era débil ni estaba desesperado. Ella le había dicho que si la tocaba, gritaría, y había huido. Él la había dejado irse. Así había terminado todo.
—Celia es bastante guapa.
—No. —Esa fue la explicación suficiente.
—¿Entonces Lisa?
Tuvo que cortar esta historia. De todos los temas que podría haber elegido, esta era la última conversación que quería tener con ella. Había pasado meses aprendiendo a leer las emociones de las personas. Sabía exactamente qué decir. Forzó una sonrisa.
—Eres una chica dulce, Jules, pero no te preocupes tanto. Cuando crezcas, lo entenderás.
Su expresión se cerró, dándole con la puerta en las narices. Él había dibujado una línea entre un niño y un adulto y se la había restregado en las narices. Ahora estaría muy enfadada con él durante un rato. Era mejor opción que hablar de su vida amorosa.
El camino les llevó más profundamente de Tucker. Él olió un zorrillo, un mapache, dos bandas errantes de perros, gatos salvajes, y un lince macho grande que iba marcando felizmente su territorio. No olía humanos. Nadie había pasado por allí en bastante tiempo. Si Caleb Adams había conseguido la roca en Tucker, que no había pasado por allí para hacerlo o había usado un pájaro gigante como transporte.
Viajaron en silencio durante media hora, cuando Julie salió de la carretera y condujo su caballo a los restos de un edificio de tres pisos. Se puso de pie en su silla, agarró el ladrillo en ruinas, y se impulsó hacia arriba. Él tomó carrerilla, saltó diez pies en el aire; se apoyó en algunas columnas de refuerzo; corrió a través de una estrecha y medio podrida y le ofreció la mano para tirar de ella hacia arriba. Ella le dirigió una mirada salpicada de cristales rotos. Cierto. Todavía estaba enfadada.
—Vamos —dijo—. Estás perdiendo el tiempo.
Hizo caso omiso de su mano y ella sola se subió al borde de los restos podridos de la tercera planta. Él le dio su espacio.
Ella levantó la mano y señaló a un área en la distancia.
—Allí. Está en el centro de ese lugar.
Él miró. Los restos de algún complejo industrial, y uno grande—por lo menos dos docenas de edificios grandes, tal vez más, algunos casi enteros, otros rotos a tramos con paredes de conexión a la nada. Un accidental laberinto urbano. El suelo alrededor de la construcción era más oscuro, la textura diferente, más áspera de alguna manera. Formas extrañas merodeaban entre las ruinas, algunas brillando con rosa y azul pálido. No podía hacerlas salir.
Su instinto le decía que el lugar era diferente a todo lo que había visto antes. Y se sentía mal. Pillar Rock le había dado mala espina, pero este lugar se sentía peor. No quería entrar ahí, pero en su mayor parte no quería que ella entrara.
Como la tierra oscura alrededor de las ruinas, Adams era una plaga, una corrupción que ya le había costado a los Iveses sus vidas. La oscuridad tenía que ser purgada. Curran le había dicho una vez: “Cada vez que veas un problema y te alejes de él, establecerás un precedente”. El problema estaba ahí, y dejar que Caleb Adams hiciera una carnicería con una familia para hacerse con una piedra mágica no era algo que quisiera cargar en el futuro. Ellos se encargarían de ello. Era el momento de cortar en corto el poder del brujo.
Y seguía sin gustarle.
Rodearon el antiguo parque industrial, dibujando un amplio arco a su alrededor. Adams esperaría que se acercaran por el suroeste. Se acercaron desde el norte en su lugar. El viento soplaba desde el sur, y le gustaba estar a barlovento de su presa. Escondieron a Peanut detrás de unas ruinas cercanas. Con su mochila perdida, Julie recurrió a su bolso de repuesto, una pequeña bolsa que llevaba en la espalda.
Desde arriba, las paredes parecían más bajas. De cerca, algunas llegaban a medir diez pies de altura. Setas gigantes de cinco pies de altura se extendían por la zona, con pálidas coronas azules del tamaño de sombrillas de playa, subían por las paredes, sus poros irradiaban ese brillo rosa pálido. La extraña textura oscura que había visto desde la azotea del edificio en ruinas resultó ser unas raras hojas de unas oscuras plantas púrpuras de no más de cinco pulgadas de alto cada una, con un manojo de hojas triangulares con tallos cortos. Cubrían todo el suelo, difundiéndose por las ruinas como un charco de tinta derramada en un círculo casi perfecto, y tuvieron que abrirse paso a través de treinta yardas de ellos para llegar a asfalto sólido. Casi había pisado un pico dentado oxidado que sobresalía del suelo. Julie siguió sus pasos, confiando en sus sentidos y cogió otro bastón. Aun así, llevaban apenas diez yardas, y ella había tropezado una vez.
Las plantas también apestaban. Un pesado aroma metálico que descendía despacio, asentándose cerca del suelo. Su nariz se acostumbraría con el tiempo, pero por ahora el aroma ahogaba su olfato.
—Alto —susurró Julie.
Una aguja de alarma le atravesó. Derek se congeló en mitad de un paso, su pie cerniéndose sobre el suelo, dio un paso hacia atrás con cuidado, y levantó la mano. Ella le pasó el bastón. Él se agachó y utilizó el palo para empujar las hojas a un lado. Una trampa para osos de metal estaba abierta entre las hojas, una antigualla con una placa de presión y mandíbulas de acero de alta resistencia armada con dientes de metal. Una cadena se extendía desde la trampa y serpenteaba entre las hojas. Miró en esa dirección y vio un viejo, poste de energía de cemento. La cadena lo envolvía. Había visto estas trampas antes. Pesaban más de cincuenta libras, y los dientes de metal atravesaban el hueso con ridícula facilidad.
—Adams le ha hecho algo —susurró Julie—. Hay una mancha azul de magia en la trampa. Es débil y difícil de ver, pero ahora lo veo claro. No es magia de brujo; es otra cosa. Algo muy viejo. Todo el campo está sembrado de estas cosas. Déjame ir delante.
Eran como patos de feria en ese sitio. Cuanto más rápido pasaran, mejor.
Él asintió.
Un gemido rasgó el aire y un fuerte dolor le golpeó en el pecho, explotando como un hierro rojo vivo, la agonía casi arrastrándole a la inconsciencia. Plata. El veneno floreció dentro de él, rasgándole las entrañas, extendiéndose demasiado rápido. No perdió el tiempo mirando al eje de madera que sobresalía justo encima de su corazón. Tirarse al suelo no serviría de nada. Estaban a la intemperie.
La segunda flecha gimió, sólo medio segundo después de la primera. Se colocó en frente de Julie. Se hundió en su estómago. La plata explotó dentro de él. El dolor casi le derribó.
—¡Corre! —Le gritó.
Si él intentaba retroceder, estarían acabados. Demasiado campo abierto detrás de ellos. Tenían que correr hacia adelante, hacia el arquero y refugiarse detrás de las paredes de ladrillo. Si colocaba a Julie detrás de él, no podría mantener el ritmo. Si la dejaba ir delante, se convertiría en un blanco claro. Todo esto brilló en la cabeza en un instante en una tortura. Se dejó caer de espaldas a ella, la agarró por las piernas, la empujó sobre su espalda, y se lanzó hacia adelante a las ruinas justo cuando la tercera flecha se clavaba en el suelo donde había estado de pie un segundo antes. Esa era la única forma en que la mayor parte de su cuerpo podía protegerla.
—¡Derecha!
Giró a la derecha, derrapándose, casi cayéndose, y echó a correr. El dolor le comía desde el interior, devorando sus entrañas con colmillos en llamas.
Otra flecha gimió y se perdió.
—¡Izquierda! ¡Más a la izquierda! ¡Derecha! ¡Recto—
Salió disparado del campo de las hojas al abrigo de una pared de ladrillo y se estrelló contra ella, incapaz de detenerse. Los viejos ladrillos se estremecieron, pero aguantaron. Apenas sintió el impacto. El fuego en su interior consumía cualquier otro dolor. El envenenamiento por plata se extendía como un virus que nutría su cuerpo moribundo a una velocidad pasmosa. Sus piernas temblaban, y no podía detener el temblor. El dolor se estaba extendiendo demasiado rápido. Alguien había recubierto las flechas con polvo de plata.
Agarró el eje de la flecha del pecho, centrado en el brillante pico de agonía dentro de él, y tiró, obligando a sus músculos agonizantes a obedecer. La mano de Julie se cerró sobre la suya. Él la soltó, y ella tiró de la flecha suavemente, con cuidado. Su cuerpo luchó contra ello, intentando escapar del dolor. La oscuridad se cernía sobre el mundo. Él gruñó. El pico blanco desapareció.
—Siguiente —dijo ella, agarrando la segunda flecha, pero él ya estaba empujando con los dientes apretados. Salió, pero el sufrimiento se quedó.
—¿Derek? —Ella le miró a los ojos.
—Polvo —dijo entre dientes.
Su cara se puso blanca.
Tenían que moverse. Estaban demasiado expuestos, y el tirador sabía exactamente donde habían caído. Se obligó a ponerse en pie.
—Espera. —Buscó en su bolso.
—No hay tiempo. —Él la levantó y se inclinó para echar un vistazo a lo que había detrás de la pared. La noche estaba vacía. Se movió, corriendo silencioso y rápido. La plata le abrasaba las venas. No había tiempo para expulsarla ahora. Su cuerpo tendría que aguantar o morir en el intento.
Él se metió en las sombras, tejiendo su camino a través del laberinto de mmedias paredes, consciente de Julie a su lado. Tenían que llegar a un refugio, un terreno más alto, algún lugar en el que podría colapsar los pocos minutos que necesitaría para purgarse. Algún lugar escondido.
Olía el humo acre de hierbas quemadas, demasiadas capas para analizar los componentes. Un olor más grueso, sucio y caliente, lo cubría. Una especie de animal, y más de uno. Tres, no, cuatro rastros de olor diferentes, y por debajo de todo otro olor. Tomó una bocanada y retrocedió. El olor era puro miedo. Eso le golpeó en el intestino. Tomó respiraciones rápidas poco profundas, intentando controlar el pensamiento de matanza contra el pánico primordial.
Julie se quedó sin aliento. Él se dio la vuelta. Habían llegado lo suficientemente lejos para ver la esquina de la pared más grande. Más allá, en un claro, había un círculo de cenizas, la tierra quemada todavía humeante. Julie se acercó antes de que pudiera detenerla. El olor repugnante creció en intensidad. Él siguió, intentando apagar el terror que gruñía en su mente. La pared a su derecha terminó, y Julie se lanzó a través del espacio. Él maldijo por dentro y la siguió.
Ella se arrodilló junto al círculo, al abrigo de la vista por la esquina del edificio. Encantos y manojos de hierbas colgaban de los ladrillos, cada uno de un hilo húmedo que olía a carne.
Un poste de madera se elevaba del suelo justo fuera del círculo. Animales muertos colgaban de él, clavados en la madera con un clavo de hierro largo. Una rata, una ardilla, un gato, y por encima de ellos una cabeza de lobo manchada con sangre fresca. Por encima de la cabeza, una flecha sobresalía de la madera. La punta de flecha se veía cruda, casi antigua.
La cabeza del lobo le miró con ojos muertos, como diciendo: “Oye amigo. No te preocupes. Tú y yo somos lo mismo. No hay dolor a dónde vas.”
Genial. Tenía que sangrarse antes de que el dolor le dejara inconsciente o empezara a tener alucinaciones.
—Invocó algo —susurró Julie con los ojos muy abiertos—. Él mató a un lobo y convocó algo muy antiguo.
Señaló las hierbas.
—¿Son agallas de lobo?
—Sí.
Un profundo aullido espeluznante atravesó las ruinas. Corre. ¡Corre! ¡Corre ahora! Él tenía que ir. Los perros venían y le enterrarían. Estaba expuesto, pero podía correr más rápido que ellos, si sólo corría ahora, rápido y duro, al bosque…
Julie le sujetó la cara con los dedos.
—Mírame —susurró, sus palabras urgentes y rápidas—. ¡Mírame!
Él se apartó de las manos, pero ella le atrapó de nuevo, sus dedos fríos contra su piel. Ella captó su mirada. Él la miró a los irises de color marrón.
—¡Derek! Ha convocado a un cazador. Los animales del poste son su presa, y son la presa del cazador. Todo este lugar es una trampa mágica gigante, y está intentando que hagas lo que ellos quieren. El cazador soltará a sus sabuesos, el lobo huirá, y el cazador le perseguirá y acabará con él. Es como se hacían las cosas hace miles de años, pero tú no eres solo un lobo.
Otro aullido le atravesó, como un corte hecho por una hoja afilada en la nuca de su cuello. Bosque…
Sus manos sostenían su rostro, sus ojos dos piscinas sin fondo.
—Eres humano. No eres solo lobo. No tienes que correr. Eres humano. Mírame. Eres Derek. Si corres ahora, morirás.
Si corría, ella no podría seguirle.
—Eres humano, Derek.
Su voz rompió el pánico que intentaba controlarle. Sintió como la razón volvía lentamente, deslizándose a través del dolor y el instinto. Las cosas que aullaban les encontraría pronto, y él no estaba en condiciones de luchar.
—Tenemos que encontrar un lugar seguro.
Ella le dejó ir.
—Si corres, el hechizo te encerrará y no podrás liberarte. No corras, Derek. 
—No lo haré.
Se dio la vuelta, luchando contra el mareo. Un edificio—un antiguo warehouse—se alzaba por encima de las ruinas de la derecha. Era obvio, pero no le importaba. Ellos necesitaban refugio. Lo señaló. Ella asintió.
Un afilado aullido triunfal cortó la noche. Un perro se acercaba, y acababa de captar su olor.
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Lun Ago 01, 2016 12:39 pm

