Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Sáb Sep 13, 2014 12:28 pm

Capítulo 8

Trad: Marijf22
 
Pasamos el túnel rápidamente. Hicimos otro giro a la derecha y salimos a la Calle Basural. La basura y los desperdicios yacían apilados en enormes montones contra las paredes de los edificios abandonados, formando un profundo cañón de basura de seis metros. Si lográbamos atravesarlo, alcanzaríamos la Calle Blanca.


Cuddles comenzó a ir más lento. Le permití ralentizar hasta ir a un trote. Todo lo que pedía era un trote durante kilómetro y medio a través de un terreno duro, incluso con Hugh detrás de nosotros. Era eso o, al pasar otro kilómetro y medio, ella se rendiría.

Pequeñas bestias carroñeras con largas colas correteaban de ida y vuelta en los cerros de basura, sus ojos eran puntitos de color amarillo contra la oscuridad. Los cambia-formas corrían a ambos lados de mí, saltando sobre los peligros en las laderas de basura. Calle Basural se había creado debido al Río Fantasma. Fluía a través del Warren, invisible a los ojos, recogiendo la basura y los desechos sueltos, y arrastrándolos hasta aquí, a la Calle Basural. El río Phantom terminaba cuando llegaba a la Calle Blanca, que tenía su propia marca de magia jodida. La gente decía que las "aguas" del río se reunían aquí, frenadas por la Calle Blanco como una presa, antes de que depositaran todos sus tesoros robados y desaparecieran.


El camino se ensanchó y salimos a lo que debe haber sido una rotonda en algún momento. Ahora, con las calles laterales sofocadas por los escombros, era sólo un cuello de botella de basura: una forma de entrar, una sola forma de salir.


Más adelante, Derek tropezó.


Tiré de las riendas, tratando de conseguir que Cuddles se detuviera.

Derek trató de seguir corriendo, pero volvió a tropezar y rodar por la pendiente de basura justo debajo del burro. La pezuña de Cuddles le erró a su cabeza por un pelo. Ella finalmente se detuvo, y yo salté al suelo.

Derek se curvó torpemente sobre sus cuatro patas y vomitó un torrente de color gris en el suelo. Un olor amargo pútrido me golpeó. Olía como si alguien hubiera rajado una vaca en canal y que había estado asoleándose durante días. Tuve náuseas y me arrodillé junto a él. El vómito estaba lleno de lodo gris oscuro, manchado de negro y rojo.


Ascanio y Robert se dejaron caer a mi lado. Desandra aterrizó al lado de nosotros, se estremeció, y vomitó a un lado, el mismo torrente de lodo y sangre. Algo estaba muy mal con ellos.


—Estoy bien. —Derek tosió.


—¿Todavía estás sangrando?


Él no respondió.


Cogí su mano. Ampollas sobresalían en la piel donde las espinas le habían pinchado. De las heridas aún manaba sangre gris. Las toxinas de la magia de Nick los estaban comiendo desde adentro hacia afuera.


Desandra se volvió hacia mí. Heridas abiertas que filtraban sangre gris marcaban sus brazos peludos.


Detrás de nosotros algo chilló. El largo grito ululante se elevó por encima de los tejados y permaneció en algún lugar entre el cielo y la ciudad, trenzado de hambre, alegría depredadora, y duelo, como si la cosa que lo emitió supiera exactamente lo horrible que era. Sólo un ser humano podía ser tan consciente de sí mismo. Se heló cada hueso de mi cuerpo.


Ascanio se dio la vuelta.


—¿Qué demonios es eso?


Esa era la pregunta de los sesenta y cuatro mil dólares.


—¿Puedes caminar? —preguntó Robert.


Derek se tambaleó y balanceó sobre sus pies.


Tomé las riendas de Cuddles y la acompañé hasta allí.


—Sobre el burro.


—Puedo caminar.


—No seas ridícula —espetó Robert.


—Súbete al burro. No tenemos tiempo para esta mierda. —Miré a Desandra—. Tú también.


Desandra vomitó de nuevo. El hedor me golpeó. Mi estómago intentó vaciarse con gran esfuerzo. Me atraganté por la bilis.


—Obedézcanme, maldita sea. ¡Ahora!


Desandra se tambaleó hacia Cuddles y se subió a la silla. Robert recogió a Derek como si el hombre lobo de dos metros en forma de guerrero no pesara nada y lo levantó en la silla como si fuera un niño. Cuddles movió sus orejas, sin perturbarse por dos hombres lobo en su espalda.


Detrás de nosotros, el aullido resurgió de nuevo: desgarrador, hambriento, lleno de desesperación. Más cerca esta vez.


La basura en ambos lados de nosotros se movió. Decenas de pequeñas criaturas pasaron rápidamente por delante de nosotros, con sus ojos brillantes muy abiertos. Oh mierda.


Cuddles rebuznó y fue corriendo a lo largo de la calle, llevando a los dos hombres lobo con ella. Robert, Ascanio, y yo la perseguimos. El dolor apuñaló mi costado en cada paso, como si mis costillas rotas se hubieran convertido en picas y taladraran mis entrañas. Apreté los dientes. A la mierda con eso. Yo había soportado mucho dolor antes; vencería éste, también.


Detrás de nosotros, un grito desesperado sacudió la noche. Me di la vuelta para mirar por encima de mi hombro.


Una criatura colosal se movía a través del cañón de basura. Se alzaba incluso con las paredes de basura: gigante, blanco, con franjas de pelo claro y gruesas a lo largo de la parte posterior de sus enormes brazos. Su pelvis se asentaba cerca del suelo, sus brazos eran desproporcionadamente largos e iban armados con largas garras del tamaño de tijeras de jardinería. Sus huesos empujaban contra su piel, su estómago estaba tan hundido que si lo hubiera visto en la naturaleza, pensaría que estaba enfermo y hambriento. Su cabeza era redonda y pálida, establecida sobre un cuello corto. Su cara podría haber tenido una estructura ósea distinta en algún momento, pero todos sus huesos parecían haberse derretido en el cráneo para dejar sitio a su amplia boca. Sus labios habían desaparecido y las filas de dientes largos y afilados en su boca sobresalían, expuestos.


Su nariz era poco más que un bache con dos agujeros, pero sus ojos, con siete centímetros y medio de ancho y hundidos en sus órbitas, parecían completamente humanos.


La luna apareció entre las nubes, su luz iluminando la abominación. La carne blanca de la criatura brillaba, translúcida, y dentro de ella vi sus pulmones pálidos y el rosado estómago, y, en medio de este lío, acunado en la jaula de sus costillas, una forma más oscura, parecida a la humana, como si la bestia se hubiera tragado a una persona en su totalidad y el cadáver se convirtiera en su corazón.


La piel de gallina corrió por mis brazos. Yo había visto uno antes en fotografías, pero nunca en la vida real.


Ascanio se estremeció y cambió la forma, tan rápido que fue un borrón.


—Un wendigo —Robert susurró a mi lado.


—¡Corran! —Yo salí disparada—. ¡Corraaaaaan!


Marchamos por la calle. Mis costillas rotas hacían que mi costado estuviera en llamas. La velocidad era nuestra mejor oportunidad. No había ningún lugar donde esconderse en la Calle Basural. No teníamos los números o los medios para acabar con él, y cada segundo que pasáramos combatiendo nos costaría tiempo que no teníamos.


Las leyendas decían que los wendigos acechaban en los inviernos en la costa atlántica de los Estados Unidos y Canadá, alimentándose de tribus algonquinas. Según los mitos Nativos Americanos, aquellos que retomaron el canibalismo finalmente se transformaron en un wendigo, condenados a un apetito insaciable por la carne humana. Nunca había peleado con uno, pero había hablado con un hombre que sí lo había hecho. No se podía razonar con el wendigo.


Su hambre superaba todo lo demás. Ellos devoraban su presa aun cuando ellos mismos estuvieran siendo destrozados, y la única manera de matar a uno era desmembrarlo y quemar los pedazos. Si no lo hacías, se regeneraría en minutos, unido por la magia.


Un wendigo no se aparecería simplemente en Atlanta por su cuenta. Estábamos demasiado al sur, e incluso si hubiera llegado de alguna manera, una vez convertido, se habría ido de largas juergas alimenticias. No habíamos oído hablar de él. Esta era una importación de Hugh. Un regalo especial para la Manada.


—¡Más rápido, más rápido! —gruñó Robert.


No podía ir más rápido. Miré por encima de mi hombro. El wendigo estaba cerrando la brecha.

Más adelante, Cuddles detuvo y bramó.

Ascanio se lanzó hacia adelante y dio media vuelta.


—¡Está bloqueado!


Un contenedor de basura industrial masiva yacía de costado, bloqueando el camino. Al menos cinco metros y medio de largo y lleno hasta el borde con ladrillos y hormigón. Una de las bandas del Warren debía haberlo dejado aquí para atrapar a los transeúntes así sería más fácil robarles. Teníamos que rodearlo.


El wendigo abrió sus fauces y soltó otro grito. Estaba apenas a casi doscientos metros de distancia.


Tomé las riendas de Cuddles y tiré de ella, tratando de hacerla subir por la ladera de basura.

Cuddles bramó y se detuvo en seco.


Robert cogió las riendas a mi lado y tiró.


—Vamos.


Derek bajó de la silla y gritó:


—¡Detente, idiota!


Me di media vuelta.


Ascanio estaba corriendo hacia el wendigo, con sus cuchillos desenvainados.


No, no, no, ¡estúpido idiota!


Mi cuerpo se había movido antes de que mi mente se diera cuenta de que estaba corriendo tras él.


El wendigo se detuvo, recogió algo de la basura, y lo echó en su boca. Los enormes dientes aserraron y un trozo de una viga de madera cayó de su boca, esquilada limpiamente.

Ascanio saltó y cortó en las piernas del wendigo, sus cuchillos eran un torbellino. La criatura aulló.

Corrí tan rápido, yo estaba casi volando.


Ascanio giró en torno a las piernas del wendigo como un derviche, rebanando y cortando. Sangre rosada roció los montones de basura. El tobillo izquierdo del wendigo cedió y él cayó sobre una rodilla.


Corre más rápido, maldita sea, yo tenía que correr más rápido.


Ascanio retrocedió hacia mí para evitar ser aplastado. La mano del wendigo subió bruscamente, sorprendentemente rápido, y se cerró alrededor del chico. Tiró de él hacia arriba y estrelló el bouda contra el suelo.


Oh, no.


Robert pasó junto a mí y saltó a la cara del wendigo, sus garras rebanando.


El wendigo sacudió a Ascanio elevándolo, ajeno al hombre rata arañando su cara, y lo aplastó contra el suelo otra vez. Huesos crujieron. El wendigo elevó su mano. Era de color rojo sangre. Las garras arañaron el cuerpo tendido de Ascanio. Si no lo detenía ahora, le mataría.


Me detuve para respirar un poco de aire.


La criatura se agachó. . .


—¡Aarh! —
Detente.

La palabra poder salió de mí en un torrente de agonía. El wendigo se congeló. Robert también quedó inmóvil, las garras de su mano izquierda enterradas en el rostro del wendigo, su brazo derecho elevado para arañar los ojos humanos de la criatura.


Cuatro segundos. Ese era el tiempo que el hechizo les sostendría.


Una forma peluda saltó desde la derecha por encima de mí, navegando a través del aire, con
los brazos en alto, con un hacha de guerra en la mano derecha. Derek aterrizó en la cara del wendigo y talló su cuello con su hacha.


Me lancé hacia adelante y corté los tendones de ambas patas traseras.


Desandra recogió a Ascanio y se tambaleó hacia atrás, tropezando.


El wendigo se sacudió. Derek rebanó en él una y otra vez, obteniendo una niebla rosada de sangre.


El hechizo se rompió. El wendigo se desplomó y corté su costado abriéndolo, empujando a través de sus costillas hasta los pulmones esponjosos en el interior. Regenera eso, hijo de puta. Asesina atravesó el músculo grueso, y un pop mojado anunció la ruptura del estómago. El hedor de ácido y azufre se apoderó de mí. La sangre mojó mis manos, brotando por el costado del wendigo.


La enorme criatura se estremeció, tratando de levantarse.


Robert cortó y siguió haciéndolo hasta alcanzar la espalda del wendigo. Sangre humana brillante manchó su pelaje. El alfa de los hombres rata rebanó la carne translúcida, plantó los pies, se inclinó, cerró sus dedos en un nervio expuesto, y tiró. Hueso se rompió. Tiró la costilla extrayéndola, metió la mano en el agujero, sacó un puñado de tejido de órganos, y lo arrojó en la noche.


Destrocé el corazón con aspecto humano wendigo con mi espada. Apuñalé su hígado. Perforé sus pulmones hasta convertirlos en una pasta sangrienta. Corté sus arterias. Sangre rosada, casi transparente me roció una y otra vez, su sabor ardiendo en mis labios. Por encima de mí, Robert lanzó intestinos a la basura. Yo alcancé a ver a Desandra rasgando el cuerpo del wendigo a mi lado.


De repente, la cabeza horrible y masiva se hundió otra vez, colgando del tronco del cuello por un delgado hilo de carne. Con un golpe final, Derek cortó a través de ella, y la cabeza cayó al suelo. Derek aterrizó junto a ésta, dio una patada al cráneo, enviándolo a rodar por la calle ahogada de basura; y se sintió como un árbol que fue talado.


Su cuerpo se estremeció y retrocedió hasta la forma humana.


A pocos metros de distancia, Ascanio gritó en el suelo, desnudo, humano, y sangriento. Todo dentro de mí se quedó helado. Sus heridas eran tan graves, el Lyc-V los había cambiado de nuevo a humanos, mientras se esforzaba en sanarlos.


Me arrodillé junto a Derek y levanté su cabeza. Él estaba inconsciente, pero estaba respirando. Las heridas en sus manos habían dejado de sangrar y yo no podía decir si era bueno o malo.


—¡Kate! —gritó Desandra, con voz temblorosa.


Corrí hacia ella.


Tajos largos habían sido tallados en el pecho y estómago de Ascanio. Los intestinos sobresalían a través de los cortes, filtrando sangre. Su piel se dividía donde los fragmentos de costillas rotas la habían perforado. Tenía la cara ensangrentada. Respiraba entrecortadamente con breves y agudas inhalaciones. Oh Dios.


—¡Arréglalo! —Desandra me miró.


No podía. Él había ido demasiado lejos. Teníamos que conseguir un medimago. Teníamos que conseguir uno ahora.


La mirada de Ascanio se fijó en mí.


—Lo lamento… mucho.


—No hables ahora. —No podíamos cargarlo en el burro. No había espacio.


—Yo… —Ascanio tragó saliva y tosió sangre. Se veía tan joven—. Yo no… quiero morir. Por favor.


—No vas a morir. —Yo estaba mejorando mucho con la mentira.


—Lo siento —susurró Ascanio—. Lo siento.


—Sí, lo sientes. Cuando lleguemos a la Torre del Homenaje, lo sentirás aún más. ¿En qué diablos estabas pensando?


Trató de sonreír, sus dientes ensangrentados.


—… comprar a Broody… algo de tiempo.


Oh, joven tonto.


Un aullido salió de detrás del wendigo, un grito humano salvaje. Los Perros de Hierro de Hugh nos estaban cazando.


Desandra vomitó de nuevo.


Mis entrañas se convirtieron en una masa fría retorcida. Tres personas caídas. No podía dejarlos morir. Habían venido para protegerme. Tenía que encontrar un medimago incluso aunque tuviera que evocar uno de la nada. Derek no moriría en mi guardia. Ascanio y Desandra no morirían. Yo no me pararía ante la tumba de la tía B y le diría que permití que uno de sus hijos bouda tirara su vida por la borda. Yo no le diría a Curran que ocasioné que el chico maravilla fuera asesinado.


Imaginé la zona en mi cabeza. Conocía bien esta parte de la ciudad. Yo había cubierto casi cada centímetro cuadrado de ella durante mi permanencia en la Orden.


La Orden.


Esto era de locos. Pero entonces, los mendigos no pueden ser selectivos.


—Robert, ¿puedes cargarlo?


—Sí. ¿A dónde vamos? —preguntó Robert.


—A La Orden.


—Pero nos odian —escupió Desandra a través de sus dientes.


—La Orden tiene un medimago en el personal y el tipo de protecciones que requeriría de un ejército para ser violadas. Ayudarán a cualquier persona en necesidad. Estamos en necesidad. Odian a Hugh d'Ambray más de lo que nos odian a nosotros.


Por lo menos yo esperaba que lo hicieran. Por mucho que Ted Moynohan me despreciara, todavía era un caballero protector.


No dejaría que mi gente muriera en la calle en frente de su edificio. Y estaba apostando tres vidas a eso.


• • •


Los aullidos ululantes de los Perros de Hierro flotaban detrás de nosotros, ahora constantes, como un eco escalofriante, misterioso. Tan pronto como terminaba uno, otro comenzaba. Cómo podían correr y aullar al mismo tiempo, estaba más allá de mí comprensión. Tenían que estar moviéndose con rapidez y se estaban acercando. Habíamos perdido dos preciosos minutos engatusando a Cuddles para que subiera por la basura alrededor del contenedor de basura y no nos estábamos moviendo rápido.


Desandra sostenía a Derek en la silla frente a ella. Había quedado completamente flojo. Sus ojos eran salvajes y se estremecía mientras cabalgaba. Ella no iba a durar mucho más tiempo. A mi lado, Robert corría en silencio, llevando a Ascanio en sus brazos.


Atravesamos las calles, dolorosamente lento. Mi costado dolía tanto ahora, que ya ni siquiera anticipaba el dolor. Simplemente seguía avanzando.


Un escaparate familiar apareció. Teníamos que estar en el rango de visión ahora.

Me esforcé, tratando de enviar un pensamiento enfocado hacia el mundo.

¿Maxine?


La secretaria telepática de la Orden no respondió.


—¡Maxine! —
Susurré. Vocalizar ayudaba a veces—. ¡Maxine!

Una voz seca y familiar sonó en mi cabeza.


Hola, Kate.


—Estoy en New Peachtree, siendo perseguida por criaturas sobrenaturales. Solicito protección para cinco personas.


Maxine hizo una pausa.


Kate, la Orden no es el lugar más seguro para ti. Moynohan no te ve como una ciudadana honrada.


Moynohan podía morderme.


Tengo a dos adolescentes heridos, y uno se está muriendo. Dile a Ted que estoy huyendo de Hugh d'Ambray.


—Por favor, espera.


Hicimos un giro cerrado a la izquierda. Los aullidos nos perseguían, más y más fuertes. La calle ascendía frente a nosotros, completamente vacía. Diez cuadras más hasta la Orden. Que yo supiera, las protecciones de la Orden habían sido violadas sólo una vez y fue mi tía quien lo hizo. Teníamos que lograr llegar detrás de esas protecciones.

Cascos. Me volví.

Hugh dio la vuelta a la esquina. Él montaba un enorme caballo negro. Una docena de hombres y mujeres cabalgaban con él.


Protección concedida —dijo Maxine en mi cabeza—. Por favor, continúa hacia la sala capitular de la Orden.


No lo conseguiríamos. Me detuve y me di la vuelta para enfrentarme a los Perros de Hierro, desenvainando mi espada. Hugh me quería. Hugh me tendría. Ten cuidado con lo que deseas.


—¡Abajo! —Mauro retumbó detrás de mí.


Me dejé caer al suelo. El aire silbó cuando media docena de flechas volaron por encima de mi cabeza y mordieron el asfalto, cayendo por debajo de los pies del caballo de Hugh.

Los pernos pulsaron una vez con azul brillante. La noche explotó. Yo alcancé a ver al caballo negro gigante de Hugh retrocediendo.

Me puse de pie y me volví. Cuatro caballeros de la Orden caminaban hacia nosotros: Mauro, Richter, otro hombre que no conocía, y una mujer pelirroja con el pelo rapado. Llevaban ballestas. Hola, caballería. Detrás de ellos, Robert estaba corriendo a toda velocidad hacia la Orden.


—¡Ve, Kate! —Mauro me saludó con la mano.


Los caballeros estaban recargando. Corrí hacia el edificio.

El edificio anodino de la Orden se alzó ante mí. Robert se agachó a través de las puertas. Forcé un último estallido de velocidad, pasé disparada a través de las puertas, y casi tropecé con dos caballeros apuntando ballestas cargadas hacia mí.

—Dame tu espada —dijo el alto.


—No lo creo.


—Yo haría lo que él dice, querida —
Maxine dijo en mi cabeza—. Están bajo órdenes de disparar si no lo haces.
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por estherfonte el Sáb Sep 13, 2014 6:33 pm

Ohhhhhhh por favor, que se acabe yaaaaaaaa
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por zarza2528 el Dom Sep 14, 2014 6:34 pm

Very Happy
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por sgs81 el Miér Sep 17, 2014 5:58 am

Esto se esta volviendo adictivo, demasiado adictivo!!!!!
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Miér Sep 17, 2014 6:11 am

No desesperen, en cuanto tenga el siguiente capitulo lo posteo, descuiden.
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Ebekah el Miér Sep 17, 2014 7:25 am

Gracias Eli!!!! que ganas, que nervios, que emocionante esta todo!!! jajaja
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por lulila el Jue Sep 18, 2014 2:52 pm

Gracias chicas!!!!!!
¿Por que las brujas son siempre tan desconcertantes??? Sabrina no era así.
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por iseult el Sáb Sep 20, 2014 8:00 am

Estas brujas no se, pero las tías brujas de Sabrina también eran un poquito....peculiares
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Sáb Sep 20, 2014 8:41 am

Chicas, el capitulo finalmente fue a SOS pero ya tenemos la primera parte. Aquí os la dejo.




Capítulo 9 (Parte 1)