Capítulo 3
(Parte 2)




A la izquierda, las paredes se juntaban bajo un ángulo agudo, dejando sólo un espacio estrecho, medio cegado por los escombros. En cualquier otro lugar estarían a descubierto. Él lo señaló.
Julie metió la mano en su bolsa y sacó una bolsa de plástico con polvo amarillo. Él respiró hondo y se cubrió la boca y la nariz. Ella arrojó el puñado de acónito en el aire y retrocedió hacia él. Se deslizaron en el hueco. Este terminaba en una pared sólida, a menos de diez pies de distancia. A la derecha, otro muro. Por encima de ellos, barras de metal cruzadas. Él podría romperlas, pero no sin hacer ruido. Estaban atrapados en un espacio de doce por doce pies.
Él se derrumbó. Julie se sentó a su lado. Miraron a través de los espacios entre los ladrillos rotos y suciedad. Algo gruñó bajo y profundo, justo detrás de la esquina. Algo grande.
Derek yació completamente inmóvil. La plata había hecho un agujero en su pecho y estaba tratando de llegar a su corazón.
Otro gruñido, duro, fuerte. Una bestia salió a la luz, enorme, al menos trescientas libras y cubierto de grueso pelo marrón. Con mala luz, le habría confundido con un jabalí: Tenía el tamaño, la forma, y las enormes mandíbulas de jabalí armadas con colmillos y dientes enormes. Pero no tenía pezuñas. Sus patas terminaban en patas con garras.
No tenía ni idea de si el acónito le afectaría.
El perro-jabalí gruñó bajo su aliento, aspirando el aire. Pequeños ojos viciosos estudiaron el lugar sin pestañear. La criatura dio un paso más cerca de la brecha.
Junto a él Julie se quedó completamente inmóvil. No podía enfrentarse a un perro y ganar. Necesitaría una lanza. Las hachas de guerra no le servirían para nada. Tenía que curarse rápido o ninguno de los dos saldría de esta con vida.
Otro paso.
Otro.
Él cogió su cuchillo.
El perro-jabalí inhaló, buscando su olor, y retrocedió. Estornudó, pateó en su nariz, gruñó y chilló como un cerdo.
Sus oídos captaron el sonido de cascos pesados que se acercaban.
El perro-jabalí gruñó y rodeó el anillo ardiente, intentando alejarse del acónito.
Un enorme caballo lanudo apareció a la vista con un jinete. Desde donde estaba, Derek pudo ver una bota de cuero y una pierna cubierta por un pantalón marrón. Derek bajó la cabeza, queriendo ver mejor. El cazador llevaba cuero. Grande, por lo menos seis ocho, más grande, más amplio, probablemente más fuerte que un humano normal. Una capa con capucha de piel de lobo le cubría la espalda. Los invisibles pelos entre los hombros de Derek se erizaron.
El cazador se volvió, mostrando su rostro. Alrededor de los treinta, blanco, pelo largo y castaño. Duro. Expuesto al tiempo. Ojos claros. Una larga cicatriz irregular cruzaba el puente de su nariz. Algo con garras le había marcado, pero debía haber muerto antes de terminar el trabajo. Derek enseñó los dientes. Haría que se ahogara con esa piel.
Un alto arco de madera y hueso se cernía sobre el hombro del cazador. El cazador levantó un brazo protegido por cuero. Un grito atravesó la noche, y un pájaro cayó del cielo como una piedra y se posó sobre el brazo. Feo, barbudo, grande, con un pico vicioso. No se parecía a ningún pájaro que hubiera visto nunca.
El cazador estudió al perro-jabalí, luego levantó la cabeza y contempló la zona. Su mirada pasó por encima de su refugio. Se centró en el hueco. Derek le miró a los ojos. La magia rodó sobre él en una ola de fría oscuridad, rociando la agonía de la plata con hielo, y vio una larga y congelada noche de invierno bajo la luna. Sintió la fría nieve bajo sus patas. Olía su propia sangre, brillante y caliente, cayendo sobre la nieve, y oyó el largo aullido ondulante de perros hambrientos.
Era el modo en que siempre fue. Era el modo en que tenía que ser ahora. Tenía que correr, correr entre los árboles, antes de que las flechas y los perros le encontraran.
Buen intento, imbécil.
El impulso de correr era abrumador. Le estaba costando todo lo que tenía permanecer quieto.
Un momento pasó. Derek esperó. Era un lobo. Tenía toda la paciencia del mundo.
El cazador silbó suavemente entre dientes. El perro-jabalí sacudió la cabeza y siguió adelante. El cazador se dio la vuelta, tiró el pájaro de nuevo al cielo de la noche, y el enorme caballo reanudó su estable trote.
Aguantaron otros tres minutos antes de que se deslizaran fuera de la brecha silenciosamente. Julie le cogió la mano, señaló el poste, a sí misma y arriba.
Aúpame.
Él la agarró por las piernas y la sostuvo. Ella arrancó la flecha del poste y se fundieron en la noche.
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Lun Ago 01, 2016 12:39 pm

Capítulo 3 
(Parte 3)



El gran edificio estaba abierto, su pared frontal ausente, dispersa en pedazos en el suelo. La mitad de su techo estaba desaparecido, pero la parte de atrás ofrecía refugio. Él estaba cojeando ahora, corriendo lento incluso para un humano.
—Casi allí —susurró Julie.
Apretó una última ráfaga de movimiento de su cuerpo. Estaba dejando de funcionar.
—Casi allí —repitió ella.
La siguió por el suelo sucio a la escalera de metal que conduce escaleras arriba y a la esquina del edificio vacío. Se cayó al suelo. Ella se dejó caer junto a él, tiró de un pequeño cuchillo de la funda en su cintura y le retiró su sudadera. Sus ojos se abrieron como platos.
—Está sobre tu cuello.
Él ya sabía eso. La carne sobre su cuello y pecho se sentía muerta. Cuando ella lo tocó, no sintió ninguna presión. La piel de su pecho se había vuelto de color gris cinta adhesiva.
Cortar el pecho no lo haría. La plata se encontraba todavía en su torrente sanguíneo y ascendiendo. Si golpeaba su cerebro, iba a morir. Tenía que expulsarlo antes de que llegara tan lejos.
Tomó el cuchillo de las manos de ella.
—¡No! —Jadeó ella.
Él cortó su arteria carótida. La sangre salpicó como un espray negro y rojo. Olió el hedor metálico de muerte del Lyc-V.
Un aullido, cerca, casi de ellos.
Julie se dio la vuelta y corrió escaleras abajo, su bolso en la mano.
La sangre seguía brotando en un torrente caliente, empapando su hombro. Normalmente el Lyc-V hubiera reconocido el corte del cuello como mortal y lo hubiera sellado casi al instante, pero el virus que le concedía su regeneración estaba muriendo en cantidades récord. Sangraba como un ser humano, cada vez más débil con cada latido de su corazón. Su dominio sobre la conciencia se le escapaba. Su cerebro, privado de oxígeno, se iba durmiendo como un pez moribundo. Enganchó sus garras en la realidad. Un humano normal habría estado muerto en cuestión de segundos. Si podía permanecer consciente, si su corazón bombeaba suficiente sangre envenenada por plata fuera para que el Lyc-V se recuperase, si la plata no alcanzaba su cerebro, podría sobrevivir.
Abajo, Julie dibujó un círculo con tiza blanca alrededor de las escaleras. Una guarda, un hechizo defensivo. Él dudaba que la tiza sola detuviera a la jauría o al cazador. Ella sacó la flecha de su bolso y rayó una segunda línea en el suelo de cemento, haciendo un segundo anillo interior dentro de la primera línea de tiza.
El jabalí-sabueso apareció en el hueco donde la pared frontal solía estar, recortado contra la luz de la luna. Se obligó a moverse, pero no pudo hacer nada.
Julie tiró de una pequeña botella fuera de su bolso y vertió un charco frente a ella, en el interior del círculo.
Levántate, se gruñó a sí mismo. Levántate de una vez. 
El jabalí-sabueso dejó escapar un gruñido triunfal de pura sed de sangre.
Julie se dejó caer en el círculo de rodillas. Vio una pequeña llama de una cerilla que se encendía. El charco se encendió.
El jabalí-sabueso cargó. Llegó como una bala de cañón, gruñendo, fauces gigantes abiertas, colmillos dispuestos a desgarrar.
Julie metió algo en el fuego.
El sabueso cubrió los últimos tres metros.
Julie tiró fuera el objeto de la llama y lo sostuvo frente a ella como un escudo.
El jabalí-sabueso se deslizó hasta detenerse, sus ojos de cerdo fijos en la flecha caliente en la mano de Julie. La criatura se empujó hacia adelante y retrocedió, como si golpeara una pared invisible.
Se desplomó de alivio. La herida en su cuello estaba cerrando. Todavía estaba vivo. Ahora era sólo una cuestión de tiempo, y ella sólo les había comprado algunos.
El jabalí-sabueso aulló. A lo lejos, otras tres voces respondieron.
No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado: segundos, minutos. Pero el viento había cambiado, y olió al segundo sabueso antes de oírlo haciendo su camino al edificio y deslizándose hasta detenerse ante el círculo de Julie. Un tercero y cuarto lo siguieron. Oyó al ave, la vio mientras volaba sobre él, dando vueltas, y entonces oyó al caballo del cazador.
Oyó el sonido áspero de metal impactando piedra. Ella estaba cortando la punta de la flecha con su hacha de guerra.
El dolor en el cuello de Derek había menguado. Los bordes de la piel gris se redujeron, volviéndose de color rosa, no lo suficientemente rápido pero tendrían que hacerlo. Ella había hecho su parte. Ya era hora para él hacer la suya.
En la oscuridad del segundo piso, se deslizó fuera de sus zapatos, luego de sus pantalones.
El caballo anduvo haciendo cloc su camino dentro del edificio.
—No la puedes romper —dijo una voz masculina profunda.
Miró hacia abajo. El cazador detuvo a mitad de camino a su caballo. Los cuatro jabalí-sabuesos alineados entre él y Julie.
Ten, idiota. 
—La punta de flecha de piedra. Ésta es de acero inoxidable. —Ella sonó determinada—. La romperé.
Derek se levantó en silencio en las sombras.
—Esa es mi primera flecha. La flecha es eterna y yo también. Tanto como existan seres humanos y sus presas, yo existiré.
—Vete a la mierda. —Ella golpeó el hacha de guerra en la flecha.
Ahora. El cambio corrió a través de él, el breve dolor bienvenido y dulce. Sus músculos se rasgaron y crecieron de nuevo, sus huesos se alargaron, su pelaje brotó, y de repente fue todo de nuevo, más fuerte, más rápido, de siete pies de altura, una mezcla de bestia y hombre. La quemadura de la plata seguía allí, pero ahora sólo un recordatorio de gran nitidez del dolor y la necesidad de matar a su fuente. Olió sangre. Sus garras de tres pulgadas picaron. Oyó ocho corazones latiendo: cinco de animales, uno de ave, y dos de humanos. Quería probar el calor, salado apresurado de sangre golpeando a través de sus venas, abrirlos y sentirlos luchar en el dominio de sus dientes.
El salvaje dentro de él rugió. Lo que casi lo volvió lupo —lo que mantuvo a raya con viajes mensuales a los bosques, con meditación, con esfuerzo, con carreras hasta que sus piernas ya no podían llevarlo— esa cosa se liberó y tenía hambre.
—Elige un lado —dijo el cazador.
La voz de ella sonó, sus palabras desafiantes.
—Elijo al Lobo.
—Entonces muere. —El cazador sacó el arco de sus hombros.
Hoy no. Derek saltó por encima de la barandilla de hierro. Aterrizó entre los sabuesos y abrió dos gargantas, colmillo a colmillo, antes de que se dieran cuenta de que estaba allí. La sangre brotó —gloriosa, sangre caliente, directamente desde el corazón. El salvaje cantó en su interior. La tercera bestia trató de cornearlo, pero él la arrojó a un lado como una muñeca de trapo. Golpeó la pared con un ruido sordo, gimió mientras se deslizaba hasta el suelo, y quedó inmóvil.
Una flecha silbó en el aire. Agarró a la cuarta bestia por el cuello y tiró hacia arriba, sosteniendo al animal luchando como un escudo. Las flechas se clavaron en él —una, dos, tres— y se hundieron profundamente. Arrojó la criatura a su maestro. El caballo se encabritó, chillando. El sabueso encontró el puño del cazador y cayó, golpeó a un lado. Se puso de pie y corrió hacia Derek, rengueando. Los sabuesos restantes, dos cortados y sangrando y uno favoreciendo su pata delantera, corrieron hacia él. Esquivó al primero, dejando que lo adelantara, y cayó sobre su cuello y mordió. Sus dientes se cerraron alrededor de la columna vertebral y aplastaron el cartílago. Arrancó un bocado de carne y hueso y lo soltó. Un colmillo se clavó en su cadera. Gruñó de dolor y golpeó el duro cráneo de la criatura. Se estremeció y le pegó de nuevo, conduciendo su puño con toda su fuerza salvaje. Rompió el hueso. Cerebro humedeció su pelaje. El último sabueso atacó, inestable sobre sus pies. El salvaje rugió dentro de él, tan fuerte que no pudo oír nada más. Cortó la garganta del sabueso en pedazos.
Una flecha le atravesó el muslo. La arrancó, recortando la herida abierta antes de que la plata pudiera extenderse.
La última bestia cayó. El ave se abalanzó hacia él. Atrapó al rapaz en el aire y le arrancó la cabeza. Sólo quedaba el hombre. Se acercó al cazador. No había ninguna necesidad de apresurarse.
El cazador sacó su arco y disparó. Derek golpeó la flecha a un lado. Otra flecha. La esquivó. Rozó su muslo. La quemadura de la plata lo espoleó. Derek saltó y tomó a su oponente del caballo con un golpe de su pata. El gran hombre se puso de pie, dos hojas en sus manos. Eran casi la misma altura: el cazador de nueve pulgadas con seis pies de altura, y él totalmente de siete pies en su forma guerrera.
Derek lamió sus colmillos. Sangre deliciosa recubría su lengua y goteaba de su boca, pero todavía tenía hambre.
El cazador se volvió un torbellino de cuchillas. Cortaba y apuñalaba y cortaba rápido, muy rápido. Derek bloqueó, dio un paso dentro de su guardia, y le dio una patada en el pecho. El cazador voló hacia atrás, se puso de pie de nuevo, y cargó.
Chocaron. Una hoja atravesó el pecho de Derek, deslizándose cuidadosamente entre sus costillas, casi cortando su corazón. El dolor desgarró sus entrañas. Enterró sus garras en el intestino del cazador y arrancó un puñado de intestinos fuera. El cazador torció la espada, tratando de tallar su camino hacia el corazón de Derek. Derek dio un paso atrás, saliéndose de la hoja, y el cazador cortó su brazo derecho con la otra espada. Tomó ese corte, porque no tenía otra opción —casi cortó a través del hueso— y pasó sus garras por el rostro del cazador. Sangre manó de los ojos del cazador. El hombre grande se abalanzó, su espada derecha atacando. Derek se movió a la izquierda, dejando que la hoja pase silbando, bloqueó con su brazo derecho la muñeca del cazador y estampó el talón de su mano izquierda en el codo del hombre. La articulación se partió en dos, rompiéndose. Tiró de la hoja de los dedos de repente flojos del cazador y la embistió en la boca del cazador.
Era una buena espada, fuerte y sólida. Hizo un sonido precioso, mientras dividía la boca del cazador, a continuación, la garganta en su camino hacia abajo. El corazón del cazador revoloteó como un pájaro moribundo, luego se detuvo.
Derek levantó la cabeza hacia el cielo. Por encima de él la luna se veía a través de la enorme brecha en el techo. Abrió sus fauces sangrientas y cantó. El aullido agudo se elevó, paseando a la luz de la luna, rodando por la noche, y todos los que lo oyeran sabrían que se había hecho con su presa.
Sacudió el cadáver, esperando más pelea, luego tomó la cabeza del hombre muerto en su boca, pero el cazador no se movió. Su corazón estaba quieto. Arrojó al cazador muerto a un lado.
Tenía que quedar haber algo para matar. Había todavía un corazón latiendo.
Se volvió y la vio sentada en un círculo. Ella se veía. . .bien. 
Se acercó al círculo. Ella no se movió. Sólo lo miró con sus bonitos ojos marrones.
Corrió de cabeza a una pared. No podía verla, pero estaba ahí. Miró hacia abajo y vio una línea de tiza blanca entre él y ella. Magia.
Rodeó la guarda, sondeándola con sus garras. La pared invisible se sostenía totalmente alrededor. Se detuvo frente a ella y se agachó, así estaban nivel. Su voz fue un gruñido desigual inhumano.
—Déjame entrar.
—No creo que sería una buena idea.
—Déjame entrar.
—Tal vez en un rato —dijo ella—. Una vez que te calmes.
—Estoy completamente calmado. —Quería entrar a ese círculo.
—Un poco más.
Retrocedió y corrió a toda velocidad hacia círculo. La pared se sostuvo.
—Realmente no puedes omitir la caza —le dijo ella.
Tuvieron que pasar otros cuatro intentos antes de que él decidiera que no podía romper el muro. Pateó los cadáveres durante un tiempo, pero no dieron batalla y el caballo se había escapado. Pensó en seguirlo, pero tendría que dejarla a ella y no quería. Finalmente se decidió por tumbarse junto al círculo y mirar a la luna.
Lo tranquilizó hasta que su aliento se reguló. Poco a poco el pensamiento racional regresó. Su cuerpo herido en demasiados lugares. Deseó poder conciliar el sueño, pero si se dejaba ir ahora, dormiría como un tronco durante varias horas mientras su cuerpo sanaba el daño. No podía cambiar de forma tampoco. La mayoría de los cambiaformas podían hacer frente a uno o dos cambios en un día y luego era hora de la siesta, si te gustaba o no. Él era más fuerte que la mayoría, pero no quería tentar al destino. Había gastado tanta energía luchando contra la plata, un cambio podría derribarlo para siempre, y él no tiene ese lujo.
Caleb Adams todavía estaba por ahí.
El color morado oscuro del cielo nocturno se desvanecía poco a poco al azul más claro. El amanecer estaba llegando.
El salvaje había salido de él. Siempre era así, recordaba lo que hacía sólo después de que lo había hecho. Siempre se sentía bien mientras lo hacía. A veces, se arrepentía, aunque en su mayoría no lo hacía. Hoy lo hacía.
—¡Derek! —Ella sonó alarmada.
Se sentó.
—La roca se está moviendo. —Ella señaló a la derecha—. ¡La está llevando a alguna parte!
Se sacudió.
—Vamos.
Ella entrecerró sus ojos hacia él.
—Estoy calmado —le dijo.
Ella alargó la mano, frotó la línea de tiza, y salió. Su olor se apoderó de él.
—¿Qué camino? —Preguntó.
—Este —dijo ella—. No, espera, sureste. Va a volver exactamente por donde vinimos.
—Lamento haberte asustado —dijo mientras salían del edificio.
Ella rodó sus ojos.
—No me das tanto miedo.
El alivio lo inundó. Le enseñó sus colmillos a ella, fingiendo gruñir.
—Ew. Tonterías. Nada de lo que hagas me asusta, Derek. Trata con ello.
—Entonces voy a tener que esforzarme más.
—Haz eso.