LA ORDEN HABÍA remodelado la Bóveda después de que mi tía quemó el lugar. La gigantesca puerta ya no estaba. Los escudos y las armas seguían colgadas en tres paredes, pero la cuarta estaba llena de jaulas para lupos, con barras de plata y acero de aleación de cinco centímetros de grosor. La Orden no había escatimado en gastos y yo había conseguido una hermosa vista de las barras desde el lado equivocado.
Anduve de un lado a otro, mientras que Robert a mi lado, tendido en el suelo de la jaula, descansaba para dejar que su cuerpo se curase. Si se había esforzado demasiado, el Lyc-V podría hacerle dormir para curarse y quería permanecer consciente.
Me dolía aún el costado, y mis costillas me recordaban dolorosamente que estaban allí.
A la derecha, separados por las barras de nosotros, Derek y Desandra estaban tendidos en su propia jaula dormidos debajo de unas mantas. El medimago de la Orden, un hombre alto con una larga trenza de cabello castaño que se llamaba Steinlein, les había examinado y declarado que no había nada que pudiera hacer. La toxina estaba trabajando su camino a través de sus sistemas y se recuperarían o que no lo harían. Parecía pensar que lo harían, porque una vez que se habían vuelto humanos, sus heridas se habían cerrado, lo cual era una buena señal.
A través de los barrotes, pude ver a Ascanio. Yacía inerte sobre una mesa al aire libre. Habían encadenado sus tobillos y sus muñecas. Las cadenas no eran de plata, pero eran lo suficientemente gruesas como para retenerlo. Steinlein cantó sobre él, meciéndose hacia adelante y hacia atrás. No podría decir si su canto estaba haciendo nada. El niño no se veía mejor.
Me sentía tan vacía, como si alguien me hubiera destripado. No sé quién me preocupaba más, Ascanio muriéndose o Derek y Desandra apenas respirando.
La Caballero pelirroja con el corte a lo buzz, Steinlein había dicho que se llamaba Diana, nos vigilaba. A su lado otro Caballero delgado y musculoso de unos treinta años me lanzaba su versión de mirada dura. Llevaba una espada táctica. Una larga cicatriz cruzaba la cara desde el pelo rubio y corto a la barbilla. Ambos parecían convencidos de que si uno de ellos parpadeaba por un segundo, me escaparía de la jaula y haría explotar la Orden.
—Si seguís mirando, me prenderéis fuego —les dije.
Ninguno de ellos respondió. Fantástico.
Mauro entró en la bóveda.
—¿Has llamado a la manada? —Le pregunté
—Los teléfonos no funcionan —dijo.
¿Es que no podía tomar un jodido descanso?
—Pero he enviado un correo al Atlanta Medical pidiendo ayuda —dijo Mauro —. Tienen una nueva oficina satélite a unos cuatro kilómetros de aquí.
—Gracias —le dije.
—No servirá de nada —intervino Steinlein —. Tiene el pecho y todo lo que había dentro aplastado. Si fuera más débil, ya estaría muerto. Sólo estoy retrasando lo inevitable.
Ascanio confiaba en mí. Confiaba en mí y le deje venir conmigo. No tenía miedo, porque era joven y pensaba que era inmortal y porque contaba con que le mantuviese vivo. No lo podía perder.
—Si le deja, encadenadme a su lado y seguiré cantando.
El medimago se volvió hacia mí.
—No he dicho que iba a abandonar. Sólo estoy diciendo que no hay luz al final del túnel. Tiene un par de horas para llegar a un acuerdo con eso.
Doolittle le hubiera hecho un nuevo agujero en alguna parte por su trato con los pacientes. Si no hubiera tenido la vida de Ascanio en sus manos, lo habría dicho exactamente lo que pensaba de él.
—No tenemos un par de horas —dijo Robert, con los ojos todavía cerrados —. D'Ambray no tardará en venir aquí.
Y pronto, también. Habíamos estado en el interior de la sala capitular durante unos quince minutos. Todo lo que había leído sobre el Wendigo decía que tardaban en regenerarse entre cinco minutos y media hora, dependiendo de la magnitud de la onda mágica. No habíamos tenido tiempo para cortarlo en pedacitos y luego quemarlos. Tan pronto como el Wendigo se pusiera en pie, Hugh vendría. Le había insultado, y mi barrera le había pateado el culo. No lo dejaría pasar.
—D'Ambray sería un idiota si atacara a la Orden —dijo Diana.
—Los refuerzos ya están en camino —dijo Mauro —. He hablado con el caballero-protector. Ted ha avisado a la División de Actividad Paranormal y a la Guardia Nacional.
Ni la PAD ni la Guardia Nacional llegarían a tiempo.
—Hemos luchado contra uno de ellos antes —dijo Mauro —. Fuimos yo, Kate, y Nash, y todos sobrevivimos.
Habíamos sobrevivido, porque yo era uno de "ellos". Señalarlo no estaba en mi mejor interés.
—¡Dejadme salir! Pelearé con vosotros.
—Lo siento, Kate —Mauro hizo una mueca —. Órdenes son órdenes.
—Kate —dijo la voz de Maxine en mi cabeza.
—¿Sí?
—Estoy siendo evacuada de la oficina. Tengo instrucciones de permanecer dentro del alcance para que pueda hacer un informe completo de lo que sucede.
Ted estaba esperando problemas.
—Gracias por tu ayuda —le susurré —. Realmente lo aprecio.
—Lo sé, querida. Lo siento mucho que te fuiste. No ha sido lo mismo sin ti y ni Andrea.
Pasos pesados bajaron las escaleras y Ted Moynohan entró en la sala. El caballero protector había envejecido desde la última vez que le vi. Tendría unos cincuenta años cuando nos conocimos. Ahora parecía más cerca de los sesenta. Había aumentado su espesor y estaba más gordo. La capa de grasa engañaba, no había duro, poderoso músculo debajo, y Ted no se veía suave. Se veía como un luchador de peso pesado que se había dejado ir un poco. Llevaba pantalones vaqueros azules, una camisa gris, botas de vaquero y un cinturón con una hebilla que tenía delirios de grandeza. Un sombrero de vaquero negro en su cabeza, y si hacía calor, podría albergar una manada de huérfanos de la calle a su sombra.
Ted pasó por mi jaula y me miró, con la mandíbula cuadrada bloqueada. Miré hacia atrás. Él no me haría ningún favor y yo no esperaba ninguno.
—Aquí estás en una jaula, Daniels. Siempre supe que ibas a terminar en una.
No le respondí. Si estaba de buenas, tendría una mejor oportunidad de hacerle entender lo que venía.
—Has puesto a la Consorte de la Manada en una jaula —dijo Robert.
—No veo una consorte. Veo a la misma merc, con una boca inteligente y una espada afilada, excepto que está vestida mejor ahora. Los mercs no tienen ninguna lealtad y esta no tiene nada de cerebro. Va a hacer que te maten igual que a ese chico de allí. Deberías haber encontrado a alguien más inteligente a quien seguir.
—D'Ambray viene —le dije —. Tiene un destacamento de Perros de Hierro y al menos un Wendigo con él. También tiene acceso a la totalidad de los vampiros estables de la Nación. Quiere derribar a la Manada y ha decidido que matarme es la manera de hacerlo. "No era la verdad completa, pero lo suficientemente cerca. "Está furioso. Si me dejas ir, d'Ambray me seguirá.
—Mm-hm —dijo Ted.
—Tiene la superioridad numérica y está decidido. No tienes personas suficientes para para oponérsele. ¡Déjame salir! —Sólo les necesitaba para mantener a salvo a Ascanio, Derek, y Desandra. Eso es todo. Robert y yo podíamos alejar a Hugh con nosotros.
Ted negó con la cabeza.
—No. Esta es una lucha humana y has elegido el lado equivocado. Vive con tus decisiones.
Bastardo testarudo.
—No tienes ninguna autoridad para detenerme.
—Sí, la tengo. Cuando se solicitó la orden de protección, nos diste el poder de la barrera para protegerte como nos parezca. Disfruta siendo vigilada, Daniels.
Argh. Escúchame, denso gilipollas.
—Van a romper las defensas. Estás tirando a tu gente. Hugh no es un Joe Blow de la calle, que es el preceptor de la Orden de los Perros de Hierro. Tiene a Uath con él. A ella le gusta la gente de piel viva.
Ted sonrió.
Lo quería.
El hijo de puta loco realmente quería una oportunidad contra Hugh d'Ambray. Mientras la Orden nos tuviera, había una posibilidad de que Hugh le daría una pelea, y todo lo que acababa de decir sólo confirmó la decisión de Ted de mantenernos aquí. Mi mente luchó con él y apreté la boca cerrada.
¿Por qué? ¿Qué podría ganar con esto? Mi tía había dejado este edificio un cenicero, y ni siquiera lo había hecho en persona. Había usado un golem de carne para hacerlo. Ted era un intolerante, pero no era un idiota. Tenía que saber que había una posibilidad Hugh sería romper las defensas de la Orden. Los Perros de Hierro eran la élite de la élite, y de acuerdo con Mauro, sus caballeros, que estarían en inferioridad numérica dos a uno, no eran exactamente la creme de la creme que la Orden había cosechado.
¿Por qué arriesgaba a su gente? ¿Era una especie de intento de última hora de algún tipo de gloria antes de morir?
Tenía que cambiar mi estrategia y rápido. Raspé mi cerebro por los contenidos de la Carta de la Orden. Aprendí poco a poco, pero una vez me las arreglé para cincelar la información en mi cerebro, se quedó allí.
—En virtud del artículo uno punto siete, una petición es válida sólo cuando ha sido firmada por el peticionario después de que los términos y condiciones de la petición se han explicado a dicho peticionario. Muéstrame la firma.
Ted tomó un papel de la mesa y se la llevó. Robert Ionesco. Te tengo.
Robert se encogió de hombros.
—Era eso o no nos dejaba entrar.
—Artículo un punto doce, una petición de grupo puede ser presentada por una persona, siempre y cuando dicha persona haya sido seleccionada por el grupo para que actúe como su representante. Robert, ¿has sido elegido para actuar como nuestro representante?
El alfa rata sonrió.
—No.
El caballero de la cicatriz enarcó las cejas. Sabía a dónde iba con esto y sabía que llevaba razón.
—Por lo que sabes, ¿quién tiene el derecho de representar a nuestro grupo?
—Solo usted, Consorte —dijo Robert.
Miré a Ted.
—Esta petición no es válida. Nos estás deteniendo ilegalmente. Libéranos ahora.
La magia crujió a través de la construcción, seguido de un gemido desesperado espeluznante. El Wendigo de Hugh había puesto a prueba la fortaleza de las guardas.
—Tiene razón —dijo el caballero de la cicatriz —. No tenemos derecho a retenerles.
Ted le miró.
—Este es el día D, Towers. Esto es para lo que te has entrenado para —Su voz se elevó —. Esto es lo que todos entrenamos. Esto es importante. Haremos la diferencia. ¿Puedo contar con usted?
Los músculos se tocan en la mandíbula de Towers.
—Sí.
—Bien. Vamos a continuar esta charla después de que hayamos terminado —Ted se trasladó a la armería y cogió una maza. Diana comenzó a cantar en voz baja.
—¡Dejadnos salir! —Gruñí.
Ted me ignoró.
—Diana, Towers, Mauro, conmigo —Señaló al medimago —. Steinlein, serás nuestro apoyo.
—Ted, escúchame, ¡estúpido hijo de puta! Tal vez quieres salir en un resplandor de gloria, botón.
Salieron. Steinlein, el medimago con la larga trenza, les siguió.
—Lo siento.
No. No, maldita sea.
—¡Espera! ¡El niño va a morir!
—Lo siento, pero está muerto de todos modos —El caballero salió de la habitación.
El aullido furioso del Wendigo estalló. El edificio se sacudió.


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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Sáb Sep 20, 2014 1:28 pm

Capítulo 9

(Parte 2)


TOQUÉ LAS barras. La magia se apoderó de mí en un destello de agonía. Guardas. Ascanio se estaba muriendo, Hugh había llegado, y nosotros atrapados en una jaula. Igual que patos sentados. Bien, esto iba bien.
Tenía una selección de ganzúas en mi cinturón, pero los caballeros lo habían cogido, con mi chaqueta y mi espada.
Por encima de nosotros algo se estremeció con golpes fuertes, rítmicos, como si alguien estuviera golpeando el edificio con un enorme martillo.
Robert se puso de pie, inclinado sobre la cerradura, y trató de pasar la mano entre los barrotes. La magia mordisqueó sus garras. Hizo una mueca, dejando al descubierto los feroces dientes, y trató de tocar la cerradura. Su antebrazo rozó las barras. Echó el brazo atrás. Una cicatriz gris cruzaba su piel, donde la plata había matado el Lyc-V.
Robert arañó el suelo de la jaula, buscando una tabla suelta, y se dejó caer de nuevo hacia abajo. "Plata y acero."
Lo mismo en el techo. No íbamos a ninguna parte. Si usaba una palabra de poder, rebotaría en el hechizo defensivo de las barras y se volvería contra mí. Lo intenté en una célula protegida en otras circunstancias y el dolor me dejó paralizada una hora.
El golpeteo era cada vez más fuerte.
Me volví hacia Robert. "Si Hugh consigue llegar hasta aquí y tienes la oportunidad de correr, necesito que nos dejes y corras. Alguien tiene que contárselo a la Manada".
Robert me dio una pequeña sonrisa. "Si Hugh nos alcanza, es poco probable que sobreviva."
La magiaagia me golpeó con una mano invisible. Me tambaleé.
"¿Qué?", Preguntó Robert.
"Alguien acaba de romper la guarda principal de la Orden."
Algo bajó las escaleras y Hugh irrumpió en la habitación. La sangre cubría su ropa y abrigo, pero estaban intactas. No era la suya. Qué pena. Una mujer podía soñar.
Me vio y se detuvo. "En una jaula."
Sí, sí.
Hugh negó con la cabeza. "¿Cómo coño has dejado que te pusieran en una jaula?"
Sonaba ofendido en mi nombre. Bueno, ¿no era dulce? "Lo siento, no puedo oírte. Mis oídos todavía están oyendo esa gran explosión de cuando te has caído de cabeza por las escaleras. ¿Tienes bien el cerebro? Tu cráneo ha sonado hueco".
Nick apareció detrás de él. El cruzado se nos quedó mirando con ojos fríos. Tal vez me equivocaba. Quizás Hugh le había convertido.
Hugh se paseó por la habitación, se detuvo delante del cuerpo tendido de Ascanio, e hizo una mueca. "Odio a los aficionados."
Quería gritarle que dejara al chico en paz y tuve que morderme la lengua. Cualquier cosa que yo apreciara y cualquier persona que me importara, Hugh la usaría contra mí. Estaba saboreando el momento.
Hugh se acercó a la parte trasera de la sala, con Nick a sus talones, dio media vuelta y se enfrentó a la entrada. "No interfieras."
Nick asintió y se apoyó contra la pared del fondo.
Diana irrumpió en la habitación, con la cara y los brazos manchados de hollín. Torres, el de la cicatriz, estaba sólo un paso por detrás. Una herida le desgarraba el pecho de izquierda a derecha. Sangrienta pero poco profunda.
"¿Eso es todo?", Preguntó Hugh.
Los dos caballeros miraron a Hugh.
Torres le apuntó con una ballesta.
Hugh dijo algo. La magia apareció como el enorme estallido de globo. Una palabra de poder. Las jaulas se estrecharon. Los pedazos de la ballesta resonaron sobre el suelo de piedra.
"Tenéis un problema." Hugh se quitó la capa y la colgó en un gancho de algún arma de la pared. "Sabéis quién soy. Sabéis lo que puedo hacer. Estoy aquí por ella. "asintió con la cabeza. "No voy a irme sin ella. No voy a dejar que me dispares. Podríais intentar encerrarme, pero estas paredes no me pueden contener. Y la contención no es lo que teníais en mente, ¿verdad?
Hugh desenvainó una gladius. Una espada simple, antigua, con una hoja recta de doble filo, veinticinco pulgadas y un cuarto de largo, dos y cuarto pulgadas de ancho, con un peso apenas de dos libras. Sencilla y brutal. La espada que extendió el Imperio Romano por Europa.
Diana encorvó los hombros, susurrando en voz baja. Torres le estudió con cautela.
Por encima de nosotros el Wendigo gritó de nuevo. Algo golpeó, seguido de roncos gritos humanos.
Hugh levantó el gladius y volvió la hoja, calentamiento de muñeca. Los ojos de Torres se estrecharon. Hugh sostenía la espada como si fuera una extensión de él mismo, como si no pesara. Estaba íntimamente familiarizado con ella. Debía haberla utilizado tanto por tanto tiempo que si cerraba los ojos, probablemente podría llegar y tocar la punta, porque sabía exactamente donde terminaba la hoja. Yo sabía que podía, porque incluso en la oscuridad absoluta sabía exactamente cuánto medía la hoja de Asesina.
"Sácame de esta jaula," gruñí.
"Shhh", dijo Hugh. Sus ojos eran duros. "Sólo observa."
Se encogió de hombros, estiró y asintió con la cabeza a los caballeros. "Si me queréis, tendréis que venir a buscarme."
"No lo hagáis", le dije. "Os matará."
Diana sacó un sable de cabo delgado. Lo sostuvo como si supiera lo que estaba haciendo, pero Hugh estaba en otra categoría. Fuego corrió de la mano de Diana sobre la hoja, cubriendo el sable con llamas.
"Una espada de fuego." Hugh negó con la cabeza. "Venga. Terminemos con esto.
"Espera," dijo Torres.
Diana salió disparada hacia adelante, su sable adelantado con su empuje. Fue un buen empuje, así como objetivo y rápido. Hugh conocía a su mitad. Su gladius se deslizó por su lado casi por sí solo. La giró, le sujetó a él, con la espalda contra su pecho y mantuvo la hoja cubierta con la sangre de su garganta. En menos de un segundo.
Argh. Agarré las barras. La magia me quemó y me solté.
"Dime, Kate," dijo con voz casual. "Cuando Lennart está encima y tú estás esperando a que termine, ¿alguna vez piensas en mí? Sólo para condimentar las cosas ".
Diana tosió, sin aliento. Su lado sangró mientras su cuerpo bombeaba sangre vital por la herida.
"No," tierra a través de mis dientes. "Pero cuando me siento mal, me imagino metándote y me animo enseguida. Me hace reír ".
Hugh rio y tiró a Diana, la sien se apretó contra su mejilla. "¿Ves a la mujer de la jaula?"
La respiración de Diana salió en jadeos roncos.
"Ruégale por tu vida", dijo Hugh.
"Maldito bastardo." Cuando saliese de aquí, me gustaría cortarle en pequeños trozos, hasta que dejara de moverse.
"Pregúntale agradablemente", repitió Hugh. "Si te perdona la vida, te dejaré ir."
"Lo has dejado muy claro. No quiero que muera ", le dije.
"Ruégaselo", dijo Hugh.
Los labios de Diana se convirtieron en una línea fina. "Vete a la mierda."
"Respuesta equivocada." Hugh le cortó la garganta y dio un paso atrás. La caballero se congeló, en posición vertical, sus ojos se abrieron. Sangre oscura brotó de su garganta. Con los ojos en blanco, tropezó y cayó. Su sangre formó un gran charco en el suelo.
Los ojos de Nick estaban vacíos. Miró la sangre, aparentemente sin problemas por ello. Bien podría haber estado muerto.
"Un desperdicio." Hugh sacudió la sangre de la espada.
Torres avanzó, cauteloso. Se movía como un gato Spooked, pies ligeros y a punto de saltar.
¿Todo el mundo se había vuelto loco hoy? "¿Qué estás haciendo? ¡Sólo tienes que disparar a este imbécil! No puede seguir usando palabras de la energía. Él va a quedarse sin jugo antes de que dispares más flechas".
"Espadachín, eh." Hugh puso la gladius en la camilla detrás de él. "Mira, mamá, sin espada."
Torres se lanzó contra él a la velocidad del rayo. Hugh se inclinó a un lado lo suficiente para esquivar la hoja, agarró la muñeca de Torres, se echó hacia atrás, y le golpeó una patada lateral en las costillas, justo por encima de la cadera derecha. La patada no se no solo le hace daño, le tira al suelo. Torres se tambalea hacia atrás, inclinándose sobre el lado lesionado.
Hugh sonrió y le hizo un gesto más. "Venga."
Torres entraba y recortaba izquierda a derecha, apuntando a la garganta de Hugh. Demasiado lento, decido.
Hugh se inclinó hacia atrás y la hoja rozó su hombro izquierdo.
Torres revirtió el swing e intentó romper el pomo de la espada a la cara de Hugh, dejando a su sección media abierta de par en par. Podría conducir un coche sangriento por esa abertura.
Hugh le esquivó, agarró la gladius de la mesa de examen y cortó a Torres. El primer golpe le abrió el estómago. Antes de que tuviera la oportunidad de retirarse, Hugh hundió una estocada precisa en el costado del caballero, justo entre las costillas, en el hígado.
Torres cayó de rodillas, acunando sus tripas. Hugh le agarró del pelo. "Ruégale por tu vida."
"Quiero que él viva," se me escapó.
"Tiene que rogar:" Hugh me dijo.
Torres sacó un cuchillo del cinturón y lo enterró en el muslo de Hugh.
"Supongo que eso es un no." Hugh clavó la gladius en el pecho del caballero.
Torres gorgoteó y se hundió en el suelo.
Estaba atrapada en una jaula, indefensa. Hugh mataría a todos y yo sólo podía mirar. La ira irvió en mi interior. "¿Por qué haces esto?"
Hugh sacudió la sangre de su espada. "Querías que te mostrara algo."
"Bueno, hasta ahora todo lo que he visto es has matado a los secundones de la Orden. Elige a alguien de tu tamaño ".
"Todo a su tiempo." Hugh me sonrió, sus ojos fríos.
¿Dónde diablos estaban la PAD y la Guardia Nacional? ¿Cuánto tiempo le tomaba movilizarse?
"Nos guste o no", dijo, "todavía eres su hija. Huir de él, escupir en él, esa es tu elección. Los de su sangre pueden insultar a la sangre. Nadie más. No lo voy a permitir. "
Finalmente entendí. Esto no era sólo acerca de mí; se trataba de la Orden arrastrando mi nombre por el lodo después de que me fuera y que ahora me enjaulasen. Esto no era sólo la eliminación. Era un castigo. Mataría a todos los caballeros, pero no antes de que les hiciera someterse a mí y me rogaran por sus vidas.
Tenía que hacer algo.
La guarda entre los barrotes de la jaula no era sólida. Me dolió como el infierno cuando metí la mano, pero pude esconderlo. Le di la espalda a Hugh y me hice un corte en el antebrazo izquierdo. El dolor me laceró. Carmesí lavó mi piel, la magia viva y lista. Tiré de ella, dándole forma con mi voluntad en un pico de cinco centímetros de largo. Era largo y afilado, y un ojo era un blanco tan suave, con toda mi concentración en él. Sólo tenía que conseguir que se acercara a la jaula.
"Vas a querer ver la siguiente parte," dijo Hugh. "Sólo estoy empezando. ¿O es demasiado para ti? "
Me volví a Hugh. "Sigo pensando en el incendio que destruyó tu castillo. Nadie podría haber sobrevivido a eso. ¿Qué pasa si no eres de verdad? "
Hugh se acercó a la jaula.
"¿Qué pasa si mi padre tiene un armario lleno de Hughs, y cada vez que Curran y yo rompamos uno, simplemente saca otra copia?"
Hugh pasó por encima del cuerpo de Torres y lentamente, deliberadamente se acercó a los barrotes. Justo fuera del rango de ataque. Todo lo que necesitaba eran dos o tres centímetros.
"Una vez vi una película donde un hombre hizo clones de sí mismo", le dije. "Cada clon era más tonto que el anterior. Creo que podría ser ese el caso. Has atacado a la Orden. Eso es lo más estúpido que he visto que has hecho".
Hugh se inclinó hacia delante. Sus ojos azules fijos en mí, duros y depredadores. Eso es, muéstrame lo grande y malo que eres. Venga. Cuéntamelo todo. Acércate más. Más cerca.
"Dime, ¿cuál es tu número, clon de Hugh?"
"¿Quieres saber cómo sobreviví? Robó un huevo de fénix y me puso en su interior. Durante dos meses me empapé en él, creciéndome piel nueva y una nueva columna vertebral, y pensaba en lo que le haría a Lennart. "Hugh se inclinó más cerca. Otra pulgadas y estaríamos en el negocio. "Y déjame decirte, la expresión de tu cara cuando ves morir hace que todo valga la pena."
Las escaleras se estremecieron con unos pasos rápidos. Hugh se volvió.
¡No! Argh, casi le tenía.
Cuatro personas entraron en la habitación: una caballero de pelo oscuro que no conocía, Ted Moynohan, el medimago Steinlein, y delante de todos ellos, un hombre delgado con la cabeza calva y pinturas azul de guerra celtas tatuadas en la cara . Richter. El psicópata residente de la Orden.
Genial. Más gente para matar.
"El caballero protector." Hugh blandió la espada en un círculo lento, calentando la muñeca. "Por fin. Y yo que pensaba que solo me dejaría destrozar su hogar ".
"Abre la jaula y le desarmaré", le dije. Le había ganado una vez. Podría hacerlo de nuevo.
Hugh rio entre dientes. "Vamos, Kate. No les avergüences. Son caballeros. Aprobaron los exámenes".
Ted miró a los dos cuerpos boca abajo en el suelo a su alrededor y sonrió. Su gente estaba muerta y sonrió.
La realización me golpeó como una tonelada de ladrillos. Ted quería una masacre. Estaba en su camino de salida, ya sea para ser deshonrado o se retirase y quería hacer algo que le hiciera destacar. Había decidido morir en un resplandor de gloria. Pero su muerte por sí sola no sería suficiente. Si Hugh le mataba, la Orden podría encontrar una manera de pasarlo por alto, pero si el Señor de la Guerra de Roland sacrificaba a todos los del departamento, los caballeros harían todo lo posible para darle caza. Tenía que ser brutal y sangriento, y vicioso, de forma que los muertos no solo fueran caballeros caídos o víctimas, se convertirían en mártires.
Hugh quería matarles a todos. Ted quería a todos muertos. Quería que su propia Alamo. Los caballeros darían sus vidas, cada uno de ellos, después de un enfrentamiento dramático final, y Maxine daría testimonio de todo ello. Estábamos viendo el comienzo de la guerra entre Roland y la Orden.
Nada que pudiera hacer o decir haría ninguna diferencia. Me hundí en el suelo junto a Robert. Al otro lado de la sala Nick me miró, con el rostro pálido como la nieve del exterior. Nuestras miradas se encontraron. Lo entendía y miraría todo igual que nosotros.
Ted señaló a Hugh. "Cogedle."
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Dom Sep 21, 2014 4:33 am