FIN DEL CAPÍTULO
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Lun Ago 01, 2016 12:40 pm

Capítulo 4
(Parte 1)



Traducido por Eli25


El cielo sobre el pilar de roca era bastante azul, con delgados rastros de nubes extendiéndose desde el este. El agua turbia de los agujeros robado de color, y durante un momento, se volvió azul y brillante, como el cristal de cobalto. El pilar sobresalía entre la gran cantidad de charcos, alcanzando el cielo, y en su punta, tres trozos de roca brillante yacían juntas, formando una simple piedra brillante. Era casi bello, reflejó Derek, excepto por Caleb Adams, quién estaba de pies entre ellos y el pilar. Había captado el olor de Adam en el momento que dejaron las ruinas. El brujo no hizo ningún intento de enmascarar su rastro. Un niño podía haberlo seguido. Estaba en su cuarenta, estatura media, sobre la estructura media, pero sus anchos hombres y actitud eran otra cosa. Su toga negra, hecha jirones y atada con una cuerda larga, probablemente escondía la construcción de un levantador de pesas.
Su cara era perfectamente ordinaria: el pelo corto y rubio oscuro; barba corta; ojos oscuros debajo de cejas inclinadas. Su cara tenía un tinte rojizo, poco menos que la quemadura del sol, el tipo que gente de piel pálida conseguía cuando estaban forzados a pasar el tiempo fuera. Inteligente, decidió Derek. Si Adams entraba al bar y pedía una cerveza, Derek no le daría ni una segunda mirada.
—Tengo que saberlo —dijo Adam—. ¿Qué demonios es? ¿Quién te contrató? ¿Por qué me estás siguiendo por toda la maldita ciudad? Simplemente no puedo quitaros de encima.
Derek le quitó las bisagras a las mandíbulas del monstruo.
—Tu gente mata a los Iveses.
—¿Y qué? —Adam frunció el ceño.
—Niños —dijo Julie—. Mataron a los niños, también. No conseguiste la roca. No conseguiste el poder. Conseguiste la respuesta por la familia.
—Esto es lo que ocurre cuando envías a idiotas hacer un trabajo. —Suspiró Adams—. Hay diez reglas para la delegación. La primera es elegir a la gente correcta. Claramente, elegí a la gente equivocada. —O él estaba obsesionado en medio de la gerencia o estaba estancado. Tenía algún tipo de plan. Derek miró a Julie. Ella le devolvió la mirada, su cara ilegible. Si había visto algo de magia, habría sacudido su cabeza o asentido o le habría dado alguna señal.
—Tú ganas —Caleb levantó sus manos, retrocediendo a la izquierda—. Sé lo que sois. Tú eres el Lobo Gris, y tú eres la pequeña bruja de Kate Daniels. Os he visto por los alrededores. Creía que el cazador os tomaría a los dos, así podría hacer mis cosas, pero claramente no lo hizo. Me rindo. Ahí está la roca; id y conseguidla.
Ninguno de ellos se movió.
—¿Sabéis lo que hace? —Sonrió Caleb—. ¿La estrella brillante, cayendo de los cielos al atardecer en la última noche de primavera? Un ruiseñor no estaba cantando, no los tenemos aquí, pero era un ruiseñor. Estaba bastante cerca. Normalmente no se rompen así, pero la magia aún es débil en el mundo. Deberías saber esto, pequeña bruja. Esto es lo que todos los eslavos temen. ¿O Evdokia no te lo ha enseñado aún?
—¡Derek! —gritó Julie—. ¡Corre!
El primer rayo del sol naciente rompió libre desde el horizonte. La roca brillante brilló, la luz fría, fusionándose por completo. La luz salió disparada y se reunió en una mujer.
Él tomó una afilada respiración.
Ella era bella. Su piel era impecable, su pelo como oro, sus ojos plata como estrellas. Estaba de pies desnuda en la roca. Él miró sus pechos, las curvas redondas de sus caderas, el pálido triángulo de rizos dorados entre sus piernas... Tan suave, tan dorado... Él quería poner sus manos en ella.
Su magia le lavó, y su cuerpo se volvió a formar por sí mismo, intentando igualar su humanidad con la suya. Él estaba duro, y cuando ella abrió su boca, sus labios rojos como fruta madura, le llamó a ella, su cuerpo quería obedecer.
Su voz era el sonido más bonito que había oído nunca.
—Amado... Ven a mí...
Imágenes parpadearon en su mente. Se vio sobre ella, se sintió en ella, vio su piel sonrojada cuando su cuerpo se apretaba a su alrededor... Su magia era demasiado fuerte. Estaba cansado y dolorido, y el cambio forzado le drenó. No podía lucharlo. Tenía que ir a ella. Esa era la mejor manera. El camino correcto.
—¡Derek! —Julie agarró su brazo—. ¡No!
Él la ignoró. Tenía que conseguir a la mujer. Luchar el flujo de magia era inútil. Solo le cansaría más, y ya estaba débil.
—¡Derek!
Él la empujó. Ella cayó y él marchó hacia el pilar.
—Él ha perdido —se burló Adams—. Es joven y soltero. No puede resistirse a la letavitsa. Este derecho no tiene poder sin igual. Una sola puede vaciar una ciudad de todos los hombres en ella.
—¡Derek!
Él la oyó intentando correr detrás suyo, por el rabillo del ojo, vio a Adams sacar un cuchillo y caminó hacia ella.
—Tú morirás a continuación —dijo Julie bruscamente.
—Tomé medidas. Tengo protección. Él no. La estrella caída se alimentará de él y le drenará. Ahora solo estamos tú y yo.
—Ven más cerca... Dime que me amas. Ríndete a mí.
Él dejó que la magia le empujara hacia delante. Era demasiado fuerte para luchar. Tenía que entregarse a ella. Estaba casi en el Pilar de Roca.
Adams levantó su mano. La repugnante magia se extendió de él, como la tinta negra.
—A Evdokia le encantará esto.
—¿Qué demonios quieres con una letavitsa de todas formas?
—Lo gracioso sobre las bandas —dijo Caleb—. Es que el noventa por ciento de los miembros son machos entre las edades de quince y veinticinco años. Rabiosos con hormonas y es improbable que formen ataduras. Un hombre tendría que estar de acuerdo en morir para que una mujer luchara la magia de la letavitsa. Ese tipo de devoción es raro. Mañana por la noche caminaré con ella a través del Warren, y ese será el final de mi guerra territorial.
Derek saltó al pilar y comenzó a caminar hacia ella. Ella esperaba, dorada, cálida, lista, su pelo flotando a su alrededor, sus ojos plateados brillante... Él podía ver a Julia y a Adams debajo de ellos entre los charcos. 
—Soy el Heraldo —dijo Julie. Su voz tenía una extraña cadencia—. Sirvo al Guardián de la Ciudad.
—Bien, tu Guardián no está aquí. —La magia oscura alrededor de Adams se unió. Formas negras serpenteantes se deslizaron en él, extendiéndose de él, cada punta con una esquelética cabeza de dragón armada con dientes afilados como agujas.
—Su sangre es mi sangre. Su poder es mi poder.
Adams paró.
—Encantador. ¿Estás lanzando un hechizo, pequeña?
—Mira a mis ojos y la desesperación. Porque soy el Castigo, y no puedes escapar de mí.
Las negras serpientes de humo salieron disparadas hacia ella, sus bocas esqueléticas abiertas ampliamente, sus cuerpos humeantes ondulando negras.
La magia la golpeó, barriendo a las serpientes humeantes a un lado. Durante una fracción de segundo Adams se congeló, su cara sorprendida.
Julie abrió su boca.
—Karsaran. —El sonido la meció. Cayó de rodillas.
Un poder invisible tiró a Adams de sus pies. Su cuerpo congelado y rígido. Un pequeño temblor afilado le sacudió con un alto chasquido repugnante, como si todos los huesos en el cuerpo del mago se hubieran roto. El cuerpo cayó al suelo.
Julie se enderezó, limpió la sangre de su nariz con el dorso de su mano, sacando su hacha de guerra, caminó hacia Adams, su boca fija en una dura línea.
Vio la boca de Adams jadeando.
—Él aún está atado —dijo el mago.
—Ven, amado... Dame tu amor. Yo te completaré.
—Voy —dijo él. Estaba casi con ella, con ese cuerpo flexible y celestial, tan suave, tan ansiosa por él. Lista. Conforme.
Julie levantó su hacha de guerra y la bajó.
La mujer dorada abrió sus brazos. Era tan bella, él quería llorar. Quería ese cuerpo. Reclamarlo, sentir su carne bajo sus dedos... Ella le sonrió, y las visiones de su boca se arremolinaron en su mente. No le importaba que estuviera llena de afilados dientes serrados. Quería saborear esos labios rojos. La necesidad estaba allí, pero no venía de él.
Ella levantó su mano y acarició su cara con sus dedos. Sus ojos plateados brillaron. Su voz llegó en un sorprendente susurro.
—Perteneces a alguien más.
—Sí—. Su cuerpo tiró con lo último de su fuerza. El lobo se derramó, y él empujó sus garrar en su pecho. Sus garrar se clavaron en su corazón. Lo desgarró.
Ella gritó, sorprendida, sus afilados dientes desnudos. Su cuerpo explotando en cenizas. Durante un momento, se mantuvo unida, y luego el viento la barrió fuera de la roca a la ciudad.
Estaba demasiado cansado, no se sintió caer. No oyó a Julie gritar.
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Lun Ago 01, 2016 12:40 pm