Capítulo 9

Parte 3


RICHTER sacó dos hojas cortas y se emborronó, dividiéndose en tres versiones transparentes de sí mismo. Dos de ellos eran falsos y uno era real. Los trillizos cargaron, lanzando una oleada de golpes a Hugh. El preceptor de la Orden de los Perros de Hierro retrocedió bajo el aluvión, bloqueando y pateando, utilizando todo el poder de sus enormes piernas. El verdadero Richter voló por la habitación y rebotó en la pared.
La mujer de pelo oscuro se lanzó desde un lado y apuñaló a Hugh, apuntando entre sus costillas izquierdas, rápido. Hugh se inclinó hacia atrás, dejó la espada pasar y condujo el codo izquierdo a la cara de la caballero. Ella se tambaleó hacia atrás. Richter se lanzó de nuevo y cortó el hombro derecho de Hugh. La sangre surgió. Hugh dio un revés a Richter para apartarle del camino.
La mujer cargó otra vez y se quedó inmóvil, atrapada en la hoja de Hugh como un pez en el anzuelo. Él empujó arriba en su pecho, retorciendo y triturando el corazón, y arrojó el cadáver a Richter. El caballero más pequeño esquivó y acorraló a Hugh en un frenesí. Hugh se dejó caer y bloqueó con la palma de la hoja, con el rostro tranquilo y sereno. Sus ojos se volvieron calculadores. Era como si Voron hubiera resucitado y poseyera Hugh, y supe exactamente lo que vendría después. Cortó a Richter en trozos, lentamente, metódicamente, utilizando cada abertura. No quería perder la paciencia, ya que en este lugar, donde el ángulo de la cuchilla separaba la vida de la muerte, Hugh era imposible de alcanzar. Si un meteorito candente atravesara el techo y explotara, no parpadearía. Conocía ese lugar en donde se encontraba su mente. Ahí era donde yo estaba en mi mejor momento.
Richter sangró una y otra vez, cada golpe de sus hojas abría otra herida menor. Hugh se estaba conteniendo.
Entonces Richter movió el brazo derecho una fracción demasiado amplia.
La espada de Hugh le hizo rodajas, precisa y sin piedad. Apuñaló Richter en el estómago, se giró, y pateó la pierna del caballero. Dejando a Richter de rodillas, Hugh le apuñaló donde el cuello se reunía con el hombro. Richter se quedó sin aliento. Hugh blandió la espada y la cabeza de Richter rodó por el suelo.
Me dolía el pecho. Recordaría este sentimiento durante el tiempo que viviera, esta terrible sensación de estar encerrada en una jaula y no ser capaz de hacer nada.
Ted Moynohan rugió. Un esquema de color rojo oscuro se encendió alrededor de su cuerpo, deslizándose sobre su maza. Al parecer, el caballero protector tenía un poco de magia de su propia cosecha.
Hugh se agachó y agarró una segunda espada del cuerpo de Torres tirado en el suelo.
Ted avanzó. Hugh se apartó de su trayectoria. Ted movió la maza como si no pesara nada. Hugh le bloqueó utilizando la espada de Tower, pero su brazo tembló un poco. Movió los pies. Ese había sido un infierno de un golpe. Si yo fuera él, trataría de evitar volver a bloquearle.
"¿Sabías quién era ella cuando decidiste menospreciarla?" Preguntó Hugh.
"No te necesito para pelear mis batallas por mí", dije.
"Alguien tiene que hacerlo, ya que tú no lo harás."
Ted hizo girar la maza y la abanicó hacia Hugh. Hugh le bloqueó de nuevo y la cabeza de la maza rompió la hoja por la mitad. Hugh cortó el brazo de Ted con la hoja rota y apartó la mano con rapidez. La espada rota cayó al suelo. Cualquiera que fuera esa aura roja, dolía como un hijo de puta.
"¿Sabías quién era ella?" Repitió Hugh.
Ted siguió lanzando golpes con la maza. Hugh se agachó, saltó sobre el cadáver de Richter, y agarró un escudo de la pared.
"No lo sabías. Todavía no lo sabes, ¿verdad? "
Ted ni se inmutó y Hugh empujó el escudo en su camino. La maza conectó. Boom. El escudo sonó como un gong.
“Creo que hasta los niños tienen más inteligencia."
Boom.
"Por lo menos haz la maldita tarea. Descuidado, Moynohan. Muy descuidado ".
Boom. Hugh estaba esperando a que Ted cayera en un patrón. Ted golpearía más y más fuerte, tratando de romper el escudo con la fuerza bruta. Una vez que un oponente caía en un patrón, se hacían predecibles, y podían ser derrotados.
"Cuando uno consigue un poder como ese en tu equipo, mueves cielo y tierra para que no se vaya."
Boom.
"Pero no lo hiciste, ¿verdad?"
Boom.
"Porque eres un idiota."
Ted giró, poniendo todo su poder en el golpe, esperando romper el escudo. Hugh dio un paso a la derecha y se volvió. La maza silbó en el aire a un pelo de su pecho. Ted había puesto mucho ímpetu en el golpe, no podía parar. El peso de la maza le llevó hacia abajo y Hugh le apuñaló en el pecho. Si no había acertado el corazón, estaba condenadamente cerca.
La sangre brotó. Los ojos de Ted se hincharon.
"No," dijo Hugh. "No, eso era demasiado fácil."
¿Qué?
Ted luchó por levantar la maza. El aura de color rojo alrededor de él desapareció.
Hugh apretó la mano en el pecho de Ted. "Vuelve. Tienes más en ti ".
Un resplandor azul estalló alrededor de los dedos de Hugh. Algo gorgoteaba en la garganta de Ted. Burbujas rojas se expandieron fuera de su boca.
Le estaba curando. Esto era una tortura. "¡Deja que se muera!"
"No, no todavía." Hugh negó con la cabeza. "Venga. Regresa a mí ".
Los brazos de Ted se estrecharon. Él contuvo el aliento.
Hugh le dejó en libertad. El caballero protector se tambaleó hacia atrás.
Hugh golpeó la gladius contra el escudo. "Vamos, caballero. Muéstrame más ".
El aura carmín estalló alrededor de Ted. Cargó hacia adelante y golpeó con el hombro a Hugh. Hugh voló hacia atrás y rodó en cuclillas junto al medimago. Steinlein había estado tan quieto, que todos habíamos olvidado que estaba allí, apretado contra la pared y armado con una pequeña hacha. Antes de que Hugh pudiera retirarse, el medimago blandió el hacha. Hugh se movió, pero no lo suficientemente rápido. El hacha se hundió en su hombro izquierdo.
Hugh le dio una patada, barriendo las piernas del medmago. Steinlein se tambaleó. Hugh enterró la gladius en el intestino de Steinlein, casualmente, casi de pasada, y rodó hacia la izquierda justo a tiempo para evitar la maza de Ted. El caballero protector le persiguió.
Steinlein se estremeció en el suelo. Sus piernas temblaban. De la herida abierta en su estómago brotó la sangre.
No me quedaban más sentimientos. Sólo un odio tranquilo y frío.
Hugh atacó a Ted como un tigre acorralado. Se enfrentaron, maza contra escudo, chocando y bailando. Hugh clavó los pies en el suelo para impulsarse, golpeando a Ted en la espalda. El caballero protector giró la maza, apuntando a la cabeza de Hugh. Hugh abrió el escudo para contrarrestar, poniendo una enorme fuerza en el golpe. El escudo conectó, desviando la trayectoria de la maza a un lado. Por una fracción de segundo, el caballero protector dejó una abertura. Hugh giró y abrió una segunda boca en el estómago de Ted. Ted se apoyó en la pared y se deslizó hacia abajo.
Mauro cargó en la habitación, sangriento y manchado de hollín. La sangre goteaba de su espada corta, amplia. "No puedo detenerles. Tire de la. . . "Él vio los cuerpos. Los ojos se le desorbitaron. Dejó caer su espada.
"¡No lo hagas!" Grité.
Mauro bramó y se quitó la camisa. Tatuajes a lo largo de su torso, remolinos densos de tinta oscura en patrones precisos. Él juntó las manos como un luchador de sumo. Su piel se volvió negra. Los bordes de sus tatuajes se encendieron de color rojo brillante, cambiando ligeramente, como si su piel obsidiana se abriera a lo largo de las líneas, revelando una visión de la lava debajo. El calor me bañó, rodando fuera de él en oleadas.
Hugh se encogió de hombros. "Vamos, tipo duro. Vamos a ver lo que tienes ".
Mauro cargó. Hugh giró fuera de su camino y cortó el estómago de Mauro con el gladius. La hoja golpeó. Mauro condujo su hombro a Hugh. El receptor voló un par de metros y rebotó en la pared. Mauro se abalanzó sobre él, rugiendo. Hugh se apartó, evitando ser atrapado.
Hugh era mejor con una espada, pero una vez había visto a Mauro levantar un coche porque un gato estaba atrapado debajo. Hazlo, puedes hacerlo.
Hugh apuñaló con la gladius el costado de Mauro. La hoja se deslizó sin causar daños. Hugh soltó la gladius y condujo su puño en la garganta de Mauro. Era un poderoso puñetazo. La piel de Hugh crepitó. Él se tambaleó hacia atrás. ¿Demasiado caliente para ti, gilipollas?
Mauro bloqueaó las manos en la garganta de Hugh y le clavó en la pared. La espalda de Hugh golpeó la piedra con un ruido sordo satisfactorio. Mauro le golpeó una y otra vez.
"Rómpele el cuello," grité.
Mauro estrelló a Hugh en la piedra una vez más, le sacudió atrás y adelante. No me escuchó. Había ido demasiado lejos.
Hugh empujó los brazos hacia arriba, entre los enormes brazos de Mauro, tratando de romper su agarre. El aire olía a carne chamuscada. Hugh sacudió los brazos en alto, los brazos de Mauro se desviaron, y el gran caballero golpeó con la cabeza a Hugh en la cara. La sangre empapó los labios de Hugh. Nariz rota, seguro.
Mauro agarró a Hugh en un abrazo de oso, levantándolo del suelo. Los huesos crujieron.
"¡Kate!" Robert señaló a la derecha. Miré en esa dirección al medmage tendido en un charco de sangre. Steinlein se esforzaba por decir algo y buscó en su bolsillo.
Hugh calvó los pulgares en los ojos de Mauro. Mauro lo arrojó a un lado como si Hugh pesara nada.
Steinlein sacó un llavero sangriento.
Llaves. Las llaves de las jaulas. Caí de rodillas delante de las barras. "Aquí." Si pudiera salir de la jaula, entre Mauro y yo Hugh estaba acabado.
Mauro agarró a Hugh, pero el preceptor se trasladó fuera del camino. Las quemaduras le cubrían los brazos. La carne alrededor del cuello de Hugh llena de ampollas.
Steinlein extendió la mano. Se arrastró hacia la jaula, dejando una mancha de sangre en el suelo. De prisa. De prisa.
Mauro gritó de nuevo.
Steinlein extendió su mano con las llaves hacia mí. Llegué a él. Las puntas de mis dedos rozaron las llaves. La magia cortó a través de mi brazo como dientes de fuego y aparté los dedos. Maldita sea.
Hugh lanzó a Mauro, agarró su muñeca derecha con la mano izquierda, plantó la mano derecha sobre el hombro de Mauro, y barrió las piernas de debajo de él. El hombretón se desplomó como un coloso en la arena. La habitación vibró por el impacto. La cabeza de Mauro rebotó en el suelo.
Steinlein avanzó otro pie y se derrumbó, con la mano extendida hacia las barras. Empujé mi brazo a través de la guarda. La magia me quemó, tan intensa que las lágrimas se deslizaron de mis ojos. Apreté los dientes y atravesé la agonía, que seguía extendiéndose.
No podía dejar que Mauro muriera, no el grande, amable y divertido Mauro. Me había cubierto las espaldas, trajo a mi perro golosinas, ayudaba a la gente... Quería que viviera y fuera feliz. Quería que se fuera a casa con su esposa. Le quería tanto. No quería que muriera aquí.
La magia me rasgó el brazo.
Mauro era mi amigo. No podía dejarle morir aquí.
El mundo se fundió en el dolor. Grité.
Algo me apartó. Parpadeé y me di cuenta de que Robert me había agarrado. Mis dedos alcanzaron las llaves manchadas de sangre.
Hugh agarró la espada con ambas manos, la punta hacia abajo, y la clavó en el pecho del enorme hombre, hundiendo todo el peso y el poder de su cuerpo en ella. La gladius se hundió en tres centímetros. Mauro gritó.
Me lancé a la puerta.
"¡No!" Robert tomó medidas drásticas.
Hugh cogió la maza de Ted y la dejó caer sobre el gladius como un martillo. La espada se deslizó en el pecho de Mauro.
Mauro se quedó sin aliento. Su piel palideció, sus tatuajes se desvanecieron. Su cuerpo se estremeció. El caballero dibujó una sola respiración ronca y se quedó inmóvil.
Le había matado. Había matado a Mauro. Se sentía como si se hubiera un agujero en el suelo y me hubiera caído dentro. Había fallado. No era lo suficientemente rápida. Mi amigo estaba muerto y no había nada que pudiera hacer para traerle de vuelta. Ayer por la mañana estaba con vida. Había estado en mi oficina.
Había matado a Mauro. Yo estaba allí y él. . .
No podía respirar. Mi rabia y la pena me estaban ahogando, inundándome.
Oh mi Dios, ¿qué le iba a decir a su esposa?
Hugh se enderezó, gimiendo, escupió sangre, y se agachó delante de Ted. Su rostro era una masa sanguinolenta. Yacían siete personas yacían muertas o moribundasen el suelo. En la esquina Nick miró a todos de la misma manera, impasible.
Hugh contempló la escena y miró la herida abierta en el intestino de Ted.
"Me gustaría hacerlo mejor, más satisfactorio en todo caso. Nos da unos momentos antes de pasar adelante. Tengo un secreto acerca de uno de tus antiguos empleados. "Hugh giró sobre sus pies y puso el brazo alrededor de Ted, moviendo su rostro para que me viera. "Aquél. Ella odia las jaulas, por cierto. Te va a gustar esto. "
Se acercó más a Ted y le susurró al oído. Los ojos de Ted agrandaron.
"La vida está llena de sorpresas, ¿no es así?" Hugh sonrió.
Se enderezó y cerró los ojos. La magia se condensó a su alrededor. Un resplandor azul pálido lamió su hombro. Sus heridas se cerraron. La ariz volvió a su sitio. Se encogió de hombros y se acercó a mi jaula, la sangre goteando de su espada.
"Nunca dura. Mueren demasiado rápido para mí. Dame las llaves, Kate. Diste una buena pelea, pero se acabó ".
"No." Antes hubiera dejado la jaula para luchar contra él y poder salvarles. Ahora no había necesidad. Estaban muertos. Mauro estaba muerto.
"¿Era un amigo?" Hugh miró al cuerpo del inmenso caballero. "Lo siento mucho. Dame las llaves ".
"Voy a matarte", le dije. "Si no lo hago yo, Curran lo hará."
"Es por eso que me gustas. Siempre de la manera difícil. "Hugh giró sobre sus pies, las botas deslizándose en la sangre, y se acercó a Ascanio. "¿Qué tenemos aquí?"
No creía que pudiera asustarme más. Me equivoqué.
Echó un vistazo al cadáver de Steinlein. "Eso sería obra de sus manos. Detesto a los aficionados. El chico es un cambiaformas y un adolescente. Su factor de regeneración está por las nubes. Me refiero a que, de verdad, ¿qué dificultad tiene sanar esto? "
No lo toques. No. . .
Hugh extendió las manos y comenzó a cantar en voz baja. La magia movió, lenta y perezosa al principio, luego más y más rápida, sinuosa alrededor de Hugh y llovió en el cuerpo de Ascanio. Las costillas aplastadas se arrastraron por debajo de la piel del niño, reformándose.
Hugh dejó de cantar. El flujo de la magia se detuvo como si hubiera sido cortada con un cuchillo y casi dejé escapar un sollozo.
Ascanio estaba sobre la mesa, pálido y manchado de sangre. Se veía tan joven. Tan joven, sólo un niño muriéndose lentamente en la mesa de metal.
"Entonces, ¿qué vas a hacer, Kate?"
Hugh tendió la mano y las heridas de Ascanio comenzaron a cerrarse solas. "¿Sí?" Cerró la mano en un puño. La curación se detuvo. "¿O no?"
"No lo hagas." La voz de Robert vibró con urgencia. "No muerda el anzuelo."
"¿Sí?" Fragmentos fracturados de costillas se deslizaron en su lugar.
Ascanio había confiado en mí para mantenerle a salvo. Se lo había prometido a tía B. Lo había prometido en su tumba que iba a cuidar de su pueblo.
"¿O no?" La carne dejó de moverse.
"¿Prefieres que lo haga a la inversa?" Hugh alzó las cejas.
"No." La palabra se escapó antes de que pudiera atraparla.
"¡No!" La voz de Robert chasqueó como un látigo.
Hugh hizo una mueca, su rostro transformándose por el esfuerzo. Los huesos de Ascanio crujieron. Oh Dios.
"Decídete", dijo Hugh. "Porque voy a astillar cada hueso de su cuerpo. Va a ser suave como una muñeca de trapo para cuando termine".
No podía dejar que le hiciera eso a Ascanio. No estaba en mí.
Se sentía como si las palabras me cortaran la boca al salir. "Cúrale y abriré la jaula."
"Es un error", dijo Robert.
Hugh sonrió.
Levanté las llaves. "Te doy mi palabra. Cura al chico y abriré la jaula.
Hugh se volvió a Ascanio y levantó la mano. La magia se construyó a su alrededor como una ola a punto de romper. Un resplandor azul se encendió lentamente alrededor de su cuerpo.
La magia se desplomó sobre el cuerpo de Ascanio en un diluvio. Gritó.
Ted se esforzaba por decir algo. Su gran cuerpo se estremeció. El duro viejo bastardo se negaba a morir.
Hugh no le hizo caso, su magia aún fluyendo de él a Ascanio.
La voz de Ted era ronca, como si un yunque descansara sobre su pecho y no podía aspirar suficiente aire. "Tu. . . misión. . . "
La caja torácica de Ascanio se expandió, los huesos se movieron lentamente hacia el pecho.
". . . está. . . "
Ted se quedó sin aliento. La sangre manaba de su boca. "Cancelada".
¿Qué?
"Con efecto inmediato."
Las piernas de Ted convulsionaron. Agarró el borde de la mesa, sosteniéndose de pie por pura voluntad. "Céntrico, reconoce."
"Reconocido", dijo la voz de Maxine en mi cabeza. Robert miró a su alrededor, sobresaltado. Hugh se detuvo y levantó la cabeza. Todos en la sala la habían escuchado. "Caballero cruzado Nikolas Feldman, se le ordena que se presente para volver a sus tareas regulares."
Solo sabía de un Feldman. Greg, mi tutor fallecido.
La mano de Ted se deslizó. Él se dejó caer al suelo. La sangre brotó de su boca.
Nick dio un paso adelante. Las vides gemelas espinosas salieron disparadas de su cuerpo y golpearon a Hugh en el pecho, haciéndole tropezar. El preceptor de la Orden de los Perros de Hierro voló y se estrelló contra el suelo fuera de la habitación. Nick arrancó un escudo verde de la pared, dejando al descubierto un interruptor y lo accionó. Un rastrillo de metal se deslizó del techo, separando a Hugh del resto de nosotros.
¡Tenían un rastrillo! Casi me atraganté. Muy bien, no sabía que estaba allí; los otros caballeros no podían haberlo sabido tampoco. Pero Ted lo sabía. Podría haber bloqueado a Hugh en cualquier momento.
Hugh se puso de pie y gritó, un grito de pura furia.
Uath bajó corriendo las escaleras. "Nos tenemos que ir."
Hugh apuñaló el rastrillo con la mano. "Quiero romperlo."
"No hay tiempo", dijo.
Se giró hacia ella, con el rostro desencajado.
Uath retrocedió. "Un pelotón de la Guardia Nacional se acerca. Están a menos de una milla ".
"¿Cuántos?"
"Dos escuadrones. Dieciocho soldados y una unidad mágica. Podemos acabar con ellos pero va a tomar mucho tiempo. Para cuando acabemos, la mitad de la ciudad estará sobre nosotros ".
Hugh miró al techo.
"Señor," dijo Uath. "¿Debo tomar una posición defensiva?"
La ira de Hugh implosionó. Su cara se deslizó en una calma glacial. "No. Nos vamos".
Uath corrió escaleras arriba.
Hugh señaló a través de las barras a Nick. "Bien jugado. Tú y yo tenemos algo pendiente. "Se volvió hacia mí. "Al mediodía, vendré a por ti."
Se dio la vuelta y subió las escaleras.
Metí la mano entre los barrotes y abrí la jaula.
Nick se acercó a Ted, se agachó y le tocó el cuello. Su voz temblaba de rabia contenida.
"Bueno, aquí estamos. Tú estás muerto, bastardo de mierda. Dos años de mi vida encubierto. ¿Tienes alguna idea de qué clase de mierda he visto? ¿Sabes las cosas que tuve que hacer? ¿Las cosas que me hicieron? Dos años de recopilación de información, a la espera de una oportunidad para hacer una diferencia. Y me descubriste. Lo tiró todo por la borda para dar testimonio de su guerra santa. "Nick se levantó y pateó a Ted en la cabeza. "Y ahora estás muerto, hijo de puta, y tengo que vivir con todo eso."
Abrí la puerta y corrí hacia Ascanio. Estaba respirando. Las heridas aún estaban abiertas, pero su pecho ya no era un desastre deforme. Me volví a Mauro y busqué el pulso. Por favor. Por favor, por favor, por favor. . .
Ni un escalofrío. Ni una pizca. Mauro estaba muerto. Estaba muerto. ¿Cómo iba a explicárselo a su esposa? ¿Cómo. . . ? ¿Quién iba a cuidar de todos los perros que adoptó. . . ? Estaba más que vivo, hace un minuto. Nunca iría a casa. No era más que un muerto. Me sentí tan vacía, tan desigual, como si mi alma hubiera sido desgarrada en pedazos. Dolía. Tanto.
Cuando la Guardia Nacional entró en la bóveda, estaba sentada junto al cuerpo de Mauro, Robert intentaba ponerse en contacto con la Manada desde el teléfono de la Orden, y Nick estaba pateando el cadáver de Ted Moynohan y gruñendo como un animal rabioso.
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Malu_12 el Dom Sep 21, 2014 5:59 pm