Capítulo 4

(Parte 2)


Cuando abrió sus ojos, el cielo era del tranquilizador azul noche de nuevo. Una fina manta lo cubría. Estaba cálido y adolorido en una docena de lugares, los últimos gránulos de plata ardiendo como brasas moribundas dentro de él mientras su cuerpo lentamente los empujaba a la superficie de su piel. Su cabeza descansaba sobre algo que olía a caballo, probablemente una alforja. A su alrededor, la ciudad se extendía, las raras luces doradas de lámparas eléctricas brillaban débilmente desde la distancia. Todavía estaba en Pillar Rock.
Captó el olor de Julie. Se arremolinaba a su alrededor y lo saboreó. Sin sangre. Ella no resultó herida. Habían tenido éxito.
—Finalmente —dijo Julie.
Se sentó, envolviendo la manta a su alrededor como un manto. Ella le sonrió.
—¿Cuánto tiempo estuve fuera?
—Todo el día.
Ella se había quedado con él. No se había ido y llamado para que la pasaran a buscar; sólo se había quedado aquí, donde él había caído, y velado por él.
Julie escavó en la bolsa.
—Recogí al pasar un poco de alimento del carro de comida. No son ciervos bebés, pero tendrás que tolerarlo todo.
Él extendió su mano y le tocó la mano.
Ella hizo una pausa y lo miró, sus ojos insoldables.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por estar conmigo.
—De nada, Lobo —dijo en voz baja.
Se dio cuenta entonces que ella se habría quedado junto a él mientras la tomara y que él aún sostenía su mano. Se obligó a dejarla ir.
Ella miró hacia otro lado y sacó de la bolsa carne de venado ahumada y una jarra de té helado.
—Come. Probablemente estás muriendo de hambre.
—En un minuto —dijo—. La luna está casi arriba.
Ella dejó la bolsa en el suelo y se sentó a su lado. Se sentaron en silencio en Pillar Rock, lado a lado, casi tocándose y felices de estar vivos, y vieron la salida de la luna.


FIN DEL CAPÍTULO
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Lun Ago 01, 2016 12:40 pm

Epílogo


Traducido por Eli25



—¿No ocurrió nada excitante mientras estábamos fuera? —Kate cortó el pan recién horneado en la cocina.
—No. —Eso era algo bueno de vivir en la calle, reflejó Julie. Aprendías a mentir mientras tus ojos brillaban con sinceridad—. Y ni siquiera menciones mi tiempo impresionante. Llegaste a través de la puerta, y había pan ya horneado para ti.
Detrás de Kate, Curran la miró. Él había llamado a Derek sobre los Iveses, así que lo sabía, pero Kate claramente no. Tendrían que contárselo, pero no esta noche. Esta noche estaba cansada y hambrienta, y la mirada en su cara cuando bajó las escaleras después de tomar una ducha para lavar toda la sangre fue demasiado relajante. Julie sonrió a Curran. Eso esperará.
—Gracias por el pan. ¿Segura que no ocurrió nada? —Kate arqueó una ceja.
Julie recordó acabar con Adams, ver a Derek caer cuando se convirtió en humano otra vez, y luego correr demasiado rápido hacia el Pilar de Roca. Había caído de rodillas y puso su cabeza en su pecho, y cuando había oído el fuerte latido de su corazón, había llorado y luego besó sus labios gentilmente, porque él estaba dormido y nunca lo sabría. La había asustado mucho.
Estúpido lobo. Su lobo estúpido.
Kate no lo comprendería, y ella no necesitaba saberlo.
—No ocurrió nada.
—Eso es extraño. Nos dejamos caer en la oficina de camino a casa y hay un cheque de Luther en la caja de pago. Un gran cheque.
—Le vendí una flecha mágica —dijo ella—. Era muy vieja. La punta era de piedra. Pregúntale si no me crees.
Kate la miró fijamente.
Era el momento de golpear una precipitada retirada antes de que llegaran más preguntas. Julie se dirigió a la puerta de la cocina.
—¿Adónde vas?
—Le daré a Peanut su zanahoria de todas las noches.
Ella salió y cerró la puerta detrás suyo. Fuga consumada.
El aire era agradablemente frío. Una noche temprana había caído, y el cielo era un profundo morado tachonado con estrellas. Ellas le guiñaban mientras caminaba.
Sigue guiñando. Tanto como te quedes allí arriba, no tendremos ningún problema.
Ella abrió la puerta del estable, agarró una zanahoria de la bolsa de regalo que colgaba de un gancho, y caminó hacia la cabina de Peanut. El caballo alcanzó la bolsa, y los suaves y aterciopelados labios acariciaron su palma.
Una presencia apareció detrás de ella. La sintió —un nudo de poder arcano, quemando por dentro, como estar de pies de espaldas a una estufa, si el calor fuera mágico. Así era cómo los viejos reactores nucleares debían ser. Un potencial inimaginable para la destrucción concentrado en un pequeño espacio.
—Finalmente usaste tu poder —dijo el mago inmortal.
Ella no se giró.
—Sí.
—¿Cómo lo sentiste, Heraldo?
El recuerdo del poder rasgando de ella en un torrente surgió en su mente, seguido por un pico de dolor cuando dijo la palabra de poder después de que su encantamiento hubiera allanado el camino. Oyó el sonido de los huesos de Adams rompiéndose y la nariz de Peanut se agitó.
—¿Cómo se sintió?
El Heraldo de Atlanta sonrió.
—Se sintió bien.
FIN
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Lun Ago 01, 2016 12:41 pm

MAGIC BINDS

Capítulo 1



El cráneo me miró desde las cuencas vacías de los ojos. Runas impares marcaban la frente, talladas en el hueso amarillento y rellenas de tinta negra. Su gruesa mandíbula inferior estaba repleta de colmillos cónicos, largos y afilados como los dientes de un cocodrilo. El cráneo estaba encima de una vieja señal de STOP. Alguien había pintado la superficie del hexágono blanco y escrito FUERA en grandes letras irregulares. Una salpicadura de color marrón rojizo estropeaba el borde inferior, luciendo sospechosamente como sangre seca. Me incliné más cerca. Sí, sangre. También algo de pelo. Cabello humano.
Curran frunció el ceño a la señal.
—¿Cree que está tratando de decirnos algo?
—No lo sé. Está siendo demasiado sutil al respecto.
Miré más allá de la señal. Había una larga casa de dos pisos a unos noventa metros de nosotros. Claramente había sido construida después del Cambio, de madera maciza y piedra marrón hecha a mano para asegurarse de que sobreviviría a las olas mágicas. Pero en lugar de la sencilla caja cuadrada o rectangular habitual de la mayoría de los edificios post-Cambio, esta casa tenía el aspecto de cualquier casa de campo moderna del pre-Cambio: ventanas grandes, largas líneas horizontales, y una amplia distribución. Excepto porque las casas de campo por lo general tenían largos techos planos y poca ornamentación, mientras que este lugar lucía un tejado triangular con elaborados aleros tallados, hermosas tejas de madera de barco y ventanas de madera ornamentada.
—Es como si hubiera cogido una cabaña de troncos de Rusia y una casa contemporánea pre-Cambio, las hubiera metido en una licuadora y echara ahí el resultado.
Curran frunció el ceño.
—Es su... ¿cómo se llama? Terem.
—Un terem es donde vivían las princesas rusas.
—Exactamente.
Entre nosotros y la casa había un campo de tierra negro. Parecía suave y polvorienta, como la tierra para macetas o un campo recién arado. Un destartalado camino de tablas viejas, medio podridas y agrietadas, hacían una curva de suciedad hasta la puerta principal. Ese sucio camino me daba mala espina.
Habíamos intentado dar la vuelta a la casa y nos encontramos con un espeso muro natural formado por arbustos silvestres, zarzamoras y rosales tachonados de espinas. El muro medía cinco metros de altura y cuando Curran intentó saltar lo suficientemente alto para echar un vistazo al interior, las vides espinosas se sacudieron como si fueran látigos e hicieron un esfuerzo heroico por tirar de él. Después de ayudarle a quitarse las espinas de las manos, decidimos que un asalto frontal era la mejor opción.
—No hay huellas de animales en esa tierra —le dije.
—Tampoco huele a ningún animal —dijo Curran—. Hay rastros de olor cerca procedente de los bosques, pero ninguno aquí.
—Es por eso que tiene ventanas gigantes y sin rejas. Nada puede acercarse a la casa.
—Es eso, o simplemente no le importa. ¿Por qué demonios no contesta al teléfono?
¿Quién sabía por qué el sacerdote del dios de Toda la Maldad y la Oscuridad hacía algo?
Cogí una pequeña piedra, la arrojó a la tierra y me preparé. Nada. No explotaron mandíbulas dentadas del suelo, ni fuego mágico, ningún kaboom hizo temblar la tierra. La piedra se quedó allí.
Podríamos volver más tarde, cuando la magia estuviera abajo. Eso sería lo más sensato. Sin embargo, nos habíamos tragado quince kilómetros de atasco bajo el castigador calor del verano de Georgia sin aire acondicionado y luego hicimos kilómetro y medio de senderismo a través del bosque para llegar hasta aquí, y nuestra fecha límite se acercaba rápidamente. De una forma u otra, iba a entrar en esa casa.
Puse un pie en el primer tablero. Se hundió un poco bajo mi peso, pero aguantó. Paso. Otro paso. Seguía aguantando.
Fui de puntillas sobre las tablas, Curran justo detrás de mí. Piensa en positivo.
La tierra se estremeció.
Dos pasos más.
Una colina pequeña creció a nuestra izquierda, ondeando sobre la suciedad como las olas en un mar negro azabache.
Oh-oh.
—A la izquierda —murmuré.
—Lo veo.
Una larga fila serpenteante de espinas óseas se deslizó a través del suelo, como la aleta de una serpiente marina justo debajo de la superficie de un océano de polvo negro medianoche.
Corrimos a toda velocidad hacia la puerta.
Por el rabillo del ojo, vi una nube de tierra suelta explotar a la izquierda. Un escorpión del tamaño de un pony salió disparado y se lanzó detrás de nosotros.
Eso es lo último que necesitábamos. Si matábamos a su mascota escorpión, nunca oiría el final de sus quejas.
Corrí hacia el porche y llamé a la puerta.
—¡Roman!
Detrás de mí unos tentáculos de huesos explotaron desde el suelo y se enrollaron alrededor del cuerpo del Curran. Él cerró las manos sobre los huesos y tiró, separándolos. Los huesos crujieron y desgarró el tentáculo izquierdo, que siguió agitándose.
—¡Roman! —Maldita sea, infierno.
Un tentáculo de hueso me agarró y me tiró hacia atrás y hacia arriba, dejándome colgada a dos metros de la tierra. El escorpión se lanzó hacia adelante, el aguijón a punto para la matanza.
La puerta se abrió, revelando a Roman. Llevaba una camiseta de pijama a cuadros y su pelo oscuro, afeitado por los lados en una larga melena de caballo, sobresalía por la izquierda de su cabeza. Parecía que había estado durmiendo.
—¿Qué es todo esto?
Todo se detuvo.
Roman me miró de soslayo.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—Estamos aquí porque no contestas al maldito teléfono. —La voz de Curran tenía esa cualidad de hielo que dijo que su paciencia había llegado a su fin.
—No contesto porque lo he desconectado.
Roman hizo un gesto con la mano. El escorpión se retiró. Los tentáculos me pusieron suavemente en el suelo y regresaron deslizándose a la tierra.
—Vosotros también desconectaríais los vuestros si estuvierais emparentados con mi familia. Mis padres se están peleando otra vez y quieren que elija un bando. Les dije que podían hablar conmigo cuando se comportaran como adultos responsables.
Buena suerte con eso. Grigorii, el padre de Roman, era el dirigente de los volhv negros de la ciudad. Evdokia, su madre, era un tercio del Oráculo de las brujas. Cuando se peleaban, las cosas no hervían, explotaban. Literalmente.
—He podido evitarlos a los dos hasta ahora, así que estoy disfrutando de la paz y la tranquilidad. Adelante.
Mantuvo la puerta abierta. Pasé a su lado y entré en una gran sala de estar. Suelos de madera dorada, gran chimenea, el techo a tres metros de altura y cómodos muebles. Los estantes de las librerías estaban alineados en la pared del fondo, repletas hasta los bordes. El lugar tenía un aspecto francamente acogedor.
Curran entró detrás de mí y observó la sala de estar. Sus gruesas cejas se elevaron.
—¿Qué? —Preguntó Roman.
—¿Sin altares? —Preguntó Curran—. ¿Ni cuchillos ensangrentados y asustadas vírgenes?
—¿Sin sacrificios al cielo rodeados de calaveras? —Pregunté.
—Ja. Ja. —Roman puso los ojos en blanco—. Nunca había oído esa antes. Tengo a las vírgenes encadenadas en el sótano. ¿Os apetece un café?
Negué con la cabeza.
—Claro —dijo Curran.
—¿Negro?
—No, con crema.
—Buen hombre. Sólo dos clases de personas beben café negro: los policías y los asesinos en serie. Sentaos, sentaos.
Me senté en el sofá y casi me hundí él. Iba a necesitar ayuda para levantarme. Curran se tendió a mi lado.
—Esto es bueno —dijo.
—Mmm.
—Deberíamos conseguir uno para nuestra sala de estar.
—Lo mancharíamos de sangre.
Curran se encogió de hombros.
—¿Y?
Roman apareció con dos tazas, una con un líquido negro y la otra hasta arriba de crema. Dio la taza más clara a Curran.
—Bebes café negro, ya veo —le dije.
Se encogió de hombros.
—Eh... Va con el trabajo. ¿En qué puedo ayudaros?
—Nos vamos a casar —le dije.
—Lo sé. Felicidades. En la noche de Ivan Kupala. No sé si eso es bueno o malo, pero es valiente.
La noche de Ivan Kupala era el día de la magia salvaje en el folclore eslavo. Los antiguos rusos creían que durante ese día las barreras entre los mundos se debilitaban. En nuestro caso, significaba una muy fuerte ola mágica. Cosas extrañas sucedían en la noche de Ivan Kupala. Puestos a elegir, habría escogido un día diferente, pero Curran había fijado la fecha. Para él era el último día del verano de los hombres lobo, un día de fiesta para los cambiaformas y un día perfecto para nuestra boda. Le dije que me casaría con él, y si él quería casarse en la noche de Ivan Kupala, entonces nos casaríamos la noche de Ivan Kupala. Después de cambiar la fecha una docena de veces, era lo menos que podía hacer.
—¿Así que habéis venido a invitarme? —Preguntó Roman.
—Sí —dijo Curran—. Nos gustaría que tú nos casaras.
—¿Perdón?
—Nos gustaría que nos casaras tú —le dije.
Los ojos de Roman miraron a los lados. Se señaló a sí mismo.
—¿Yo?
—Sí —dijo Curran.
—¿Casaros?
—Sí.
—Sabéis a qué me dedico, ¿verdad?
—Sí —le dije—. Eres sacerdote de Chernobog.
“Chernobog” significa literalmente Dios Negro, quien también era conocido por otros nombres divertidos como Serpiente Negra, Señor de la Oscuridad, Dios del frío glacial, la destrucción, el mal y la muerte. Algunos antiguos eslavos dividían su panteón entre las fuerzas opuestas de la luz y de la oscuridad. Estas fuerzas existían en equilibrio, y de acuerdo con este punto de vista, Chernobog era un mal necesario. Alguien tenía que ser su sacerdote y Roman había terminado en ese puesto. Según él, era el negocio familiar.
Roman se inclinó hacia delante, con sus ojos oscuros intensos.
—¿Estáis seguros?
—Sí —dijo Curran.
—¿No vais a cambiar de opinión?
¿Qué pasaba con las veinte preguntas?
—¿Quieres hacerlo o no?
—Por supuesto, lo haré. —Roman saltó del sofá—. ¡Ja! Nadie me pide que les case nunca. Siempre van a Nikolai, mi primo—el hijo mayor de Vasiliy.