Capítulo 10
Traducido por Malu_12


La NCE MSDU se hizo cargo de la escena, encontraron la petición de la Orden y nos liberaron. La última vez que vi a Nick Feldman, estaba rodeado por soldados. No había cómo llegar a él. Habíamos convencido a la Guardia Nacional para darnos un aventón a una de las oficinas de la Manada. A partir de ahí Robert y yo habíamos cargado a Desandra, Derek, y Ascanio en un vehículo de la Manada y conducimos hacia la Fortaleza. Ninguno de los tres se movió. Ellos todavía respiraban, pero necesitábamos llevarlos con Doolittle.
Entré en la Fortaleza dos horas antes del amanecer, cubierta de sangre seca y cojeando. Mi cara debe haber sido terrible, porque la gente se movía fuera de mi camino. 
La Fortaleza estaba llena. Cada cambiaformas en la ciudad no evacuado había viajado hasta aquí. Barabas bajó corriendo las escaleras.
—¿Curran?—
—Nada aún.
—¿Julie?
—Debería estar en Virginia por ahora.
Me di la vuelta. La Fortaleza se había quedado en silencio a mi alrededor. La gente estaba de pie en los pasillos y las escaleras, esperando. Yo era la consorte. Yo era su alfa.
Mi voz resonó en el repentino silencio. 
—¡Tráiganme a Dorie Davis! ¡Tráiganla a mí viva!
Todo el mundo se movió. La gente corría en todas las direcciones, algunos humanos, algunos peludos. La Fortaleza saltó a la vida.
Detrás de mí Robert rugió:
—¡Necesitamos un médico!
Jim apareció como por arte de magia.
—Tengo que decirte algunas cosas. Vamos arriba.
Marché arriba a una de las salas de conferencias y aterricé en una silla. Antes había estado en un lugar donde el dolor no importaba, pero ahora estaba regresando de nuevo, royéndome.
Todo estaba roto. Jim me siguió.
Treinta minutos después terminé de hablar.
Jim se inclinó hacia adelante y mostró los dientes. 
—Jodido Hugh.
—Sí. Tenía la ventaja, comenzando con nosotros la fiesta de culpa, y lo arruinó atacando a la Orden. Aún así traerá a su gente aquí, pero ahora la ciudad no le va a ayudar.
—Podemos usar eso —dijo Jim. Casi podía ver las ruedas en su cabeza dando vueltas.
—Necesitamos a Dorie Davis.
—La encontraré —prometió Jim—. Podemos trabajar con esto, Kate. El MSDU y el PAD serán neutrales, pero esto acaba de cambiar el juego.
—Maxine llamó a Nick el cruzado Nikolas Feldman —le dije.
—Interesante apellido —dijo Jim.
—¿Está relacionado con Greg Feldman?
—No lo sé —dijo Jim.
—Nick apareció justo después de que Greg fuera asesinado, se involucró en la investigación, y tiene el mismo apellido. Cuando esto termine, necesito que averigues si Greg Feldman tenía un hermano menor o un hijo. —Porque eso sería la cereza en el sangriento helado de las últimas veinticuatro horas. 
—Probablemente un hermano. Greg tenía unos cuarenta años cuando murió —dijo Jim.
—No, Greg lucía de unos cuarenta años. Lució así durante los últimos quince años que lo conocí. ¿A quién envíaste a Carolina del Norte?
—Una unidad con tres renders y nuestros dos mejores rastreadores. Lo van a encontrar, Kate. No te preocupes.
Si no lo hacían, yo lo haría. Buscaría a Curran y no pararía.
—Yo me encargaré desde ahora —dijo Jim—. Rest. Enviaré a Doolittle arriba.
La última vez que lo comprobé, el buen doctor se encontraba todavía en una silla de ruedas. Sería mucho más fácil para mí bajar por las escaleras que para él subirlas. 
—Ahora no. Hay tres personas enfermas en la planta baja. Él estará un poco ocupado de todos modos.
Yo todavía no sabía si iban a vivir o morir.
Jim se levantó y se inclinó sobre la mesa, cerrando la distancia entre él y yo. 
—Te ves como el infierno.
—Gracias. —Me sentía como el infierno. Me sentía como si hubiera caminado a través de él, vadeando a través de la sangre y arrastrando una roca gigante detrás de mí.
—Sube las escaleras, toma una ducha y duerme. Nos sacaste de las arenas movedizas. Tenemos una oportunidad de luchar ahora. Te ganaste una hora de sueño.
Me obligué a pronunciar las palabras. Mi voz era ronca. 
—Toda una hora, ¡oh, chico!
—Una hora, entonces enviaré a Doolittle arriba. Necesito que estés en tu mayor potencial. Ve —dijo Jim—. Te despertaré si el cielo se empieza a caer.
Se fue.
Me senté sola en la silla. Me sentía completamente vacía, como si alguien me hubiera drenado de toda la ansiedad, el miedo y la ira. Todavía estaban allí, hirviendo a fuego lento bajo la superficie, pero el cansancio sobrepasaba todo.
Estaba tan cansada. Dios mío, estaba tan, tan cansada.
Me cubrí la cara y esperé a las lágrimas. Yo había traído todo esto sobre nosotros. Hubiera sucedido finalmente. La Manada había crecido y Roland quería limitar su poder. Pero mi presencia había acelerado el proceso. Había visto cómo había sido sacrificado todo el personal de la Orden de Atlanta. Tenía ganas de llorar sólo para que el dolor sangrara fuera de mí, pero mis ojos estaban secos.
Hubiera dado cualquier cosa por tener parado a Curran en la puerta detrás de mí. Podía imaginármelo haciéndolo. Él caminaría dentro, pondría sus brazos alrededor de mí, y todo sería mejor.
Me quedé mirando la puerta.
Por favor, camina a través de ella. Por favor.
La puerta permaneció cerrada.
Esta no era la forma en que se suponía que debía ser. Cuando nos preparamos para luchar con d'Ambray, siempre supusimos que estaríamos juntos. Queríamos ser un equipo. No me había dado cuenta de lo mucho más fuerte que esa la fe me había hecho y lo mucho que me había inclinado sobre ella hasta que él se había ido. Ahora me sentía como si mi muleta hubiera sido derribada debajo de mí. Bueno, el destino había confirmado una vez más que cuanto más asumes, más la cagas para ti y para mí.
Me eché hacia atrás y apoyé la cabeza sobre el respaldo de la silla. Habían pasado veinticuatro horas desde que había dormido. Mi costado dolía. Mi brazo izquierdo estaba entumecido. Romper la barrera de Hugh me había costado. Me dolían las costillas.
Tan cansada…
La Fortaleza se sostendría contra cualquier cosa que Hugh reuniera. Por supuesto que se sostendría. Aunque Hugh trajera a todos los vampiros de la Nación, se sostendrían.
Tenía que arrastrarme y bajar al tercer piso para ver si Doolittle tenía alguna actualización. Sólo un minuto para descansar y me levantaría…
***
El llano se desplegaba ante mí, lejos en la distancia. Se veía como si un gigante mágico hubiera cortado el mundo a la mitad: el fondo era un vasto campo, las briznas de hierba seca y helada con blanco de nieve, y por encima de ella, sin fin, pintado con el color rosa y naranja de la salida del sol, el cielo se extendía. Una torre colosal se levantó de la hierba, recortada contra el cielo, imposiblemente alta.
El viento agitó mi pelo. Olía a trigo.
Las nubes se batieron encima de la torre.
La ansiedad me ahogaba. Apreté los dientes.
Un hombre se dirigió hacia mí a través de la hierba. Vestía pantalones negros y un suéter pescador de lana gris sin teñir. El hielo crujía bajo sus zapatos. Magia envolvía su rostro. Se emanaba de él, controlado pero demasiado poderosa para ser ocultada, plegada en torno a él en la forma en que un cóndor podría doblar sus alas cuando no está en vuelo.
Una voz rodó a través del campo, levantándose de la hierba muerta. 
—Niña…
Me senté de golpe.
La puerta de la habitación se abrió y Doolittle rodó dentro. Lucía en la forma en que normalmente se veía, un hombre negro en mitad de sus cincuenta, su cabello tocado por el gris, sus ojos inteligentes y amables.
—Le dije a Jim que no te molestara.
—En primer lugar, no es una molestia, es mi trabajo. Y contigo, señorita, es también un desafío. Cada vez que regresas a la Fortaleza me pregunto qué manera nueva y creativa has encontrado para lastimarte. —Doolittle me miró—. A menos que estés dando a entender que la silla es de alguna manera un impedimento para hacer mi trabajo. En ese caso, podría…
—No, no es eso lo que quise decir. Sólo pensé que las escaleras serían un inconveniente.
—Es para eso que tengo pasantes. Me trajeron hasta aquí. Pensé en instalar un palanquín. Algo discreto.
—¿Con seda y terciopelo carmesí?
—Y borlas de oro. —Doolittle avanzó—. Entonces podría ser transportado de una manera acorde a mi vasta experiencia y sabiduría. Quítate la camiseta.
Discutir con Doolittle era como tratar de bloquear la marea. Me quité el suéter que las brujas me habían dado. Ow. Ow. 
—Fueron los guardias, ¿no?
—Para ser justos, te dejaron dormir durante dos horas antes de que se preocuparan y pidieran ayuda.
Me desnudé hasta mi sujetador deportivo.
Doolittle suspiró.
Miré hacia abajo. Todo mi lado izquierdo estaba azul y púrpura. 
—Creo que tengo una costilla rota.
Examinó mi lado, susurrando en voz baja. 
—Yo creo que tienes tres.
Ow.
Ya no podía evitar la pregunta. 
—¿Cómo están?
—Derek y Desandra vivirán —dijo Doolittle—. Perdieron sus dientes, uñas y pelo y tuvieron que recibir varias transfusiones de sangre, pero ahora el veneno está fuera de sus cuerpos. Están débiles, pero no es nada que algunas buenas comidas y un poco de descanso no arreglarán.
—¿Ascanio?
—Está comiendo sopa abajo.
Parpadeé. 
—Me estás tomando el pelo.
—No. Y confía en mí, en este momento tiene problemas mucho más grandes. Su alfa y su madre están ambos en la Fortaleza, así que lo están masticando. Es bastante aterrador. No más preguntas hasta que haya terminado. —Doolittle puso dos dedos en su boca y silbó. La puerta se abrió y Agatha, una de los guardias de Curran y mío, asomó la cabeza en la habitación.
—Rueda mi silla, por favor. Necesito agua, y la Consorte necesita un cambio de ropa limpia.
***
Me puse mi camiseta. Agatha y yo tuvimos una leve discusión sobre el suéter de Evdokia. Yo quería ponérmelo de nuevo y ella señaló que estaba sucio y olía a cosas no naturales y muy nocivas. Llegamos a un acuerdo. Ella lo lavaría y secaría para sacar los trozos de Wendigo y luego me lo pondría de nuevo. Las brujas me dijeron que debía usarlo. No veía ninguna razón para no hacerlo. Mi costado aún dolía, pero el dolor había disminuido a uno sordo. Me senté al lado de Doolittle. Agatha nos había traído un té helado con miel. Los guardias habían hecho el té, así una vez que estuviera a salvo caería dormida inmediatamente después del tratamiento médico. Doolittle tenía la mala costumbre de meter en los tés que hacía sedantes. Según él, lo salvaba de discutir con los casos difíciles acerca de tomar su descanso prescrito.
Nos bebimos el té. Esta era la calma antes de la tormenta, y le daba la bienvenida. Era egoísta, pero había algo en la presencia de Doolittle que me tranquilizaba.
—¿Quién curó a Ascanio? —preguntó en voz baja Doolittle.
—Hugh d'Ambray.
—¿El mismo hombre que me sanó cuando me rompí el cuello?
—Sí. —La lesión había dejado las piernas de Doolittle paralizadas, pero sin Hugh él hubiera muerto. Nunca supe por qué Hugh lo hizo. Él me preguntó si quería que Doolittle viviera, le dije que sí y él sacó a Doolittle del borde del abismo de la muerte.
Doolittle frunció el ceño y bebió su té. 
—Ascanio está siete libras más ligero que su último pesaje, que fue hace menos de una semana. Hugh no sólo reparó sus huesos. Forzó al cuerpo de Ascanio a absorber su matriz ósea y construir tejidos totalmente nuevos.
—¿Podrías tú hacer eso?
—Sí, pero me llevaría horas. Posiblemente días. ¿Cuánto tiempo dijiste que trabajó en él? 
—Tal vez seis o siete minutos.
El rostro de Doolittle se puso serio. 
—Te voy a mostrar algo.
Miró hacia abajo. Miré hacia abajo también, a sus pies con calcetines blancos.
Doolittle cerró los dedos de sus pies. Parpadeé para asegurarme de que no estaba viendo cosas. No, él estaba cerrando sus dedos de los pies.
—Estás mejorando. —El alivio se apoderó de mí. Me estaba ahogando en el dolor y no tenía defensas contra ello.
—Parece que sí. Es posible que dentro de unos años pueda incluso caminar de nuevo.
Lo abracé.
Él me devolvió el abrazo con suavidad.
Algo caliente y húmedo se deslizó sobre mis mejillas. Me di cuenta de que estaba llorando.
—Oh no —murmuró Doolittle y acarició mi cabello—. No, no, nada de eso ahora. Si haces eso, me romperé y estoy muy viejo para eso.
Lo dejé ir y me senté. Se aclaró la garganta.
—Esta silla, Kate, no es una mala cosa.
—Pero no puedes caminar.
Él levantó la mano. 
—Escúchame. Antes de esta lesión, nunca había estado gravemente enfermo. Soy un médico que entiende lo que se siente estar enferma, pero nunca había sentido personalmente el impacto de una enfermedad que amenazara mi vida o experimentado una lesión importante. Esta silla me hizo un mejor médico. Me ha dado una nueva perspectiva. Dime, cuando me ves rodando hacia ti en la sala, ¿me ves a mí o a la silla?
—Te veo a ti. —Por supuesto que lo veía. Él era todavía Doolittle.
Sonrió. 
—Ese es mi punto exactamente. He llegado a creer que la palabra “discapacitado” es un nombre inapropiado. “Discapacitado” implica que estás roto más allá de uso. Ya no eres funcional. Yo soy bastante funcional. Puede que ya no participe en las operaciones de campo, pero soy un mejor maestro ahora. Requiero arreglos adicionales para subir un tramo de escaleras, pero me detengo a oler las rosas proverbiales más a menudo. Tengo la suerte de tener el control de mi intestino, y aunque mi vejiga requiere el uso ocasional de un catéter, me niego a ser definido por lo que funcione bien o no de mi cuerpo. Francamente, soy más que la suma de mis partes físicas. He llegado a un acuerdo con mi nueva vida y he logrado la felicidad personal. Si me recuperaré o no palidece en comparación. ¿Eso tiene sentido?
—Así es.
Le serví más té y me serví un poco.
—Debería haber muerto —dijo—. No tengo ninguna experiencia previa con esta lesión específica en la que basar mi juicio, así que no sé si esta recuperación parcial viene porque el Lyc-V está reparando mi cuerpo o si es el resultado de lo que hizo Hugh, un residual prolongado de su curación. Creo que cada vez que la ola mágica llega, me curo un poco más, pero no es algo que pueda medir. Ascanio debería estar muerto también.
—Pero él no lo está. —Todavía no lo podía creer. Tan pronto como tuviera un minuto libre, iría a la sala de medicina y golpearía la mierda de Ascanio por sus actos heroicos con el Wendigo. Suponiendo que quedara algo de él después de que Andrea y Martina terminaran. Tal vez estaba soñando. Tal vez todo esto era sólo una ilusión.
—Es notable —dijo Doolittle.
—¿Hugh?
—Sí. Soy un potente medimago, pero él es realmente talentoso. —Doolittle me miró—. Él es un hacedor de milagros.
—A veces. Sobre todo es un carnicero.
—Estoy tratando de entender por qué.
Suspiré. 
—Voron, mi padre adoptivo, encontró a Hugh en las calles de Inglaterra. Hugh tenía siete años. Su madre murió cuando él tenía cuatro años y de alguna manera terminó mendigando en vez de ser enviado al sistema. Las personas sin hogar le daban de comer porque podía curarlos. Cuando Voron lo encontró, estaba en el límite de lo salvaje.
>>Voron llevó al niño a Roland, quien determinó que Hugh tenía una enorme reserva de magia a su disposición. Su poder en bruto es asombroso, y Roland vio una oportunidad. En ese momento Voron servía como señor de la guerra de Roland, pero Roland sabía que necesitaría un reemplazo. Voron no tenía ningún poder mágico. Él era un supremo espadachín y estratega, pero su tiempo había terminado. La magia fue volviéndose más y más fuerte y Roland se dio cuenta de que necesitaba a alguien que pudiera utilizarla. Hugh estaba en el lugar correcto en el momento adecuado. Roland se lo dio a Voron y mi padre adoptivo le forjó en un general de la manera en que uno forja una espada. Él hizo un excelente trabajo y así es como Hugh se convirtió en el encantador psicópata que todos conocemos y queremos matar.
Los ojos de Doolittle se agrandaron. 
—Podría haber sido cualquier cosa. Podría haber salvado a miles durante toda su vida. La cantidad de bien que podría haber hecho. ¿Qué clase de mente retorcida vería en ese niño milagroso y lo convertiría en un asesino?
—Así es como funciona Roland. Él ve el potencial oculto en la gente. 
Doolittle retrocedió. 
—Eso no es posible.
—Sí, lo es. Hugh disfruta de lo que hace. Es terriblemente bueno en eso.
Doolittle negó con la cabeza.
Me levanté. 
—Mira por la ventana.
Doolittle rodó su silla hasta la ventana y miró hacia el patio por un momento.
—¿Qué ves?
—Gente que trabaja.
Me volví hacia la ventana, miré hacia abajo brevemente, y luego me volví de espaldas a él. 
—Torre izquierda, cuatro personas, dos hombres en la parte superior trabajando en el escorpión, una mujer en la ventana del segundo piso con una ballesta, un hombre en el balcón. Patio de izquierda a derecha: dos mujeres en la esquina izquierda trabajando en un Jeep; Jim, hablando con Yolanda y Colin, que son sus seguidores; un hombre y dos jóvenes con las vigas, probablemente reforzando la puerta. El hombre tiene una lesión en la rodilla y favorece su pierna izquierda.
—Tres adolescentes —dijo Doolittle—. Uno atrapado mientras hablas.
—Así es como me formé. Es parte del conjunto de habilidades que necesitaba para sobrevivir. Esto es lo que hago. Si tuviera que hacerlo, podría pasar por aquel patio con una espada y cortar mi camino a través de ellos. Me costaría, pero al final los mataría o mutilaría a todos ellos y en algún nivel profundo lo disfrutaría, porque estaría haciendo lo que se me da bien, para lo que he sido entrenada. Hugh es como yo. Tú le miras y ves al niño especial que fue desviado de su camino. Yo lo miro y veo a un hombre que se deleita con lo que hace. Hugh podría haber curado a miles, pero él nunca habría sido tan feliz como cuando mató a los caballeros de la Orden en su propia sala de capturas.
—No siempre se trata de la propia felicidad personal. A veces tiene que ser sobre la obligación que tenemos con los demás. La obligación de devolver el regalo que te dieron.
—¿Es por eso que te convertiste en médico?
Doolittle suspiró. 
—Yo ya era médico, uno muy nuevo pero aún así un médico, cuando me di cuenta que tenía la magia médica. Llegó junto con el cambio de forma. Esto último me lo había guardado para mí. No estaba seguro de qué pensar ni cómo manejarlo. En ese momento, la magia médica era nueva, y tener a alguien con la capacidad de eso y a su vez conocimientos médicos era muy raro. Yo era uno de los dos médicos con habilidades medimagas en nuestra clase graduada. El padre de Jim, Eric Shrapshire, era el otro. Los dos nos encontrábamos en una posición delicada. Había mucha presión para entrar en la investigación. Ambos recibimos ofertas de estar en privados, atendiendo a una sola familia en régimen de exclusividad. Muchas de las ofertas eran muy lucrativas y yo estaba considerando seriamente algunas de ellas.
—Así que ¿por qué no las tomaste?
—Una noche, Eric me llamó y me dijo que había tomado una decisión. Había visto un documental sobre lupismo. Le afectó profundamente y se dio cuenta de que esa era su vocación. En el caos de la Atlanta post cambio, se dio cuenta de que los cambiaformas, con su regeneración y resistencia a las enfermedades, serían pasados por alto. La atención de la comunidad médica se centraría en las enfermedades humanas, porque los seres humanos regulares serían los más vulnerables. La gente normal vería a los cambiaformas como monstruos, y los monstruos serían los últimos en la lista, no importa lo mucho que necesitaran ayuda. Él sentía que podía hacer una diferencia real, trabajando para ayudar a los cambiaformas. —Doolittle me miró—. Él no sabía que yo era uno de los monstruos. Veía a gente necesitada siendo descuidada y eligió ayudarla. Sentía que era su deber mientras yo estaba tratando egoístamente de seleccionar la mejor combinación de beneficios y dinero. En ese momento, decidí que no podía hacer menos.
El padre de Jim había muerto por lo que creía. Un día fue llevada a una niña que se había convertido en lupo y cometido múltiples asesinatos. A pesar de eso, él la había escondido en lugar practicarle una eutanasia, tal como lo exige la ley. El crimen fue descubierto, él fue declarado culpable, y en la primera semana de su sentencia en la cárcel, otro preso lo apuñaló hasta la muerte. Años más tarde, Jim había localizado al asesino de su padre y le hizo pagar.
—Me había unido a la manada —dijo Doolittle—. Tomé un nuevo nombre. Beatriz, la tía B, me había avalado. Ella y mi esposa eran las mejores amigas.
—No sabía que estabas casado.
—Ella murió hace mucho tiempo. En otra vida.
—Si no te hubieras convertido en el médico monstruo, ¿aún practicarías la medicina? —le pregunté.
—Sí.
—Hugh y yo aún practicaríamos el asesinato. Somos dos caras de una misma moneda.
—Exactamente —dijo Doolittle—. Los lados opuestos. ¿Por qué elegiste trabajar para el Gremio? 
—En parte debido a que así estaba escondida a plena vista.
—¿Y?
Era mi turno de suspirar. 
—Porque quería ser feliz con lo que había hecho con mi vida. Hice algunas cosas cuando era una niña. No me culpo por ellas. Las hice porque el adulto en mi vida me llevó a hacerlas y me elogió cuando lo logré. Pero cuando crecí, mirar hacia atrás a lo que había hecho lo ponían a la vista. Quería ayudar a alguien por un cambio. El Gremio me dejaba elegir qué trabajos tomaba, y llegué a ser “la buena”, aunque fuera sólo por un rato.
—Y esa es la diferencia crucial entre tú y Hugh. Él es un agresor, y tú eres el protector. —Doolittle se inclinó hacia delante—. Podrías haber sido una asesina a sueldo o el arma privada de alguien. En su lugar optaste por proteger a todos a tu alrededor. Es tan natural como respirar para ti y yo egoístamente me cuento como alguien muy afortunado por beneficiarme de eso, incluso si esas ganas a veces te llevan demasiado lejos. 
La forma en que dijo “demasiado lejos” me lanzó de vuelta a unos meses atrás, después de que Hugh lo hubiera sanado. Me agaché para que estuviéramos al mismo nivel. Esto tenía que ser dicho. Simplemente no sabía cómo decirlo. Decidí simplemente pasar por ello. 
—No tienes de qué preocuparte. Sé cómo te sientes acerca de mi marca de magia en particular. Espero que nunca se llegue a eso, pero si lo hace, no te traeré de vuelta de la muerte como lo hice con Julie.
Lo que yo le había hecho a Julie no era curación. Ella no lo sabía, pero la hacía incapaz de rechazar una orden directa de mí. Recordé el miedo en los ojos de Doolittle cuando recuperó la conciencia y pensó que le había quitado su libre albedrío con mi magia. A veces soñaba con eso, también.
Doolittle se congeló por un doloroso segundo. Su voz era baja. 
—¿Fui tan fácil de leer?
—Acababas de regresar de la muerte —le dije.
—Quise decir esto sin ofender. Cuando hablé acerca de ir demasiado lejos, me refería a que tu deseo de proteger a veces termina contigo herida. Te metes mucho en eso. Pero también podríamos sacar esto a la luz. Aprecio todo lo que estás dispuesta a hacer, pero no voy a vivir como esclavo de nadie. Mi familia ha sido legalmente libre desde 1865 y no voy a renunciar a mi libertad no importa cuán benevolente sea el maestro que conseguiría. Preferiría estar muerto.
—Lo entiendo —le dije.
Nos sentamos en silencio durante unos largos momentos.
Doolittle se acercó y me tocó la mano. 
—Tu marca de magia es…
—¿Malvada?
—Iba a decir aterradora. No te tengo miedo. No temo quien quieres ser. Le tengo miedo a lo que podrías llegar a ser, a pesar de ti misma. Pero no tienes que ser definida por tu magia o los temores de un anciano. Hay una buena palabra para el tipo de persona que eres, honorable. Puede que sea anticuada, pero encaja. Me alegro de tener el privilegio de conocerte.
Forcé una sonrisa. 
—¿Incluso si no sigo tus prescripciones y tienes que drogarme con tu té helado para mantenerme fuera de mis pies?
Doolittle sonrió. 
—Aún así. Hablando de prescripciones, deberías estar fuera de tus pies durante todo el tiempo que puedas.
—Por supuesto. —Caminé hacia adelante—. Te abriré la puerta. 
Doolittle gruñó. 
—Por lo menos ten la decencia de esperar para ignorarme hasta que me vaya.
—Ehh, lo siento. —Mantuve la puerta abierta para él.
—Mi vida sería mucho más fácil sin tantos casos difíciles en ella —se quejó.
—Tú nos amas, Doc. Sabes que lo haces. Te mantenemos ocupado. Sin nosotros, imagina el tipo de problemas a los que te conducirían tus manos ociosas.

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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por iseult el Lun Sep 22, 2014 6:35 am

Muchas gracias Eli
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Sean SIMPATICOS soy nueva :)

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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Lun Sep 22, 2014 2:11 pm

Capítulo 11

Trad: Marijf22
 
Fui a mi habitación, me di una ducha, y me tumbé en el sofá ridículamente grande en nuestra sala de estar. Las instalaciones de Curran estaban dimensionadas según su forma de bestia. La cama, la bañera, los sofás, todo había sido construido para dar cabida a una enorme león prehistórico. Pero durante todo nuestro tiempo, juntos, nunca había visto realmente que usara el sofá como un león. En los raros días cuando trotaba en nuestras habitaciones en su pelaje, por lo general se recostaba en la bañera o yacía en el suelo, y yo generalmente terminaba en el suelo con él, apoyada contra su costado y leyendo un libro. Tal vez era el principio de la cosa.
Le echaba de menos. Todavía no había información sobre si estaba vivo o muerto.
Miré el reloj. Ocho y cuarenta y cinco a.m. Tres horas y quince minutos hasta la fecha límite de Hugh.


Deberían de haber encontrado a Curran para ahora.
Yo despedazaría a Hugh. Le borraría esa sonrisa satisfecha de su cara. Él no tendría una cara una vez que hubiera terminado.

Pero tenía que esperar. Esperar a Doble D, esperar al próximo movimiento de Hugh, esperar a que Curran fuera encontrado. Joder, odiaba esperar.


Me obligué a levantarme del sofá. Tenía que vestirme y ser vista. Con Curran desaparecido, la Manada me buscaría. La Nación se movería pronto sobre nosotros. Tenía que comprobar nuestras defensas y contestar preguntas del Consejo de la Manada. Tenía que ver como estaban Derek, Desandra, y Ascanio.


Llamaron a mi puerta.


—Adelante.


Andrea entró, con su rostro rígido.


—¿Estás bien?


—Estoy bien.


—Vine dos veces más temprano y tus matones no me dejaron entrar. —Andrea aterrizó en una silla—. No he sabido nada de Raphael.


Ella sabía que yo preguntaría.


—¿Se sabe algo de Curran?


Negué con la cabeza.


—Tengo algo que decirte y no te gustará.


Le expliqué lo de Nick y la masacre en la sala capitular.

El rostro de Andrea se puso blanco. Trabó sus manos en un puño e inclinó la cabeza hacia éste.
Sus dedos se volvieron pálidos por la presión.

—¿Todos ellos murieron?


Asentí con la cabeza.


—¿Y Mauro?


—Sí.


—¿Estás bien? —preguntó Andrea.


—Estoy estupendo. —Mi voz sonó frágil y amarga.


—Pensé que algo podría pasar con La Orden, pero no esto —dijo—. No algo tan malo.


—¿Pensaste que algo malo pasaría?


Ella hizo una mueca como si hubiera mordido un limón podrido.


—Después de que Erra casi se apoderó del edificio en Atlanta, Ted cayó en desgracia.


—¿Has estado vigilando?


—Oh, sí. Siempre mantengo vigilancia sobre personas que posiblemente tenga que matar.


Sonaba igual que la tía B.


—Moynohan nunca fue uno de los mejores caballeros protectores, pero él había estado con la Orden desde el principio.


—Un caballero fundador, lo sé. Mauro me lo dijo. —Andrea se recostó—. Empecé a adivinar en qué dirección soplaba el viento cuando me enteré de que él había negado reiteradamente los esfuerzos para aumentar el tamaño del edificio.


—¿Por qué? —Nunca había entendido por qué una ciudad del tamaño de Atlanta tenía sólo siete caballeros asignados a ella.


—Debido a que un edificio con diez miembros o más requiere de un caballero-adivino —dijo Andrea.


Un caballero-adivino funcionaba como capellán en las unidades regulares del Ejército. Greg Feldman, mi tutor ahora fallecido, había sido uno. Manejaba cualquier asunto personal que los otros caballeros pudieran lanzarle, y ellos le arrojaban unos cuantos.


—Hablé con un par de los nuevos caballeros que habían sido transferidos —continuó Andrea—. Ted no era tímido en cuanto a tergiversar las reglas para llegar a donde debía, y él quería un grupo de caballeros lo suficientemente leales para torcer las reglas con él. Un caballero-adivino habría disminuido su autoridad. Esa es una de las razones por las que te dejó entrar, por cierto. Te vio como un don nadie con un talento y un chip en tu hombro después de que tu guardián muriera. Pensó que si él te daba tu gran oportunidad, pasarías el resto de tu vida dándole las gracias por ello.


Bueno, mira si él no había recibido una sorpresa.


—Apuesto a que él abrió una botella cuando Greg murió.


—Probablemente. —Andrea suspiró—. Nunca pensé que se iba a retirar. Su ego era demasiado grande. Él querría irse con un resplandor de gloria. Bueno, lo hizo, el idiota. Consiguió su último hurra. Gente murió por eso. Dios, pobre Nick. Debió de haber pasado por un infierno y Ted simplemente le quemó. Esos son años desechados. Le debería de haber matado.


—Él estaba pateando su cadáver la última vez que lo vi.


Andrea hizo una mueca.


—La Orden no nos va a ayudar, ¿verdad? —pregunté.


Ella me miró de frente.


—No.


Mierda.


—Eso es lo que pensé. —A La Orden no le caía bien ni la Manada ni La Nación. No tenía ninguna
razón para interponerse entre ambas. Ellos se acercarían, investigarían, y cazarían a Hugh como un perro rabioso, pero contar con que ellos intervinieran en nuestro beneficio ahora era inútil. Incluso si estuvieran dispuestos a ayudar, no llegarían a tiempo o en un número suficiente para hacer una diferencia.


—¿Qué vas a hacer? —preguntó Andrea.


—No lo sé. Pregúntamelo después de que recuperemos a Doble D.


Ella levantó la cabeza.


—Sea lo que sea, el Clan Bouda te respaldará.


—Gracias. —Al menos mi mejor amiga todavía seguía en mi esquina.


—Gracias por salvar a Ascanio —dijo ella.


—No lo hice.


—Sí, lo hiciste. —Andrea me miró—. Debería haber ido al Cónclave contigo.


—Tú fuiste la última vez.


—Me necesitabas para cuidar tu espalda. —Suspiró—. Sarah consiguió ser arrestada en Carolina del Sur, y yo fui allí personalmente para sacarla. Debería haber simplemente enviado a un abogado de la Manada, pero fui yo misma porque senía que la tía B me miraba por encima de mi hombro. Siento que tengo que estar en todas partes y hacer todo. Nunca pensé que diría esto, pero la echo de menos. Desearía que ella estuviera aquí.


—Conozco la sensación.


Andrea vaciló, abrió la boca, y la cerró sin decir una palabra.


—¿Qué sucede?


—Estoy embarazada.


Cerré mi boca con un clic.


—¡Felicitaciones!


Ella me miró fijamente y extendió los brazos como si quisiera decir: “Ahí lo tienes.”


—¿Cómo estás? ¿De cuánto tiempo?


—Cuatro semanas. Aún no estoy con nauseas. Tuve un presentimiento, así que lo comprobé.


—¿Estás bien?


Se inclinó hacia delante, su voz apenas fue un susurro.


—Estoy muy asustada.


No tenía ni idea de qué decir. Yo también estaría asustada.


—¿Le dijiste a Doolittle?


—Todavía no.


—Tienes que decírselo a Doolittle. Necesitas tomar panacea. —Y yo estaba bastante segura de que ni ella ni yo sabíamos cuánto debía tomar—. ¿Raphael lo sabe?


Ella negó con la cabeza.


—Me hice la prueba ayer.


Oh mierda. Todavía no sabíamos si Curran y Rafael seguían aún con vida.


—Yo sé exactamente cómo se sintió Jennifer cuando Daniel murió —dijo Andrea—. Raphael ni siquiera quería ir. Él estaba tratando de ganar una oferta de algún edificio para el negocio, y yo le dije: “Ve, cariño. Somos los nuevos alfas flamantes y esto nos hará lucir bien”.


—Ellos estarán bien —le dije.


—Por supuesto que van a estar bien.


Nos miramos la una a la otra e hicimos un esfuerzo silencioso para creer nuestra propia mierda.


• • •


Andrea se fue y me obligué a bajar hasta la sala médica. Desandra y Derek habían sido tratados, les dieron una cena, y ambos estaban dormidos.


Una de las enfermeras de Doolittle me dijo que la madre de Ascanio estaba con él. Ellos probablemente necesitaban un momento de intimidad, así que me fui al pasillo de observación en su lugar. Tenuemente iluminado y estrecho, corría a lo largo de las habitaciones de los pacientes individuales, ofreciendo una ventana de un solo sentido en cada una. Sean, un enfermero en entrenamiento, asintió con la cabeza hacia mí de donde estaba encaramado sobre una almohada en la esquina. Una unidad de cuidados intensivos para cambia-formas significaba que los pacientes podrían volverse loup(1) en cualquier minuto. Las habitaciones eran reforzadas y alguien mantenía un ojo sobre ellos 24/7(2) hasta que pasara el peligro.


Ascanio yacía debajo de las sábanas. Su color casi había vuelto a la normalidad. Su madre estaba sentada junto a su cama leyéndole un libro. Él dijo algo. A juzgar por su sonrisa, pensó que era divertido. Su madre suspiró.


La puerta se abrió y Robert se unió a mí.


—Se está recuperando —dijo la rata alfa.


—Sí.


Robert miró a Sean.


—¿Te importaría darnos un minuto?


Sean se levantó y salió de la habitación.


—Hablé con mi marido —dijo Robert.


—Esto suena siniestro.


—Me caes muy bien —dijo—. Él respeta y valora mi opinión de ti.


—¿Pero? —Siempre había un "pero" adjunto.


Robert miró al techo por un largo momento.


—Estoy tratando de encontrar la manera correcta de decir esto.


—Adelante, me prepararé a mí misma.


—Si se confirma la muerte de Curran, se planteará la cuestión de que mantengas el liderazgo. Es posible que haya un voto de censura.


Bueno, eso no demoró mucho tiempo.


—¿Has oído algo?


—Sí.


Eso salió de la nada. Supongo que había sido demasiado complaciente y esta era mi llamada de atención. No tenía planes para liderar a la Manada sin Curran, pero aún dolía. Yo había luchado duro por ellos, y pensaba que me había ganado el respeto de la Manada. ¿Qué más necesitaban de mí?


Robert frunció el ceño.


—Yo podría ser interrogado sobre mi experiencia durante la noche anterior. Tengo la intención de contestar con la verdad. Me doy cuenta de que no es el mejor momento, pero no quiero que te sientas apuñalada por la espalda.


—¿Hubo algo malo con mi conducta anoche?


Robert encontró con mi mirada.


—A la gente le gusta asignar a sus líderes cualidades nobles. La generosidad, la bondad, el altruismo. La dura verdad de eso, es que los mejores líderes son despiadados. Curran es despiadado. Mientras haya una posibilidad de que él esté vivo, te apoyaremos. Nos gustan como pareja. Ustedes se equilibran entre sí.


—¿Así que no crees que yo sea lo suficientemente despiadada?


Robert asintió en dirección a Ascanio.


—Me gusta el chico. Es inteligente y valiente. Divertido. Pero cuando Hugh estaba jugando con su vida, le habría dejado morir.


Me volví hacia él.


—Yo le habría llorado junto con su madre —dijo Robert—. Me habría sentido horrible y triste. Pero habría dejado que d'Ambray lo matara. No es más que uno de los niños de la Manada. Tú eres la Consorte. Si hubieras permitido que d'Ambray te tomara, nosotros habríamos estado sin líder. Yo tendría que ir donde la Manada con la noticia de que d'Ambray te había capturado, y ellos habrían marchado hacia el Casino ya sea salvarte o a tomar represalias. Sería un baño de sangre. Así de doloroso como es, yo habría dejado morir a Ascanio.


—Yo no puedo hacer eso. —Yo no quería liderar, pero ahora lo estaba haciendo y esa era la única manera que conocía.


—Lo sé —dijo Robert—. Creo que va en contra de tu naturaleza. Te hace ser una mejor persona que otros. Eso es lo que estoy tratando de decir. Nosotros, los alfas, no siempre somos buenas personas. Tratamos de serlo, pero hay momentos en los que no hay buenas opciones. Si mi clan estuviera huyendo de un enemigo, yo me sacrificaría por el bien de ellos en un santiamén. Pero si estuvieran escapando hacia una puerta que únicamente yo supiera cómo abrir, correría delante de ellos, incluso si eso significara que algunos que están detrás de mí pudieran caer. Pensamos en números, no en individuos.


Yo no sé lo que haría. Dependía de quién estaba detrás de mí.


—Salvaste a Ascanio —dijo Robert—. Pero ahora Roland y d'Ambray saben que tienes una debilidad y la usarán contra ti. Tomarán a alguien que amas y amenazarán con matarlos, porque saben que no serás capaz de dejar pasar ese cebo. Tienes que prepararte para sacrificar a tus amigos.


Si tuviera que hacerlo todo de nuevo, habría hecho lo mismo.


—Yo estaré contigo todo el tiempo que pueda —dijo Robert—. Pero si me preguntan sobre lo que pasó en la sala capitular de la Orden, le diré al Consejo de la Manada mi opinión sobre ello. No importa cómo lo exprese, todos ellos lo verán bajo la misma luz que Thomas y yo lo hacemos. Lo siento.


—No hay necesidad de disculparse. —Lo miré—. Te respeto como luchador y como un alfa. Sin ti, no habríamos sobrevivido a la noche. Si alguna vez necesitas ayuda, yo te ayudaré. Es posible que desees hacerle saber al Consejo de la Manada que pueden llamar a tantos votos como quieran cuando este lío haya terminado. Sin embargo, si alguno de ellos hace algo para hacer fracasar mis esfuerzos de salvar a nuestro pueblo iniciando algún tipo de voto de censura mientras yo estoy tratando de evitar esta guerra, los confinaré a sus instalaciones. Estoy bastante cansada de ser juzgada a cada paso, y mi paciencia es corta.


Robert asintió.


—Sí, Consorte.


Él se fue. Me apoyé contra la pared. Justo lo que necesitaba. No le había mostrado a Hugh cualquier grieta en mi armadura. Ya los conocía; él me había descifrado el verano pasado. Ahora la Manada también las conocía.


El Consejo de la Manada tendría un día de campo sobre ello cuando esto hubiera terminado.

Eso estaba bien. Le fallé a Mauro. Pero Ascanio, Derek, y Desandra sobrevivieron.
Estaba empezando a pensar en números. Bueno, ¿eso no era triste?

La puerta se abrió y Jim apareció en la puerta.


—Encontramos a Doble D.


• • •


Caminé rápidamente por los pasillos, casi corriendo.


—¿Dónde la encontraste?


—Ella estaba escondida en la casa de su prima, en el ático —dijo Jim.


—¿Has llamado a los alfas?


—Sí.


—¿A las ratas, también?


Él se erizó.


—¿Qué pasa con las ratas?


—Ellos piensan que estás ocultando información de ellos.


—Escondo información de todo el mundo. ¿Piensan que son especiales?


Entré en la sala del Consejo de la Manada. Una gran mesa dominaba el espacio, y lo que se podía reunir del Consejo de la Manada ocupaba las sillas: Robert y Thomas Ionesco; Marta, la hembra alfa del Clan Pesado; los betas del Clan Ligero, la hembra alfa de los chacales, Andrea del Clan Bouda y Desandra, pálida y calva.


—¿Dónde está el alfa de los lobos?


George, la hija de Mahon, levantó la vista desde su lugar en un pequeño escritorio.


—Ella se negó a asistir. Ella envía sus disculpas. —Señaló a Desandra—. Ella es todo lo que pudimos gorronear a corto plazo.


—Sí —dijo Desandra, su voz irónica—. Soy una alfa sustituta.


Bueno, por supuesto. Debido a que esta reunión no terminaría bien para Double D, y Jennifer no quería lidiar con las consecuencias. Cuando los lobos lanzaban un ataque y exigían saber por qué uno de los suyos fue enviado a La Nación, ella les diría que no tenía nada que ver con eso. Que era todo culpa de Desandra.

Maravilloso.

—¿Pensé que tus dientes se habían caído?


—Así fue. —Desandra desnudó un nuevo conjunto fuerte en mi dirección—. Me enteré de que iba a venir a esta reunión y me crecieron por su cuenta.


Alguien estaba enojada.


Me acerqué a la cabecera de la mesa y me senté en mi silla, tratando de ignorar valientemente el hecho de que la silla de Curran estaba vacía a mi lado. Si permitía que incluso un poco de mi ansiedad se mostrara, perdería el Consejo de la Manada. Ellos comenzarían a discutir y no llegaríamos a una decisión.


—Tráiganla, por favor —dije.


La puerta se abrió y Barabas condujo a Dorie Davis al interior. No se veía como una mamacita. Tampoco se veía como una prostituta cualquiera. Se veía perfectamente normal. Una mujer de unos treinta años, con una cara redonda, ojos azules, y una melena rubia larga hasta los hombros. No muy atlético, no demasiado curvilínea. Delicada. El tipo de mujer que probablemente vivía en los suburbios, hacía almuerzos escolares para sus hijos, y se consentía con una copa de vino por la tarde.


Barabas se aclaró la garganta.


—Adelante —le dije.


Se volvió hacia Dorie.


—Antes de empezar, es necesario que conozcas tus derechos. Aquí todo el mundo es o bien un alfa, o un representante de alfa, o un miembro del departamento legal. De acuerdo con la ley estatal, ningún alfa puede ser obligado a declarar contra un miembro de su manada. El estado de Georgia no tiene jurisdicción en esta habitación. Nada revelado aquí puede ser usado en tu contra en un tribunal de justicia.


Pero podría ser usado en contra de ella en el nuestro.


—Dime lo que pasó anoche —le dije.


Dorie suspiró, su rostro derrotado.


—Me encontré con Mulradin en el Fox Den.


—¿Era un cliente habitual? —preguntó Robert.


—Sí, por los últimos diez meses. Él pagaba bien. Tuvimos sexo. Él se estaba preparando para la segunda ronda cuando alguien irrumpió por la puerta. Había seis de ellos y tenían escopetas. Yo estaba en mi forma de lobo con un collar y encadenada a la pared. Uno de ellos disparó contra la pared y me mostraron el resto de las balas. Eran de plata. El grande con el pelo oscuro me dijo que iban a hacer turnos de tiro en mí. Él dijo que no iba a morir de inmediato. Él dijo que seguirían disparando hasta que hiciera lo que ellos querían que hiciera.


—¿Intentaste escapar? —le pregunté.


—Ellos estaban apuntándome con escopetas.


Lo tomé como un no.


—Describe al 'grande' para mí.


—De unos treinta años, más de metro ochenta de altura. En muy buen estado físico. Musculoso. Con pelo oscuro. Ojos azules.


Hugh.


—¿Qué pasó entonces?


—Me dijo que tenía que matar a Mulradin. Si yo lo despedazaba, ellos me dejarían ir.


Ella se detuvo.


—¿Entonces?


—Entonces lo hice. —Su voz fue plana—. Gritó mucho. Fue horrible. Luego me quitaron el collar y salí huyendo.


Así de simple. Ningún gran misterio. Hugh la había sostenido a punta de pistola para que pudiera fabricar todo este incidente.


—¿A dónde fuiste? —le pregunté.


—A la casa de mi prima. Ella me debía algo de dinero, y yo sabía que me escondería.


—¿No se lo notificaste a tu clan o a tu alfa? —La beta del Clan Ligero preguntó.


—No.


—¿Por qué no?


Dorie suspiró de nuevo.


—¿Por qué no, por qué no? Porque no quería ser arrestada. No quería ir a la cárcel. Yo sólo quería olvidar todo. Quería recuperar mi vida.


—Estoy segura que también Mulradin —dije—. ¿Alguien te vio salir de la escena del crimen?


—No.


Miré a Jim.


—No tenemos testigos y Hugh trasladó el cuerpo de la escena original. —Un buen abogado defensor podría hacer maravillas argumentando que cualquier evidencia encontrada en el cuerpo estaba contaminada.


—¿Estás pensando en rendirte? —Las cejas de Jim se elevaron un tercio de centímetro.


Yo estaba pensando que quería evitar la muerte de Dorie y enviar su cabeza en una pica.


—Ellos lo filmaron —dijo Dorie.


Me volví hacia ella.


—¿Qué?


—Ellos filmaron —dijo—. Mientras yo lo mataba.


Hugh había hecho una película casera. ¿Por qué no me sorprendía?


—Esto altera las cosas —dijo Thomas Ionesco.


Asentí con la cabeza a Juan, una de las personas de Jim que estaba de pie junto a la puerta.


—Ponla bajo vigilancia, por favor. Asegúrate de que es vigilada.


Él la tomó del brazo.


—¿Qué será de mí? —preguntó Dorie.


—Vamos. —Juan tironeó el brazo de ella.


Ella volvió a la vida de repente, agitándose en sus brazos.


—¡Yo no quiero morir! ¡No quiero morir! ¡No me maten!


Él la recogió y la llevó fuera de la habitación.


Esperé hasta que sus sollozos se desvanecieron y me quedé mirando fijamente hacia el Consejo de la Manada. Mi memoria repitió el consejo de Curran para tratar con el Consejo en mi cabeza. Nunca voy a la sala del Consejo sin un plan. Hay que darles un abanico de posibilidades, pero si ellos las discuten demasiado, nunca van a tomar una decisión. Oriéntalos hacia la decisión correcta y no dejes que descarrilen el tren.


Orientarlos hacia la decisión correcta. Claro. Tan fácil de hacer.

—Como ustedes saben, La Nación tienen la intención de iniciar una guerra. Ellos probablemente se están moviendo hacia La Fortaleza ahora. Tenemos varias líneas de acción abiertas para nosotros. Podemos entregar a Dorie a La Nación. ¿Opiniones?


Esperé.


—No —dijo Jim.


—Perderíamos demasiada influencia —dijo Martha—. Paso.


—No —dijo Andrea.


—No —dijo Thomas Ionesco.


Eso me daba una mayoría. Rendirse a La Nación estaba fuera de la mesa.


—Segunda opción, podemos ejecutar a Dorie y mostrarle la prueba de ello a La Nación.


La pausa fue más larga esta vez. Ellos estaban pensando con detenimiento.


—No —dijo Robert.


—No —Martha estuvo de acuerdo—. Nosotros no matamos a los nuestros sin un juicio.


Un juicio tomaría tiempo. Todos lo sabíamos. Nadie se ofreció a nada, así que continué.


—Tercera opción, mantenemos a Dorie y le decimos a La Nación que se jodan.


—Las víctimas serían catastróficas —dijo Thomas Ionesco.


—Si quieren una pelea, podemos darles una pelea —dijo Desandra—. Pero estamos con fuerza reducida y será sangriento.


—Eso no es una opción para mí —dijo Jim.


—Entonces, no queremos ejecutar a Dorie o entregarla a La Nación, y no queremos ir a la guerra —dije—. Eso nos deja con una sola opción. Podemos cederla a la fuerza policial estatal.


El silencio cayó sobre la mesa como un pesado ladrillo.


Desandra frunció el ceño.


—Así como qué; aquí está Dorie, aquí está su confesión, ¿llévensela de nuestras manos?


—Sí —le dije—. Técnicamente, el asesinato fue cometido en Atlanta, lo que la convierte en el asunto de los responsables de Atlanta. Si se la llevan bajo custodia, La Nación pueden tratar con ellos. Nuestras manos estarían limpias. Les quitamos el pretexto para la guerra.


—Estaríamos abdicando del control sobre la situación —dijo Thomas Ionesco.


—Sí —le confirmé.


Martha se volvió hacia Barabas.


—Si hacemos esto, ¿cuáles son sus posibilidades en la corte?


Barabas hizo una mueca.


—Según la legislación de Georgia, y la ley común en general de los Estados Unidos, la coacción o coerción no es una defensa contra el homicidio. La idea es que una persona no debe poner su vida por encima de las vidas de los demás.


—¿Podría ser defensa propia? —el beta del Clan Ligero preguntó.


—No —dijo Barabas—. Legítima defensa, por definición, sólo se aplica contra el agresor. Mulradin no fue un agresor, fue una víctima. Para imponer cualquier tipo de responsabilidad penal, uno tiene que demostrar tanto actus reus, el acto culpable, como el mens rea, la mente culpable. Dorie cometió el acto, y si ella lo niega, hay evidencia grabada en vídeo. Eso nos da el actus reus. Incluso si todo el mundo cree su defensa, de que tuvo que elegir entre su vida y la de Mulradin, el hecho es que ella hizo esa elección, lo que significa que ella tuvo la intención de matarlo. Ahora tenemos dos ingredientes para una condena rápida.


—¿Así que la pena de muerte? —preguntó el chacal alfa.


—No necesariamente. La gran pregunta es qué es lo que querrá hacer con esto el fiscal. Si este es un homicidio malicioso, y serían tontos si no la acusan de eso, tenemos que luchar contra la pena de muerte. Podemos tratar de negociarlo con homicidio voluntario, que es una batalla sin sentido a menos que tengamos algo con que negociar. Es posible que odien a d'Ambray y querrán el testimonio de ella si logran detenerlo y acusarlo. También es posible que no quieran encarcelar a d'Ambray y que prefieran enterrar a Dorie dos metros bajo tierra. ¿Podemos utilizarlo a nuestro favor? Depende de quién esté a cargo de la acusación. Una elección electoral se acerca. ¿Quieren hacer una defensa tranquila o quieren que sea un tema electoral? Si nosotros vamos a juicio, ¿podemos hacer agujeros en sus pruebas? Nosotros ni siquiera sabemos qué es la evidencia en este punto, pero el video será difícil de eludir. Dorie en sí misma va a ser difícil. Ella es una acusada desagradable: es una prostituta que se involucra en cosas de bestialidad, con un hombre casado.


—Yo creo que el hombre casado sería más desagradable —gruñó Andrea.


—Y estarías en lo correcto, pero no es él quien está en juicio. Nosotros podemos ponerlo en entredicho, pero es siempre una apuesta. ¿Quién es el juez? ¿Quiénes son los miembros del jurado? ¿Atacar a la víctima les predispondrá a odiar a nuestro cliente? Dorie es una cambia-formas —continuó Barabas—. El público en general la ve como si fuera propensa a la violencia.


—¿Puedes darnos una respuesta directa? —Jim gruñó.


Barabas señaló a Jim.


—¿Ves? Propensos a la violencia. Y no, no puedo. Me diste un cliente que cometió un asesinato bajo coacción y que probablemente tendrá que confesarlo para satisfacer a La Nación y me haces una pregunta acerca de sus posibilidades. Estoy respondiendo.


Mi cabeza estaba empezando a doler.


—¿Podrías darnos la versión idiota, entonces?


Barabas levantó la mano.


—Resultados posibles con las mayores probabilidades primero. —Dobló un dedo.


—Uno, condena por homicidio malicioso, cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional o pena de muerte ante un juez o un jurado. ¡Dos! —Dobló su segundo dedo—. Condena por el delito menor de homicidio voluntario en frente de un juez o un jurado. Tres, un acuerdo con la fiscalía para una sentencia negociada o, posiblemente, inmunidad dependiendo de cuánto quieran apresar a Hugh d'Ambray. Eso está sujeto a muchos factores diferentes. Cuatro, la absolución ante un juez o un jurado sobre la base de toda duda razonable. No es muy probable. Cinco, la anulación del jurado. Eso constituiría un pase libre de Ave María por nuestra parte. La anulación del jurado es mucho más raro de lo que la gente piensa, y tendríamos que demostrarle al jurado que Dorie fue víctima de una gran injusticia. Seis, de alguna manera hacer estallar agujeros en el caso de la acusación y hacer que toda la cosa sea despachada. La probabilidad de esto último es difícil de medir porque ni siquiera sabemos qué pruebas tiene la fiscalía. Permítanme recordarles a todos que pueden no haber sido notificados del asesinato de Mulradin.


El silencio reclamó la mesa.


—Si vamos al Estado con esto —dijo Martha—, van a usar todo lo que tienen para desprestigiarnos a todos nosotros. Habrá que pagar un precio aquí.


—Es cierto —dijo el macho beta del Clan Ligero.


—Nos enfrentaremos a restricciones de nuevo —dijo la hembra alfa del Clan Chacal.


—La alternativa es peor —le dije.


—Depende de cómo se mire —dijo Martha—. No hay buenas opciones, es cierto.


Estaba perdiéndolos. Mi tren se deslizaba rápidamente fuera de los carriles.

Robert me miró y dijo con mucho cuidado.

—¿Cuál es la pena por las acciones de Dorie bajo la ley de la Manada?


—La muerte —dijo Barabas—. Fue un asesinato malicioso. Una vida por una vida es lo que se aplica.


Él me estaba ayudando. Me aferré a ese clavo ardiendo. Era un clavo débil, pero las personas que se ahogan en arenas movedizas no podían ser selectivas.


—Como alfas tenemos una obligación para con nuestros miembros de la Manada. —Hice una nota mental para agradecer a Barabas de nuevo por hacerme aprender las leyes de la Manada del derecho y del revés—. Debemos garantizar la seguridad general de la manada y sus miembros individuales. Nuestra primera prioridad es la preservación de la vida.


—Lo sabemos, querida —dijo Martha—. Hemos leído las leyes.


—Barabas, ¿qué sentencia tendría Dorie si la entregáramos a La Nación?


—La muerte —dijo.


—¿Y si la juzgáramos?


—La muerte.


—¿Qué conseguiría si la entregáramos al Estado?


—No sé —dijo Barabas—. Les puedo decir que vamos a luchar muy duro para mantener la pena de muerte fuera de la mesa.


—¿Así que es un tal vez?


—Es un tal vez. —Él asintió con la cabeza.


—Muerte, muerte, tal vez. —Miré alrededor, al Consejo—. Yo voto por tal vez. ¿Quién está
conmigo?


Cinco minutos más tarde, el Consejo salió fuera de la habitación. Martha se detuvo a mi lado.


—Muy bien hecho.


—En realidad no —le dije—. ¿Has oído hablar de Mahon?


Ella negó con la cabeza.


—No te preocupes. Ellos aparecerán.


Tenía la esperanza de que tuviera razón.


En la puerta, Jim habló con alguien y se volvió hacia mí.


—Acabo de recibir una llamada telefónica de la ciudad. La Nación han vaciado los establos del Casino. Vienen a por nosotros.



Fin del capítulo 11




(1) Lobo, en francés.
(2) 24/7 significa, las 24hs del día, los 7 días de la semana.
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Lun Sep 22, 2014 2:17 pm