Roman tenía un gran árbol familiar, pero yo recordaba a su tío Vasiliy. Vasiliy era un cura de Belobog, el hermano y exactamente lo contrario de Chernobog. Él también estaba muy orgulloso de sus hijos, especialmente de Nikolai, y se jactaba de ellos cada vez que podía.
Roman se metió detrás del sofá y sacó un teléfono.
—Cuando alguna mierda sobrenatural intenta llevarse a los niños, llaman a Roman para que camine sobre sangre y aguas residuales para rescatarles, pero cuando es algo agradable, como una boda o un bautizo, oh no, no podemos involucrar al volhv de Chernobog. Da mala suerte. Llama a Nikolai. Cuando se enteren de que os voy a casar, le dará un aneurisma. Su cabeza va a explotar. En bueno que sea médico, tal vez pueda tratarse a sí mismo.
Enchufó el teléfono al cable.
El teléfono sonó.
Roman se quedó mirándolo como si fuera una víbora.
El teléfono volvió a sonar.
Lo desenchufó.
—Ahí.
—No puede ser tan malo —le dije.
—Oh, es malo. —Roman asintió—. Mi papá se negó a ayudar a mi segunda hermana a comprar una casa porque no le gusta su novio. Mi madre le llamó y la cosa empeoró. Ella le maldijo. Cada vez que va al baño, el arco sube y luego cae.
Oh.
Curran hizo una mueca.
—¿Tenéis hambre? ¿Queréis tomar algo? —Roman movió las cejas—. He hecho costillas.
Los ojos de Curran se iluminaron.
—¿Cocidas o a la parrilla?
—Cocidas. ¿Qué soy, un pagano?
Técnicamente, era un pagano.
—No podemos —le dije—. Tenemos que irnos. Tenemos Cónclave esta noche.
Curran hizo una mueca.
—No sabía que todavía ibais a eso —dijo Roman.
—Ghastek la jodió —dijo Curran.
El Cónclave comenzó como una reunión mensual entre la Nación y la Manada. Como las dos facciones sobrenaturales grandes de la ciudad, que a menudo entran en conflicto y en algún momento se decidió que hablar y resolver pequeños problemas era preferible a estar al borde de un baño de sangre cada cinco minutos. Con los años, el Cónclave se convirtió en una reunión en la que los poderosos de Atlanta cenaban y hablaban de negocios. Tuvimos que asistir a un montón de cónclaves cuando Curran era el Señor de las Bestias, pero una vez que se retiró, pensé que nuestra tortura había terminado. Sí, no tan rápido.
—El pasado marzo Roland empezó a molestar a los camioneros —dije.
—¿En la ciudad? —Roman levantó las cejas.
—No. —Yo había reclamado la ciudad de Atlanta para salvarla de mi padre, asumiendo la responsabilidad por ello. Mi padre y yo existíamos en un precario estado de paz, y hasta el momento no lo había violado abiertamente—. Lo hizo a ocho o diez kilómetros del territorio que reclamé. Los camioneros estarían conduciendo sus carros o camiones, y de repente les detenían veinte tipos armados y les preguntaban a dónde iban y por qué. Eso hizo que los de la unión se pusieran nerviosos y un representante de los camioneros fue al Cónclave y preguntó qué es lo que iban a hacer al respecto.
—¿Por qué no fueron directamente a la Orden? —Dijo Roman—. Para eso están.
—La Orden y la unión no pudieron llegar a un acuerdo —dijo Curran.
La Orden de los Caballeros del Auxilio Misericordioso ofrecían sus sevicios bajo algunas condiciones, el no menos importante era que una vez que tomaban un trabajo, lo terminaban según sus términos y a sus clientes no siempre les gustaba el resultado.
—Así que el representante de los camioneros pidió que la Nación parara inmediatamente de acosar a sus convoyes —dijo Curran—. Y Ghastek dijo que Kate era la única persona capaz de hacer que sucediera.
—¿Lo eras?
—Lo era —le dije—. Y ahora tengo que ir a las reuniones del Cónclave.
—Estoy ahí como solidario cónyuge-a-ser. —Curran sonrió, mostrando los blancos dientes.
—Entonces, ¿por qué tu padre molestó a los camioneros? —Preguntó Roman.
—Sin razón. Lo hace para agravarme. Es un mago inmortal con complejo megalómano. Él no entiende palabras como no y límites. Le reconcome que yo tenga esta tierra. Simplemente no puede dejarlo ir, por lo que se asienta en mi límite y se asoma. Intentó construir una torre en el borde de Atlanta. Hice que se mudara, así que ahora que está construyéndose “una pequeña residencia” a unos cinco kilómetros.
—¿Qué tan pequeña? —Preguntó Roman.
—Alrededor de treinta mil metros cuadrados —dijo Curran.
Roman silbó, y luego golpeó la mesa de madera y escupió por encima del hombro tres veces.
Curran me miró.
—Silbar dentro de una casa da mala suerte —le expliqué.
—Silbas todo tu dinero —dijo Roman—. Treinta mil metros cuadrados, ¿eh?
—Da o toma. Él sigue jodiendo con ella —dijo Curran—. Sus equipos de construcción obstruyen los terrenos de caza de la Manada fuera de Atlanta. Sus soldados acosan a los pequeños asentamientos de fuera, intentando conseguir que la gente le venda sus tierras.
Mi padre me estaba conduciendo lentamente a la locura. Cruzaba a mi territorio cuando la magia estaba arriba de modo que yo sentiría su presencia, a continuación se iría antes de que pudiera llegar a él y golpearle. Las primeras veces que lo había hecho, yo había cabalgado, temiendo una guerra, pero nunca había nadie con quien luchar. A veces me despertaba en medio de la noche porque le sentía entrar en mi territorio, y entonces me quedaría allí apretando los dientes y luchando conmigo misma para no agarrar mi espada y salir corriendo de la casa para darle caza.
—No hay que olvidar a los monstruos —le dije—. Siguen apareciendo en las afueras y luego atacan en Atlanta.
—La mayoría de las veces no podemos demostrar que ha sido él —dijo Curran—. Cuando podemos, ella le llama. Se disculpa y hace generosas reparaciones.
—Y entonces de alguna manera terminamos todos comiendo en algún restaurante común, en el que ordena el menú entero y los camareros nos sirven con ojos vidriosos —dije.
Curran terminó el café de un trago.
—La semana pasada una bandada de arpías atacaron Druid Hills. El gremio tardó seis horas en deshacerse de ellas. Un merc terminó en el hospital con una especie de rabia mágica aguda.
—Bueno, al menos es la rabia —dijo Roman—. También llevan la lepra.
—Llamé a Roland para preguntarle al respecto —le dije—. Él dijo “¿Quién sabe por qué las arpías hacen lo que hacen, flor?” Y entonces me dijo que tenía dos entradas para ver a Aisha cantar y una tenía mi nombre en ella.
—Padres —Roman dejó escapar un suspiro—. No se puede vivir con ellos. No se puede escapar de ellos. Cuando intentas mudarte, compran una casa en tu nuevo vecindario.
—Eso es lo bueno de que tus dos padres hayan sido asesinados —dijo Curran—. No tengo problemas de padres.
Roman y yo le miramos fijamente.
—Realmente tenemos que irnos —le dije.
—Gracias por el café. —Curran posó la taza vacía sobre la mesa.
—No hay problema —dijo Roman—. Empezaré a trabajar en esta cosa de la boda.
—Te lo agradecemos mucho —le dije.
—Oh no, no. El gusto es mío.
Nos levantamos, caminamos a la puerta y la abrí. Un cuervo negro pasó junto a mí y aterrizó en el respaldo del sofá.
Roman se golpeó la cara con la mano.
—Ahí estás —dijo el cuervo con la voz de Evdokia—. Hijo ingrato.
—Aquí vamos... —murmuró Roman.
—Dieciocho horas de parto y esto es lo que consigo. Ni siquiera puede coger el teléfono para hablar con su propia madre.
—Madre, ¿no ves que tengo invitados?
—Apuesto a que si sus madres les llaman, contestarían.
Eso sería un buen truco para nosotros dos. Por desgracia, las madres muertas no volvían a la vida, incluso en la Atlanta post-Cambio.
—Ha sido un placer, Roman. —Cogí a Curran de la mano.
El pájaro se volvió hacia mí.
—¡Katya!
Oh no.
—No te marches. Necesito hablar contigo.
—¡Me tengo que ir, adiós!
Salté fuera de la casa. Curran lo hizo solo medio segundo detrás de mí y cerró la puerta de un golpe. Corrí por el camino de madera antes de que Evdokia decidiera rastrearme.
—¿Estás huyendo de Evdokia?
—Sí, lo hago. —Las brujas no estaban exactamente satisfechas conmigo. Habían confiado en que protegería Atlanta y sus aquelarres y yo había reclamado la ciudad en su lugar.
—Tal vez podríamos saltarnos el Cónclave esta noche —dijo Curran.
—No podemos.
—¿Por qué?
—Porque le toca a Mahon.
El oso de Atlanta era valiente, poderoso y lo más parecido a un padre que Curran tenía. Él también tenía la extraña habilidad de cabrear a todos en la sala y luego tener que defenderse cuando una pelea estallaba. Se tomaba la autodefensa en serio. A veces no había ningún edificio que quedara en pie cuando lo hacía.
—Jim estará allí —dijo Curran.
—No. —La Manada rotaba su participación en el Cónclave entre los Alfas para que si algo sucediera en el Cónclave, la dirección de la Manada no fuera enteramente suprimida—. Jim estuvo en el último. Lo sabrías si no te lo hubieras saltado para ir a luchar contra esa cosa de las alcantarillas. Vendrán Rafael y Andrea, Desandra, y tu padre. Sin supervisión.
Curran juró.
—¿En qué demonios estaba pensando Jim cuando lo decidió?
—En que te está bien empleado por pretender que no tienes problemas con tus padres.
Él gruñó algo en voz baja.
Mahon y yo no siempre nos mirábamos a los ojos. Él había creído que yo era la razón por la que Curran dejó la Manada y de hecho me lo dijo a la cara, pero ahora ya lo había asumido. Los dos queríamos a Curran así que teníamos que aguantarnos y llevarnos bien. Aunque últimamente Mahon ha sido agradable conmigo. Probablemente era una trampa.
—Haremos lo del Cónclave y luego podemos ir a casa, beber café y comer la tarta de manzana que hice anoche —le dije—. Será estupendo.
Él puso su brazo sobre mis hombros.
—Es una cena.
—No lo digas.
—¿Cómo…
—¡Lo digo en serio! Quiero una buena noche tranquila.
—... de malo puede ser?
—Ahora los has arruinado. Si un gigante en llamas atraviesa una ventana mientras estamos en el Cónclave y aplasta a todo el mundo, pienso golpearte.
Se rio y corrimos por el sinuoso camino del bosque hasta nuestro coche.