Capítulo 12

Traducido por Eli25 SOS

Estaba de pies en el balcón del edificio principal, observando como entraban los últimos rezagados. Ellos me miraban cuando llegaban. Yo llevaba la sudadera de Evdokia y hacía lo mejor que podía para exponer confianza. Eran las diez y dieciocho. No había señal de la Nación aún, pero los exploradores de Jim informaron de un gran número de vampiros saliendo de la ciudad en la dirección de la Fortaleza. Los exploradores estimaron al menos setenta. Los navegadores tenían un rango limitado, lo cual significaba que los Maestros de los Muertos de la Nación y sus oficiales tenían que estar viajando con los no muertos.
Este era un movimientos extremadamente insensato. En alguna parte en la ruta, Ghastek estaba apretando los dientes. Mantener a tantos no muertos juntos en un lugar requería un control de hierro por parte de los navegadores. Había una razón por la que los vampiros pasaban la mayoría de su tiempo bajo el Casino confinados en jaulas de acero y encadenados a las paredes. Incluso un simple chupasangres suelto era un desastre.
Si yo fuera despiadada, tomaría a nuestros representantes, limpiaría un camino a través de los no muertos, y dejaría que mis chicos aniquilaran a la Nación. Una vez los navegadores estuvieran muertos, los vampiros desencadenados revolotearían a nuestro alrededor. No estaba segura de a cuantos podía manejar, pero estaba dispuesta a apostar que podía controlar a suficientes para alejarlos de nosotros y llevarlos a la naturaleza. Ellos harían su camino hacia la ciudad y masacrarían a cualquier cosa que respirase. Por la mañana Atlanta sería la ciudad de los muertos. La culpa caería sobre la Nación y nosotros viviríamos felizmente para siempre, la menos hasta que mi padre decidiera entablar la venganza por la tormenta de mierda que esta matanza volcaría sobre su cabeza.
Afortunadamente para Atlanta, yo no era Hugh d’Ambray. Atalanta no moriría hoy su podía evitarlo. Una vez el primer vampiro estuvo a la vista, las puertas fueron cerradas. Haría cualquier cosa en mi poder para razonar con los navegadores, pero si fallaba, no atacaríamos. Curran había construido la Fortaleza para resistir un asedio. Si lo querían de esa manera, que así fuera. Una línea de mi libro favorito llegó a mi mente. Tienes diversión arrolladora en el castillo, Hugh.
Una mujer en vaqueros descoloridos y una pesada chaqueta caminó a través de las Puertas. Una capucha escondía su pelo. Marchaba a través de la nieve como si fueran negocios: grandes pasos, un determinado conjunto de hombros, y una columna recta. Un hombre alto llevando una toga negra caminaba a su lado, llevando un bastón en su hombro. La parte superior del bastón estaba tallada con el semblante de la cabeza de un cuervo con un pico vicioso. Conocía ese bastón. Había intentado morderme una vez. Pero entonces considerando que su propietario era un volhv negro al servicio del antiguo dios eslavo de la oscuridad y el mal, un comportamiento malhumorado era de ser esperado. Tenía en muy buen autoridad que Roman también llevaba pijamas Eeyore, lo cual me hacía volver a evaluar su carácter de alguna manera.
Roman también era hijo de Evdokia, lo cual significaba que la mujer con é era probablemente una bruja. Mis testigos neutrales habían llegado.
La mujer le dijo algo a Roman. Él paró, se giró hacia ella, y sacudió su bastón.
Ella cruzó sus brazos. No podía ver su cara, pero leía el lenguaje corporal muy bien.
—¡Agito mi palo mágico para ti!
—Déjame decirte lo que puedes hacer con tu palo...
Uno de los cambiaformas, un hombre musculoso en sus cuarenta, se movió para bloquear el camino de Roman. Roman me situó. El hombre se giró para mirarme, y les saludé para que entraran. El cambiaformas caminó a un lado para dejar pasar a Roman y a la mujer.
—A Jennifer le gustaría hablar contigo—dijo Barabas.
Me giré.
Barabas estaba de pies en la puerta de la habitación detrás de mí. No había dormido durante las últimas veinticuatro horas, pero apenas lo mostraba. Su cara parecía más afilada de lo normal, y su pelo había perdido algo de sus pinchos, pero aparte de eso no estaba nada peor.
Crucé el balcón de vuelta a la habitación.
—¿Has sido capaz de conseguir al Detective Gray al teléfono?
Él sacudió su cabeza.
—Aún estamos intentándolo.
Entre nuestros contactos en la PAD, Gray era el más simpático con los cambiaformas. Normalmente siempre respondía al teléfono, pero hoy estaba probando ser evasivo. Esperaba que fuera coincidencia. Si él deliberadamente me estaba eludiendo, estaba en un gran problema.
—¿Qué quiere Jennifer?
—No lo especificó. ¿Te gustaría que la dijera que estás ocupada?
—No. —Podría muy bien terminar con esto.
Él asintió y abrió la puerta.
—La Consorte te verá.
Jennifer entró. Parecía demacrada. Sus pantalones del chándal colgaban de ella y llevaba una botella de agua en su mano. A juzgar por sus ojos, probablemente había algo más fuerte que agua en ella. Si mi cuerpo procesara el alcohol tan rápido como el suyo, habría encontrado una de esas botellas de agua también.
El rubio guardaespaldas de Jennifer, Brandon, el que fanfarroneó hacia mí en el puente, intentó seguirla. Barabas bloqueó su camino. Brandon se echó para atrás. Barabas le siguió fuera y cerró la puerta detrás suyo.
—¿Qué puedo hacer por ti?
Jennifer se lamió los labios.
—Vine hablar sobre Desandra.
Cierto. La Nación y Hugh d’Ambray prácticamente estaban en nuestros escalones. Ahora era el momento perfecto para fastidiarme con sus problemas.
—¿Quieres tener esta conversación ahora?
—Sí.
Me apoyé contra la pared.
—Vale. ¿Qué pasa con Desandra?
Ella tragó.
—Quiero que la expulses de la Manada.
Umm.
—¿Sobre qué fundamentos?
—Amenaza la estabilidad del Clan Lobo.
—¿Tienes pruebas de eso?
Jennifer desnudó sus dientes.
—Está intentando expulsarme.
Me senté en un banco cerca de la ventana.
—Tú no eres sinónimo con el Clan Lobo. Ella no está amenazando al clan. Está amenazando tu liderazgo.
—Un cambio de liderazgo ahora mismo desestabilizará al clan. Aún estamos afligidos por Daniel.
Daniel había estado muerto desde hacía seis meses. Ella aún estaba de duelo y comprendía eso. Pero el clan lo había superado.
—Me estás pidiendo que interfiera con la selección del alfa de un clan individual. No tengo autoridad para hacer eso. No solo los otros clanes gritarían un asesinato sangriento, sino que incluso si pudiera influenciar de alguna manera en el proceso, no lo haría. No está en mi posición decir a tu gente a quién deberían apoyar o elegir para gobernarles.
—Ellos me apoyan.
—¿Entonces por qué estás aquí?
Ella luchó con eso durante un segundo.
—Yo soy el alfa. Ella es... —Jennifer apretó su mano en un puño—. Ella es vulgar. Uno de sus hijos es un monstruo.
Desandra tenía razón. Jennifer no tenía ninguna intención de dejar a un bebé lamassu crecer en su clan. Si yo fuera Desandra, los caballos salvajes no serían capaces de arrastrarme lejos de pelear con Jennifer por el puesto de alfa.
—El hijo de Desandra es un infante y un miembro de la Manada.
Jennifer siguió.
—¿Qué ocurrirá cuando crezca?
—Quemaremos ese puente después de cruzarlo.
—No la dejaré expulsarme. Es mi lugar. Lo estoy haciendo por mi hijo. Por el hijo de Daniel. Ella crecerá para ser la hija de un alfa.
Ella tenía esa mirada medio desesperada, medio determinada en sus ojos. Cierto. Ninguna vida inteligente ahí.
—¿Por qué es tan importante ser alfa? ¿Por qué no solo ceder el puesto?
—Porque es dónde pertenezco. Daniel me eligió. Me eligió de todas las otras mujeres en la Manada para que pudiera estar a su lado. Daniel no cometía errores. Murió, y ahora tengo que liderar a la Manada en su memoria, porque si no él habría muerto por nada.
Oh Dios querido, ella había divinizado a su marido. Los cambiaformas ya estaban paranoicos, pero la pena de Jennifer combinada con su embarazo debía haberla catapultado a un lugar seriamente malo. Sin importar cuantos argumentos racionales hiciera, ella no escucharía, porque no podía competir con el recuerdo de Daniel.
—Alguien le hizo la misma pregunta a Desandra—dije—. Ella dijo, ‘Porque puedo hacer que la gente en el clan esté más segura y sea más feliz.
Jennifer me miró, sus ojos brillantes con el verde.
—Me lo debes. Mataste a mi hermana, mi marido murió por la pelea a la que nos arrastraste, y luego trajiste a Desandra aquí. Si ella gana, si puedes imaginarlo por un segundo, me diría qué hacer. ¡No tomaré órdenes de esa puta! —Su voz se alzó—. ¡No lo haré! Mi hijo no llamará a esa vulgar escoria alfa. Tú hiciste este caos; tú lo arreglarás por mí o te arrepentirás.
Vale, eso fue suficiente.
—No.
Jennifer me miró, sus ojos llameando con verde.
—Baja el tono de tus faros, o resolveré esta lucha de poder aquí y ahora mismo.
Ella retrocedió. El brillo disminuyó.
—Déjame deletreártelo. No maté a tu hermana porque quisiera. La maté porque se había convertido en lupo y sentía dolor. Terminar con su vida era un acto de misericordia. Daniel no murió para que pudieras ser alfa. Murió para que los fanáticos no detonaran un aparato que habría matado a todos los cambiaformas en un radio de diez millas. Tú estás luchando con Desandra por la confianza de tu clan y estás perdiendo. El hecho de que estés aquí ahora te hace débil. Si te ayudara, solo te haría parecer más débil. Tienes que permanecer por ti misma. Sin guardaespaldas, sin Señor de las Bestias para esconderte detrás, solo tú.
Ella me miró, su cara completamente blanca. Debería haber parado, pero en las pasadas doce horas había corrido alrededor de la congelada ciudad intentando prevenir una guerra sobrenatural, casi había perdido a un niño quién dependía de mí para ser protegido, y había observado a Hugh d’Ambray matar gente y no había sido capaz de hacer ni una maldita cosa, y todo mientras el hombre que amaba estaba perdido. Mis frenos habían funcionado mal y seguía corriendo disparada, acantilado abajo.
—¿Explícame por qué te ayudaría? Durante todo el tiempo que me has conocido, no has hecho nada excepto tirar piedras a mi cabeza. La pasada noche tuve que ir al territorio de la Nación y no sabía si sobreviviríamos. Fui porque el futuro de toda la Manada dependía de eso. El alfa rata se ofreció voluntario para ir conmigo. El alfa gato también lo hizo. Un miembro de tu clan no podía esperar para unirse a mí. Un niño de los boudas me siguió porque quería hacer una diferencia. Ellos hicieron eso porque se sienten responsables de la seguridad de sus amigos. Lo hicieron para proteger a la Manada. ¿Tú te ofreciste voluntaria para ayudarme?
Mi voz golpeó como un látigo. Jennifer se encogió.
—¿Viniste conmigo, Jennifer? ¿Luchaste conmigo? ¿Te sacrificaste para acabar con cuatro vampiros, para que pudiera llegar a dónde iba? ¿Luchaste a un caballero con un tipo de magia que nunca hemos visto antes? ¿Te lanzaste a un jodido wendigo mientras te envenenaba y vomitas tus intestinos para salvar a un chico? No. Estabas aquí sentada, conspirando, y sintiendo lastima por ti misma. Y hace menos de una hora, cuando el Consejo de la Manada estaba intentando decidir qué hacer con Dorie, ¿dónde demonios estabas tú? Enviaste a Desandra, porque no querías enfrentar el calor.
Jennifer desnudó sus dientes, retrocediendo.
—Desandra podría ser vulgar y manipuladora, pero sabes qué, ella lo muestra. Entra en el lodo y la sangre con el resto de nosotros y se ensucia las manos. A ninguno de nosotros le gusta, pero lo hacemos. No la ayudaré a expulsarte de tu roca de alfa, pero tampoco la detendré. Y después de lo que hizo, si me necesita, estaré ahí para respaldarla, porque ella vigiló mi espalda cuando contaba. Tú no eres especial. Tú no conseguiste ninguna demostración. Así que, si quieres estar al cargo, bien. Excava profundo, encuentra las agallas, y maneja tu propia mierda. De otra manera, cede y deja el camino para alguien a quién actualmente le importe.
Jennifer se sentó congelada, su cara pasmada. Su mano apretada en la botella de agua.
Esperé a ver si explotaba.
Alguien llamó y la puerta se abrió de golpe. Barabas entró.
—Tengo a Gray al teléfono.
Al fin. Me giré hacia Jennifer.
—¿Hemos terminado?
—No puedo hacerlo—dijo ella tranquilamente, su voz triste—. Debería hacerlo, pero no puedo. Está mal. Sería como escupir en su recuerdo.
¿De qué estaba hablando? ¿Cómo era que luchar con Desandra escupieras sobre la memoria de Daniel? No la comprendía después de todo.
—Puedes ceder el puesto y ser una madre...
Ella se levantó y salió corriendo de la habitación.
* * *
Barabas me mostró una de las salas de conferencia. Jim ya estaba allí, apoyado contra la pared, como una sombra lúgubre, sus ojos duros. Uh-oh.
—¿Cómo le conseguiste al teléfono? —pregunté.
—Tenía a dos personas caminando en su oficina y negándose a irse—dijo Jim—. Él estuvo allí toda la mañana.
Gray había estado evitando nuestras llamadas. Eso era exactamente lo que no quería oír. Aterricé en una silla y apreté el botón del manos libres.
—Detective Gray.
—Hola, Kate.
—Es un hombre difícil de encontrar.
—¿Qué quieres? —Gray sonaba cansado.
—Quiero entregar a un sospechoso implicado en el asesinato de Mulradin Grant en su custodia.
Silencio.
Más silencio.
Me imaginé un agujero de repente manifestándose bajo los pies de Gray y tragándole entero. Por la manera en la que mi día había ido muy lejos, no me sorprendería.
—No somos conscientes de ningún asesinato—dijo Gray.
Ajá.
—Te hago consciente de ello ahora. El señor Grant está muerto, fue asesinado por un cambiaformas, y un miembro de la Manada ha estado implicado en este asesinato. Me pongo en contacto con usted y le ofrezco entregarla a su custodia.
—Esto es un tema jurisdiccional—dijo Gray—. La Fortaleza están en DeKalb County.
¿Estás de broma?
—El asesinato fue cometido en los límites de la ciudad de Atlanta.
—El presunto asesinato.
Argh. Me incliné más cerca del teléfono.
—Siempre nos hemos esforzador por mantener buenas relaciones con la PAD. El pasado años solo te hemos asistido en...
Jim levantó nueve dedos.
—... en nueve casos. Te estoy pidiendo que nos ayudes.
Silencio.
—Lo siento—dijo Gray—. No puedo.
La rabia aumentó dentro de mí como una ola. Mi voz sacudida ligeramente.
—No tendré un baño de sangre en mis manos.
Gray descendió su voz.
—Esto se está desmoronando desde arriba. No podemos involucrarnos en una guerra entre la Manada y la Nación. No tenemos los números o la potencia de fuego. Seríamos masacrados. Lo siento, pero esto es entre tú y ellos.
Él no nos ayudaría.
—Tuvo una oportunidad de hacer una diferencia hoy y te echaste atrás. Tu autoridad solo es buena si haces algo con ella, y eliges no hacer nada. Haz eso muchas veces y pronto nadie lo reconocerá después de todo. La próxima vez que necesites mi ayuda, no llames.
Desconecté la llamada.
—Diplomática—dijo Barabas.
—Jodida diplomática.
El teléfono sonó. Lo cogí.
—Esto es un tema jurisdiccional—dijo Gray, su voz tensa—. No tenemos jurisdicción en la Fortaleza.
Él colgó.
Vale.
—¿Quién tiene jurisdicción sobre nosotros? —pregunté a la sala.
—Muchas de nuestras tierras están en DeKalb County—dijo Barabas—. Un pequeño trozo de Clayton, también.
Ni el sheriff de DeKalb ni el sheriff de Clayton County nos ayudarían. A DeKalb no le importábamos, y Clayton estaba gravemente corto de personal.
—Y Milton también, a lo largo del borde norte—dijo Jim.
Espera un minuto.
—¿Milton?
Él asintió.
La última vez que tuve ocasión de viajar a Milton, fue porque Andrea había molestado a alguna loca flirteando con Raphael, sacando una pistola, y casi ahogándola en una bañera de agua caliente. Beau Clayton, el sheriff de Milton County, personalmente había hablado con ella fuera del precipicio y encerró a todos hasta que llegué allí.
Golpeé su número en el teléfono.
—¿Beau?
—Kate. —Una profunda voz teñida con la marca del país de Georgia respondió—. Están ocurriendo cosas muy divertidas. Uno de mis ayudantes acaba de ver lo que él describió como ‘un gran caos de no muertos’ moviéndose en tu dirección. Ahora, tengo curiosidad. ¿Tienes una fiesta?
—Beau—dije—. Necesito tu ayuda.
* * *
Me quedé de pies en la pared de la Fortaleza. El día era maravilloso. El sol iluminaba el cielo turquesa, tiñéndolo con un pálido velo de dorado. Ante mí un claro campo de nieve se extendía hacia la dentada pared oscura del bosque. El viento revolvía un mechón suelto de mi pelo.
Detrás de mí esperaba el Consejo de la Manada.
Algo se movió en la distancia en la lejana línea de árboles. Una solo forma esquelética emergió de los arbustos, un oscuro garabato contra la nieve blanca. El no muerto se detuvo sobre sus cuatro pies. Su magia me acariciaba, revolviendo, como una mancha de carne descompuesta en la superficie de mi mente.
Los vampiros se vertieron fuera del bosque, sus demacrados y grotescos cuerpos se movían ridículamente rápido. Tantos... Detrás de ellos cuatro coches armados se deslizaron por el campo. Pintando en colores fatigados y dejando ocho marcas de neumáticos, parecían como pequeños tanques. Y probablemente iba llenos de navegadores.
—La Nación trajo algunos Strykers—dijo Andrea—. Armadura blindada, completa protección. Esos tienen una capa de acero, luego una capa de armadura cerámica contra series de armadura agujereada, luego más acero y probablemente luego armadura reactiva. Puedes disparar un cohete a esa cosa y ni siquiera estornudará.
—¿Cuan pesados son? —preguntó Martha.
—Poco más de dieciséis toneladas—dijo Andrea.
—Así que alrededor de treinta y tres libras—murmuró Robert.
Martha se encogió de hombros.
—Demasiado pesado para girarlo.
El entrometido de Ghastek y su cuadrilla saliendo de los Strykers sería una putada.
Los vehículos blindados giraron a una posición y pararon. Los vampiros formaron a su alrededor.
¿Dónde estás, Curran? En mi cabeza había pensado que de alguna manera se presentaría mágicamente. Pero no estaba aquí. Estaba sola.
Me giré hacia el patio y ondeé la mano hacia Roman y la bruja a su lado.
—¿Esa es su hermana? —me preguntó Andrea.
—No. —Había hablado con ellos—. La pregunté eso. Su nombre es Alina, no es su hermana, y se siente profundamente apenada por sus hermanas, porque si tuviera que aceptar estar en su presencia durante más tiempo de un día, se lanzaría por el puente más cercano para terminar con la agonía.
—Bueno—dijo Andrea—. Me alegra que dejara claro eso.
El volhv oscuro me saludó de vuelta y gritó:
—¡Hora del espectáculo!
Alina suspiró a su lado.
—¿Porque estás tan feliz? Vamos a ser asesinados.
Los dos miraron hacia las puertas.
—Es excitante—dijo Roman—. Mira a todos esos cambiaformas y vampiros. Es un momento histórico y la Manada nos lo deberá.
—¿Cómo es que tienes tan poco sentido común? ¿Todos estaban fuera cuando tú naciste?
Roman señaló su cara.
—No necesito sentido común. Tengo un encantamiento de doble ayuda.
—Quieres decir una gilipollez de doble ayuda...
Ellos pasaron a través de las puertas debajo de nosotros y Derek y otros dos cambiaformas les detuvieron, levantando sus enormes barras en el lugar. El chico asombrado, pálido y calvo, había decidido que había tenido suficiente descanso. Yo no tenía la energía para luchar con él por eso.
Roman y la bruja pararon a quince pies de la puerta. Un solo vampiro emergió desde la horda de no muertos y corrió hacia ellos. Roman le habló. Él enumeraría nuestras condiciones: nos reuniríamos con dos Maestros de los Muertos delante de las puertas y discutiríamos el asesinato de Mulradin. Roman y la bruja actuarían como testigos imparciales. Y si Hugh se acercaba de alguna manera a quince pies de esa reunión, todas las negociaciones cesarían.
El vampiro regresó. La bruja levantó su cabeza y extendió sus brazos. Una chispa verde oscuro pulsó desde ella y se rompió en mil estrechas cintas de verde. Estas salieron disparadas desde ella, y cayeron en la nieve. El vapor se alzó cuando la nieve se derritió y el verde cavó en el suelo, formando un perfecto anillo de casi quince pies de diámetro. Las diminutas chispas verdes brotaron desde el suelo expuesto y se estiraron hacia arriba, convirtiéndose en espinas con una altura hasta las rodillas.
Teníamos nuestra reunión.
* * *
Caminé por el campo nevado al lado de Jim. Las puertas de la Fortaleza estaba cerradas detrás nuestra. En la pared, Andrea estaba de pies con un poderoso arco. Había traído su rifle de francotirador por su acaso la magia caía.
El mar de vampiros se separó y Ghastek salió caminando, alto, delgado, llevando una larga chaqueta blanca estilo militar y pantalones blancos, estratégicamente roto por pequeñas manchas irregulares de marrón. Botas blancas y un casco en el mismo patrón completaban el traje. Aparentemente él intentaba enterrase en la nieve y atacarnos desde su cobertura. Una mujer le siguió. Llevaba un uniforma idéntico y el casco escondía su pelo, pero habría reconocido a Rowena en cualquier parte. Ella estaba en deuda con las brujas y había estado suministrándome en secreto con sangre de vampiro. No sabía lo que hacía con ella, pero si alguna vez lo averiguaba, su casco volaría justo fuera de su cabeza porque su pelo estaría de punta.
—¿Qué demonios llevan puesto? —murmuró Jim a mi lado.
—Están jugando a los soldados. Probablemente les costó un brazo y una pierna.
—Aún podría—ofreció Jim.
Ghastek cuidadosamente caminó sobre las espinas para entrar en el círculo. Rowena le siguió.
La horda de no muerto ondeó otra vez y Hugh salió. Él llevaba una oscura armadura de cuero y un largo abrigo terminado con pelo de lobo. Bonito toque. Cuando íbamos a enfrentar a una Fortaleza lleno de gente que podía convertirse en peluda, era seguro que llevaras alguna piel de un animal muerto en tu abrigo. Su enorme caballo negro, un gran Friesian, bailaba debajo de él, larga crin negra volando, las lengüetas negras en sus piernas levantaban la nieve en polvo. El vapor salía de las fosas nasales del semental.
Hugh debería haber traído un cartel con SOY MALO en letras doradas. El caballo, la armadura, y el pelaje no era suficientes para afirmarlo.
Jim se inclinó hacia delante, su mirada fija en Hugh.
—No lo hagas—murmuré.
Hugh guió al caballo a lo largo del borde de espinas. El Friesian nos rodeó, nunca cruzando la frontera. Hugh era claramente el tipo de ‘obedecer la carta del acuerdo, no el espíritu.’
Quería tirarle de su cabello y moler su cara en el suelo.
—¿Has arrestado al asesino? —preguntó Ghastek.
—Sí. —Le pasé un trozo de papel con la confesión escrita a mano de Double D. Él lo leyó y miró a Hugh. Hugh me estaba mirando. Mirar es libre. Intenta acercarte y remediaré las dolencias de ambos.
Ghastek leyó más. El desagrado retorció su cara.
—Esto es... desafortunado.
—Creo que trágico, personalmente, pero podemos seguir con desafortunado, si quieres. —Mi vencimiento fue rápidamente inminente. Beau Clayton estaba en ninguna parte para ser visto. Quizás me había colgado para aplicarse.
Ghastek dobló el papel por la mitad y se lo pasó a Rowena. Ella lo leyó y levantó la mirada. Un rápido cálculo mental estaba tomando lugar detrás de los ojos de Rowena. Ella dirigía las relaciones públicas de la Nación. Todo esto era una pesadilla PR para todos los involucrados.
—¿Leíste la parte dónde d’Ambray caminó hacia ella, sujetando una pistola hacia su cabeza, y la forzó a matar a Mulradin, para que pudiera manufacturar esta guerra?
Ghastek parecía como si hubiera mordido un melocotón y se dio cuenta que estaba podrido.
—Estoy seguro que ella dice que él lo hizo. No he leído la parte dónde ella presenta pruebas de esta loca historia. ¿Quizás hay un jinete o una exhibición que me he perdido?
Eso estaba bien, tenía más.
—¿Por qué mentiría?
Hugh siguió rodeándonos. Una pequeña sonrisa curvó sus labios. Parecía como un hombre que estuviera disfrutando. La nieve, la luz del sol, el fresco aire, un rápido caballo... y la inminente matanza. Todas las cosas que un niño creciendo necesita.
—Para prevenir este conflicto. Quizás es una pelea de amantes—dijo Ghastek—. Quizás ella quería robarle. No lo sé, y francamente, no me importa en este momento. ¿Puedes probar que ella es la asesina y no algún cordero sacrificado?
—Eres bienvenido a comprobar su DNA. Combinará con el que estaba en Mulradin.
—¿Estás preparada para entregárnosla?
—No.
Ghastek se inclinó hacia delante.
—Kate, odio recurrir a las amenazas, pero hay una cierta responsabilidad que ambos tenemos hacia la gente que estamos guiando a este conflicto...
A su izquierda, tres hombres a caballo emergieron de debajo de los árboles. ¿Beau o no Beau?
—Las casualidades y los costes financieros de la guerra serán catastróficos—dijo Ghastek—. Comprendo que cuentes con la ayuda de cualquier navegador que contrates, pero te aseguro, que somos más que capaces de neutralizarle a él o ella.
—¿Qué navegador?
—El que te asistió la pasada noche en el Conclave.
¿De qué estaba hablando?
Oh.
Aparentemente me había escondido demasiado bien. Por toda su inteligencia, Ghastek aún no había sumado dos más dos. Él sabía con absoluta seguridad que no podía pilotar vampiros. Me había visto no pilotarles en numerosas ocasiones. En su mente, posiblemente no podía hacerlo, así que tenía que tener a alguien contratado y ese alguien debía haber agarrado el control de los vampiros del Conclave. Cierto.
—Tenemos un deber para evitar esto—dijo Ghastek.
—Tienes razón. Deberías enviar a tu ejército de no muerto a casa y discutiremos esto como gente razonable.
Ghastek suspiró.
—Soy una parte reactiva para el derramamiento de sangre.
—Ghastek, eres un hombre inteligente. Estás aquí de pies llevando ridículas fatigas y listo para asaltar un lugar lleno de familias y niños con una horda de vampiros. ¿Esto te parece justo?
La cara de Ghastek se sacudió.
—Los conceptos de bien y mal son intrascendentes en este caso.
—Los conceptos de bien o mal siempre son trascendentes. No puede ser situacional o no está bien o mal.
—No vine aquí para debatir obligaciones éticas contigo—dijo Ghastek.
—Tú abriste la puerta. Yo solo caminé por ella.
—Estás albergando a un fugitivo. Entrégala a nuestra custodia.
Un grito me hizo girarme. Un hombre saltó desde la pared de la Fortaleza y corrió hacia nosotros. Brandon, el lobo mascota de Jennifer. ¿Ahora qué? Si él hacía algo para interrumpir esto, le rompería el cuello.
Brandon corrió a través de la nieve y saltó dentro del círculo. Estaba apretando algo en su mano.
—¿Qué demonios estás haciendo? —dijo bruscamente Jim.
Brandon le esquivó. Abrió sus dedos y capté un destello de lo que estaba sujetando... la botella de agua de Jennifer. Quitó la tapadera y me arrojó el líquido.
Me moví, pero no la bastante rápido. El agua fría salpicó mi mejilla derecha, empapando mi pelo. Detrás de mí, Ghastek levantó sus manos, y terminé aterrizando en sus dedos. El Maestro de los Muertos miraba, desconcertado, el agua goteando desde las manos. Sus ojos sobresalían en furiosa confusión.
Jim se movió. Su mano se cerró en la muñeca de Brandon y la retorció. Brandon cayó sobre sus rodillas en la nieve, su brazo girado fuera de la articulación.
Todo el mundo fue como loco sobre mí. Ni siquiera podía enfadarme ya. Huiría de la rabia.
—Está hecho—espetó el hombre rubio—. Lo hice por ella.
¿Qué demonios? Mataría a Jennifer. Lo haría y salvaría a Desandra del problema.
Jim retorció su brazo, doblándole como una galleta salada.
—Tardaré un minuto.
Él agarró a Brandon por el cuello y lo arrastró fuera del círculo hacia la Fortaleza. Las puertas se abrieron lo suficiente para dejar pasar a una persona, y Derek y otro cambiaformas salieron disparados. Jim empujó a Brandon en su dirección, girándose, y volviendo al círculo.
Ghastek finalmente recuperó su habilidad para hablar.
—¿Cómo te atreves? ¿Esto es un insulto?
—Sí—le dije—. Pero para mí, no para ti. Mis más profundas disculpas.
Hugh rió.
Derek y el otro cambiaformas metieron a la fuerza a Brandon detrás de las puertas.
Ghastek abrió su boca. Ninguna palabra salió. Obviamente estaba luchando consigno mismo para controlarse.
—Lo siento mucho—repetí. Ahora me estaba disculpando con el hombre quién estaba amenazando con matarme. Aquí esperaba que mis arterias no explotaran por la presión.
—Esto es indignante.
—Como lo es dejar sueltos a los vampiros en medio de una reunión del Conclave.
Ghastek cerró su boca.
—Tomaremos a la acusada ahora—dijo Rowena.
Los tres jinetes se acercaron más. El Sheriff con sombrero. Tenía que ser Beau.
—¿Y si os la entregamos? ¿Entonces qué? ¿Un linchamiento? ¿Quizás la quemarás en la estaca? La última vez que lo comprobé al menos pretendíamos ser personas civilizadas.
Ghastek cerró sus dientes. Él mantenía un par de cadenas que se usaban en los rituales de brujas en la pared de su oficina. El recordatorio de las quemas de brujas había golpeado en su sitio.
—Se la dará todas las oportunidades para probar su inocencia—dijo Rowena.
—Sí, se la dará—dijo Jim—. Vamos a entregarla a las fuerzas de la ley humana.
La cara de Hugh perdió su media sonrisa. Oh no. ¿Encontraste la mitad de un gusano en la manzana que acabas de morder?
—Eso sería extremadamente insensato—dijo Ghastek.
—¿Por qué?
—Porque uno, exponer a nuestras facciones al escrutinio público—dijo Rowena.
—Creía que todos estabais por evitar un derramamiento de sangre—dijo Jim.
Le di a Ghastek mi mejor sonrisa psicópata.
—Creo que todos podríamos beneficiarnos de un poco de transparencia.
—Eres un desastre—dijo Hugh desde su caballo.
—Cállate de una vez—le dije—. Nadie está hablando contigo.
—Estás tirándote un farol—dijo Hugh—. No encontrarás a nadie para tomarla.
Señalé hacia los jinetes que se acercaban.
Ghastek se giró para mirar sobre su hombro. Beau y dos ayudantes, un bajito hombre compacto con el pelo rojo y una mujer hispana en sus cuarenta, se estaban acercando.
—¿Beau Clayton? —Ghastek hundió su cabeza y frotó su puentes de su nariz—. Él no tiene jurisdicción aquí.
—Sí la tiene. Esos bosques de allí están en Milton County.
Los ojos de Hugh se volvieron oscuros.
—Él es respetado y tiene un alto perfil—señaló Ghastek—. Si le matas, todas las agencias de la ley convergerán sobre nosotros.
Beau estaba solo a unas pocas yardas. Seis pies con seis y aumentando como uno de los antiguos Anglosajones quienes balanceaban hachas tan altas como ellos, Beau montaba un Percheron moteado cruzado que de pies tenía cerca de dieciocho manos de alto y parecía lo bastante fuerte para empujar un trailer. Los dos ayudantes montaban caminantes de Tennessee. Tres jinetes, tres escopetas. Nada más.
Beau llegó a una parada. Los vampiros le miraron, detenidos por las mentes de los navegadores.
—Bueno—explotó Beau—. Soy Beau Clayton, legítimamente elegido por la gente de Milton County como su sheriff. Es el deber de mi oficina ejecutar fielmente todas las ordenes, mandatos, preceptos, y procesos dirigidos a mí como el sheriff de este condado. Estoy aquí para ejecutar una orden.
Los chupasangres le miraron.
La mirada de Hugh se volvió calculadora. Estaba pensando en algo.
—Esto es lo que ocurrirá aquí. Voy a tomar a esta persona en custodia. Ustedes se giraran y volverán a casa. El linchamiento ha sido cancelado. Muévanse. No hay nada que ver aquí.
El semental de Hugh bailó debajo de él.
—Dispérsense—repitió Beau.
Hugh levantó su espada.
Yo levanté mi mano. Las puertas de la Fortaleza se abrieron. Los cambiaformas en forma guerrero esperaban en filas, llenando el patio, sus pelajes de punta, sus colmillos desnudos. Había puesto a todos los cambiaformas capaces de una medio-forma en el patio. Sesenta y cuatro personas. Solo dieciocho estaban catalogados para el combate, pero desde aquí, parecían como si cada uno soldado.
—Si asaltas a un oficial de la ley, la Manada contraatacará—dijo Jim.
—Tu mejor gente se ha ido—dijo Ghastek—. Estáis a la mitad de la fuerza.
Asentí.
—Sí, la mayoría de nuestra gente joven ha ido a cazar. Estarás enfrentando a sus padres cuyos hijos están en esa Fortaleza. ¿Has intentado tomar al cachorro de un lobo? Eres bienvenido a dispararle.
La mano de Hugh estaba en su espada.
Alcancé a Asesina. La risa burbujeó.
—Adelante, Hugh. Hazme el día. Realmente estoy frustrada ahora misma. Necesito darle rienda suelta. Por favor.
Él me miró.
—Perdiste—le dije—. Recordé tu farol. Toma a tus matones y volved a casa.
—No tenemos ninguna posición legal para atacar a un sheriff—dijo Ghastek.
—Tú harás lo que yo te diga—le dijo Hugh.
—No, no lo hará—le dijo. Podía decirlo por los ojos de Ghastek que él estaba fuera. Lo que fuera que Hugh decidiera ahora, yo había hecho mi trabajo. Había detenido que esta guerra ocurriera.
Un rugido giró a través del campo nevado, sacudiendo el invernal aire como el repentino estruendo aterrador de un trueno. El Friesian de Hugh se sacudió. El rugido se mostró en cascada, echando espuma por la rabia y la furia, despertando algún instinto largamente olvidados que cortaba la parte racional del cerebro del cuerpo y dejaba solo tres opciones abiertas: luchar, volar, o congelarse.
Curran.
El alivio me ahogó, girándome ingrávida, y por un corto momento feliz estaba completa y totalmente feliz. ¡Curran!
Los árboles en el borde norte del campo se sacudieron cuando una bandada de pájaros salió volando. Curran saltó en la nieve. Se levantaba casi ocho pies de alto en forma de guerrero, una musculosa mezcla aterradora de un hombre y un gato depredador, envainado en pelaje gris y armado con garras del tamaño de mis dedos. Su cabeza era puro león. Abrió su boca y rugió.
Un enorme oso Kodiak emergió de los arbustos, sacudiendo su gran cuerpo peludo. A su lado la risita de un bouda. Nunca había estado tan feliz de oír esa risita espeluznante que ponía el pelo de punta en toda mi vida.
Los cambiaformas se vertieron fuera de los bosques, diez, veinte, más... ¿Dónde los consiguió...?
Debía haber ido al Bosque y sacó a todas nuestra gente a la caza. Él había traído un ejército. ¡Sí!
Curran rompió en una carrera. Los cambiaformas le siguieron, levantando nieve en polvo en el aire.
—Hemos terminado aquí. —Ghastek se giró hacia el mar de vampiros—. Misión abortada. El Coco para madre.
Los vampiros salieron a raudales fuera del campo.
Reí.
Hugh giró su caballo, enfrentándome.
—Intenté ser amable, pero tengo mis límites. Quieres ser tratada como un animal, te trataré como uno.
Él abrió su boca. La magia rasgó de él como un maremoto y golpeó, atrapándome. Una palabra de poder.
El lado derecho de mi cara se volvió caliente. Una pálida luz dorada giraba a mi alrededor. Cerca de mí, Ghastek se sacudió, atrapado en un brillante tornado idéntico.
En la pared detrás de mí, Christopher gritaba:
—¡Señora!
Hugh sonrió con suficiencia.
Lo que fuera que estuviera ocurriendo, él moriría antes de terminarlo. Corrí hacia él a través de la nieve, la espada fuera. La luz de movió conmigo, saliendo a chorros a mi alrededor en brillantes cintas doradas. Salté sobre las espinas.
Hugh se deslizó fuera de su caballo.
Curran corrió hacia mí, sus ojos puro oro.
Golpeé. La cuchilla de Hugh encontró la mía. Desnudó sus dientes hacia mí.
El tornado de luz a mi alrededor pulsó con rojo, deslizándose a través de la cuchilla de Asesina dónde tocaba la espada de Hugh. La cuchilla se rompió por la mitad.
¡No!
El campo, Hugh, y Curran desaparecieron.