*****
[size]

Bernard siempre estaba lleno pero no abarrotado. Ubicado en una enorme mansión de estilo inglés en el rico barrio norte, el restaurante de Bernard era uno de esos lugares en los que tenía que pedir una reserva con dos semanas de antelación, como mínimo. La comida era preciosa y cara, las porciones pequeñas—y la compañía eran el verdadero atractivo. Hombres en trajes de mil dólares y mujeres en vestidos brillantes con piedras preciosas en el cuello y las muñecas se mezclaban y charlaban educadamente en voz baja, mientras bebían vino caro.
Curran y yo entramos en Bernard con nuestra ropa de faena: pantalones vaqueros desgastados, camisetas y botas. Hubiera preferido llevar también mi espada, pero Bernard tenía una estricta política de no armas, así que Sarrat tuvo que esperar en el coche.
La gente nos miró cuando entramos a la sala de conferencias. La gente siempre nos miraba. Los susurros empezaron.
—¿Es ella?
—No se parece a...
Uf.
Curran se volvió hacia el sonido, con los ojos cubiertos de hielo y expresión plana. Los murmullos murieron.
Entramos en la sala de conferencias, donde se había establecido una única mesa larga. La Manada ya estaba allí. Mahon estaba sentado en el centro, Raphael, a su derecha, Desandra dos asientos abajo a la izquierda. Mahon nos vio y sonrió, acariciando su negra barba salpicada de plata. Cuando veías al Oso de Atlanta, te venía una sola palabra a la mente: grande. Alto, ancho de hombros, amplio tórax de tonel, pero no de grasa, Mahon era la imagen de la fuerza bruta y el poder físico. Aunque Curran gritaba la promesa de un huracán de violencia explosiva, Mahon lucía capaz de derrumbar el techo, atraparlo con las manos desnudas y sostenerlo.
A su lado, Rafael no podía ser más diferente. Magro, alto y oscuro, con penetrantes ojos azules, el alfa del clan Bouda no era tradicionalmente guapo, pero había algo en su cara que obsesionaba a las mujeres. Le miraban y solo podían pensar en el sexo. Luego miraban a su media naranja y decidían que no valía la pena morir por eso. Sobre todo últimamente, ya que Andrea llevaba a cuestas nueve meses de embarazo y se comunicaba casi siempre con gruñidos. Y ella no estaba en la mesa.
Desandra, hermosa, rubia y construido como una boxeadora, estaba devorando un elaborado plato de flores y filetes de carne, nos saludó con un tenedor, y volvió a su comida.
Curran se sentó junto a Mahon. Tomé la silla entre él y Desandra y me incliné hacia delante para ver a Raphael.
—¿Dónde está Andrea?
—En la Fortaleza —dijo—. Doolittle quiere mantenerla cerca.
—¿Está todo bien? —Ella daría a luz cualquier día.
—Está bien —dijo Raphael—. Doolittle solo está exagerando.
Y el medimago de la Manada era probablemente el único capaz de hacer obedecer a Andrea.
—Chico. —Mahon dio una palmada en el hombro de Curran. Toda su cara estaba radiante. Curran le devolvió la sonrisa. Casi hizo que el Cónclave valiera la pena.
—Viejo —dijo Curran.
—Estás más delgado. ¿Haciendo dieta para la boda? ¿O es que no te alimentan suficiente?
—Come lo que mata —le dije—. No puedo evitar que apeste cazando.
Mahon se rio entre dientes.
—He estado muy ocupado —dijo Curran—. El gremio tiene mucho trabajo. Fuera de la Fortaleza, no todo son fiestas y panecillos de miel. Deberías probarlo alguna vez. Estás engordando y aún quedan seis meses para el invierno.
—Oh. —Mahon se volvió, rebuscó en la bolsa que colgaba de la silla, y sacó un gran tupper rectangular—. Martha te los ha enviado porque nunca pasas por casa.
Curran abrió la tapa. Seis doradas magdalenas perfectas. El aroma a miel y vainilla flotaron sobre la mesa. Desandra vino a la vida como un lobo en invierno al oír un conejo cerca.
Curran tomó una magdalena, me la pasó y se comió la segunda de una sentada.
—Fuimos a tu casa la semana pasada.
—Yo estaba fuera por asuntos del clan. Eso no cuenta.
Mordí la magdalena y, durante los cinco segundos que la mastiqué, estuve en el cielo.
La Nación se presentó en la habitación. Ghastek iba el primero, alto, delgado y con ese traje oscuro aún más dolorosamente delgado. Rowena caminaba junto a él, sorprendentemente impresionante como siempre. Hoy llevaba un vestido de cóctel de color whisky que abrazaba sus pechos y caderas generosas, mientras que acentuaba su estrecha cintura. Su cascada de pelo rojo estaba peinada en una muy amplia trenza y retorcida en un nudo a un lado. Ni siquiera sabría cómo empezar a hacer ese peinado.
Echaba de menos mi pelo largo. Ahora solo me llegaba apenas hasta los hombros y no había mucho que pudiera hacer con él, además de dejarlo suelto o estirarlo hacia atrás en una cola de caballo.
Curran se inclinó hacia mí.
—¿Por qué esos dos nunca han estado juntos?
—No tengo ni idea. ¿Tal vez lo hicieron y simplemente no nos hemos enterado?
—No, le he tenido bajo vigilancia desde hace años. Nunca le he visto en su casa ni a ella en la de él.
La Nación ocupó los asientos de enfrente.
—¿Algún negocio urgente? —Preguntó Ghastek.
Mahon sacó un trozo de papel rayado.
Media hora después, la Nación y la Manada se quedaron sin temas de qué hablar. No había ocurrido nada importante y la disputa en ciernes sobre una oficina de bienes raíces en la frontera entre la Manada y la Nación se resolvió rápidamente.
Se sirvió el vino, seguido de elaborados postres que no podían compararse con las magdalenas de miel de Martha. En realidad, fue un poco agradable, todos allí sentados bebiendo vino dulce. Nunca pensé que iba a echar de menos la Manada, pero lo hacía, un poco. Echaba de menos las grandes comidas y la cercanía.
—Felicitaciones por la próxima boda —dijo Ghastek.
—Gracias —le dije.
Técnicamente, Ghastek y toda la oficina de Atlanta de la Nación pertenecían a mi padre y él había estado reforzándoles silenciosamente. Dos nuevos Maestros de los muertos habían sido asignados a Ghastek, sumando en total ocho Maestros de los muertos. También se habían unido varios nuevos jornaleros al casino. Había convertido en un hábito conducir por la zona de vez en cuando y cada vez que lo hacía, sentís más vampiros dentro de las blancas paredes con textura del palacio de los que había antes. Ghastek era una daga apuntando a mi espalda. Hasta el momento había dejado la daga envainada y era perfectamente cordial, pero yo nunca olvidaba en dónde estaba su lealtad.
—Ghastek, ¿por qué no te has casado? —Pregunté.
Él me dedicó una sonrisa de labios finos.
—Porque si me fuera a casar, me gustaría tener una familia. Para mí, el matrimonio significa niños.
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Tiros en blanco? —Preguntó Desandra.
Mátame.
—No —le dijo Ghastek—. En caso de que no lo hayas notado, esta ciudad está sitiada. Sería irresponsable traer un niño al mundo cuando no puedes mantenerles a él o a ella a salvo.
—Entonces múdate —dijo Desandra.
—No hay lugar en este planeta que esté a salvo de su padre —dijo Rowena—. Mientras él viva...
Ghastek puso sus largos dedos en su mano. Rowena se contuvo.
—... mientras él viva, serviremos a su placer. Nuestras vidas no nos pertenecen.
Nick Feldman entró por la puerta. La Orden del Auxilio Misericordioso normalmente no asistía al Cónclave. No era buena señal. Al contrario.
—Aquí viene el Caballero-Protector —Raphael advirtió en voz baja.
Todos miramos a Nick. Se detuvo junto a la mesa. Cuando vi a Nick por primera vez, había lucido como un sucio vagabundo. La siguiente vez que me encontré con él, estaba trabajando encubierto para Hugh d”Ambray, señor de la guerra de mi padre, y había sido miembro del círculo íntimo de Hugh: fuerte, rápido, sin ningún tipo de debilidad, como un arma afilada con una tenacidad inquebrantable. Ahora estaba en algún punto intermedio. Aún sin debilidad, pelo corto marrón claro, ojos de líder y una especie de amenaza silenciosa que me desquiciaba.
Nick me odiaba. Antes de salir de la Manada, que había pedido a Jim que verificara sus antecedentes. Finalmente había desenterrado suficiente información para confirmar lo que ya sospechaba. Nick Feldman era el hijo de Greg Feldman, mi fallecido tutor. Su padre había estado enamorado de mi madre, y ese amor rompió el matrimonio de los padres de Nick. Yo había sabido del matrimonio, no sabía que tuvieron un niño. Greg y su ex mujer nunca hablaron de él. Esa no era la principal razón del odio de Nick, aunque tampoco lo desechaba. Nick me detestaba porque conocía de cerca y personalmente a mi padre. Había visto con sus propios ojos cómo actuaba Roland y creía que yo sería igual. Estaba encantada de decepcionarle.
—¿Disfrutando de la cena como una gran familia feliz? —Dijo.
—El Caballero-Protector nos honra con su presencia —dijo Rowena.
—Hola guapo —Desandra le hizo un guiño—. ¿Te acuerdas de mí?
Se habían encontrado en una ocasión y los dos estuvieron a punto de matarse el uno al otro. Nick no miró hacia ella, pero le tembló un pequeño músculo situado en la esquina de su ojo izquierdo. Se acordaba, bien.
—¿Qué podemos hacer por ti? —Preguntó Curran.
—Por mí, nada.— Nick me estaba mirando.
—Solo escúpelo —le dije.
Arrojó un puñado de hojas de papel sobre la mesa. Se dispersaron mientras caían. Fotografías. La “residencia” de piedra de mi padre. Soldados vestidos de negro arrastraban un cuerpo grande entre ellos hacia las puertas, desnudo de cintura para arriba, moratones y contusiones color rojo cubrían la piel blanca como la nieve. Una bolsa negra ocultaba la cabeza. Otra imagen, mostrando las piernas del tipo, el pie destrozado como carne de hamburguesa. Quienquiera que fuese, él o ella era demasiado grande para ser un ser humano normal.
Raphael recogió una fotografía que había caído junto a él y con cuidado la colocó frente a mí.
Por fin se hizo la luz. Una melena rala de pelo azulado caía sobre los hombros del prisionero. Su cara estaba en carne viva, pero aun así le reconocí. Saiman en su forma natural.
Mi padre había secuestrado a Saiman.
La ira hirvió en mi interior, instantánea y ardiente.
Había tolerado todas las chorradas de mi padre, pero el secuestro de uno de los míos, esto era ir demasiado lejos.
—¿Cuándo ocurrió esto? —Preguntó Curran, su voz tranquila.
—Ayer por la tarde.
Saiman solía ser mi experto para todas las cosas extrañas y mágicas que me encontraba, pero la última vez que intenté contratarle, me dijo que tarde o temprano mi padre me asesinaría y que él no era tan estúpido como para jugar con el equipo perdedor. Yo sabía que Saiman era el centro de su propio universo, pero todavía me sorprendió. Yo le había salvado más de una vez. No esperaba una amistad — eso estaba más allá de él, pero esperaba algo de lealtad. Una cosa que sabía a ciencia cierta: Saiman no trabajaría para mi padre. Roland le aterrorizaba. Una pizca de interés por parte de él, y Saiman correría y nunca miraría hacia atrás.
Me hubiera gustado elevarme y lanzar un meteorito ardiendo sobre la casa de mi padre.
Nick me estaba mirando. Una parte de él estaba disfrutándolo. No sonreía, pero lo vi en sus ojos.
Obligué a mi voz a salir de mi boca.
—¿La Orden ha tomado el caso?
—No. La Orden debe ser solicitada y ninguna petición ha sido presentada. 
—¿Este caso no caería en ciudadano en provisión de peligro? —Pregunté—. Un agente de la Orden tomó estas fotos. Vieron que Saiman estaba en peligro inmediato, pero no hicieron nada.
—Estamos haciendo algo —dijo Nick—. Te lo estoy notificando.
—Tu compasión es asombrosa —dijo Ghastek.
Nick volvió su mirada plomiza al Maestro de los muertos.
—Teniendo en cuenta los orígenes del ciudadano implicado y su larga y creativa lista de antecedentes penales, su rescate es de baja prioridad. De hecho, la ciudad es más seguro sin él en ella.
—¿Entonces por qué me dices nada? —Pregunté.
—Porque me gustaría veros a tu padre y a ti haceros pedazos entre sí como dos gatos salvajes lanzados en el mismo saco. Si uno de vosotros mata al otro, el mundo será mejor. —Nick sonrió—. Llévale al infierno, Sharrim.
Mahon dio un puñetazo sobre la mesa. La madera latió como un tambor.
—¡Mantendrás la lengua civilizada en la boca cuando hables con mi nuera!
—Su nuera es una abominación —Nick le dijo.
Mahon se levantó. Raphael agarró su brazo derecho. Curran tomó el izquierda.
—Bien hecho, parad al oso rabioso —dijo Nick—. Es por esto que el mundo os trata como a animales.
Salté sobre la mesa, pasé por encima de Mahon, y le abracé, añadiendo mi peso al de Raphael.
—Está bien. Se pasa con la boca porque no puede hacer otra cosa.
Nick se dio la vuelta y salió de la habitación.
Curran se tensó, aumentando la presión.
—Siéntate, viejo. Siéntate.
Por fin, Mahon se dejó caer en su asiento.
—Ese puto gilipollas.
Raphael se dejó caer en su silla.
Me senté en la mesa entre los platos. El gerente de Bernard se molestaría, pero no me importaba. Sujetar a Mahon me había tomado todo lo que tenía.
Ghastek y Rowena me miraron.
—¿Lo sabíais? —Pregunté.
Ghastek negó con la cabeza.
—No nos notifican lo que hace.
—¿Qué vas a hacer? —Preguntó Desandra.
—Vamos a tener que ir a buscarle —le dije. Preferiría comer cristales rotos.
—¿Al degenerado? —Preguntó Raphael—. ¿Por qué no dejarle en paz?
—Porque Roland no puede sacar a la gente de la ciudad cada vez que quiera —dijo Curran. Su expresión era oscura—. Y ese idiota lo sabía cuando trajo las fotos.
—Deberíais haberme dejado arrancarle la cabeza —dijo Mahon—. No puedes dejar que la gente insulte a tu esposa, Curran. Un día vas a tener que elegir entre la diplomacia o tu cónyuge. Te lo digo ahora, tiene que ser tu esposa. A la diplomacia no le importa si vives o mueres. A tu esposa sí.[/size]

Fin por ahora...
avatar
Eli25
Ayudaactiva

Mensajes : 677
Puntos : 842
Fecha de inscripción : 13/02/2011

Volver arriba Ir abajo

Re: Magic Stars (Grey Wolf #1) - Ilona Andrews

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 1 de 2. 1, 2  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.