Fin del capitulo
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por iseult el Lun Sep 22, 2014 3:45 pm

Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy, que stresssssss
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por iseult el Lun Sep 22, 2014 3:46 pm

Por cierto, gracias.
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Ebekah el Mar Sep 23, 2014 4:36 am

OOOOhhhhhh muchas gracias x su trabajo!!
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por koka el Mar Sep 23, 2014 9:03 am

aaaaaaaaa  aaaaaaa  aaaaaaaa
me  mori    muchas gracias
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por zarza2528 el Mar Sep 23, 2014 5:20 pm

Shocked  mil gracias
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por lulila el Miér Sep 24, 2014 3:48 pm

Gracias!!!!!!
Madre mía que narices habrá pasado, ya ha llegado Curran por fin  bounce  bounce bounce bounce
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Shuemi14 el Miér Sep 24, 2014 8:36 pm

Gracias de verdad son geniales .
AAAAAAAAAAHHHHHH !!!!! se quedo muuyyy emocionante  Shocked Shocked  affraid  ahora a sufrir esta el proximo capitulo
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Jue Sep 25, 2014 10:51 am

Capítulo 13 Parte 1


Traducido por Eli25 SOS

Alguien sacudió el suelo de debajo de mis pies. Me lancé a través del aire vacío, mis brazos transparentes. Los ladrillos destellaban delante de mí. Estaba cayendo a través de un hueco redondo. Directamente debajo de mí una rejilla de espeso metal bloqueaba el agua oscura.
Voy a morir.
Golpeé la rejilla y pasé a través de ella, como si fuera aire. Mi cuerpo se zambulló en el agua.
Tibia. Mojada.
Mi cuerpo se volvió sólido. Pateé, emergiendo, y miré a la mitad de una espada en mi mano. Hugh rompió mi espada. Rompió a Asesina.
Él rompió mi espada.
Me acurruqué en una bola alrededor de mi sable, zambulléndome en el agua. Había tenido a Asesina desde los cinco años. Voron me la dio. Había dormido con ella debajo de mi cama casi cada noche durante los pasados veintidós años. Asesina era una parte de mí y ahora estaba rota. Rota por la mitad. Se sentía como si alguien me hubiera cortado el brazo y solo siguiera doliendo y doliendo.
Le mataría. No era un ‘si.’ Era un ‘cuando.’
Él rompió a Asesina.
Sobre mí alguien más estaba cayendo, a través de la rejilla, y en el agua. Me atraganté y nadé. Un momento después y Ghastek emergió a mi lado con un jadeo. Él salpicaba alrededor con pánico. Le hice sitio. Cerca de diez segundos después, paró de golpear y me miró.
—Fue esa agua. Nos marcó y nos hizo vulnerables a la magia de d’Ambray.
—Sí. Hugh debe haber echo una promesa a alguien de mi gente. O chantajearles. O amenazarles.
Era Jennifer. Tenía que serlo, y su ese era el caso, Hugh no habría tenido que amenazar muy fuerte. Ella debía estar sentado allí con esa botella en sus manos e intentó arañar el suficiente coraje para tirármelo encima. No pudo.
Eso no me rompería. Mi espada podría romperse, pero yo no. Yo ganaría. Saldría de aquí. Viviría. Vería a la gente que amaba otra vez.
Este no era mi primer rodeo. Me deslicé a una tranquila y fría calma. La voz de Voron murmuraba desde mis recuerdos y me apoyé en eso como una muleta.
—Salida primero.
—Sí. Lo recuerdo.
Me incliné en el agua, intentando deslizar lo que quedaba de mi espada en la funda mientras me quedaba a flote. Fallé.
Había jodidamente fallado. No había fallado en dos décadas.
—Tú eras el objetivo—dijo Ghastek—. Yo soy un desafortunado espectador.
—Eso parece. —Finalmente me las arreglé para deslizar el tocón de Asesina en la funda.
—¿Dónde estamos?
—No tengo ni idea.
—Él sabía que seríamos teletransportados aquí. Lo sabía, y no hizo nada para detener mi teletransporte—dijo Ghastek.
—Parece que d’Ambray cree que eres prescindible.
Ghastek me miró durante un largo momento. Un músculo en su cara se sacudió. Con un gruñido gutural, Ghastek golpeó el agua.
—Eso es. ¡Eso es estupendo!
Uh-oh. En todo el tiempo que había interactuado con Ghastek, él nunca maldijo. El ‘premier’ Maestro de los Muertos estaba por tener una rabieta. Me abracé.
—Él vino a mi ciudad, alejó a mi gente, me ordenó como si fuera un sirviente ¿y ahora esto? ¡Cómo se atreve!
Suspiré. Salió ‘¡Cómo se atreve!’. ¿Podía estar bastante por detrás de ‘¿Sabe quién soy?’
—No soy un analfabeto que pueda tirar por ahí. No seré tratado de esta manera. Trabaje demasiado duro, durante años. ¡Años! Años de estudio y ese jodido Neandertal llega y ondea sus brazos. —Ghastek torció su cara en una mueca. Probablemente estaba pretendiendo imitar a Hugh, pero mayoritariamente tuvo éxito en parecer extremadamente estreñido—. ¡Ooo, soy Hugh d’Ambray, estoy comenzando una guerra!
Reírse ahora mismo realmente era una mala idea. Tenía que conservar la energía.
—Una guerra que he estado intentando evitar durante años. ¡Años!
Él seguía diciendo eso.
—¿Cree que es fácil negociar con lunáticos violentos, quienes no pueden comprender los conceptos elementales?
Era bueno saber dónde estábamos con él.
—No lo toleraré. Landon Nez oirá esto.
Landon Nez probablemente estaba a cargo de los Maestros de los Muertos. A mi padre le gustaba dividir su autoridad delegada. Hugh corría con los Perros de Hierro, la rama militar. Alguien tenía que correr con la Nación, la rama de búsqueda. Era una posición con mucho volumen. Landon Nez debía ser el último.
—Troglodita. Imbécil. ¡Degenerado! —Las maldiciones salían de Ghastek—. Cuando salga de aquí, le lanzaré a cada vampiro a mi disposición hasta que le dejen seco. ¡Entonces le cortaré en trozos y dejaré su cuerpo destripado en el fuego!
—Podrías tener que hacer cola.
Él finalmente recordó que estaba allí.
—¿Qué?
—Yo tendré un trozo de Hugh para jugar con él cuando termine.
Él no pareció haberme oído.
—¡Nadie me hace esto! Le arrancaré el corazón. ¿Sabe quién soy?
—Vale—le dije—. Saca todo esto de tu sistema.
Ghastek se disolvió en un torrente de obscenidades.
Me alejé. Teníamos que salir de este caos y tenía que comprobar el sitio para las posibles rutas de salida.
La rejilla sobre nosotros era un pálido color que normalmente significaba que el metal contenía plata. Sobre la rejilla un hueco, a casi veinte pies, subiendo unos cien pies rectos. Azules faroles élficos lanzaban desde las paredes a intervalos regulares, iluminando los ladrillos. Demasiado vertical para escalar.
La rejilla en sí misma consistía en barras de una pulgada de grosor dispuestas en un patrón entrelazado. Normalmente las rejillas como esta tenían barras cruzadas que estaban soldadas o cerradas por festones, pero esta no mostraba ninguna unión después de todo. Tenía que haber sido hecha específicamente para este pozo.
El final de las barras desaparecían en la pared. Pateé para propulsarme hacia arriba, estirada, y atrapé la rejilla con mis dedos. Hasta ahora bien. Levanté mis piernas y pateé la rejilla con toda mi fuerza. No sólo era sólida. Inamovible. Bueno, al menos los agujeros entre las barras no eran diminutos.
Luché para quitarme la chaqueta, metí una manga a través de la rejilla, y la até a la otra manga. Bastante bien.
Tomó una profunda respiración y me zambullí en la turbia agua. No estaba fría, pero tampoco estaba especialmente caliente. La sudadera de Evdokia que me compraría en algún momento. La lana me mantendría caliente incluso cuando estaba mojada. Nadé a lo largo de la pared. La oscuridad y los ladrillos. Sin pasaje secreto, sin túneles, sin cañerías con coberturas que pudieran ser aflojadas.
La sangre golpeaba en mis oídos. Tenía que regresar o me quedaría sin aire. Hice uno ochenta y pateé hacia la superficie. Sobre mí el líquido cielo prometía luz y aire. Pateé más fuerte. Mis pulmones gritaban por oxígeno.
Rompí la superficie y engullí aire.
—...se cree que es?
Esto era una prisión para mantener a los cambiaformas. La plata en las barras evitarían que las rompieran. El agua era demasiado profunda para patear a la parte inferior e intentar embestir la rejilla. Incluso si de alguna manera me las arreglaba para aflojar las barras de la rejilla, lo cual no era condenadamente probable, la rejilla caería sobre nosotros y solo su peso nos ahogaría. Mi mente sirvió una visión de pesadilla de la rejilla aterrizando sobre mí y empujándome profundo en el oscura agua. No gracias.
Las linternas solo añadían insulto para herir. Podías ver exactamente cuan desesperada era la situación.
Quieres ser tratada como un animal, te trataré como uno. Gracias Hugh. Me alegra saber que te importa.
Puedo hacer esto. Fui entrenada toda mi vida para esto.
Ghastek se había cayado.
—¿Se supone que ese sofisticado uniforme viene con un artefacto de flotación?
—No seas ridícula.
—Una chica puede tener esperanza. —Me zambullí y desaté los cordones de mi bota izquierda. La bota derecha seguiría. Emergí para agarrar algo de aire.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Ghastek.
—Aligerando la carga. —Me zambullí, cuidadosamente sacando mi bota izquierda, emergí, agarrando la rejilla, y aflojando los cordones sobre la barra. Hice un nudo y dejé la bota suspendida, luego hice lo mismo con la bota derecha—. Me cansaré en una hora o dos y necesitaré los zapatos si conseguimos salir de aquí.
Me quité el cinturón, ensartándolo a través de las barras, y haciendo un nudo. Ghastek levantó sus cejas. Tiré mi brazo a través del nudo y lo sujeté en la rejilla. El cinturón me mantenía en el sitio sin pisar el agua.
La cara de Ghastek cayó.
—¿Cuánto tiempo crees que nos mantendrá aquí?
—No tengo ni idea.
Él suspiró y comenzó a quitarse las botas.

* * *

Colgué quieta en el agua. El tiempo iba a paso de tortura. No tenía ni idea de cuanto tiempo habíamos estado aquí. Habíamos tomado turnos divididos para buscar en nuestros alrededores pero sin encontrar salida. Eventualmente paramos. En algún momento mientras estábamos buceando, la ola de magia terminó. Ahora cuatro tenues lámparas de electricidad iluminaban el pozo. La luz, tenue y acuosa, se sentía opresiva, justo otra forma de tortura.
Había usado la chaqueta de Ghastek y su cinturón para fabricar dos círculos para mantenerle en vertical. Con dos apoyos cada uno, seríamos capaces de dormir. Poco cómodo, pero era algo.
Hacía un rato mi boca se había secado y había bebido un poco de mi cantimplora y se la pasé a Ghastek.
—¿Siempre llevas una cantimplora?
—Es fuerza de hábito. —Podrías sobrevivir a muchas cosas tanto como tuvieras una cantimplora y un cuchillo.
Él había tomado un trago y me la devolvió.
—¿Qué ocurrirá cuando nos quedemos sin agua?
—Bebemos esto. —Había asentido hacia el agua oscura inundando el pozo.
—No parece limpia, y si lo estuviera, no estaría de esa manera mucho tiempo.
—La gente que muere de sed no puede escoger.
Estábamos colgando en el agua.
—¿Qué hiciste con Nataraja? —pregunté.
Ghastek parpadeó, sorprendido.
—Siempre tuve curiosidad. Él solo desapareció.
Ghastek suspiró.
—No vamos a ir ninguna parte durante un rato—le dijo ella.
Él levantó su mirada al techo, reflexionándolo y se encogió de hombros.
—¿Por qué? Nataraja siempre apreció tener las manos fuera de la dirección. Nunca comprendí por qué estaba situado a cargo en primer lugar. Parecía impresionante pero tenía muy poco que ver con la actual función de la oficina. Yo supervisaba la búsqueda y el desarrollo, y Mulradin manejaba los aspectos financieros. Hace un año el comportamiento de Nataraja se hizo cada vez más errático. Deambulaba por los alrededores, murmurando para sí mismo. Mató a esa monstruosidad que mantenía como mascota.
—¿Contoneo? ¿Su serpiente gigante?
—Sí. Un trabajador encontró secciones de ella esparcidas a lo largo del piso superior. Se hizo un informe a la oficina principal. Un miembro de alto rango de la Legión Dorada llegó y dirigió algunas entrevistas. Nataraja desapareció. Nosotros decimos que fue retirado.
—¿Crees que fue retirado?
Ghastek se encogió de hombros.
—¿Cuál es el punto de la especulación? Mulradin y yo fuimos dejado conjuntamente a cargo de la oficina hasta que alguno de nosotros ‘destacara’ o un reemplazo fuera asignado. Supongo ahora que la cuestión de distinción es discutible. Él está muerto y yo estoy aquí. —Él escupió la última palabra.
Ahora se había quedado dormido. Era mejor que me durmiera, también. Cerré mis ojos e imaginé estar en la playa con Curran. Era un sueño tan agradable...

* * *

Nuestra cantimplora se secó. Tenía agua para casi dos días si cuidadosamente era racionada, y nos habríamos roto a la mitad. Habíamos estado encarcelados aquí durante más de veinticuatro horas. Probablemente más cerca de las cuarenta y ocho. Habíamos comenzado a beber el agua a nuestro alrededor y no sentó muy bien a mi estómago.
El agua en el pozo se había vuelto más fría hacía algunas horas. La temperatura actualmente no había cambiado, pero el agua debilitaba el calor corporal casi veinticinco veces más rápido que el aire. Habíamos estado mojados el suficiente tiempo para realmente sentirlo.
Estaba famélica. Mi estómago era un hoyo sin fondo lleno con dolor. Me había pateado para no atiborrarme con algo delicioso mientras estaba en la Fortaleza esa mañana, pero eso desperdiciaría demasiada energía. Tenía que conservar cada gota. Colgada en el agua. Resistir. Sobrevivir.
Cuando el frío llegó a mí, me desenredé de mi cinturón y nadé. El esfuerzo quemaba a través de los escasos suministros de energía que había dejado, pero me hizo sentir más caliente. Hasta que los escalofríos comenzaron otra vez.
—Vamos a morir aquí—dijo Ghastek.
—No—le dije.
—¿Qué te hace decir eso?
—Curran vendrá a por mí.
Ghastek rió, un sonido amargo y frágil.
—Ni siquiera sabes dónde estamos. Podríamos estar en medio del país.
—Eso no importa. Él vendrá a por mí. —Él pondría el planeta patas arriba hasta que me encontrara... y yo haría lo mismo por él.
Ghastek sacudió su cabeza.
—Tienes la voluntad para sobrevivir—le dije a él.
Él no me miró.
—No voy a morir en este agujero. Curran vendrá a por mí y saldremos de aquí. Así no es como termina. Hugh no conseguirá ganar. Sobreviviremos a esto. Un día embestiré mi espada rota justo a través de su garganta.
Ghastek me miró fijamente. Su voz era ronca.
—Déjame repetirlo. Hemos sido teletransportados a algún lugar desconocido probablemente a miles de millas lejos de todos los que conoces, posiblemente en otro continente. El hombre quién nos puso aquí probablemente se teletransportó también, llevándose el conocimiento de nuestra localización con él, así que nadie que conocemos tiene ni siquiera una infinitesimal idea de dónde podríamos estar. No tenemos ninguna manera de comunicarnos con el mundo exterior. Incluso si pudiéramos comunicarnos por algo simple de magia con esos que conocemos, no tendremos ninguna asistencia, porque no sabemos dónde estamos. Estamos flotando en agua fría y turbia.
—Está bastante caliente, actualmente.
Él levantó su dedo.
—No he terminado. No tenemos comida. Hemos estado aquí durante al menos cuarenta y ocho horas, porque los pinchazos del hambre que estoy sintiendo ahora son menos intensos. Ahora mismo nuestros cuerpos están quemando a través de las escasas reservas de grasa que tenemos, lo cual resultará en cetosis, lo cual  guiará la sangre a acidosis, trayendo con ella nauseas y diarrea. Pronto debilidad, flojera, y el vértigo seguirá. Cuando nuestros cerebros estén carentes de los nutrientes necesarios, comenzaremos a tener alucinaciones, y luego sufriremos un catastrófico daño orgánico, hasta que finalmente moriremos de paro cardiaco. Es una muerte tortuosa y brutal. Maharma Ghandi sobrevivió durante veintiún días cuando hizo campaña por la independencia de la India, pero considerando que estamos en agua y nuestros cuerpos están pasando a través de los nutrientes a un ritmo acelerado, nos daré dos semanas, máximo.
—Si decides un cambio de carrera, evitaría las charlas motivadoras.
—¿No lo comprendes? La única persona que sabe dónde estamos es d’Ambray, y nos puso aquí para morir lentamente de hambre. Incluso si cambia de opinión y decide sacarte, desde que él tiene alguna extraña fascinación contigo, no tiene semejante relación conmigo. Soy desechable. El poco trato que tuve con ese hombre fue abrupto hasta el punto de la grosería. Él claramente no me aprecia.
—Te prometo ahora que entramos juntos aquí y saldremos juntos. Curran me sacará y no te dejaré atrás.
—Esperar que de alguna manera Curran venga y te rescate antes de que muramos es absurdo.
—No le conoces como yo.
—¡Kate! ¡Estás delirando!
—Esta no es mi primera vez son comida—dije—. Solía tener que hacer esto frecuentemente. Tenemos agua, lo cual es una gran ventaja. No hemos muerto aún.
Él me miró.
—He sobrevivido al desierto de Arizona. He sobrevivido en un bosque quemado por los fuegos. He estado hambrienta, ahogada, congelada, pero aún estoy aquí. La llave para sobrevivir es no rendirse. Tienes que luchar por tu vida. Tienes que tener esperanza. Si dejas ir a la esperanza, se acabó. Rendirse es morir tranquilamente con tus manos atadas en un refugio dónde el hombre que te ató te ha tirado. La esperanza patea tu camino fuera y corre diez millas a través de la nieve y el bosque contra todas las probabilidades.
Ghastek parpadeó.
—¿Actualmente hiciste eso?
—Sí.
—¿Quién te puso en el refugio?
—Mi padre.
Ghastek abrió su boca.
—¿Por qué? ¿Qué tipo de padre hace eso a un niño?
—El único que tuve. No te rindas. No dejes que el troglodita gane, Ghastek.
Él sacudió su cabeza.
Su cerebro estaba demasiado alto. Necesita dejar de pensar, porque su mente seguía corriendo en círculos, conduciéndola más profundo en la desesperación. La desesperación era el beso de la muerte.
Necesitábamos conservar energía, pero si no le distraía, él me abandonaría.
—Sigues analizando la situación y cuanto más la disecciones, más desesperante parece. Intenta no pensar en ello. Habla conmigo en su lugar.
—¿Sobre qué?
—No lo sé. ¿Por qué decidiste convertirte en navegador? ¿Siempre quisiste pilotar a los no muertos? ¿Por qué no atacaste a tu propia gente? ¿Por qué la Nación? —Ahí, eso debería mantenerle ocupado.
Él colgó tranquilo en el agua.
—Ghastek no es mi verdadero nombre. Crecí en Massachussets, cerca de Andover. Era inteligente y pobre. No terriblemente pobre. He conocido a niños que eran más pobres. La pobreza es cuando tus padres llegan a casa del primer trabajo y corren para comer su hamburguesa con queso, porque en cinco horas tienen que levantarse para su segundo trabajo y quieren dormir algo. Nosotros no estábamos tan pobres. Teníamos comida. Teníamos una casa. Veía a mis padre en la mesa para cenar al mismo tiempo.
«En octavo grado, hubo un torneo de ciencias entre las escuelas locales. La privada academia local de preparatoria estaba participando, primariamente para demostrar la vasta superioridad de su educación sobre el sistema público. Gané. La academia me dio una beca. Recuerdo cuan felices estaban mis padres por mí. Estaba en una escuela alimentadora de Yale y pensaba que ahora tenía un futuro. Así que al año siguiente de escuela, comencé en la escuela preparatoria. Estaba a cuarenta y cinco minutos conduciendo y cada día mi padre me llevaba allí en su furgoneta de trabajo. Mi padre reparaba líneas de gas. La furgoneta tenía un logo, escrito en grandes letras amarillas: Gas Tek. El nombre de la compañía. Nadie estaba interesado en aprenderse mi nombre. Me convertí en el niño Gastek, luego Gastek, y luego uno de los payasos de clase lo hilaría para deslizar una ‘h’. Ghastek. Una asociación no tan sutil con ‘horrible.’ Ghastek o algunas veces simplemente ‘el Arrastrado.’ Al final del año incluso los profesores no me llamaban por mi nombre.
Podía oír la viejo amargor en su voz. Él había llegado a términos con eso, y ya no dolía, pero aún estaba allí.
—Me di cuenta en ese primer año que nunca sería aceptado. Era comprendido por todos que no importaba cuan duro lo intentara, no importaba cuando brillante fuera, lo mejor que podía esperar era trabajar para uno de mis estúpidos compañeros de clase cuando creciéramos. Ellos serían los propietarios. Yo sería un empleado. Ya ves, no fue suficiente ser inteligente. Si eres guapo o un buen atleta, podrían concederte algún grado de aceptación, porque los adolescentes eran superficiales. Podrías convertirte en un trofeo para alguno de ellos, si te dejabas ser útil, pero tampoco lo era. Ser rico abría la puerta una grieta, pero nunca te dejarían entrar del todo. Ellos se gastarían tu dinero y se reirían de ti a tus espaldas. Lo he visto. Ya vez, dinero, cerebro, apariencia, nada de eso es suficiente. Ahí está esa cosa llamada herencia. No era solo a dónde ibas al colegio o con quién. Era sobre dónde tu abuelo fue al colegio y quienes eran sus mejores amigos.
—Tomaré que la escuela no era tu lugar favorito.
—Jodidamente lo odiaba. Entonces el reclutador de la Nación entró cuando estaba en tercer año. Trajeron una jaula de vampiro y nos dejaron intentarlo uno por uno. La sensación cuando me di cuenta al principio de que podía controlarlo... No puedo describirlo. Eso estaba bien. Por primera vez en mi vida, algo se sentía bien. Hice que el no muerto abriera la puerta de la jaula y luego perseguí a mis queridos compañeros de clase con él. El reclutador no era lo bastante fuerte para alejarlo de mí. Ellos corrieron de mí. No importaba cuan ricos fueran. No importaba cuales eran sus nombres. Sus prestigiosos abuelos no podían salvarlos, porque si hubieran estado allí, habrían huido de mí, también.
Ghastek sonrió, una brillante sonrisa feliz.
—Algunos de ellos me suplicaron parar.
Él parecía tan feliz que intenté lo mejor que pude alejarme un poco más lejos de él en mis restricciones.
—Me expulsaron en una hora. —él rió—. Al final del día, la Nación le llevó a mis padres un cheque con más del total que harían juntos en los previos tres años. Un pago por adelantado para hacer sus vidas un poco más fáciles si elegía irme de casa y estudiar con la Nación. Pero mis padres no querían que me fuera. El dinero no hacía ninguna diferencia para ellos.
—Ellos te querían—adiviné.
Él asintió.
—Lo hacían. Puse el cheque en sus manos y me alejé de la casa. Quería el poder. Quería respeto y dinero también, pero sobre todo quería poder. Me preguntaste por qué soy navegador. Porque lo adoro. Adoro cuando mi magia hace esa primera conexión. Adoro la precisión, la sutileza, el arte de eso. Si pudieras pilotar, lo comprenderías.
Oh, sí él solo supiera.
—Es como estar conectado a un muelle de puro poder. Te nutre. Tienes que levantarlo hasta cierto punto. Ahora estoy en el rango diecisiete en la Legión Dorada.
Las Legiones eran los niveles de los Maestros de la Muerte de Roland. Dorado eran los cincuenta superiores, Plata era los cincuenta siguientes.
—Creía que era la Legión de Oro.
—Cambiaron el año pasado—dijo Ghastek—. Dorada suena mejor. La navegación es como algo más. Lleva práctica y disciplina y eventualmente el trabajo duro compensa. Cada año mi poder aumenta. Podría estar en el nivel diez, pero elegí no hacer la oferta para ese puesto.
—¿Por qué no?
—No lo comprenderías—dijo Ghastek.
—Inténtalo.
—No. Suficiente decir que trabajé durante años y ahora todos mis esfuerzos me han traído aquí. A este... agujero en el suelo. Voy a descansar ahora. He hablado suficiente por hoy.
Ghastek se quedó quieto. Pasaron los minutos. Su cabeza cayó.
Podía imaginarle en el patio de la escuela, un niño delgado en ropas baratos enviando a un no muerto detrás de la gente que le miraban con menosprecio. ¿Quién sabía?
Cerré mis ojos. Era todo lo que podía hacer.
Saldríamos de aquí.
Curran vendría a por mí. Por supuesto que lo haría.

* * *
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Eli25 el Jue Sep 25, 2014 12:05 pm

13
(Parte 2)



Traducido SOS por Lyra#



UNA CHIMENEA ENCENDIDA, el calor fluía de ella, con tanto lujo caliente y suave que durante un buen rato simplemente disfruté. Estaba caliente y seca. El olor salado de la carne chamuscada flotaba en el aire. Alimentos. Esto era el cielo.
—Hola, cariño —dijo Hugh.
El cielo acababa de ser cancelado.
Me di la vuelta. Estaba tirado en una gran silla de madera, apoyado en la espalda, piernas grandes en pantalones vaqueros azules estiradas frente a él. Su camisa estaba desabrochada y la luz del fuego jugaba en los músculos bien definidos de su pecho y brazos. Llevaba un pequeño colgante alrededor de su cuello en una cadena de acero liso. Me gustaba la forma en que estaba sentado, todo suelto y relajado. Sería más difícil para él esquivar y había una preciosa pesada silla a mi lado.
Agarré la silla.
Excepto que no me moví.
Y no tenía brazos ni piernas tampoco. Impresionante.
Hugh rio entre dientes.
—Déjame adivinar, este es uno de esos sueños especiales —Al menos mi boca aún funcionaba.
—Algo así. Es una proyección.
—Ajá. Pero la magia está abajo.
—Nop. Volvió hace unos quince minutos. Lo sentirás cuando te despiertes.
—¿Cuánto tiempo he estado en tu pequeña celda? —También debería recolectar toda la información posible.
—Tres días.
Mucho. Infierno.
—¿Cómo está el agua? —Preguntó Hugh —¿Aún fría?
Capullo.
—¿Así que así es como te teletransportaste fuera del castillo en llamas? ¿Tenías agua en alguna parte?
Se tocó el colgante que colgaba de su cuello y lo levantó. La luz del fuego jugaba en el cristal del colgante en forma de bala. El agua se derramó en su interior.
—Siempre tengo uno encima. Se necesita un segundo para aplastarlo. Una vez que el agua te toca, una palabra de poder tira a través de la fuente de agua.
Así que el agua que Jennifer me tiró encima había venido del agujero en donde mi cuerpo estaba flotando actualmente.
—Teletransportarse es el último recurso —dijo Hugh —. Se necesitan unos segundos para hacer la transferencia en función de la distancia. Si la tecnología golpea mientras estás en tránsito, estás muerto. Pero no me dejaste otra opción.
—¿Qué le prometiste a Jennifer por traicionarme?
—Poder —dijo —. Se suponía que te empaparía en privado, por lo que nadie sospecharía de ella una vez que se desencadenara la teletransportación. Podrías desaparecer y tendría que utilizar ese tiempo para asegurar su posición en el clan mientras todo el mundo estaba corriendo a buscarte. En una o dos semanas uno de mi pueblo se encargaría de quitar a Desandra de enmedio, lo que le haría más fácil las cosas. Excepto que la ha jodido, y luego su chico lo jodió aún más. Me imagino que estarán colocando la piedra sobre su tumba en estos momentos. Te lo dije antes: los cambiaformas son difíciles de entrenar. Tienes que conseguirlos jóvenes.
—Eres un maldito enfermo.
—Lo sé —Hugh asintió en la mesa junto a él —. ¿Tienes hambre?
La mesa estaba llena de alimentos. Pan fresco, todavía caliente y crujiente del horno esperando en una tabla de cortar. Un asado de costillas, la grasa y crujiente fusión, señoreaba sobre un tazón de sopa, una tarrina de mantequilla dorada, y un plato de puré de papas. El aire olía a carne chamuscada, ajo asado y pan fresco.
Mi boca se hizo agua, mientras mi estómago se apretaba de dolor. ¿Cómo es que no tenía armas para lanzarle una silla, pero todavía tenía la boca y el estómago? El Universo no era justo.
—Estoy a una hora de distancia —dijo Hugh —. Si me lo pides, iré, te pescaré para que salgas y todo esto será tuyo. Todo lo que tienes que hacer es decir, ‘Hugh, por favor’.
—Pégate un pulgar en el culo y gira.
Él sonrió, cortó un pedazo de pan y extendió la mantequilla. Observé deslizarse la mantequilla sobre la rebanada. Él mordió y lo masticó.
Bastardo.
—¿Has terminado con tu espectáculo porno de alimentos? Tengo un infierno húmedo y frío al que necesito para volver.
—Tarde o temprano te romperás —dijo.
—Mantén la esperanza.
—Eres un superviviente. Voron te puso en el borde de ese precipicio una y otra vez hasta que te condicionó a agarrarte a la vida. Vas a hacer lo que tengas que hacer para sobrevivir, y yo soy tu única oportunidad de salir. Al principio te resistirás, pero con cada hora que pase mi oferta se verá mejor y mejor. Te convences de que morir no logrará nada y al menos deberás salir con una explosión. Te dirás a ti misma que estás aceptando mi oferta sólo para poder meter esa espada rota en mi pecho y sentirla atravesar mi corazón. Incluso si mueres después, el hecho de que voy a dejar de respirar hace que tu muerte signifique algo. Así que me llamarás. E intentarás matarme. Salvo que has pasado tres días sin comida, y ese cuerpo... —Inclinó la cabeza y me miró lentamente —Ese cuerpo quema calorías como el fuego la gasolina. Te estás quedando sin reservas. Te puedo tumbar de un soplo.
—Tienes razón acerca de la espada. Rompiste la mía. Te debo una.
Se golpeó el pecho desnudo sobre el corazón.
—Este es el lugar. Un tiro, Kate. Vamos a ver qué pasa.
—¿Qué es lo que quieres de mí, Hugh?
—A corto plazo, me gustaría que digas mi nombre con un favor añadido. Me gustaría entrar en Jester Park contigo de mi brazo.
Jester Park, Iowa. Una vez que un parque en Des Moines, y ahora uno de los retiros de mi padre.
—A largo plazo, quiero ganar. Y voy a ganar, Kate. Darás una buena pelea, pero al final vas a dormir en mi cama y luchando conmigo espalda contra espalda. Estaremos bien juntos. Te lo prometo.
—¿Qué parte de no no entiendes?
—La parte en la que no consigo lo que quiero. Es necesario que te enseñe tu lugar. No está en la Fortaleza.
Algo dentro de mí se rompió.
—¿Y tú me vas a enseñar dónde está mi lugar?
—Sí.
Es hora de una revisión de la realidad, Hugh.
—Tienes lo que tienes sólo porque mi padre ha mezclado su sangre con la tuya. Todo lo que haces y todo lo que eres, se lo debes a otra persona y cuando haya hecho uso de ti, te tirará a un lado.
Hugh frunció el ceño.
Seguí.
—He hecho mi propia vida fuera de ese mundo. Intenta ir tirando sin la ayuda de Roland y luego vuelve y échame un sermón. Oh espera, ya lo hiciste, y primero te pateé el culo, a continuación, Curran te rompió la columna vertebral y te arrojó al fuego. ¿Cómo se siente, Hugh? ¿Saber que eres el segundo mejor?
—Estás pasándote —me dijo.
—Dependes de su ayuda. Ni siquiera puedes decirle a Roland no. Entonces, ¿por qué no te callas y vuelves a lo que mejor sabes hacer? Las botas de Roland necesitan que las limpies.
—Haz lo que quieras —se puso las manos detrás de la cabeza y sonrió —. No necesito nada más que tiempo.
Me desperté. El agua fría se apoderó de mí. Ghastek se me quedó mirando, con cara de sueño.
—Curran vendrá a por mí —le dije.

• • •

Mis piernas tenían calambres. Los calambres llegaron con una frecuencia repugnante, retorciéndome, era tan doloroso que habría gritado si no hubiera estado tan débil. Habíamos pasado por cuatro olas de magia. Durante la tercera, Ghastek habló a la pared pidiendo a su madre que no se muriese. Estábamos en la cuarta ahora y él había caído hace unas horas silenciosas.
Había intentado usar palabras de poder, pero ninguna funcionó. Simplemente rebotaban en las paredes del pozo. Hugh debía haber puesto guardas.
Traté de dormir lo más que pude. Cuando no pude, conté los ladrillos. Últimamente se habían vuelto borrosos y fuera de foco, como si estuviera mirando a través del aire caliente que sube desde el pavimento. Yo ya no era Kate. Yo era una cosa. Fría. Exhausta. Muerta de hambre. Sucia.
No quiero morir en este agujero oscuro. ¡No quiero morir!
Sólo quería ver el sol. Quería abrazar a Julie una vez más. Quería besar Curran.
Tal vez me equivoqué.
Tal vez no me iba a encontrar en el tiempo.

• • •

CALIENTE. SECA. ALIMENTOS. Hugh.
—Cinco días. Es un aniversario. Pensé en ver cómo estás. La oferta sigue abierta.
—Vete a la mierda.
—Está bien, entonces.
La oscuridad húmeda fría. Ghastek convulsionando en sus ataduras. Sosteniendo su cabeza fuera del agua. No te mueras. Lo haremos. Tenemos que hacerlo.

• • •

El agua me salpicaba. Ya no sabía si estaba caliente o fría.
La pared del agujero se desmorona. Curran me mira. Le veo. Veo sus ojos grises. Oigo su voz.
—Ya voy, bebé. Espera. Sólo espérame.
¡Ha venido a por mí! Ha venido a sacarme.
—Te quiero mucho…
Sólo quiero tocarle, pero no puedo pasar. Algo me está bloqueando. Él está allí. Le veo ahí. No puedo...
—¡Kate! ¡Kate! —Algo está tratando de retenerme, pero tengo que llegar a Curran. Tengo que salir.
—No es real —La voz de Ghastek —No es real. ¿Ves?
Curran se desvanece. Sólo son las piedras, las piedras frías oscuras y manchas de sangre, donde las había arañado.

• • •

SEIS OLAS de magia. Floto en un lago de sangre. Estoy alucinando, pero puedo probarla en mis labios, el sabor caliente salado de una vida humana.
Se pasará. Es sólo el hambre.
Ghastek, borroso, la cara fuera de foco, flotando en la sangre a mi lado.
—Tengo miedo.
Tengo que mantenerle vivo.
—Lo haremos.
—Yo sólo quería la vida —susurra —He visto morir a mi madre. Ella sufrió. Sufrió tanto. Yo no puedo hacer eso. No puedo. Tengo demasiado miedo. Hice todo esto porque quería el don del Creador. Quería que me hiciera inmortal.
Me mira con ojos desquiciados. En realidad no me ve.
—¿Ghastek?
—Mi nombre es Matthew —Su voz es un susurro febril —. Si el constructor se preocupa por ti, si te necesita, te dejará vivir para siempre. Él no va a dejar que mueras.
—Cuidaré de ti, Matthew. Toma mi mano. No dejaré que te mueras.

• • •

SIETE OLAS de magia.
Curran está sobre la rejilla por encima de mí y hablo con él. Digo que les quiero a todos. Este no es el final. No voy a rendirme y morir.
Me hubiera gustado haber sido una mejor persona. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes.
Este lugar no me va a matar. Sobreviviré. No voy a romper.
Curran me sonríe. El sostiene mi mano. Sé que va a venir por mí.
Él vendrá por mí. Pero puede que demasiado tarde.

• • •

RUIDO. UN RIMTO BAJO, como los latidos de algún corazón gigante.
Cada vez más fuerte.
Cada vez más cerca.
Estoy alucinando otra vez.
Dolor.
Mi mano izquierda está agarrando la rejilla. Hay un trozo de ladrillo en el otro lado de la rejilla junto a él.
Hay un trozo de ladrillo.
Mi mente comienza a trabajar poco a poco, como un motor oxidado tratando de volver a la vida.
¡Pum! Algo golpea la pared por encima de nosotros.
Otro ladrillo rebotó en la reja.
Me acerqué y sacudí a Ghastek. Colgaba inmóvil en sus ataduras. Apenas le podía mover.
¡Pum!
—Ghastek —susurré —. Ghastek...
Sus ojos se abrieron lentamente.
Pum.
Trozos de ladrillo cayeron sobre la rejilla. A la tenue luz de las lámparas eléctricas, el túnel vaciló, borroso, pero vi el agujero a unos veinte metros de altura. Otro pum. Más ladrillos cayeron, rebotando en el metal. Alguien se movió en la parte superior del orificio, saltó y aterrizó en la rejilla. Unos ojos grises me miraron.
Curran.
Por favor, deja que sea real.
Se me quedó mirando. Sus ojos estaban horrorizados.
—¿Kate? Jesucristo.
Mis labios se movieron.
—Por favor, se real.
Sacó una sierra de metal de su mochila y empezó a cortar la rejilla.
—Quédate conmigo, cariño.
Era un sueño. Otra alucinación. O Hugh atornillando con mi cabeza. Me preparé. Me despertaría y él desaparecería.
Otros dos aterrizaron en la rejilla. Jim. Thomas, el alfa de rata.
Jim me vio y juró.
—Sácame —susurró Ghastek —. Por favor.
—Debería dejarte allí, hijo de puta —Curran gruñó —. Córtale.
Jim sacó otra sierra.
La hoja cortó a través de las barras por encima de mí. Ida y vuelta. Ida y vuelta.
Por favor, se real. Llegué a través de los barrotes y le toqué los dedos a través de los cortes de los guantes. Su mano era cálida.
—Espera, bebé. Te tengo.
Una criatura cayó en el agujero y aterrizó en la rejilla. Sin pelo y musculoso, se agachó a cuatro patas como si nunca hubiera caminado erguido. Garras curvas gruesas coronaban los dedos de sus pies. Su pecho era ancho, sus cuartos traseros musculosos como los de un perro boxer. Una cresta de hueso sobresalía de su columna vertebral. Las enormes mandíbulas y colmillos desquiciados del tamaño de un dedo perforaron el aire. Sus ojos, hundidos y de color rojo brillante, quemando con el hambre.
Un vampiro. Un vampiro antiguo, tan antiguo que envió un escalofrío por mi espalda.
Curran se dio la vuelta. El vampiro saltó. La mano derecha de Curran se cerró en la garganta del vampiro. Se dio la vuelta, ajeno a las garras que rasgaban su chaqueta, y estrelló la cabeza del no-muerto en la pared. El cráneo del vampiro rebotó en el ladrillo. Curran enseñó los dientes y la estrelló contra la pared una y otra vez, su rostro salvaje.
Los huesos se agrietaron. La sangre del no-muerto salpicó los ladrillos. Curran golpeó a la sanguijuela en el ladrillo por última vez y giró la cabeza como si hubiera sacudido la ropa sucia. El cuerpo del vampiro cayó en una dirección, la cabeza hacia otra.
—Final del show —le susurré.
—Espera. Casi termino.
Agarró la rejilla. La piel de sus dedos se volvió gris, la plata le quemaba. Curran se tensó. Sus piernas temblaron bajo la presión. Las dos últimas barras se doblaron, y empujó parte de la rejilla a un lado como la tapa de una lata. Se dejó caer de rodillas y me alcanzó. Me deslicé de las restricciones. Alguien debía haber vuelto mis piernas en plomo, porque tiraban de mí hacia abajo como un ancla. Me hundí. El agua subió por encima de mi cuello y mi boca... Me agarró del brazo, me llevó a través de la reja, en el aire, y me abrazó a él.
Olía a Curran. Se sentía como él. Enterré mi cara en la curva de su cuello. Su piel era tan caliente que quemaba.
—No te mueras sobre mí —Él besó mi rostro, quitándose la chaqueta —. No te mueras sobre mí.
No podía aguantar más. Me dejé caer en la parte superior de la rejilla, aferrándome a él.
Él me envolvió en su chaqueta, cerró los brazos alrededor de mí, y saltó. Entonces estábamos en un pasillo estrecho. Él me llevó a través de él.
—Te quiero —le dije.
—Te quiero también —Su voz era cruda —. Mantente con vida, Kate.
—Ghastek...
—Van a llegar a él. No te preocupes. Quédate conmigo.
—¿A dónde puedo ir?
Él me apretó a él.
—Voy a matar a ese hijo de puta.
—Por mí bien —le dije —. Rompió mi espada.
—A la mierda la espada. Casi te perdí —Le dio una patada a una puerta para abrirla y me colocó delante de un fuego construido sobre el suelo de cemento —. ¡Andrea, la ropa! Rápido.
Curran rasgó mi camisa por la mitad. Mis pantalones desaparecieron, alguien tiraba de mis ropas empapadas. El calor del fuego se arremolinaba a mí alrededor. Christopher apareció en mi punto de vista, su pelo blanco como la nieve, y puso un termo a mis labios.
—Bebe, señora.
Tomé un sorbo. Caldo de pollo. Bebí de nuevo y me lo quitó.
—No tan rápido. Usted se enfermará.
—Espera —Andrea me dijo, y me puso calcetines en los pies —. No vuelvas a tirar esta mierda otra vez, ¿me oyes?
—Claro —le susurré.
—Aquí —Robert le dio a Curran una camisa.
—¿Qué estáis haciendo todos aquí? —susurré, cuando Curran me la puso.
—Hemos venido a salvarte —Christopher sonrió —. Incluso yo. No quería volver a este lugar, pero tenía que hacerlo. No podía dejarte en una jaula.
Me dio más caldo. Bebí. Curran me abrazó.
Estábamos en una especie de sala. El fuego ardía en el centro, comiéndose los restos de mobiliario de oficina. Un montón de paredes de cubículos descansaba contra una pared. Había ventanas en el techo. La habitación parecía que estaba de lado. Eso no tenía sentido.
—¿Dónde estamos? —Le susurré.
—¿No lo sabe? —los azules ojos de Christopher se agrandaron —Estamos en Mishmar.
La torre prisión de Roland. Sólo sabía lo que Voron me había contado. Cuando cayó el distrito de negocios de Omaha, mi padre había comprado los escombros de la ciudad empobrecida. Había tomado pedazos colosales de rascacielos caídos, dos, tres, cuatro pisos de altura, los puso en un campo remoto en algún lugar de Iowa, y los apilaron unos sobre otros en una enorme torre, se mantenían unidos por la magia y rodeados por un muro. Era un lugar vicioso, un laberinto siempre cambiante, donde las salidas se cerraban y las paredes adquirían nuevas formas. Unos vampiros salvajes vagaban por aquí. Cosas para las que nadie tenía nombre porque no tenían derecho a existir cazaban aquí. Nadie escapaba de Mishmar. Nadie salió nunca.
—¿Entraste en Mishmar por mí?
Curran me abrazó, me acunó como si fuera una niña.
—Por supuesto que sí.
Le quería tanto.
—Eres un idiota —Mi voz era ronca —. ¿Por qué demonios has hecho eso?
—Porque te quiero. Dale más caldo. Está demasiado débil.
—Tenemos que salir de aquí —le dije —Hugh nos comprueba a través de los sueños.
Los ojos de Curran se convirtieron en discos de oro.
—Que venga.
—¡Un vampiro! —Andrea gritó.
La ventana de arriba a la izquierda se rompió. Fragmentos de vidrio y madera cayeron en cascada al suelo. Un vampiro entró en la habitación, su mente una chispa caliente delante de mí. Aterrizó a cuatro patas, viejas, flacas e inhumanas. Una cresta ósea afilada sobresalía de su espalda. Otro antiguo.
El vampiro se lanzó hacia delante y luego se detuvo abruptamente.
—Todavía soy... Señor de los Muertos —dijo Ghastek desde una manta en el suelo —. Acabad con él antes de que pierda la conciencia.
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

Mensaje por Ebekah el Jue Sep 25, 2014 3:50 pm

Yo quiero un Curran en mi vida 
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Re: Magic Breaks (Kate Daniels #7) - Ilona Andrews

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